Un rumorcito fresco y alegre recorre América Latina: ahí están, esos son, los que gozan con razón: perdió Chile y chau chau chau chau, dijo Tinelli. La eliminación de la selección chilena del Mundial de fútbol de Rusia tiene a más de uno contento.

Con saltitos cibernético que nada duelen va uno y comprueba que a Chile no hay quien quiera por fuera de su delgada franja entre espinazo andino y el mar.

Es sorpresa que la alegría por la “tragedia” chilena trascienda de sus enemigos de siempre.  Perú, Bolivia y Argentina, habitan hace años en el palco de los que gozarán con cualquier breve derrota de la chilenidad por fuera de sus fronteras, pero esta vez la risa llegó más allá.

Se ha dicho desde entonces, dentro y fuera de Chile, que se lo merecen: que la alegría que genera su dolor no es otra cosa que la parte amarga de una revancha y que hoy se han convertido en los nuevos argentinos del continente. Esto, valga la aclaración, viene desde Buenos Aires.

¿Realmente se merecen los chilenos que el planeta hispano se burle de ellos?

La figurita floja del fútbol como metáfora de la vida es manilargo y me la apropio: Chile se ha dedicado a actuar como en la cancha, metiendo el dedo donde no se debe y burlándose cada vez que alguno pierde desde una superioridad prestada que su aristocracia ha logrado nacionalizar.

La historia de América Latina está repleta de sangre de hermanos. El que menos sangre haya perdido será sin duda el más odiado. En el caso chileno la línea es clara: su epopeya fundacional, el comienzo de su consolidación de Caín del barrio, fue la Guerra del Pacífico donde sirvió de títere a los capitales ingleses para evitar que pagaran más impuestos por la extracción del salitre boliviano.

Ha viajado el universo desde entonces y la cosa, vista desde este cielo, no ha cambiado: con una tasa de Royalties ínfima, el estado de Chile pone unas condiciones de juego irrisorias para las transnacionales mineras que en otros pagos han de pagar tasas por sobre el 10 por ciento y aun así les sale a cuenta.

Los administradores del estado de Chile durante los últimos cuarenta años se han dedicado a desmantelar su sistema de protección social siguiendo los consejos de Chicago Boys, imponiendo bajo el fusil de Pinochet la “abundancia” neoliberal que hoy los tiene jubilándose con medio salario mínimo.

Pero Chile, buen alumno, recibió los elogios del profesor: Los Jaguares de Latinoamérica que indican la senda a seguir por la región, mire, vea cómo es que se hace.

No era extraño escuchar “líderes” mundiales elogiando a Chile y sus políticas que avalan el saqueo: cómo no iban a estar felices sis sus empresas son ahora las dueñas de un país administrado por una centro derecha camuflada entre arcoíris y siglas de revolución.

¿Es suficiente eso para burlarse de Chile?

Ni idea: se usa lo que se puede, se aprovecha cuando se tiene y si Chi Chi Chi, Led Led Led se volvió un himno, es solo porque en algún momento Chile ganó. Acá se abren dos causales de la risa burlona del no chileno: en la victoria, Chile y sus seleccionados fueron soberbios como lo es cualquiera que gana por primera vez. Acá, seguro, una de las causas de la burla continental: que Chile fuera mediocre mantenía la armonía boba de una región cómoda con la derrota.