Es domingo por la mañana y estoy escribiendo una carta de amor. Del otro lado de la ventana de la cocina el cielo brilla y los planetas chocan unos contra otros. Siento la cabeza hirviente y estoy un poco inquieto. Mi cerebro empieza a comportarse como un V-8 con los cables cruzados. Las cosas ya no son lo que parecen ser. Mis teléfonos están embrujados y oigo animales que me susurran desde lugares que no llego a ver.
Anoche, un inmenso gato negro trató de atacarme en la piscina y después, súbitamente, desapareció. Me di vuelta y entreví tres hombres con chaquetas verdes que me observaban desde detrás de una alejada puerta. Uy -pensé-, algo extraño está ocurriendo en este lugar. Húndete bien en el agua en el centro de la piscina.
Manténte alejado de los bordes. No te dejes sorprender por la espalda. Debes estar alerta. El trabajo del Diablo nunca se revela por completo hasta después de medianoche.
Fue en ese preciso instante cuando empecé a pensar en mi carta de amor. La claraboya del techo, arriba de la alberca, estaba empacada plantas extrañas se movían en la espesa y total oscuridad. Desde un lado de la piscina era imposible llegar a ver la otra punta. Traté de permanecer quieto y esperar que el agua dejara de moverse. Por un instante me pareció oír que otra persona se metía en la piscina, pero no podía asegurarlo. Una oleada de terror hizo que me deslizara más hondo en el líquido y que adoptara una posición de karate. Sólo hay dos o tres cosas en el mundo más terroríficas que darse cuenta, de repente, de que uno está desnudo y solo, y que algo inmenso y detrás de aquella puerta, y que otra cosa se estaba deslizando hacia mí en la oscuridad, mi suerte estaba echada.
¿Solo? No, no estaba solo. Comprendí que no era así. Había visto a tres hombres y un gato negro, inmenso y en ese momento creí distinguir la silueta de otra persona que se acercaba. Estaba a una mayor profundidad que yo, pero podía ver claramente que se trataba de una mujer. Por supuesto, pensé. Debe ser mi amorcito, deslizándose furtivamente por la piscina para darme una linda sorpresa. Sí señor, típico de esta putita retorcida. Es una romántica sin arreglo y conoce muy bien esta pileta. En una época nadábamos aquí todas las noches y jugábamos en el agua como nutrias.
¡Dios mío! -pensé-. ¡Qué idiota paranoico! ¡Debo de haber estado volviéndome loco!
Una oleada de amor atravesó mi cuerpo mientras me enderezaba y me dirigía rápidamente, hacia ella para abrazarla. Ya podía sentir su cuerpo desnudo entre mis brazos… Sí, el amor lo puede todo, pensé. Pero no por mucho tiempo. No. Tuve que estar uno o dos minutos chapoteando en el agua para darme cuenta de que, de hecho, estaba completamente solo en la piscina. Ella no estaba allí; tampoco aquellos monstruos en la esquina. Y no había ningún gato. Era un tonto fácil de engañar. Se me estaba agarrotando el cerebro y me sentía tan débil que apenas pude salir del agua. A la mierda -pensé-, no puedo seguir en este lugar. Está destruyendo mi vida con sus rarezas. Véte y no vuelvas nunca. Se burló de mi amor e hizo pedazos mi sentido del romanticismo. En cualquier clase universitaria, esta terrible experiencia me haría acreedor a una nominación como “idiota del año”.
Mientras hacía el camino de vuelta, comenzó a amanecer. Al pasar por el cementerio reduje la velocidad y, como hago siempre, arrojé una moneda por sobre la cerca. No había cornetas chocando entre sí, ni huellas en la r nieve, excepto las mías, y ningún sonido en quince kilómetros a la redonda, excepto la voz de Lyle Lovett en la radio y el aullido de algunos coyotes. Seguí manejando con las rodillas mientras encendía una pipa de vidrio llena de hachís.
Cuando llegué a casa cargué mi Smith and Wesson 45 automática y lancé algunos disparos contra un barril de cerveza que había en el patio. Después volví al interior y empecé a garrapatear febrilmente en un anotador… !Y qué! -me dije-. Todo el mundo escribe cartas de amor los domingos por la mañana. Es una forma natural de adoración, un arte excelso. Y hay algunos días en que me salen muy bien. Hoy, sentía, era sin duda uno de esos días. Claro que sí. Empieza ahora mismo. Entonces sonó el teléfono. Levanté el tubo, pero del otro lado no había nadie. Me recosté contra la chimenea y me puse a sollozar. Entonces sonó nuevamente. Levanté el tubo, pero de nuevo no había voz alguna. ¡Por Dios! -pensé- alguien me está queriendo joder la vida…
Necesitaba música, necesitaba un poco de ritmo. Estaba decidido a conservar la calma, así que subí el volumen al máximo y puse “Spirit in the Sky”, de Norman Greenbaum. La pasé una y otra vez durante las siguientes tres o cuatro horas mientras le daba forma a mi carta. El corazón me latía a toda velocidad y la música hacía chillar a los pavos reales. Era domingo, y yo estaba rezando a mi manera. Nadie necesita estar fuera de sí en el Día del Señor.
Mi abuela nunca estaba fuera de sí cuando íbamos a visitarla los domingos. Tenía listas las galletitas y el té y siempre estaba sonriendo. Esto ocurría en el lado oeste de Louisville, cerca de las esclusas del río Ohio. Recuerdo una estrecha entrada de cemento y, en el garaje, detrás de la casa, un inmenso auto gris. La entrada tenía dos franjas de cemento y entre una y otra crecían manojos de hierba. A través de las ramas de rosales silvestres, el camino llevaba hasta lo que parecía ser un depósito abandonado. Lo cual era cierto. Estaba abandonado. Nadie entraba en ese lugar, y no había nadie para manejar ese inmenso auto gris. No se movía nunca de ahí. En el pasto no había ningún tipo de huella.
Según recuerdo, era un sedán LaSalle, una bestia con un potente motor de ocho cilindros y una palanca de cambios de piso, tal vez un modelo de 1939. Nunca logramos ponerlo en marcha porque la batería estaba muerta; además, casi no tenía gasolina. Estábamos en guerra. Para comprar dos litros y medio de nafta había que tener cupones especiales, que estaban fuertemente racionados. La gente los codiciaba y los atesoraba; pero nadie se quejaba, estábamos peleando contra los nazis y nuestros tanques necesitaban toda la gasolina posible para cuando llegaran a las playas de Normandía.
Ahora, al mirar retrospectivamente, veo con claridad por qué razón íbamos hasta ese barrio a visitar a mi abuela en el Día del Señor: era para birlarle los cupones de nafta del LaSalle. Era una señora entrada en años no necesitaba la nafta en absoluto. Pero su auto seguía en los registros y todavía recibía cada mes sus cupones. Por eso íbamos los domingos hasta su casa.
Y que hay! Yo haria lo mismo si mi madre tuviera gasolina y yo no. Todos haríamos lo mismo. Es la ley de la oferta y la demanda… y éste es, después de todo, el último y caótico año del siglo norteamericano y la gente se empieza a poner nerviosa. Los que almacenan mercancías están saliendo del ropero, murmurando cosas crípticas sobre Y2K y comprando carradas de estofado de carne marca Dinty Moore. Los higos secos tienen mucho éxito, así como el arroz y el jamón enlatado. Yo, personalmente, estoy atesorando balas, miles de ellas. Las balas siempre van a tener valor, especialmente cuando la casa se quede sin luz y el teléfono ya no tenga tono y a los vecinos empiece a faltarles la comida. Ese es el momento en que uno va a descubrir quiénes son sus amigos de verdad. Hasta los familiares cercanos se nos van a tirar encima. Después del año 2000, los únicos con los que será bueno tener amistad serán los muertos.
En una epoca tenia un gran respeto por William Burroughs, porque en mis tiempos había sido el primer hombre blanco en atosigarse con marihuana. William era el hombre. Fue víctima de un allanamiento ilegal en su casa, en el 509 de Wagner Street, en Vieja Argelia, un suburbio barato que había del otro lado del río en Nueva Orleáns. Se había instalado ahí por un tiempo para practicar tiro y fumar marihuana. William no estaba embromando. Se tomaba todo muy en serio. Cuando cambiaron la ley, William estaba ahí, esperando con un revólver. ¡Pum! ¡Boom! Todos para atrás. Yo soy la ley. Fue mi héroe mucho tiempo antes de haber oído hablar de él.
Pero no fue el primer hombre blanco de mi época en engancharse con la marihuana. Ese fue Robert Mitchum, el actor, que tres meses antes, el 31 de agosto de 1948, frente a la puerta de una casa perdida en la playa de Malibú, había sido arrestado por posesión de marihuana y bajo sospecha de haber corrompido a una adolescente. Recuerdo las fotos: Mitchum vestido con una camiseta, gruñéndole a los policías; el mar rugiendo alrededor y las palmeras moviéndose al viento. Sí señor, ése era mi hombre. Entre Mitchum, Burroughs, James Dean y Jack Kerouac, antes de los 20 años, me metí en una carrera sin camino de retorno. Comprar el pasaje, empezar el viaje. Así que bienvenidos a la ruta del trueno, amiguitos. Era uno de esos rollos que me atraparon cuando era demasiado joven como para resistir. Me convencieron de que el mejor modo de conducir era hacerlo a toda velocidad y en un auto repleto de whisky y, para bien o para mal, desde entonces manejo de esa manera.
La chica que estaba en las fotos con Mitchum parecía tener 15 años y también tenía puesta una camiseta, con un elegante y diminuto pezón saliéndosele por un costado. Los policías trataban de cubrirle el pecho con un abrigo mientras se dirigían apurados hacia la puerta. Mitchum también recibió cargos por sodomía y por contribuir a la delincuencia de una menor. En aquellos años, yo tenía también mis propios problemas con la policía. En quinto año fui oficialmente arrestado por el FBI por haber tirado un buzón delante de un ómnibus. Poco después de eso frecuenté, como detenido, distintas celdas del sur de los Estados Unidos por alcoholismo, robo y conducta violenta. La gente decía que era un criminal y la mitad de las veces tenía razón. Era un delincuente juvenil hastiado de todo y tenía un montón de amigos. Nos dedicábamos a robar autos, tomábamos gin y a la noche manejábamos a toda velocidad por ciudades como Nashville, Atlanta y Chicago.
En ese tipo de noches necesitábamos música y por lo general la encontrábamos en la radio, en estaciones de So mil vatios que se oían con claridad, como la WWL, de Nueva Orleáns, o la WLAC, de Nashville. Supongo que fue entonces cuando todo empezó a andar mal: escuchando la WLAC y manejando toda la noche a través de Tennessee en un coche robado que no sería denuncíado en los tres días siguientes. Fue de esa manera como descubrí a Howlin’ Wolf. No lo conocíamos, pero nos gustaba y sabíamos de qué hablaba. “l Smell Like a Rat” es un gran monumento del rock & roll al axioma que dice: “No hay nada como la paranoia”. Wolf podía tocar cosas fuertes, pero tenía también un lado melancólico. Podía desgarrarte el corazón como la peor clase de cabaretera. Si, como se dice, la historia juzga a los hombres en función de sus héroes, que mi expediente muestre a Howlin’ Wolf como uno de los míos. Era un monstruo.
La música siempre fue, para mí, una cuestión de energía, una cuestión de combustible. La gente sentimental llama a eso Inspiración, pero lo que quieren decir en realidad es Combustible. Yo siempre necesité Combustible. Soy un consumidor nato. Todavía creo, en ciertas noches, que un auto con la aguja de la nafta en cero puede seguir andando ochenta kilómetros más si en la radio uno tiene puesta a todo volumen la música correcta.
Un Cadillac de ocho cilindros va a andar quince o veinte kilómetros más rápido si uno le da una dosis completa de “Carmelita”. Esto ya fue probado muchas veces. Es por eso que a medianoche, en la Ruta 66, se ven tantos Cadillacs parados delante de las estaciones de servicio. Son rufianes de la velocidad y están cargando algo más que gasolina.
Si uno se queda observando un rato uno de estos lugares descubrirá un patrón de conducta: un auto veloz e inmenso se detiene delante de la puerta y de él baja una chica de aspecto salvaje, completamente desnuda excepto por un tapado de piel o una parka de esquí, y se mete en el lugar con un fajo de billetes, loca por comprar un poco de música que le asegure manejar a toda velocidad. Sucede una y otra vez, y tarde o temprano uno termina enganchado, se vuelve adicto. Cada vez que oigo “White Rabbit” me siento de nuevo en las grasientas calles de San Francisco, a medianoche, buscando música. Estoy montado en una veloz moto roja yendo colina abajo hacia el Presidio, inclinándome desesperadamente en las curvas, en medio de los eucaliptos, tratando de llegar a tiempo a Matrix para escuchar a Grace Slick tocando la flauta.
No había música envasada en aquellos tiempos, ni auriculares, ni walkmen. Ni siquiera parabrisas de vidrio plástico para evitar la lluvia. Pero igualmente podía escuchar la música cuando estaba a diez kilómetros de distancia. Una vez que uno oyó la música bien, puede guardarla en la cabeza y llevarla a cualquier parte, para siempre.
Si señor. Eso es lo que se y esta es mi canción. Es domingo y estoy imponiéndome nuevas reglas. Abriré mi corazón a los espíritus y prestaré más atención a los animales. Voy a llevar conmigo un poco de música de arpa y manejar hasta la estación Texaco, donde puedo comprar algunos tacos de cerdo y leer The New York Times. Después, voy a cruzar la calle hasta el correo y meter mi carta en el buzón. Res Ipsa Loquitor.

 

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