Desde que Evo Morales llegó al poder, en Bolivia se produjo un proceso de aparente desbirlochización que no respetó estrato: el racismo que hasta entonces se consideraba norma comenzó a cuestionarse, no porque el ascenso de un campesino aindiado hiciese que los bolivianos reflexionaran sobre la injusticia de la discriminación, sino porque algunos comenzaron a sospechar que la pollera y el tipoi vendían en este nuevo contexto.

Así, los bolivianos vieron cambios en los formatos publicitarios que no reflejaban necesariamente un acercamiento a posiciones menos absurdas en términos de convivencia. El oficialismo ganó el debate de lo simbólico, obligando así a sus detractores a disfrazarse de indios para tratar de recortar esta ventaja intrínseca del evismo básico: un país de indios era por primera vez gobernado por uno de ellos.

Esto, se sabe, es una verdad a medias, frase hecha por los boca floja para referirse a una mentira. Ni Evo es cien por ciento indio, ni Bolivia es un país cien por ciento indígena. Donde no cabe la media verdad es en que el racismo ha estado presente en el discurso oficial y a partir de Evo su validez entró en signos de interrogación.

Los primeros en ver la posibilidad  de reciclaje fueron los empresarios cruceños: Evo no terminaba de nacionalizar los hidrocarburos y ellos ya se habían calzado las camisas chiquitanas y bautizaban sus encuentros como Iyambae. Como nadie les entendió, tuvieron que precisar:  palabra guaraní para definir hombre libre.

Ahhh, les contestaba una multitud que decía y dice camba cunumi como un insulto y empleaba y emplea los nombres de los pueblos guarayo y ayoreo en la misma línea.

Escribo estas líneas porque hay un nuevo producto del indigenismo pop en el mercado: la agrupación de mujeres Kuña Mbarete o mujer fuerte en la versión paraguaya del guaraní. Se estrenaron en sociedad después de que el Tribunal Constitucional abriera la puerta a una nueva reelección de Evo y a pesar de su nombre, son más un movimiento de internet que originario.

Claro: una agrupación se puede llamar como quiera. No olvidemos que el general Bánzer -que hizo rico a más de uno en Santa Cruz- creó un partido y como pilatuna de infante lo bautizó Acción Democrática Nacionalista. Él, que pasó siete democráticos años en un gobierno a punta de fusil.

Algo similar puede estar ocurriendo con las Kuña Mbarete: apelan a la raíz indígena pero en sus manifestaciones aplican la misma fórmula racista para hacerse oír: abajo el indio de mierda, indio asqueroso aprendé a leer y así.

No soy la primmera en hacer esta reflexión: la escritora cruceña Liliana Colanzi la hizo en el momento mismo en que las mujeres movilizadas optaron por el otrora menospreciado guaraní para bautizarse: “Las mismas que defendían “ninguna cunumi cambita” ahora están apoyando Kuña Mbarete… Les queda grande el nombre guaraní, conmigo no cuenten”.

Lo que vino después es fácil de imaginar: el machismo y racismo escondidos detrás del nombre tropipop se volcaron contra Colanzi, demostrando que sí, que el nombre les quedaba grande como ella dice y que con su chapa solo buscan entrar en la corriente “originaria” de Evo y su combo.

Para contextualizar: Colanzi se refería a la controversia de hace unos meses atrás, cuando una pizzería creyó “diveritdo” usar el racismo y el machismo como campañas de márketing: “Ninguna cambita cunumi” decía el texto de una de sus publicidades. Lo curioso entonces fue que la polémica se dio por ausencia: como a nadie parecía molestarle la campaña, los pocos indignados se indignaron por la falta de indignación.

Los dueños de la pizzería dijeron que no veían necesario bajar su campaña porque la gente la aceptaba. Sí, la gente, esa masa ajena que siempre son los otros.  “No vemos la necesidad de cambiar nuestra estrategia porque nuestro público lo acepta. El 80% son mujeres y son las que más interactúan y etiquetan a sus amigos”, dijeron entonces sin que exista un nexo probable con la realidad.

Ajá: lo que todos pensamos cuando apareció la primera camisa chiquitana: de inclusión ni el vuelto, el racismo en Bolivia está vivito y va mucho más allá de un grafiti de baño que equipara al homicidio con hacer patria.

Las motivaciones de Kuña Mbarete son desconocidas más allá del global “restablecimiento de la democracia”. Cuestionar su origen tampoco quiere decir un apoyo al gobierno. Ese maniqueísmo es precisamente lo que me quita las ganas de laikearlas. Curiosamente este actuar gorilezco, apandillado y tirapiedras las empareja con un falso indigenista como Evo, que recorre el mundo hablando del medio ambiente y dentro de Bolivia la Pacha, mama.

No hay que perderse con él: han pasado doce años desde su elección y se convirtió en un tipo difícil de defender. Perdió la capacidad de culpar al pasado y en el proceso se le fue la vergüenza: de nada le sirve negar con la boca si en la práctica le mete no más. A Kuña Mbarete le queda ese comodín: son nuevas y no es mucho lo que se sabe de ellas. La capacidad de prometer es un patrimonio enorme y frágil. Si en la primera manifestación, como ha pasado, sus consignas son racistas, apague y vámonos.

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