Mandrake, un abogado carioca que se reparte con diferente intensidad entre el coito y los alegatos, recibe en el bufete que mantiene junto a su socio Wexler a Danusa, una prostituta que les pide protección a cambio de una cinta de video. Los abogados, que hasta antes de la llegada de Danusa debatían con calma sobre el “esplendor y el fausto de la cópula”, no acceden. Un día después, Danusa muere. Así comienza “El gran arte” -publicada originalmente en 1983 y reeditada ahora en Chile por Tajamar-, del brasileño Rubem Fonseca (1925).

Escrita como una novela negra, “El gran arte” es el relato de un crimen que se extiende verticalmente por la sociedad brasileña. Comandos militares, un indio boliviano dejado a la mano de Dios con un profundo odio hacia todo lo que huela a brasileño pero que habla perfecto portugués, un enano apodado “Nariz de hierro” que bien podría haber saltado directamente de Twin Peaks al libro, un asesino que planta rosas y una serie de mujeres que no son femmes fatales hasta que la ocasión lo requiere, conforman parte de la galería de personajes de la novela.

Si en la primera mitad “El gran arte” no se sustrae a las reglas tácitas de la novela negra (dinero, cadáver, corrupción, etc.), tratando sobre varios asesinatos vinculados a la cinta de video y sobre una desgracia que recae en Mandrake, en la segunda parte la novela se aleja de las convenciones del género para convertirse en la exégesis del diario íntimo de Thales Lima Prado, presidente del Sistema Financiero Aquiles y cabecilla de la Oficina Central, un cartel de drogas. Mandrake lee en ese diario el origen de la criminalidad, la marca de autoría, la particular ilegalidad en la que está sumergido un hombre tan poderoso como Lima Prado. De ahí que no sea lo más importante que, hacia el final, se puedan inferir los crímenes en los que estuvo directamente involucrado el empresario; mucho más lo es la historia familiar de los Lima Prado, que sirve como bisagra a la historia total (si algo así existe) de la alta sociedad brasileña. O, para decirlo de otra manera, los antecedentes que pueden haberle sugerido a ese hombre su bífido carácter.

“Man Created Death, es la que más aparece”… “El Hombre Creó la Muerte. Porque sabe que la muerte existe, el hombre creó el arte, un pensamiento nietzscheano. Birth, Copulation and Death, es la segunda que más aparece”… “Nacimiento, cópula y muerte. En fin, eso tal vez fuese, también, la historia de mi vida. De todas las vidas”, acota Mandrake, ahora como comentarista, y también biógrafo, de la obra de Prado. En el verso de Eliot está la clave del mal. Aburrido, el ocioso crea el gran arte: la muerte. El hombre libre trae la muerte a la vida para tener algún grado de control sobre el devenir, para decidir cómo vivir y cómo morir. Lima Prado extiende este pensamiento al resto de los hombres por considerarlo, sin ambages, verdadero, y así se permite normar cómo deben vivir y morir los otros. Admirador de Hitler, Lima Prado es la máscara universal del hombre que ejerce el poder como una forma perversa del placer sexual.

Fonseca logra poner de relieve que la corrupción en la sociedad brasileña es absoluta. Tal como ocurre en casi toda la obra de Don DeLillo, para Fonseca la riqueza y la ostentación de la cultura son señales de degeneración que de alguna manera esconden algo siniestro. Si el asesinato puede ser una de las bellas artes, como argumentaba De Quincey, para “Nariz de hierro”, uno de los criminales más delirantes que hayan existido en la literatura, el gran arte de matar es sencillamente una rama del gran arte de sobrevivir.

Pero al final, como decía Pound, en lo que se juega la literatura es en la técnica, en el estilo. Y la prosa de Fonseca es hipnotizante, misteriosa, extremadamente singular. Una mezcla de contención expresiva, cultura y vulgaridad. Un gran arte.

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Vía The Clinic

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