La cámara de Becher va, viene, vuelve y se detiene, regodeándose en la belleza de Daniel, en la geografía de su cuerpo y en su estupendo rostro varonil. La sangre corre en tropel hacia allá abajo, donde la animalidad del cronista se despereza. El deseo físico y la admiración por el par son los principales vectores, ahí donde se funden el poseer a un hombre con el querer ser como él, porque se lo admira. 
El personaje de Daniel está personificado por el actor Sergio Mulet, protagonista y a la vez guionista de la película Tiro de gracia; porque, además de ser sexy, este chico escribía guiones de cine, canciones y poemas.
Sobre el final de la película, en una de las últimas escenas y en el último de los flash-in que la caracterizan, vemos un desierto árabe en el que tres beduinos evidentemente violentos, tropiezan en medio del árido paisaje con un Daniel atado a un poste, casi desnudo, en una imagen claramente emparentada con la iconografía sansebastiana, tan ligada al imaginario gay. Las risotadas de los beduinos y el cuerpo yacente de Daniel, al final de la escena, nos permiten imaginar lo ocurrido. O fantasear con ello.

¿Qué hace de esta película filmada en 1968 y estrenada un año después, una pieza absolutamente contemporánea o, como dice un blog de cine visto por ahí, que parezca “hecha hoy a la mañana”? ¿Qué la hace tan atractiva aún cuarenta y tantos años después? ¿Qué la volvió una pieza de culto?
Una de las respuestas posibles tiene que ver con la época a la que pertenece y a la que retrata: los últimos años de la década del ´60 son el punto álgido del siglo 20 y, de algún modo, el molde en el que está vaciada nuestra vida actual. Representan el quiebre de un paradigma y de un modo de ver y entender la vida y el mundo. No casualmente, son a la vez un punto de inflexión artístico y estético, donde se generan lenguajes, discursos y tensiones nuevos, o más bien donde fraguan definitivamente, otros que venían operando desde una o dos décadas atrás. Cambios, evoluciones, revoluciones, trastocamiento de roles sexuales, quema de corpiños, Stonewall, religiones orientalistas, lucha de clases y de todo tipo de minorías por su reconocimiento, procesos de descolonialización. 
Signo de una época –una irrepetiblemente fértil y optimista- Tiro de gracia pone en primer plano la representación de un nuevo tipo de individuo: un “hombre social” urbano, fragmentado, individualista, insatisfecho, solitario. Y joven. 
Narrativamente ligada a Kerouac y la generación beat -por ese jamming de imágenes inspirado en el cool jazz de los ´50-, con momentos emparentados a Antonioni, Buñuel y Fellini, la obra resulta contemporánea hasta los tuétanos. La mirada sobre la mujer –independiente, sexualmente activa y desmelenada-, la ambigüedad homoerótica que flota por momentos en el aire y la libertad desolada que se respira todo el tiempo la vuelven vigente, aunque, por momentos, acuse inevitablemente los detalles que la circunscriben a su momento.
Ricardo Becher, su director, estuvo ligado siempre al mundo del arte. Hasta el último día de su vida. Fue uno de los fundadores, casi a los ochenta años, de un movimiento artístico: el “Neo expresionismo digital”, una techne que opera saturando colores y forzando imágenes a través de medios electrónicos, y que él mismo puso a prueba en su última película, El Gauchito Gil: la sangre inocente, de 2006. Para fines de los ´60, era allegado al mítico Instituto Di Tella, y en Tiro de gracia, hay un fondo ligado a las artes plásticas de modo contundente. El pintor Alfredo Plank es uno de sus protagonistas, y se interpreta a sí mismo, como  un amigo inseparable de Daniel. Lo mismo el artista y escenógrafo Roberto Plate, quien, en ese mismo año ´68, grafiteó los baños del Di Tella con leyendas provocadoras que hicieron que la policía clausure la muestra. También hacen de ellos mismos los legendarios intelectuales y críticos de arte Oscar Masotta y Carlos Espartaco. Se habla varias veces de éste último y de su “reciente” libro, citando, incluso, una frase en la que Espartaco juega con el final de la idea hegeliana de “consciencia desgarrada”. 
La potente música de los flamantes Manal, una Susana Giménez morocha e ignota y una platinada Perla Caron previa al éxito de Mosaico, aportan más colores de época que la vuelven invaluable, no ya como documento histórico –o no sólo como tal-, sino más bien como muestrario de los modos de representación de sí misma que tuvo la comunidad bohemia e intelectual del Buenos Aires de la época. Becher representó a su círculo tal cómo se veía a sí mismo o, mejor, como quería verse idealmente. Para lo cual no resulta un dato menor el hecho de que el cineasta proviniese del mundo de la publicidad.

En esta misma línea interpretativa, pondré sobre el tapete dos cortos presentados recientemente en el BAFICI, obra de dos jóvenes artistas contemporáneos argentinos, que pueden resultar reveladores. 
Sebastián Elsinger y su Going Places, y Germán Ruiz con Un día y Domingos.
En el caso de Elsinger, hay varios puntos a tener en cuenta. Fue alumno de Ricardo Becher en la FUC – y esto era desconocido por el cronista a la hora de decidir emparentar ambos artistas en esta nota- y los dos solían tener largas conversaciones sobre arte por ese entonces, mientras Elsinger estudiaba, además de cine, pintura en el IUNA. Los dos cortos que tiene hechos hasta ahora este artista, salieron del laboratorio de cine de la Universidad Di Tella… y el círculo se cierra. No obstante, los trabajos de Elsinger tienen un aura distinta; cierta melancolía y sordidez lejana pero latente, muy goddardianas, flotan en la atmósfera de sus obras. En el caso de Going Places, estamos ante una historia mínima apoyada en uno de los grandes temas universales: el amor contrariado. Filmada en Seúl, Corea del Sur, con actores coreanos y hablada en coreano, resulta una extraña traspolación que no deja de producir un feliz asombro. Para más, es una historia sobre inmigración –el chico dejó Seúl por Estados Unidos cuatro años atrás- pero, además, funciona como una ironización –acá sí, muy al estilo Becher- sobre procesos migratorios cruzados: un artista argentino residente en Buenos Aires, ciudad con una gran comunidad coreana de origen migratorio, cuenta una historia de amor coreana en coreano, convirtiéndose él mismo en migrante y trasplantado. Una operación interesante y que aporta otra capa de sentido, así el cruce haya sido intencional o fruto de alguna eventualidad azarosa.  
La historia está bien resuelta y, estéticamente, es aséptica, pero muy bella a la vez. Imágenes limpias, con medios o primeros planos de una cámara en mano que se mueve con el pulso, este detalle nos sitúa en un lugar casi clandestino, de asistir a una imagen robada, intimista, que funciona muy bien. El paisaje visto desde el tren al comienzo –con los únicos 30 segundos de música que tiene el corto-, los neones de color de la Seúl nocturna y las fotografías fijas que llaman directamente a la propia producción fotográfica de Elsinger –el cesto de basura de color en el piso- son los mejores momentos estéticos de este corto.
Por otra parte, y también salido de las entrañas del lab de los Di Tella, Un día, de Germán Ruiz, gana en imagen general y en fotografía fija, respecto al guión, al clima y a las actuaciones de su corto, que termina resultando una especie de juego de amigos adolescentes, aburridos un sábado a la tarde. Acá la representación de sí mismos –o de sus pares generacionales en el contexto compartido- tiene el tono de una sucesión de clichés de las microhistorias: una perra guardada en un bolso para hacer compras de super sin sentido, un lavadero clandestino y chicos solitarios, frikis pero con onda –o eso es lo que ellos creen- como raros habitantes de una ciudad abstracta e impersonal, este sí un dato bien veraz y contemporáneo. La excepción la pone el muy porteño carrito de choripanes en el que se detiene a comer –vestida de diva- una preciosa Valeria Licciardi.
En el caso de Domingos, el acierto de Ruiz es significativamente mayor. Un mensaje de texto en primer plano, un viaje en tren con destino al barrio familiar y la casa paterna plagada de perros entrañables y chillones, resulta la operación inversa a la pretenciosidad del corto anterior: una acuarela simple y cotidiana, vuelta Odisea sólo por poner el ojo y la intuición en el mismo lugar. La cámara subjetiva –que acompaña la voz de Germán- nos pone en el lugar de protagonistas de un encuentro íntimo familiar pero social a la vez, desnudo, desprovisto de artificios o forzamientos de actitudes, y ese es un aporte decisivo. Varias imágenes fotográficas potentes –la del perro marrón en el sillón blanco es hermosa- y el final nocturno, formateado con música al mejor estilo Tiro de gracia, son de los puntos más altos.
Para terminar, lanzo la piedra y escondo la mano, de cara a reflexionar sobre cómo los artistas argentinos representan en imágenes cinematográficas su comunidad y entorno y, por ende, a sí mismos. O mejor, como quieren que los vean. Si los chicos guapos y sensibles y las chicas desmelenadas y sexuadas de Becher se veían a sí mismos en el ´68 como actores de un momento trascendente, intenso y vivido individualmente pero a la vez con idea de conjunto; temo inferir que los chicos de Elsinger y Ruiz se vean como víctimas de la atomización psicológica social, la histeria amorosa y la conformidad con lavar la ropa en un lavadero clandestino o con reír –tristemente- bajo los neones de color en la noche de Seúl.


Texto: Revista Sauna

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