Cuando hay flores en una habitación mi mirada se fija en ellas. Siento su presencia como no me sucede con las sillas, los sofás, las mesitas de café o las cortinas. Creo que la fascinación que ejercen sobre mí se debe al hecho de que están vivas y no muertas. La atracción es prerreflexiva (crece en mi cuerpo antes de que pueda articular un pensamiento). Antes de nombrar la flor (si es que puedo), antes de que me diga a mí misma que me atraen sus capullos, la sensación placentera ya me ha envuelto. El color rojo es particularmente excitante. Es difícil dar la espalda a unas flores rojas; dejar de mirar una amarilis en todo su esplendor, con sus gruesos tallos verdes erguidos o combándose ligeramente contra las paredes del florero de cristal que los contiene. Cuando cae la nieve mi felicidad se acrecienta: el rojo sobre el blanco visto a través de una ventana. Y en verano no puedo resistirme a observar durante dos, tres o cuatro minutos las peonías que se han abierto en un grueso cuajo de pétalos, con sus estambres de color amarillo ocre.

Las flores marchitas no ejercen sobre mí tal fascinación. En mi jardín recojo las flores que se han marchitado, podo los tallos secos de los rosales, pinzo y arranco con los dedos las hojas desvaídas, ya amarillentas. Me encargo con cuidado de las muertas, pero me detengo embelesada en las flores vivas. Observo una abeja sobre el granado corazón naranja de una margarita abierta. A veces recoloco una flor para que encare el sol cuidando de no dañar su pétalos. Mis contactos con esas flores, con esas plantas vivificantes pero carentes de sentido, me resultan tan absorbentes que soy incapaz de narrarlos. Es raro, pues estoy continuamente poniendo palabras a lo que vivo, siempre construyendo frases que me acompañan cuando recibo a alguien, acudo a una cena o paseo por la calle. Pero cuando estoy en el jardín esa voz interior se acalla y mi mente se queda en silencio.

Cuando era niña vivía en una casa a las afueras de una pequeña ciudad de Minnesota. Detrás de la casa había un talud empinado que bajaba hasta un arroyo. En primavera, después de las nieves, el nivel del agua subía e inundaba la ribera del arroyo. En la ladera que caía sobre el agua fue donde encontré las primeras flores de sanguinaria del Canadá que crecían en el suelo. Recuerdo la humedad fría que me subía por el pantalón mientras estaba allí sentada examinando las flores. Cuando hubieron crecido suficientes, me concedí licencia para recoger un ramo y llevárselo a mi madre. Sus capullitos blancos se doblaron enseguida como si estuvieran apenados, pero su verdadero encanto se localizaba en sus raíces, en los rizomas que contenían una savia rojiza que sangraba entre mis dedos. Mientras las recogía pensaba en heridas y en dolor y me sobrevino una agradable melancolía. Mi animismo infantil llevaba ya tiempo conmigo, pero en mi memoria consciente aquellas personificaciones nunca llegaron a formarse por completo. Yo vivía en un estado de semicreencia, no de creencia auténtica. Las sanguinarias tempranas podían derramar su savia roja y por eso eran más humanas que las campanillas que florecían más tarde. Recuerdo lo mucho que me agradaba al volver a casa abrir las manos, mirar las manchas rojas que las flores habían dejado sobre mis palmas y sentir una especie de pavor. Supongo que un pavor relacionado con los vivos, los muertos y los que han sufrido algún daño.

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