Yo quería uno de esos sencillos exprimidores de cristal que generalmente cuestan veinticinco centavos, y el sitio más cercano que se me ocurrió para encontrarlo era un enorme almacén de todo a cien que hay en la zona del midtown, así que me fui para allá y bajé al sótano, donde está la sección de cocina. El sótano está dispuesto a la manera habitual y práctica de esas tiendas de todo a cien, con largos mostradores separados por pasillos, y cuando andas por ahí te das cuenta de que no hay ventanas, y de que el techo parece bajo y las luces refulgen, y puedes imaginar que estás en un bazar muy lleno toda la noche, donde todo el mundo tiene prisa por encontrar lo que busca y salir del denso aire subterráneo. Es un lugar nervioso y febril. Encontré el exprimidor de limones sin mucho esfuerzo y mientras esperaba el cambio eché un vistazo a la sección de pajarería, a un mostrador de distancia de donde yo estaba, contra la pared. Suelo olvidarme de esos pájaros, pero el exprimidor me había acercado demasiado a ellos y di un paso y miré el interior de las jaulas. Había tres jaulas con pájaros. Una era bastante grande, con unos cuantos periquitos, otra era pequeña con tres pajarillos diminutos de marrones y grises terrosos, y otra jaula igual de pequeña abarrotada de diminutos pájaros de colores brillantes, naranjas y negros y amarillos y rojos. Los conté y había catorce, en una jaula hecha para uno o dos, y cuando acabé de contar vi que no tenían agua. Tuve que hacer unas preguntas para averiguar quién se encargaba de los pájaros, pero al final la persona indicada vino y comprobé que les rellenaban el recipiente del agua y me fui. El cartel decía «Pinzones importados», y yo me pregunté de qué país vendrían. Seguí intentando pensar en los pájaros ordinarios de la ciudad, los gorriones, las palomas y otros, que vuelan libres y parecen capaces de mantenerse, pero no podía quitarme a aquellos pinzones torturados de la cabeza. La próxima vez que quiera un exprimidor de limones, me esforzaré en recordar dónde está la ferretería más cercana. Un corto paseo desviándome de mi camino parece un precio pequeño a pagar por el privilegio de evitar la realidad.