Cartier-Bresson es un icono indiscutible de la fotografía del siglo XX. Su obra ha cambiado la forma de ver y trabajar de múltiples generaciones de fotógrafos. Esta es una mirada en alto contraste a las nueve décadas de vida de un genio de la lente.

Un apellido de leyenda

Cartier-Bresson es un icono indiscutible de la fotografía del siglo XX. Su obra ha cambiado la forma de ver y trabajar de múltiples generaciones de fotógrafos. Esta es una mirada en alto contraste a las nueve décadas de vida de un genio de la lente.


Un apellido de leyenda

Un anciano observa embelesado una pintura medieval holandesa. Resopla con admiración. Señala con entusiasmo el rojo de un cuadro y sentencia: “La pintura es una meditación, la fotografía, una cuchillada”. Son escenas del documental Henri Cartier-Bresson: The Impassioned Eye (2003) de Heinz Bütler, una cinta que reúne una serie de conversaciones en las que el artista francés, ya nonagenario, se muestra como un hombre perfectamente lúcido, de una humildad extraordinaria.

Es difícil encontrar reseñas que hablen de él y no abunden en adjetivos grandiosos e hipérboles. Pieyre de Mandiargues lo llama “el más grande fotógrafo de la era moderna”. Roger Therond va más lejos y lo define como “Dios padre, el hijo y el Espíritu Santo”. Tal vez el perfil bajo y elusivo que el nativo de Chanteloup-en-Brie cultivó a lo largo de su vida se debe a esa fama desmesurada que lo acompañó durante décadas. Pero su sistemática huida de los reflectores sólo aumento su estatura mítica. Y es que en Cartier-Bresson se cruzan las virtudes de un artista de sensibilidad excepcional con un temperamento analítico, en un momento de la Historia donde justamente se necesitaba un fotógrafo con ese perfil.

La fotografía llevaba casi un siglo en la batalla por equipararse a las ‘artes mayores’, tratando de liberarse del estigma de ser un mero recurso de reproducción mecánica. Cuando apareció Cartier-Bresson a la mitad del siglo XX, Europa se encontraba lacerada por la guerra y con una atmósfera artística efervescente, con el surrealismo y la abstracción en el centro de un debate que cuestionaba las formas y los procedimientos en todas las áreas creativas. Henri salió a la calle y descubrió una aproximación nueva que sintetiza en un instante todas las cualidades de una imagen: dinamismo, composición, proporción y carga emocional.

Con él, la foto instantánea puede ser considerada arte con mayúsculas. Su larga vida estuvo dedicada por entero a una búsqueda estética sin par. El destino puso en sus manos una cámara y cumplió su recorrido con ella, enseñándonos en este proceso cómo el arte nace no en el medio ni la técnica, sino en la mente del autor que sigue su instinto de cazador de imágenes.

Cazador de instantes

Hijo de un próspero empresario textil, Henri Cartier-Bresson nació el 22 de agosto de 1908. A los cinco años, en el estudio de su tío Louis, un talentoso pintor, aspiró los aromas del óleo y encontró su vocación en las artes. Su elección profesional fue la pintura y a los 20 años comenzó sus estudios a nivel profesional con el pintor cubista André Lothe, compaginando el acercamiento a la pintura de vanguardia con frecuentes visitas al Louvre, donde analizaba las obras del Renacimiento y el Barroco. Fue una época de intensa formación estética. El joven Henri, lector ávido, se nutrió asimismo con textos de Dostoievski, Schopenhauer, Rimbaud, Mallarmé, Freud, Proust, Joyce, Hegel y Marx.

Hasta el final de sus días, el legendario galo se consideró más pintor que fotógrafo. “Amo la pintura”, comentó, “y en lo que concierne a la fotografía, no sé nada”. Una influencia decisiva fue su contacto con el movimiento surrealista, que buscaba lo onírico en lo cotidiano, empleando la cámara para registrar las anomalías de la calle. De este grupo Cartier-Bresson rescató la espontaneidad como filosofía artística. Pero la pintura no alcanzaba a llenar sus necesidades de expresión. En medio de esta encrucijada viajó a África; ahí se dedicó a la cacería, enfermó de gravedad y quedó profundamente impresionado por las duras condiciones de vida en el continente y así lo manifestó: “El aventurero dentro de mí se sintió obligado a dar testimonio de las heridas del mundo con un instrumento más rápido que un pincel”.

Inspirado por la obra del húngaro Munkacsi, autor de imágenes que congelaron movimientos rítmicos, el francés eligió la lente como nuevo instrumento. En esta tarea la tecnología conspiró a su favor y adoptó en 1932 una cámara Leica, la primera de tamaño reducido que resultaba una extensión del propio fotógrafo, permitiéndole perderse entre calles y multitudes con su herramienta a la mano. Henri contó entonces con una ligera, portátil y genuina trampa para atrapar instantes.


Texto publicado por Miguel Canel en El Siglo de Torreón