En Big Sur, California, Jack Keoruac se volvió loco. Más loco, un poquito más. Era 1962 y el escritor icono de la generación Beat decidió escapar de la fama que lo perseguía, de las adolescentes que trepaban la reforzada barda de su casa en Nueva York para pasar un rato con él y de los programas de televisión a los que era invitado para leer algunos de sus poemas. Luego de un intenso intercambio de cartas entre él y su amigo, Lawrence Ferlinghetti (también poeta beatnik), acordaron que Kerouac pasaría algún tiempo en su cabaña del sur de California. Supuestamente, la llegada a San Francisco del autor de On the Road (En el camino), sería un secreto. De allí partiría a la cabaña del poeta. Sin embargo, lo primero que hizo Kerouac al llegar a su añorado Frisco, fue emborracharse en los callejones para luego aparecer en la librería City Lights para comenzar lo que sería una juerga de dos días.  Después de este inesperado cambio de planes Kerouac cumpliría con su deseo de pasar algún tiempo en una cabaña, para poder escribir en paz y alejarse de las ‘banalidades’ que lo rodeaban. Fue allí donde comenzó su locura. Un estado mental que el autor plasmó en Big Sur, su última novela.

Hijo de una familia franco canadiense, Kerouac nació en Lowell, Massachussetts, en 1922 y sólo aprendería a hablar inglés a los seis años, cuando fue por primera vez al colegio. Abandonó la universidad y comenzó una travesía por Estados Unidos trabajando en distintos empleos para luego enrolarse en la marina mercante, con la que viajó por el Atlántico Norte e Inglaterra. Sus viajes continuaron por tierra cruzando México, el Norte de Africa, Europa y Los Estados Unidos acompañado en ocasiones por sus amigos Allen Ginsberg, Neal Cassady y William Burroughs. Con los que crearía sin quererlo la llamada generación beat.

 En 1952 escribió “En el camino” (On the Road), su novela más célebre, que narra cuatro viajes que él mismo realizó entre 1947 y 1949 y sólo sería publicada en 1957. El enorme éxito que la obra tuvo entre los miembros de su generación y adolescentes norteamericanos contribuyó enormemente a popularizar la mítica Ruta 66. Según comentaba su amigo y colega William Borroughs acerca de esta novela, el fenómeno Kerouac abrió un millón de cafés, vendió millones de bluyines Levis y mandó  a incontables jóvenes a recorrer las carreteras de su país.

El amor a los viajes, mejor cuanto más locos e imprevisibles, que Kerouac compartía con gran parte de sus contemporáneos, queda perfectamente definido en las narraciones que contiene En el Camino.

Según un mito que ayudó a alimentar él mismo, habría escrito esta novela en tan sólo tres semanas con el cuerpo recargado de café y benzedrina. Incluso, el manuscrito fue subastado hace algún tiempo en la cifra record de 2.5 millones de dólares. Sin embargo, la universidad de Chicago habría encontrado por lo menos tres versiones anteriores de la novela, así como 6 borradores.

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La expresión “Generación Beat” fue acuñada por Kerouac en 1948, pero sólo fue dada a conocer hasta 1952, tras una conversación con el novelista John Clellon Holmes, quien escribiera el artículo, “Esta es la Generación Beat”, para la revista literaria del New York Times.
Hay varias versiones acerca del significado del concepto Beat. Algunos aseguran que se refería a la rítmica del Jazz, imitada estilísticamente por los escritores de esta generación; mientras que otros aseguran que proviene del término Beaten Down que en inglés quiere decir derrotado, que supuestamente reflejaría la desesperación frente a una sociedad barrida por la depresión económica, la segunda guerra mundial y la amenaza de la bomba atómica. Otros más dicen que el término provenía de un diminutivo de Beatific (Beatífico)

En 1944 Lucien Carr, Jack Kerouac y Allen Ginsberg pasaban largas horas en los cafés y en las cervecerías de la ciudad de Nueva York teorizando acerca de la ‘Nueva Visión’ (New Vision) de la literatura norteamericana, cuyos tres conceptos fundamentales eran para ellos los siguientes: la desnudez de la autoexpresión es la semilla de la creatividad; la conciencia del artista se expande en el desorden de los sentidos; el arte elude la moralidad convencional. Kerouac descubrió y explotó la ‘prosa espontánea’, también reconocida como la ‘prosodia del bop’ e inaguró una poética personal. En su proceso creativo el tiempo es la esencia de la pureza del discurso (muy similar a Hemingway y su búsqueda del presente perdido), el lenguaje que realiza bosquejos de las formas es flujo ininterrumpido de personales y secretas palabras idea, como la zapada que realizan los músicos de jazz. Sin embargo, este estilo fue definido por su contemporáneo Truman Capote, como simple mecanografía.

Aunque por otra parte, los elogios a su obra no se han hecho extrañar y es incontable la serie de autores norteamericanos que aún parecieran prenderle velas y celebrar sus dos obras principales, En el camino y Los subterraneos. Incluos el propio Bob Dylan aseguró haber reforsado su vocación en la poesía y música gracias al difunto en cuestión.

Sus trabajos autobiográficos reflejan una vida nómada, con cálidas pero atormentadas relaciones y una profunda desilusión social, aliviada un poco por las drogas, alcohol, misticismo y humor negro. Uno de sus temas recurrentes era entender la vida como un viaje sin fin en el que la naturaleza, la amistad y la espiritualidad son un vehículo fundamental a través de los cuales trató de encontrarse consigo mismo.

En “Los Vagabundos del Dharma” el camino queda relegado a un segundo plano siendo la espiritualidad del budismo Zen el medio de buscarle sentido a la vida, aunque el momento cumbre del libro, una vez más, sea un viaje: la ascensión al monte Matterhorn y todas las emociones que le provoca.

Sin embargo, la popularidad que acosaría al escritor, sería la misma que finalmente lo llevaría al borde de la locura, que en su caso lindó con la afición al whisky. “La generación Beat estaba compuesta por provocadores frustrados e histéricos, que no tienen más en la cabeza que rencor por Estados Unidos y la vida de la gente común. Nunca han escrito sobre la gente común con algún tipo de amor”, escribiría más tarde un desenfadado Kerouac que según su editor Ellis Ambur, cambiaría significativamente su personalidad hasta llegar al punto de apoyar movimientos antisemitas y racistas como el mítico Ku Kux Klan.

Fue el propio Ambur quien se encargaría de desbaratar el mito que envolvió al autor de Los Subterraneos hasta elevarlo a un nivel olímpici en la cultura popular norteamericana similar al de James Dean. Según Ambur publicó en la biografía “El Kerouac Subterraneo”, éste habría sido bisexual y mantuvo relaciones intermitentes con su colega y amigo Allen Ginsberg.

Según William Burroughs (en una charla con Lou Reed) el cambio no fue tal: “No cambió tanto. Fue siempre así. Primero había un joven sentado delante de la televisión en camiseta bebiendo cerveza con su madre, luego había una persona más gorda y más vieja sentada delante de la televisión en camiseta bebiendo cerveza con su madre”.

A pesar de que siempre tuvo éxito con las mujeres, nunca duró mucho con ninguna. Durante sus últimos años vivió con su madre, a la que siempre había adorado.

Pero había otra persona aún más importante en la vida de Kerouac: Neal Cassady. Un vago cuatro años menor que el escritor, con una personalidad avasalladora y conflictiva, logró ganarse un espacio en el corazón de Kerouac y encarnó a uno de los personajes más significativos de En el camino bajó el nombre de Dean Moriarty. Cassady, a pesar de no ser un gran escritor, fue el compañero de muchas de las aventuras de Jack e incluso se habla de que a razón de su muerte en un confuso accidente ferroviario en México, Kerouac habría entrado en una profunda depresión que lo sumergió en una prolongada ingesta de whisky que terminaría con su vida el 20 de octubre de 1969.