El 24 de noviembre del 2017 se celebró el “Black Friday”; como todos los años, el día inmediatamente posterior a la cena de “Acción de Gracias”. En Europa, si bien no se realiza la ceremonia de agradecimiento por la cosecha, sí se festeja la inauguración de las compras navideñas. Trazar el origen de esta jornada de rebajas y promociones no resulta fácil; las conjeturas son varias. Algunas tienen como base el día libre que se otorgaba a los trabajadores tras conmemorar la “Acción de Gracias”; otras, en cambio, optan por justificarlo a partir de una crisis financiera y una consecuente estrategia de marketing. Hay —incluso — quienes equivocadamente lo relacionan con la venta de esclavos en los siglos anteriores a su prohibición. Sin embargo, más allá de las distintas teorías que buscan explicar sus orígenes, una certeza es su creciente éxito.

Este año, por ejemplo, en Estados Unidos se rompió récord en la venta de armas. Un dato que, además de resultar irónico si se tienen en cuenta las últimas masacres, nos revela hasta qué punto el afán de adquisición se mantiene vigente y cómo establecemos una extraña relación con la realidad de los objetos.

Dejando de lado el éxito económico que significa, el “Black Friday” es un negro viernes para las muchas manos que trabajan y subsisten detrás de los artefactos —a precio reducido— que se exhiben en los escaparates. Surge entonces una pregunta en torno al tipo de vínculo que guardan estos objetos cotidianos, de apariencia inocua, con aquellos otros denominados por Timothy Morton como “hiperobjetos”, haciendo alusión a su extensión en el espacio/tiempo y a la dificultad de ser abordados por la consciencia humana. Ejemplos de estos últimos son el calentamiento global o la biosfera.

La exposición Después del fin del mundo llevada a cabo por el CCCB (Centre de Cultura Contemporània de Barcelona) y dirigida por el comisario José Luis de Vicente plantea, a partir de ocho instalaciones, una reflexión a propósito de esta red de vínculos y realidades que traspasan los objetos y la temporalidad. Inaugurada el 25 de octubre del 2017 y activa hasta el 29 de abril del 2018, la exposición nos anuncia desde su título apocalíptico, el fin de nuestro mundo actual. La “nueva era de los humanos” o Antropoceno nos revela las consecuencias de la intervención

humana en la tierra durante los dos últimos siglos. “Esta civilización se ha acabado. Y todo el mundo lo sabe” anuncia la cita de Mackenzie Wark con la que se inicia el recorrido por la exposición. Y puesto que es así y el colapso es inminente, resulta urgente reinventar las relaciones que establecemos, nosotros: humanos, con los objetos de todos los días pero también con aquellos otros “hiperobjetos” de los que hacemos parte.

Tras este preámbulo, la primera sala nos presenta Overview, una instalación dirigida por Benjamin Grant, con imágenes satélites de gran resolución que sirven de analogía con la piel humana. En esta serie fotográfica se contempla “la nueva piel de la Tierra”. Una colección de imágenes impactante, llena de contrastes y paisajes devastados, consecuencia del desmesurado crecimiento económico y poblacional.

 

Satellite imagery © DigitalGlobe, Inc.

El prólogo de este itinerario se realiza bajo el formato de vídeo tomando como base un relato del escritor de ciencia ficción, y uno de los mayores exponentes de la climate fiction, Kim Stanley Robinson. En la primera etapa de la exposición un extenso escenario, con imágenes de paisajes, voz y texto, nos dice que estamos en el vértice, entre catástrofe y utopía, y que ambos caminos son posibles. La decisión está en nuestras manos. Stanley anuncia que la zona intermedia es cada vez más estrecha, el cambio es inminente y todo acto cuenta. Es nuestra responsabilidad y por ello, debemos reaccionar. Con esta introducción se sospecha la motivación de la exposición que desde el principio invita a sus espectadores a reflexionar en torno a la ineludible necesidad de una toma de consciencia.

Y de la piel pasamos al tejido, más exactamente a Destejidos, la instalación del colectivo Unknown Fields Division. El escenario se transforma y un río de tinte de ropa —rojo como la sangre— pasa por debajo de una pasarela rodeada de tela hecha de hilo de oro. Los ríos sagrados de la India son contaminados, año tras año, con los tintes de los colores de moda de cada nueva temporada. Alrededor, las pantallas sumergen a los espectadores en los sonidos de los telares donde se fabrica la ropa de las grandes cadenas de la fast fashion. Los fragmentos de un documental grabado en Bangladesh nos revelan la deconstrucción del recorrido de las prendas de vestir para rastrear su procedencia. Paisajes recónditos y complejos sistemas industriales evidencian el inicio de la producción de las piezas de moda. Los jerséis y pantalones anunciados en descuento durante el “viernes negro”, son expuestos en esta instalación desde otra perspectiva. Contaminación fluvial y desigualdad social son solo algunos de los resultados que conllevan la producción y el consumo desmedido en la moda.

La siguiente estación también se ubica en esta misma zona del continente asiático. Singapur, a pesar de ser el más pequeño de los países del sector sureste, ha pasado a convertirse en uno de los centros financieros más importantes del mundo. La paradoja reside en que para llegar a serlo ha tenido que sacrificar el bienestar ambiental. Las actividades comerciales que han permitido tal crecimiento han estado —simultá- neamente— relacionadas con el aumento del nivel del mar; razón por la cual el pequeño país debe importar arena de manera constante. Charles Lim, antiguo regatista olímpico de Singapur, expone las transformaciones de su isla natal a través de la instalación Sea State. Desde documentos que revelan la ley de costas hasta mapas que muestran los mecanismos de extracción de la arena, la instalación da cuenta de las contradicciones del actual y constante crecimiento de la isla.

En el centro de la exposición el tono cambia pero las paradojas se mantienen. Una pieza de teatro experimental con enfoque interdisciplinar combina la ficción y el documental. Helgard Haug, Stefan Kaegi y Daniel Wetzel son los integrantes del colectivo Rimini Protokoll, quienes proponen un híbrido que recrea múltiples escenarios que van desde dramas burocráticos o la cotidianidad de un camionero ruso hasta invitaciones a reflexionar en torno a la sobrepoblación de medusas, las únicas grandes ganadoras del cambio climático. Mientras el ser humano es cada vez más frágil, el animal marino es el gran triunfador del fenómeno ambiental.

En la misma línea —entre ficción y realidad— encontramos el montaje de Superflux: “Mitigación en shock”, cuya simulación de vivienda futurista pretende predecir algunos de los cambios que deberemos asumir en nuestra cotidianidad. La cantidad de plantas y lámparas ultravioletas son algunos de los principales objetos que impactan en esta muestra.

Según los antropólogos del futuro, el desequilibrio climático no permitirá la creación de jardines al aire libre, en su lugar habrán huertos interiores urbanos que además serán necesarios si se tiene en cuenta la inseguridad alimentaria. El menú se verá reemplazado por aquellos pocos alimentos que sobrevivan en tales condiciones climáticas. Lo objetos domésticos que en el pasado “Black Friday” se veían expuestos ostentosamente en los escaparates, desaparecen en esta instalación. En el futuro, lo accesorio tendrá otro sitio, lo urgente primará.

Los métodos de desplazamiento también deberán renovarse. Los recursos fósiles son finitos y encontrar otros medios para obtener la energía es una obligación. Por ello resalta la propuesta de Tomás Saraceno, que además de mitigar los daños y hacer uso de los recursos naturales, plantea nuevas formas de viajar. Con el lema “Around the world to change the world” se nos presenta Aeroceno, una herramienta de viaje que combina física termodinámica, meteorología y arte, para desplazarse sin hacer uso de combustibles fósiles. Un inmenso globo que vuela liviano bajo un cielo despejado es la imagen idílica que tenemos antes de pasar a la última etapa de la muestra.

En la última etapa, Natalie Jeremijenko nos presenta la Clínica de Salud Ambiental y la Estación Ciudad. La primera hace referencia a la estación de la muestra, cuyo salón dispone de mesas con distintos artefactos y paredes con plantas. Esta innovadora Clínica busca hacernos reflexionar sobre nuestra relación, esta vez no ya con los objetos, sino con los otros seres que comparten el espacio urbano. Los recursos naturales son explotados y con ellos, las especies vivas. Esta clínica descubre innovadoras formas de mutualismo. Su propuesta, no obstante, va más allá. La exposición concluye con una invitación a otro espacio público situado en el Passatge Trullàs, en el Distrito de Sant Martí de Barcelona, la Estación Ciudad. Dieciséis talleres de acceso abierto, repartidos en distintas fechas durante todo el tiempo que esté la exposición vigente, abordarán desde una búsqueda colectiva, temas de interés ambiental. La mejora en la calidad del suelo, el aire o la necesidad de aumentar la biodiversidad son solo algunos de contenidos de los talleres.

Así como a lo largo de la exposición, la brecha que separa la ficción de la realidad se desdibuja, la línea entre futuro y presente es cada vez más sutil. Timothy Morton, “Ministro del futuro”, nos invita a meditar en torno a esa “bifurcación en el tiempo” y ese “ahora” —cada vez más difuso— que en realidad no es otra cosa que el futuro inmediato. Si bien a lo largo de la exposición se proponen escenarios imaginarios como proyecciones del futuro, también se nos dice que ese futuro que vemos lejano, es y está cada vez más presente. “El presente no existe. No hay ninguna burbuja, sea grande o pequeña, llamada «presente»”, afirma Morton en un breve fragmento del texto titulado “Perdón por el retraso: la bifurcación del tiempo”. La octava instalación, de naturaleza intermitente y repartida de manera irregular entre las otras siete muestras, nos interroga a través de fragmentos de textos que alternan afirmaciones y preguntas. Así, a partir de esta instalación, las otras siete muestras están hilvanadas por un hilo narrativo que reflexiona sobre la temporalidad. Y es que, en efecto, el mundo actual se acaba. Y quizás en el que está llegando, el “Black Friday” no tenga lugar. No lo sabemos. Lo seguro es que nuestras prácticas de consumo deben transformarse si queremos la utopía. Es el fin de nuestro presente. Lo que vendrá es incierto. “¿A qué esperamos?”, nos pregunta el Ministro del futuro.


Este texto fue publicado originalmente en la revista Forma de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona