“Creo que son las expectativas y suposiciones de otros…

las que causan dolor en el corazón”,

Reynolds Woodcock, El hilo invisible.

 

¿Qué nos provoca? ¿Cuál es esa fuerza que nos atrae como objetos hacia centros gravitacionales que, más allá de la lógica, nos fuerzan a persistir en seguir ese rastro, a chocar contra ese vidrio que separa la luz del exterior, como una luciérnaga chocando con una lámpara? Todos hemos visto o sentido ese estremecimiento, cuando esa racionalidad aparente que nos domina da paso a un estado emocional puro, salvaje, que puede comenzar en un inocente enamoramiento y, en algunos casos, terminar en locura, violencia o, incluso, la muerte.

Ya no son las palabras ni las convenciones lo que ronda los ambientes. Es algo más complejo. Es un hilo invisible, tejido en conversaciones, olores, actitudes, historias y miradas, conexiones que desafían el vacío que existe entre dos personas, con la fuerza para desatar un huracán.

El regreso de Paul Thomas Anderson con El hilo invisible -que se puede encontrar en diversas plataformas en la web-, después de tres años sin sacar una película, ha sido a lo grande. Tras éxitos más cercanos al mainstream, como Magnolia o Boogie Nights, que lo pusieron en órbita en los años noventa, ha desarrollado un sprint de films simplemente notables: Petróleo Sangriento, The Máster e Inherent Vice -que envejecerá mucho mejor de lo que se le reconoce-.

Que La forma del agua le haya quitado el Oscar a El hilo invisible, es un signo de que a la Academia, como a la sociedad que la presiona, la está afectando seriamente la enfermedad de lo políticamente correcto -tan de moda en estos días-, tomando en cuenta que entre ambas películas existe un abismo entre lo que es un intento y una obra de verdad.

Esta es una película compleja, de personajes difusos, donde lo dicho con no lo dicho están en constante diálogo y conflicto. Los silencios, los ruidos, las miradas, son los verdaderos actores que vemos moverse entre secuencias de interiores, sostenidas además por una pulcra fotografía, que fue desarrollada por el mismo PTA.

 

La historia está centrada en Reynolds Woodcock -en otra notable interpretación de Daniel Day-Lewis, a mi humilde entender el mejor actor de su generación, quien ha anunciado que esta será su última película- un modisto famoso de la Inglaterra post Segunda Guerra Mundial. Por su taller desfilan princesas, duquesas y cuantas distinguidas damas tengan la billetera suficientemente ancha para enviar a confeccionar vestidos exclusivos.

Reynolds es un hombre ausente, solitario, exigente consigo mismo y con quienes lo rodean hasta el paroxismo; un hombre obsesivo, que se desvive por su trabajo, rodeado de ayudantes y de su hermana Cyril -Lesley Manville-, quien oficia como su secretaria personal, por lo que se ocupa de evitar y arreglar los problemas que le aparecen al modisto -entre otros tantos, las jóvenes muchachas que se enamoran y después de unos días no sabe cómo cresta echar-. Además es un talentoso artista, con la capacidad de dejar mensajes entre las costuras de la ropa que confecciona -un nombre bordado, un mechón de pelo de su madre-.

Entre las puntadas e hilos que demandan toda su atención, Reynolds conoce a una joven camarera llamada Alma -Vicky Krieps, que fue escogida en conjunto por Anderson y Day-Lewis-, quien pasará a convertirse en su musa. Pero las cosas con Reynolds duran lo que duran. Su trabajo, su metódica vida, así lo demandan. Aparece entonces, entre las geniales actuaciones y la elegante y minimalista música compuesta por Jonny Greenwood, el guitarrista de Radiohead, ese estado ambiguo, que puede llamarse amor o llamarse obsesión o llamarse egoísmo o llamarse salvación.

Ese estado salvaje, irracional, pero que a esta altura ya deberíamos admitir que es parte de lo que nos define como seres humanos.

paul thomas anderson GIF by Phantom Thread

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