El expresidente Álvaro Uribe está a punto de comprarse cuatro años más de impunidad en sus  causas pendientes con la justicia con la llegada al poder de Iván Duque, un advenedizo por quien ni siquiera sus adeptos saben por qué votan. 

O sí: votan porque Uribe les dijo. Entonces va la borregada dispuesta a comprarle libertad a uno de los líderes más cuestionados de Colombia a costa de sangre, mentiras y corrupción.

¿Por qué? Uribe no se ganó su popularidad en una rifa. Cualquiera que desconozca los hechos que lo llevaron a ser el político más influyente en los últimos 50 años está aplicando una lógica sesgada y fuera de contexto, pues Uribe logró, a punta de bala y muerte, maquillar el destino de una guerra civil que venía desangrando al país. 

Eso, sin embargo, no debería darle un pasaporte al país de los impunes. El hecho de que haya perseguido a la guerrilla y en la práctica su política de guerra fuese el puntapié inicial del proceso que terminó con el acuerdo de paz entre las Farc y el Estado colombiano, no puede ser un argumento para desconocer su responsabilidad civil y penal en una serie de delitos por los cuales se encuentra procesado.

Claro, eso no cuenta para el uribismo. Para los feligreses del expresidente, no hay un delito capaz de justificar la persecución, aun cuando se trate de crímenes de lesa humanidad como lo es la masacre de El Aro, uno de los hechos por los que se le investiga. 

Uribe ha logrado construir un discurso en que todos esos crímenes fueron un mal necesario que él no cometió pero que se podría justificar dentro de un contexto de guerra. Un escenario similar al de Augusto Pinochet en Chile, quien excusó en su guerra contra “el cáncer marxista” una serie de delitos de lesa humanidad.

Desconoce, sin embargo, que hasta las guerras tienen reglas. Y que los criminales de guerra pueden ser juzgados por los tribunales internacionales, como sucede en estos días con el general congoleño Bemba en Bélgica, o como pasó con el mismo Pinochet. 

Uribe, como el chileno, puede contar con el apoyo de los suyos para esconder los crímenes penales. Pero olvida que sus aliados pueden perdonar las muertes de más de 10.000 civiles en falsos positivos, pero montarán un escándalo por casos de corrupción, como el que se destapó con los negocios inmobiliarios de sus hijos. 

Por eso, la impunidad que se está comprando le durará en la medida en que su discurso de guerra siga siendo necesario. Si Colombia es un país más pacífico dentro de cuatro años, el peso político de Uribe podría menguar, acercándolo a la justicia. 

El problema es que todo el país podría pagar el costo de mantener activo un conflicto que valide social y políticamente a Uribe. Es decir, un grupo mayoritario de colombianos está dispuestos a tranzar la paz del país por los paseos al Ubérrimo del senador. 

Esta impunidad de Uribe irá, además, montada en la integración de las cortes de justicia de Colombia en detrimento de la separación de poderes, pilar de las republiquetas de occidente, y con el aval de un sector que ni se inmuta al aceptar para ellos lo que tanto rechazaron en otros países, como Venezuela. 

Es más: el uribismo aceptó sin vergüenza votar por el candidato que les señaló el pastor de su iglesia sin debatir siquiera sus propuestas. Por el contrario, lograron dominar la campaña electoral en base a memes y burlas que ridiculizaban las propuestas de los otros postulantes, apelando a esa idea de bobo es el que no piensa como yo. 

Es que Uribe era consciente de que en esta elección se jugaba el pellejo. Sin un aliado/títere en el poder, sus procesos judiciales avanzarían hacia una resolución sin más obstáculos que esas “casuales” muertes de testigos. El ex presidente logró convencer de que era urgente, para todos los colombianos, imponer a una de sus fichas porque sino, el fantasma del Castrochavismo se habría tomado el país. 

Su éxito, claro, fue lograr que su necesidad de perdón y olvido ante la justicia se camuflase detrás de la sensación de impunidad que dejó el acuerdo de paz con la guerrilla. Al fin y al cabo, en un país que no sabe perdonar, tampoco se puede exigir justicia.

El uribismo está 48 horas de celebrar un probable triunfo. ¿De quién? Toda esa clase política que supuestamente quedó fuera del poder con la llegada de Uribe está feliz. Celebran Andrés Pastrana y César Gaviria. Celebra el exprocurador Alejandro Ordóñez y los curas y pastores evangélicos, celebra la maquinaria política que acompañó a Santos desde el Congreso y ahora, desde hace meses, anunció que gobernará con el mejor postor.  

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