Rodada al final de la década prodigiosa de Vittorio de Sica, los años cincuenta, «Dos mujeres» rompe un silencio creativo de cuatro años, el período más largo de inactividad como realizador en su carrera; en contrapartida, en los cuatro años escasos que median entre este rodaje y su anterior «Il tetto» (1956) el De Sica actor rueda nada menos que treinta títulos que le establecen como un magnífico profesional de la comedia «all´italiana». Cuando vuelve a ponerse detrás de la cámara elige, en cambio, un relato devastadoramente dramático que pone en primer término su faceta artística más contestada en su tiempo y más necesitada de una revisión crítica: su afición por el melodrama humanista atravesado de sentimentalismo. Parte de la culpa la tiene el viejo cómplice de De Sica, el eximio escritor Cesare Zavattini, quien, pese a firmar el guión de la película, no se recató en declarar que se apartaba de la línea dura del neorrealismo de posguerra que él seguía considerando un modelo preferible para abordar la realidad social.
Adaptación de «La ciociara», una prestigiosa novela de Alberto Moravia, no se puede decir que «Dos mujeres» dé la espalda a la realidad, precisamente, al centrarse en un episodio nada maquillado de la historia reciente de Italia, que dramatiza el conflicto entre los viejos valores tradicionales y el nuevo paisaje de devastación moral dejado por los desastres de la guerra.
La acción está ambientada a lo largo de los nueve meses del año 1943 que duró la ocupación alemana del país. Ante el bombardeo aliado de Roma, en donde vive con su hija de trece años Rosetta (la debutante Eleonora Brown), la viuda Cesira (Sophia Loren) decide regresar en busca de seguridad a su pueblo natal de Santa Eufemia, en las montañas de Ciociaria. Allí, lejos de las miserias del frente, conocen al camionero Michele (Jean-Paul Belmondo, que acababa de asombrar al mundo con su papel en «Al final de la escapada», de Godard), un intelectual comprometido políticamente con la resistencia partisana que alumbra en Cesira ideales que la mujer no llega a entender del todo. El triángulo incipiente entre las dos mujeres y Michele queda roto cuando éste es hecho prisionero por los nazis; decididas a regresar a Roma, madre e hija son violadas por un pelotón de soldados en la escena más terrible de la película. La distancia entre ambas se ahonda cuando Cesira descubre después que Rosetta se ha entregado al hombre que las lleva de vuelta a Roma (Renato Salvatore) a cambio de un par de medias: la experiencia traumática de la guerra no termina por el mero hecho de llegar vivas a su final.
El papel de Cesira estaba pensado originalmente para la simpar Anna Magnani, que se negó a salir en pantalla como madre de Sophia Loren; así ésta heredó el personaje, consiguiendo con él uno de los mayores triunfos de su carrera. Entre 1954 y 1974 Vittorio de Sica rodó ocho películas con la Loren como protagonista; en ese período se produce la transformación de la «pizzaiola» en una actriz de talento siempre disputado por su condición de exuberante símbolo sexual. Por su creación de Cesira, personaje que declaró haber preparado utilizando los «recuerdos sensoriales» de su propia experiencia durante la guerra, la Loren recibió una lluvia de premios, tanto en el festival de Cannes como por parte de la Academia de Hollywood, que le concedió el Oscar pese a que la película no era de lengua inglesa.


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