Japón y la Unión Europea firmaron esta semana en Tokio el acuerdo comercial más grande del mundo con el que ambos bloques esperan dar un impulso a su PIB de al menos un 1%. 

En pocas palabras, s eliminará el arancel del 10% sobre los automóviles importados de Japón a Europa y la mayoría de los 1.000 millones de euros de aranceles pagados anualmente por los exportadores europeos se eliminarán.

La beligerancia comercial de la administración Trump tendrá derivadas imprevistas por el mandatario estadounidense. Trump ha reflejado en algunos de sus libros sobre negociación empresarial, que el ejercicio de una presión insostenible por la parte con mayor poder económico provocará que la otra parte no tenga otra opción que la cesión y el sometimiento comercial.

Trump se equivoca en una cosa. Es probable que en el mundo de los negocios en el que se mueve, cuando por ejemplo negocia con un proveedor para que rebaje los precios, pueda ejercer esa posición avasalladora pues la diferencia entre ambas partes es abismal. Ahora bien, el poder económico de EE.UU. no es mucho mayor que el de la Unión Europea o el de la propia China. No hasta el punto que estos dos últimos tengan que plegarse a la voluntad irracional de Trump.

Al mantener esa presión, lo que el presidente de EE.UU. está consiguiendo es que el resto de grandes economías del mundo estrechen sus lazos comerciales como nunca antes. Es una medida de salvaguarda. Estas nuevas relaciones no van a cambiar cuando Trump deje el poder. El resto del mundo entenderá que EE.UU. no es un socio fiable y que tienen que adoptar una nueva política de alianzas a parte del país norteamericano. Eso es lo que está pasando con la Unión Europea y Canadá, o la UE y China o en este caso con la UE y Japón.

Trump será una “bendición” para Europa en el largo plazo, pues entenderá que puede proteger y fomentar sus intereses sin la participación de su antiguo aliado. Esa visión estratégica queda muy fuera del alcance del mandatario estadounidense.