Sebastián Piñera no sabe qué hacer. Está perdiendo el control de la agenda política y como al Guatón Loyola, le están llegando combos de todos los lados. 

El presidente trató de salir de su semana terrible con una estratégia trumpista y expulsó del país a 51 colombianos en medio de un show mediático buscando cosechar el nacionalismo trasnochado de algunos.

El comienzo de su peor semana bailó la cueca al ritmo del viejo tema que persigue a la derecha: las violaciones a los derechos humanos y la dictadura. El presidente nombró como ministro de Cultura a Mauricio Rojas, una suerte de negacionista de los crímenes de los militares que considera que el Museo de la Memoria es un montaje de la izquierda.

Como Piñera no es un buen perdedor, después de que su ministro cayera por sus propias palabras, el presidente insistió en la idea de que el Museo solo recoge un lado de la historia. Entonces, para corregir, enmendar, arreglar (siempre de a tres), Piñera, que todo lo sabe, dijo que haría un Museo de la Democracia dentro del Museo de Historia Nacional. 

El anuncio pasó rápidamente de ser un chiste  un chiste de mal gusto: un Museo de la Democracia para defender a la dictadura recuerda a la frase de hacer la guerra por la paz es lo mismo que tener sexo para preservar la virginidad. 

“Vamos a hacer un anuncio de hacer un Museo de la Democracia, porque la democracia es un valor y no la demos por garantizada porque son muchos los países que la han perdido”. 

¿Estaba hablando de Chile? ¿Hacía referencia a los funcionarios de su gobierno que participaron en el gobierno que durante 17 años manejó Chile a dedo y fusil?

Su propuesta parece simplemente buscar una compensación para los extremos más duros de su sector. Si ellos tienen Museo de la Memoria, nosotros haremos nuestro propio museo, abriendo la puerta a las dos versiones sobre un hecho irrebatible:  un gobierno electo mediante votos y urnas fue derrocado por un golpe militar que gobernó por 17 años y asesinó a más de 5.000 personas. 

¿Puede haber otra versión de la historia? El contexto, alegan desde la derecha, justificando la sangre. Fue la salvación del país, insisten los amigos de Piñera y aunque se puede apoyar la teoría del caos social, desconocer los hechos, hablar de montaje y responder con su propio museo solo es otra forma de dar la espalda a las víctimas de violaciones a los Derechos Humanos. 

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