No ha faltado el que diga que la puñalada que recibió el candidato de la ultraderecha brasileña Jair Bolsonaro durante un acto de campaña es un montaje. Dicen, los ávidos de las conspiraciones, que todo habría sido montado por el militar retirado y sus amigos. Como aquello es imposible de comprobar, al menos por el momento, es bueno darle el beneficio de la duda y considerar como real la versión oficial:

esa que dice que un seguidor de Lula da Silva fue el autor del atentado con cuchillo y que el candidato derechista llegó al hospital con riesgo vital.

Ahora bien: en este momento no debe haber nadie más feliz con el ataque que el propio Bolsonaro. Es obvio. Él mismo como un “mártir de la delincuencia” que ataca con furia desde su micrófono, aquella que hay que combatir a balazos y aplaudir a sus asesinos. 

Con un discurso de odio y lejos de cualquier corrección política, Bolsonaro está aplicando una estrategia que une lo peor de Trump y Dueterte -sí, el loco filipino que dice matar él mismo a delincuentes-, para hacerse un lugar en la carrera electoral que en menos de un mes definirá al presidente de Brasil. 

Y su estrategia está pagando. Si Lula sigue preso, Bolsonaro encabeza las encuestas. El mundo evangélico -poderoso en Brasil- ya se rindió a sus pies y abandonó a la moderada Marina Silva. Después de todo Dios también es asesino. 

La puñalada puede ser el acto comunicacional que faltaba en una campaña mesiánica. Un redentor nunca estará más en lo cierto que cuando la violencia lo trata de silenciar. Curiosamente, la violencia ha sido el impulsor de una campaña desde lo verbal. El discurso de odio ha sido el abono de su postulación.

El ex militar no tiene filtro. Lanza al aire lo que piensa sin importarle a quien lastima. En una entrevista con la revista Veja afirmó que la dictadura chilena de Augusto Pinochet, que mató a más de 3.000 personas “debía haber matado a más gente”. También elogió al presidente peruano Alberto Fujimori como un “modelo” por su autogolpe. Aseguró que sería “incapaz de amar a un hijo homosexual” y que en ese caso preferiría que “muriera en un accidente”. De una colega parlamentaria dijo que “no merece ser violada: es muy fea”. Cree que los negros “no sirven ni para procrear”. Afirmó que es “favorable a la tortura” y llamó a la democracia “de mierda”. 

Pero ahora, los violentos están en la vereda del frente. En el discurso oficial Adélio Bispo de Oliveira, afiliado al Partido de los Trabajadores, es una muestra de la violencia de la izquierda brasileña. No importan las palabras de Bolsonaro ni el golpe judicial que sacó por secretaría a Dilma Rousseff de la presidencia de Brasil. Hoy los “violentos” están en contra de la derecha.

Y Bolsonaro, recuperado de lo que algunos dicen fue un rasguño, está feliz: si faltaba alguien por conocerlo, su rostro apareció en todas las pantallas del mundo como el candidato VÍCTIMA, como el pobre hombre al cual quisieron cegar la vida por predicar. Jesús en pantalones camuflados: odiaos los unos a los pobres y votad por mi.

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