¿Por qué releemos a Artaud, a Michaux? ¿Por qué elegimos de este último los poemas escritos bajo el efecto de la mescalina, que “es una experiencia de la locura”?

¿Con qué “yo” me resisto o accedo a universos o acontecimientos o tan sólo a imágenes hirientes que guardo para mí y cuyo exorcismo cumplo en principio mediante esta otra experiencia sin igual que con Yves Bonnefoy consiento llamar el traducir? Y que parece conllevar esa grata fidelidad hacia un solo autor o poema: “…esa actividad, el traducir, vuelve también a determinados poemas con una notable insistencia, como si éstos fueran más inspiradores que muchas obras”.
No es fácil responder, pero conjeturo que el pensamiento de Artaud y el de Michaux son paralelas que se intersectan en varios puntos. Sin duda, ambos poetas utilizaron la escritura como naturalmente nos suceden los sueños de dormido y los sueños de despierto: “para salir”, para combatir con magias parciales las instantáneas y duraderas prisiones, las situaciones de dependencia que son siempre “centenas de dependencias”.

Sin duda, para ambos la poesía fue, de un modo mucho más rotundo que para otros poetas, una especie de exorcismo. Para Artaud, un gran exorcismo para el conjuro de un pensamiento que se autodestruye queriendo pensar, queriendo ser únicamente pensamiento; para Michaux, en cambio, distintas experiencias de vida, incluidos sus constantes viajes, no fueron otra cosa que buscados exorcismos. Pero como él mismo los definía: “Reacción en fuerza, en ataque de carnero, verdadero poema del prisionero… En el mismo sitio del sufrimiento y de la idea fija introducimos una exaltación tal, una violencia tan magnífica, unidas al martilleo de las palabras, que el mal progresivamente disuelto es reemplazado por una bola aérea y demoníaca –¡maravilloso estado!”.

Sueños y pensamiento, y acontecimientos dolorosos guardados con insufrible rencor, son convertidos en poemas, en obra que exorciza. Basta leer “El ombligo de los limbos”, de Artaud y “Brazo quebrado”, “Nosotros dos aún” o “El día, los días, el fin de los días”, de Michaux, para sentir cómo ambos poetas enfrentaban sea el pensamiento mismo, que transforma y devora todo pensamiento, sea la quebradura de un brazo derecho, la muerte por fuego de su mujer amada o el suicidio de Paul Celan. Podría decirse que cada poema y cada dibujo y cada alucinación provocada fueron para Michaux íntimos exorcismos, incluido obviamente su precioso libro donde tematiza las distintas maneras y la eficacia de ese operativo mágico-religioso para tener en jaque al mundo hostil. II ¿Pero qué viene a buscar Michaux en Momentos, libro que incluye poemas escritos bajo los efectos de alucinógenos? Casi como en el gesto de Alicia a través del espejo, viene a pedir que el espacio lo libere: “El espacio tosió sobre mí y he aquí que no estoy más…”, escribe, pero en ese no estar más la mescalina lo busca y le da una vida, un sinfín de vidas “horrorosas”. Aunque el horror, aclara, “consistía sobre todo en que yo no era más que una línea. En la vida normal uno es una esfera, una esfera que descubre panoramas. Se pasa a un castillo de un momento a otro, se pasa sin cesar de un castillo a un nuevo castillo; tal es la vida del hombre, aun del más pobre, la vida del hombre de mentalidad sana. 
Aquí hay sólo una línea. Una línea que se quiebra en mil aberraciones. El látigo de un carretero enfurecido me hubiera dado reposo”.

Por la droga se transforma en un fenómeno físico–filosófico. Por la droga es una línea por la que debe pasar todo el tiempo, y por sus sacudidas espantosas; por la droga es, según él, “la metafísica aferrada por la mecánica”.

Exorciza no el mal, ni el bien, ni la verdad, ni la razón, sino también, como Artaud, el pensamiento. La crueldad del pensamiento. Su mundoexterior, también, y el despropósito del pensamiento volviéndose hacia un yo que es casi un Uno primordial. Exorciza al “diablo”, a lo que separa -”¿qué hay en una palabra que no pueda transformarse en cuchillo?”– y busca el “símbolo”, lo que une. Siente súbita nostalgia, como Mallarmé, del canto completo, esférico, único, del grillo. Busca su ritmo pacífico, pero irritante. Busca ese mundo de trazos cortos que unen o vuelven a unir las palabras a las cosas (¿qué será la metafísica, qué la cuántica?). Busca en ese Oriente, que evoca sin parar, los gestos, las letras e ideogramas que define como niñas que nacieron peinadas: el pensamiento infinito ceñido a la vida ancilar.

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Las trepidaciones y destrucciones internas se adhieren al universo barroco de la alucinación compleja. A ella accede por instantáneas evocaciones. Una ínfima evocación le alcanza, como a Sansón, para hacer desmoronar las columnas y el templo del barroco con sus filisteos, sus asociaciones, las metonimias más puras, las metáforas más abigarradas. Y la sintaxis se adhiere a esa “Paz entre roturas”.

Precisamente en el prólogo a la primera edición de ese poema, prólogo no incluido después en Momentos, Michaux nos advierte en relación con sus dibujos: “Por la maravilla de mi estado excepcional percibía eso que de otro modo no percibimos, eso de lo que dudamos un poco o nada. Estaba en esa ventana, no estaba sino en esa ventana, en ese paño vibrante, desgarrado, restallante sin ningún ruido, donde se desplegaba un mundo”. Metonimia ocultada, no menos fascinante, Michaux asocia ese párrafo con éste que sigue: “Hecho digno de un paréntesis, los chinos, que tuvieron mucho tiempo una inclinación, un verdadero genio de la modestia para imitar la naturaleza, seguir el sentido, el porte de los fenómenos naturales y permanecerle fieles en simpatía por una suerte de inteligencia poética, a la inversa que todos los otros pueblos de esta tierra, han concebido y utilizado una escritura que sigue el pensamiento de arriba abajo, siguiendo su desarrollo natural. Hecho no menos curioso, las palabras son allí caracteres, firmes, fijos, signos ante todo para ser vistos. Y poco o nada de sintaxis. Relaciones subterráneas, para adivinar. Lo expuesto, entre ellos, es sobre todo un cuadro, cuadro hecho de cuadros fijos, invariantes. Cercano aún del pensamiento visionario, de la aparición original del fenómeno primero del pensamiento”.

Allí está la clave de la poesía de Michaux: acercar estas dos grandes pasiones de Oriente, la escritura y la visión extática, y destacar en ellas lo esencial de un estilo, barroco, por qué no, del despropósito de la repetición, del descentramiento y la multiplicación de los centros, del eterno retorno elíptico, del crecimiento eufórico que simula la calma del crecimiento de las piedras. Pero sobre todo, allí, hay que observar esa disminución de sintaxis, esa inversión de causa–efecto del estilo: poca sintaxis y muchedumbres de formas, de líneas, de “pensamientos”. Y más: “Adormecido el torbellino, queda la joya”. La aporía virtual de la fijeza.

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Relaciones gramaticales subterráneas, para adivinar. Poesía del despropósito, debo decirlo, la así llamada poesía de la experiencia con la mescalina es también la del desvarío pasional barroco; y si tuviéramos que recurrir a alguna economía que no fuera la de la locura diríamos, con Georges Bataille, la del exceso soberano, la del gasto improductivo, la del potlatch, que buscamos no para acceder al ser sino para posibilitar en un teatro de aporías, el destino y el sentido del ser: “Su paz entre locuras”. Michaux mismo lo dice: “…así el anciano repite quizá cien veces una frase, una idea que noventa y nueve zonas de sombras le han ocultado sucesivamente y que le resulta fresca y espontánea otras tantasveces. Y todo hombre desvaría, pero se guarda de mostrarlo. El anciano, en cambio, no puede contenerse y se traiciona. El niño, por su parte, ¿por qué iba a ocultarse? Sus despropósitos son su fiesta. La mescalina demuestra a quien la prueba su desvarío interior”.

Estas “grandes subidas verticales y explosivas” son el ritmo y la velocidad barrocos. Y en esa ascensión aspirada la poesía tiene la forma del despropósito; y al revés, todo despropósito parece la poesía simple, natural, de cada criatura humana en sus estados límites: el niño viejo, el puer senex que Lezama Lima vio en el poeta chino y no vaciló en hacerlo participar de sus Eras imaginarias: “Me fue concedido saber que la niñez era un estado repetible por instantes, por eso decidía prolongarla, hacer poesía. Más viejo significa más sabio; más sabios, que somos más niños. Viejo sabio niño era el nombre de Laotsé”.

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Poesía del niño orientado por el viejo Oriente de los despropósitos: las palabras repetidas de un mantra, las direcciones de un yantra, las “patadas” como respuesta a un koan zen, que le hacen alcanzar el satori o la Iluminación al discípulo… Sea lo que fuere, en efecto, deliramos en la tensión superficial de un universo: burbuja de un desdén que parece acceder por choques de alegría a la disposición de la maravilla. Y la maniobra feliz se transforma sólo en asimiento de las apariencias. A veces el poema cae en absurdas imágenes o en repeticiones de sonidos que parecen la sublime comprensión de aquéllas. Se trata de algo así como atrapar “efímeros” sólo para obtener de ellos “vías mentales”. Posibilidad infinita para una eventual poesía del freudiano “Fort–Da”: aparición-desaparición constantes obtenidas mediante el artilugio de un pequeño paraíso artificial.
Imágenes inestables, “el pensamiento es una imagen desairada”, nos dice. Ni la aserción fácil ni el halago difícil: sólo la gracia y la tensión parecen sostener esos universos en constante vacilación y work in progress de Michaux: “…del transmisor oculto a Isaías purificado por el ángel…”.

Sería injusto no decir también que en relación con estas experiencias, en aquel mismo prólogo, y refiriéndose especialmente ya no a los dibujos sino a los poemas, Michaux advertía: “…pero ya no tenemos más las mismas relaciones la mescalina y yo. Ya no nos tratamos de la misma manera la mescalina y yo. En todo lo que se repite, algo se agota y algo madura. Una especie de equilibrio más profundo es oscuramente buscado y parcialmente hallado”.

Entiendo que la búsqueda de Michaux no puede restringirse a un ubicuo exorcismo ni a la repetición nerviosa de esa palabra si se quiere –hoy– fácil. Sin embargo, ese paso al acto mágico, esa estrategia delirante que él evoca también asiduamente como parte del rito enérgico, parecen desembocar en la maniobra aquiescente de su poesía: sacrificar, buscar él también lo sagrado. Dicho allí mismo por él: “A las centenas de olas que golpean su casco, el barco responde con un amplio movimiento de cabeceo. Bajo los golpes se tiende a recobrar una unidad. Apoyo sobre ellos. Sustentación. Las ondas, que producen disloques, pueden ser también irradiación”.

Las fragmentaciones, las roturas, todos los epifenómenos de la destrucción ingobernable parecen prepararse como para alcanzar un habla dichosa de la reconciliación: “El poema mil veces roto pesa y puja para constituirse, para un inmenso día memorable reconstituir; para, a través de todo, reconstituirnos”.

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¿Podemos ser adoptados por un ritmo impropio? ¿No reside allí la posibilidad de ser traductores y poetas, la de imantarnos a un ritmo absoluto que nos prefiere de otro?

El transmisor oculto. El ángel. El hombre pequeño en su cockpit de espuma.

Por esto amamos y leemos aún a Michaux, por su ductilidad, su humildad y en apariencia, frágil grandeza para descifrar el mundo mediante sus escrituras de astucia… de astucia e inocencia infinitas. Cuando no son esas tablas o líneas de mareas que dejan en la orilla los números, las huellas de una pleamar y bajamar del espíritu; un zigzag de reflexión que él busca oponer a las innumerables reflexiones que le imponen sus experiencias enteogénicas. ¿No debí haber empezado por ahí: llamando a todas sus experiencias “enteogénicas”, cuya etimología indica “buscar al dios, ir en busca del dios”, y que los antiguos tomaron también como Michaux, en Eleusis, para salir, en los misterios, para encontrar a las diosas del cereal, de la luz, del perpetuo renacer?

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Estoy en medio del campo, en la pampa, en un paraje llamado Yaraví, donde tantas veces escribí o imaginé escribir. La cosecha terminó. Los cuadros del cereal trillado refulgen de amarillo contra un cielo plomizo. Llueve apenas.

Michaux es aún mi maestro. Universal maestro en cada sueño mío, en cada sensación prometida al sueño. Más que presencia, es un ritmo que me invade todavía. Y me dejo convencer por el rumor de su pensamiento esquivo, ahora que él es para mí una imagen aceptada.

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