Una catalana se pregunta cómo es posible que Paraguay haya conseguido independizarse de España y Cataluña no. En su comentario hay una broma frustrada que refleja más o menos la sensación de los independentistas que después de un año de haber votado un referendo considerado ilegal por España, no han conseguido más que la cárcel para algunos de sus líderes políticos. 

Mirando el proceso desde el ojo de la chapa, es lógico que esa república prometida no exista: resulta de alguna manera ingenuo creer en la posibilidad de que un país como España -que en 200 años ha perdido más de un 90 por ciento del territorio que alguna vez controló- acepte la salida de uno de sus hijos pródigos sin patalear o hacer uso del monopolio de la ley. 

La solución pactada que han impulsado sectores de izquierda tanto en Cataluña como en España es también una curiosa forma de utopía. El “tema catalán” ha sido el combustible para partidos de derecha como el Partido Popular o Ciudadanos sigan con vida a pesar de ser los impulsores de los recortes en el gasto social de España o, en el caso de la tienda de Marino Rajoy, estar involucrados en cientos de casos de corrupción que según una ONG han costado al país más de 122.000 millones de euros.

La idea de que solo estos partidos mantendrían la unidad de España los mantuvo en el gobierno hasta que la justicia declaró al PP como una agrupación delictiva. Antes de esto, el matrimonio Cataluña-PP era del tipo de conveniencia: tu derecha conservadora nos impulsa a la república, decían desde el independentismo, mientras que la derecha se llenaba la boca hablando de la unidad de España.

Un año después de la votación, el impulso independentista parece diluirse en las promesas bajas en grasa del nuevo presidente español, un moderado Pedro Sánchez que desde el Partido Socialista ha tratado de bajar la tensión con pequeños gestos hacia los líderes del proceso como acercar a los políticos enjuiciados a cárceles de Cataluña o minimizar el impacto de la intervención en la provincia autonómica mediante el polémico artículo 155 de la constitución de España.

Entonces la independencia más breve de la historia, declarada por un Carles Puigdemont aun en suelo catalán antes de refugiarse en Bélgica, solo ha derivado en una obvia tensión entre vecinos: aquella mayoría ruidosa partidaria de la independencia comienza a chocarse con la presunta mayoría silenciosa. Y dos mayorías no existen. Pero en la medida en que una votación para definir la autodeterminación de los catalanes no sea legal y con un padrón electoral depurado y transparente, ambos bandos podrán adjudicarse el liderazgo en una sociedad donde el debate político ha derivado en poner y sacar los lazos amarillos con los que los independentistas reclaman el regreso a casa de sus políticos presos o presos políticos, según quien lo ve.