1   +   7   =  

Me preguntaron una vez cuál había sido el primer libro de mi vida. Prefiero hablar del primer libro de cada una de mis vidas. Busco en la memoria y tengo la sensación casi física en las manos de sostener esa preciosura: un libro finito que contaba la historia del patito feo y de la lámpara de Aladino. Yo leía y releía las dos historias, los niños no leen de una sola vez: los niños aprenden de memoria y, aun sabiendo de memoria, releen con mucho de excitación de la primera vez. La historia del patito que era feo en medio de otros bonitos, pero que cuando creció reveló su misterio: no era pato y sí un bello cisne. Esta historia me hizo pensar mucho, y me identifiqué con el sufrimiento del patito feo —¿quién sabe yo no era un cisne?

En cuanto a Aladino, lanzaba mi imaginación hacia las lejanías de lo imposible ante lo que yo era crédula: lo imposible en aquella época estaba a mi alcance. La idea del genio que decía: pídeme lo que quieras, soy tu siervo —eso me hacía caer en devaneos. Quieta en mi rincón, pensaba que algún día un genio me diría: «Pídeme lo que quieras». Pero desde entonces se revelaba que soy de los que tienen que usar sus propios recursos para tener lo que quieren, en el caso de que lo logren.

Tuve varias vidas. En otra de mis vidas, mi libro sagrado era prestado porque era muy caro: Reinações de Narizinho. Ya conté el sacrificio de humillaciones y perseverancias por el que pasé, pues, ya lista para leer a Monteiro Lobato, el grueso libro pertenecía a una niña cuyo padre tenía una librería. La niña gorda y pecosa se había vengado volviéndose sádica y, al descubrir lo que significaría para mí leer aquel libro, jugó el juego de «mañana ven que te lo presto». Cuando yo iba, con el corazón literalmente latiendo de alegría, ella me decía: «Hoy no puedo prestártelo, ven mañana». Tras casi un mes de ven mañana, lo que yo, si bien era orgullosa, aceptaba con humildad para que la niña no me cortase de una vez la esperanza, la madre de ese primer monstruito de mi vida se dio cuenta de lo que pasaba y, un poco horrorizada con la propia hija, le dio órdenes para que en aquel mismo momento me prestara el libro. No lo leí de una vez: lo leí de a poco, algunas páginas por vez para no gastarlo. Creo que fue el libro que me dio más alegría en aquella vida.

En otra vida que tuve, yo era socia de una biblioteca popular de préstamo. Sin guía, elegía los libros por el título. Y así fue como un día elegí un libro titulado El lobo estepario, de Herman Hesse. El título me agradó, pensé que se trataba de un libro de aventuras tipo Jack London. El libro, que leía cada vez más deslumbrada, era de aventuras, sí, pero otras aventuras. Y yo, que ya escribía pequeños cuentos, de los 13 a los 14 años fui alimentada por Herman Hesse y empecé a escribir un largo cuento imitándolo: el viaje interior me fascinaba. Yo había entrado en contacto con la gran literatura.

En otra vida que tuve, a los 15 años, con el primer dinero ganado con mi trabajo, entré orgullosa porque tenía dinero, a una librería, que me pareció el mundo donde me gustaría vivir. Hojeé casi todos los libros de los mostradores, leía algunas líneas y pasaba a otro. Y de repente, uno de los libros que abrí contenía frases tan diferentes que me quedé leyéndolo, capturada, allí mismo. Emocionada, yo pensaba: ¡pero este libro soy yo! Y, conteniendo un sentimiento de profunda emoción, lo compré. Después me enteré de que la autora no era anónima, siendo, por el contrario, considerada uno de los mejores escritores de su época: Katherine Mansfield.

Opina que es gratis