En aquel momento, justo antes de que se marchara, lo que más impactó a los dos niños del comportamiento de su padre, por inusual, no fue cuando dejó el huevo sobre la mesa del desayuno, sino la manera como empezó a convulsionarse en una risa maníaca mientras limpiaba todo el desorden. Fue un terrible arrebato el que provocó este impulso tan repentino, y los niños vieron en la profundidad de los ojos de su padre una peligrosa pérdida de identidad de la que era posible que nunca se recuperase y durante la cual podía fácilmente dejarse arrastrar hacia oscuros torrentes de emociones del todo contradictorias, hasta un punto en el que no sólo sería incapaz de reconocer a sus seres más próximos y queridos sino, más importante aún, no podría ni siquiera reconocerse a sí mismo. Fue una revelación instintiva, no expresada entre los dos niños, y marcó el principio de su comprensión y su convivencia con la soledad. A lo largo de los años habían crecido acostumbrados a los exuberantes y disparatados arrebatos de su padre, durante los cuales parecía sucumbir inesperadamente a algún antojo adolescente, como desviar deliberadamente el coche hasta un carril en obras de la autopista, cerrado al tráfico, y derribar todos los sombreritos de bruja de plástico naranja gritando con regocijo y aporreando el volante hasta que le salía sangre de los nudillos. O la vez que saltó de la canoa verde al río James, cuando eran muy pequeños, y empezó a hacer aspavientos como si se ahogara. Sus acciones siempre habían tenido un toque de vodevil, hasta el punto que, cuando eran pequeños, los niños tenían incluso la impresión de que su padre estaba actuando para ellos, pavoneándose. No tenían ni idea del porqué. En general, les parecía bastante divertido y entretenido, y no fue hasta su adolescencia cuando empezaron a notar una clara diferencia en sus digresiones. Esta diferencia yacía en el grado hasta el cual so padre era capaz de distanciarse de sus payasadas. Cada vez parecía más probable que se acabaría zambullendo dentro de sí mismo y sería absorbido por sus propios tumultos interiores, que nunca se traslucían en su mirada. Aquel día, en cambio, descubrieron el terror en sus ojos. Eso no había pasado nunca cuando eran pequeños. Independientemente de lo disparatadas que las opciones de su padre pudieran ser, siempre parecía estar pasándolo bien. Ahora se había producido un cambio definitivo. La risa se había convertido en un cacareo, y esa destrucción esporádica ya no resultaba divertida. Aplastar un huevo no tenía ninguna gracia, para empezar; a lo mejor había sido sorprendente, pero no divertido. En cualquier caso, no divertido como una comedia, y estaba incluso interfiriendo en sus deberes y sus llamadas telefónicas. Se fueron de la cocina con sus libros y papeles, y se llevaron el teléfono consigo. En ese momento, su padre estaba arrodillado en el suelo con papel de cocina mojado y el agua corriendo en el fregadero, y la risa todavía le atacaba en rachas escalonadas. Los niños fueron arriba y se encerraron en sus habitaciones, encendieron sus radios, sintonizaron emisoras de hip hop y subieron mucho el volumen para intentar ahogar los ruidos que venían de la cocina. Ruidos que ahora eran profundamente desagradables y que no se parecían para nada a la risa, sino más bien a una especie de llanto, a un lamento, o a un grito de animal herido, que continuaban y se interrumpían de golpe en cortos y vacíos intervalos de silencio. Silencio durante los cuales los niños bajaban el volumen de sus radios para escuchar cómo evolucionaba su padre, y volvían a subirlo en la siguiente explosión. Lentamente, los silencios empezaron a ser más frecuentes que la risa, hasta que ya no se oía nada en la cocina. Los niños escucharon el golpe suave de la puerta trasera al cerrarse y el ruido del Buick maniobrando. Oyeron chirriar los neumáticos en la grava mientras el coche daba marcha atrás hacia la calle, y el ruido del cambio de marchas cuando la grava se volvió asfalto. Oyeron el rugiente motor desaparecer y perderse en la noche, hasta que fue sólo un murmullo que parecía un gran vacío. Un vacío del que ni siquiera sus radios podían protegerles. De eso hace muchos años y no han vuelto a ver a su padre desde entonces.

Hoy ambos han visto a alguien que se parecía muchísimo a su padre entrando sigilosamente en la oficina de correos para recoger su correspondencia, y cuando le han preguntado a su madre sobre el tema, y por qué se paseaba disfrazado, vestido como un hombre mayor, ella les ha dicho:

―No era un disfraz. Era él. Se ha hecho muy viejo muy deprisa.


Este texto pertenece al libro El gran sueño del paraíso.