Para nadie es un secreto que los líderes de la revolución bolivariana tienen un afán vital en aferrarse al poder. Que no están en la búsqueda de negociación alguna para ceder espacios ni para rectificaciones de ninguna índole. Y que mientras esto ocurre, la oposición ha preferido sumergirse en una estúpida pelea que en lugar de apagar el fuego, le añade gasolina a la llanura que comenzó a encenderse desde el primer intento de golpe y magnicidio contra el presidente Carlos Andrés Pérez.

De 1999 en adelante, la crisis política de los partidos tradicionales derivó en el intento de revolución que hoy aparece como el mejor ejemplo de la derecha internacional en sus campañas políticas. Al cumplirse 20 años del experimento que tiene al país sumido en una de las peores crisis sociales del continente, hacer el paralelo con la revolución cubana puede servir como pie forzado para preguntarse: ¿Hasta dónde está dispuesto Maduro a llegar para quedarse en el Palacio de Miraflores?

Con la llegada de aviones militares rusos a Caracas dentro de un plan de ejercicios de guerra para preparar al país en el caso de una invasión, muchos analistas se preguntan si el presidente venezolano sería capaz de sumir a su país en un conflicto armado con tal de permanecer en el poder. Todos saben que su salida del gobierno implicaría un juicio que probablemente terminaría condenando a Maduro y sus cercanos a varios años de cárcel por una larga lista de crímenes.

Ahí radica la urgencia de aferrarse al poder. 

Uno de esos analistas es Enrique Aristeguieta, que declaró a El Nuevo País que al presidente “no le importa crear un conflicto internacional de grandes proporciones, para mantenerse donde le han ordenado desde La Habana”.

Según esta teoría, el comunismo es un plan para Venezuela planteado desde Cuba. Y Rusia patrocina al país por un asunto de geopolítica y de recursos: aunque su producción se haya ido al traste, Venezuela sigue teniendo una de las principales reservas de petróleo del mundo.

En tanto, el apoyo cubano es ideológico. La infiltración de los militares de la isla las Fuerzas Armadas Boliviarianas llegó con programas, discursos, asesorías. Rusia es el poder detrás del poder. Por eso aguantar a pesar de la crisis ha sido un trámite relativamente sencillo para la cúpula del chavismo.

La larga lista de muertos durante las protestas del 2014 y el 2017 son una prueba de la resistencia de Maduro: heredero de unas fuerzas armadas relativamente leales -siempre y cuando sigan controlando sectores estratégicos de la economía que les permitan vivir en una burbuja-, la protesta social se mantendrá inofensiva. O al menos solo servirá para desgastar su imagen, algo que a estas alturas no parece necesario. La larga lista de medidas antidemocráticas ya le han asegurado el mote de dictador. 

La pregunta real es si Maduro está realmente dispuesto a llegar a una guerra para evitar los tribunales internacionales. Este camino, vivido como una ficha de ajedrez de las grandes potencias, ya ha llevado a una guerra civil en Siria con más de medio millón de muertos y cuatro millones de desplazados. 

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