¡Dulcinea de mis primeros días, soy tuyo de nuevo! Sin duda, todos conocen ese estado de ánimo que se siente al despertar cuando, dormido, uno ha soñado con la juventud. Te frotas los ojos, trastornado hasta el fondo de las entrañas, revolucionado de arriba abajo, te acuerdas de tu primera dulcinea y la nostalgia –no se sabe de qué– te hace trizas. Algo te empuja y, sin embargo, no te mueves de tu lugar, la vida derrama en ti su marea tempestuosa, golpea contra tus riberas, y tus riberas perciben con cuánta fuerza te yergues, bañado en sudor, frente a tu destino, frente a tu vida echada como comida a los perros. Precisamente bajo el signo de una constelación eroticosensual de este tipo, sombría y lúgubre, desperté el martes a las cinco de la mañana. Por uno de esos fenómenos de resurgimiento que deberían estar prohibidos a la naturaleza, acababa de ver una cosa totalmente perdida para mí, a saber, mi juventud y mi primera bienamada, allá en la roca, junto al molino, al borde del río.

Mi bienamada estaba sentada con un ramito de violetas en la mano y yo murmuraba algo. Una ola que venía de allá me golpeó y me hundió. ¿Qué hacer? Todo esto ya no volverá, mi juventud está atrás de mí, y con ella mi bienamada, la belleza está atrás de mí, también terminada, así como la inquietud viva de la juventud, sus relaciones inestables pero violentas, su marea desbordante y panteísta. Mis mejillas han perdido su frescura. Vejete, antipoético y rigidizado, ya nunca inspiraré poemas, ya nadie me admirará ni a través del canto ni en el cine.

La nostalgia de mi propia belleza desvanecida, de la poesía de mi propia persona aniquilada para siempre, me agitaba cada vez más, como una hoja. Se había terminado, pues, de una vez por todas; terminados los azules y las lontananzas y la incertidumbre, las muchachas sufrirían por otro y otro bajo las lilas en flor murmuraría las mismas palabras, eternamente repetidas. ¿Qué me quedaba? El trabajo, el trabajo: conseguir un buen puesto en mi trabajo al menos para darles miedo, dado que ya no las hacía languidecer. ¿O tal vez tener un hijo y, por medio de él, vivir una vida plena, repetir a través del hijo y, por medio de él, vivir una vida plena, repetir a través del hijo el canto eterno de la juventud, de la felicidad y de la belleza? ¿O tal vez sacrificar la vida a ideales, adquirir así una segunda belleza, aún más bella, y convertirme de nuevo en objeto de nostalgia? Porque yo estaba totalmente lúcido, percibía con gran claridad que en el estado actual de las cosas ya no tenía ningún atractivo, ya nada que pudiera hacer suspirar ni a un perro ni a una nutria, ni gato, ni árbol, ni mujer, ni hombre. Porque, ¿quién era yo? Un macaco tan seductor como una mesa de billar, un empleado de planta o por contrato, globo vacío de todo el gas de la juventud, me aburría solo y aburría a los demás, a veces frecuentaba reuniones y jugaba al bridge, pero no había la menor vida en todo eso. Además, mis diversas debilidades espirituales, hasta ahora tan vagas y difusas como la juventud, afloraban poco a poco, a medida que se instalaba la rigidez de la edad madura, y empezaba a sentirme mal con mis defectos.

Trastornado por mis debilidades y por mi bienamada, o más precisamente, por las debilidades nacidas del recuerdo de mi bienamada, lleno de repugnancia y de desprecio, ya estaba listo para echar a la hoguera esta carroña sin interés que era yo, a dar mi vida que de todas maneras se disipaba, por lo menos para suscitar después de la muerte la atracción y la nostalgia en los corazones, y vivir plenamente mi vida en tanto que estatua, ya que no podía hacerlo como hombre privado. Pensaba también en convertirme en bombero debido al uniforme tan bonito, a pesar de todo, con sus galones. Sí, estaba a un paso de tomar las decisiones más insensatas con una prisa tanto mayor porque resultaba de la repugnancia por mí mismo, cuando de pronto la forma vaga de un espectro se desprendió del calentador de carbón y me pareció que me llamaba con una voz que corría sobre mi corazón como los dedos sobre un teclado.

Desde luego, mi primera idea fue que la patria era la que me llamaba. Porque ¿qué espíritu puede llamarlo a uno al alba si no es la patria, como lo atestiguaron nuestros tres bardos-profetas,1 así como otros tres mil de menor envergadura, cantores actuales y de circunstancia que publican en una treintena de periódicos? Pero una mirada a la silueta me convenció más decididamente de que era un ser humano y no la patria. Pensé entonces que era mi primera dulcinea y ya iba a murmurar: “Ahí voy, Zochna, ahí voy”, cuando, al mirar de nuevo, descubrí que no era Zochna sino un hombre, sin lugar a dudas. Imaginé entonces que debía ser la humanidad que me llamaba para que me sacrificara y le diera mi vida (que de todas maneras se disipaba); pero no, era un individuo, no una noción abstracta de género neutro, sino un hombre bien concreto que acababa de surgir de abajo del calentador, y que vestía un saco azul marino. Al ver que no era ni mi dulcinea ni la patria ni la humanidad, o sea, nada que evocara la melancolía, sino un tipo bastante prosaico y poco atractivo, controlé mi ardor –porque ¿qué provecho podrían haber derivado mis encantos de un hombre mediocre?–, y me aprestaba ya para voltear al otro lado y volverme a dormir cuando de pronto me di cuenta de que era yo mismo quien estaba de pie frente el calentador, esperando.

¿Yo mismo? Al principio tuve miedo de mi sosías. Me cubrí la cara y sólo después de un momento tuve el valor de espiar de reojo por entre los dedos. Pero me calmé enseguida porque, evidentemente, el aparecido no tenía la intención de atemorizarme; al contrario, tuve la impresión de que él también se sentía bastante incómodo. Estaba inmóvil, sin la menor pose, no me miraba, sus ojos estaban fijos sobre sus zapatos –los míos–, pellizcaba maquinalmente la manga del saco y parecía avergonzado. Dado que él no me miraba, yo podía mirarlo, y eso fue lo que hice, al principio con prudencia y luego cada vez con mayor insolencia. Un instante después, hasta arriesgué una mueca. Distinguí un grano en su mejilla izquierda y al ver que lo veía, el espíritu se avergonzó un poco más. Discerní entonces sus numerosos defectos y mezquindades: egoísmo y cobardía, sibaritismo, aburguesamiento y apatía, una debilidad agravada por la suficiencia, la lubricidad y el orgullo. Y su vergüenza aumentó todavía más. Me di cuenta de que una oreja era más corta que la otra, que tenía a la derecha un diente tapado, y una vez más se avergonzó; en lo que a mí se refiere, incapaz de controlarme en ese momento, ¡salté donde estaba y me lancé hacia adelante!; empecé a espulgarlo con la mirada, lo observaba, me fijaba en todo, cada detalle, y él se dejaba examinar, se conformaba con acurrucarse, sus dedos pellizcaban la manga cada vez más nerviosamente, y en su rostro apareció una mueca fácil, artificial, irónica, tras la cual intentaba escapar de mi mirada, cada vez más indiscreta. Era más triste que todas mis bienamadas juntas. El espectáculo de todos estos detalles –que me pertenecían– acurrucados en un rincón y sonrojados, bañados en esta atmósfera de tontería lamentable, era difícil de soportar. La fría crueldad de mi mirada me provocaba una tortura física. Sin embargo, no podía dejar de mirar puesto que él me dejaba examinarlo, no quería, pero debía hacerlo, ya que se exhibía. Miraba, pues, y analizaba en detalle ese objeto siniestro, el único, entre todos los objetos de esta habitación, que estaba avergonzado y provocaba vergüenza. Los calcetines sobre la silla, las jarreteras, la silla misma, el calentador, todo me miraba tonta pero duramente, como todas las mañanas, sólo él era incapaz de hacerlo. ¿Sentía vergüenza? ¿De qué? ¿De tener una oreja más corta que la otra? De hecho, a la luz de esa vergüenza, la oreja más corta se separaba –con la mayor indecencia– como un pedazo de algo. Y yo seguía mirándolo, examinándolo como si se tratara de una vaca de feria, un ganso, un puerco atrapado, y hacía el inventario. La locura de los inventarios me invadió. Una oreja demasíado corta, la nariz chueca, una pierna enferma, en los ojos algo desagradable, una afectación estúpida: un producto fallido, una vaca deforme, un objeto estropeado, un error, una calaverada, una rareza, una criatura extravagante, ni buena para la crianza ni para el matadero. Tosió en respuesta e, intimidado, siguió mirando fijamente el suelo. Grité con voz histérica:

–¡Ya no puedo más, ya no puedo más, ya no puedo más!

Y para ya no mirar, ya no ver, ya no registrar, caí de rodillas frente a él, oculté mi rostro y `produje tal cantidad de vergüenza que me quedé sin aliento.

Entonces alzó lentamente la cabeza y me miró, todavía sonrojado por la vergüenza. La impresión fue tal que me tocó a mí bajar la mirada, atreviéndome apenas a mirar de reojo el rostro del ídolo que me miraba. El grano, los defectos, las debilidades, las miserias y las mezquindades habían desaparecido, o más bien todo esto había empezado a vivir y brotaba en forma de mirada. El rostro me miraba. Un rostro único, temible, singular, un rostro que no se repetiría nunca más hasta el fin del mundo. Y ya no era yo quien miraba la mezquindad y la tontería, sino que la Tontería y la Mezquindad me miraban a mí. La vergüenza dejó de tener vergüenza, miraba, imperturbable como una roca, como un fenómeno orgulloso y soberano de la naturaleza. Los signos particulares, antes fuente de vergüenza y de indecencia, animados ahora por el brillo de la mirada, se convirtieron en algo indiscutible, irrefutable, tan absoluto como las barbas de Dios Padre. Y las arrugas y las taras_ y todos esos síntomas de debilidad o de muerte que, para alguien de afuera, habrían parecido dignos de compasíón, miraban con toda la fuerza y la soberanía de la vida; más aún, era la vida misma, esa vida que hasta entonces yo había buscado en todas partes, salvo dentro de mí mismo. Porque, ¿dónde no la había buscado?: en las mujeres, en las ideas, en mil combinaciones de las más raras, en las palabras más o menos ampulosas, en la belleza, la gracia y lo bonito, en el pecado, en el derroche, en la fealdad, en el deber, en el sacrificio, en el ideal, en el trabajo y en el esfuerzo; y allí, de pronto, se revelaba que yo mismo era la vida, así de simple. Extraño. ¡Ah, qué alivio! ¡Qué alegría! Por fin la calma: la felicidad, ya no era necesario sentir miedo ni vergüenza, podía existir, yo, yo. ¡Qué delicia! El amor y la nostalgia por mí mismo, mezclados con el temor, me hicieron volar como una pluma.

Presa de un caos de sentimientos violentos, extendí las manos y murmuré: “Hermano”, y quise abrazarle la pierna. Balbuceé algo como: “¡Oh tú, dulcinea, patria, tú que eres!” Pero, de pronto, cambié de opinión, me levanté y metí las manos en los bolsillos. En realidad, era tonto extender las manos a un hombre, sobre todo si ese hombre era yo mismo. Caer de rodillas era igualmente tonto. Experimentar un sentimiento de fidelidad: también tonto. De manera general, me sentía tonto con mi amor inopinadamente despierto. ¿Por qué no era yo un fulano(??) a quien acababa de aparecérsele una muchacha o la patria? Desafortunadamente, me había aparecido yo a mí mismo. Ahora bien, ¿cómo, en qué categoría de lo sublime podría yo mirar con ojos amorosos no a mi bienamada sino a mí mismo? Se instaló un penoso malestar. No podía encontrar las palabras, las palabras apropiadas para este tipo de amor; tampoco había un ritual convencional, ni gestos adecuados. Al contrario, mi cabeza bullía con términos medicopsicológicos desagradables, aquellos que suelen utilizar los periodistas para aterrar a sus suscriptores en los artículos de fondo, a saber: egoísmo plano, egocentrismo podrido, egoísmo decadente y narcisismo sucio. Me estremecí ante la idea de que nuestra juventud, tan llena de espíritu de sacrificio y de ardor, estaba a punto de burlarse de mí y despreciarme como a un miserable egoísta, que ante las alumnas del liceo de gusto dudoso este Narciso perdería todo lo que le quedaba de atractivo sexual. A fin de cuentas, no sé por qué, posiblemente para comprobarle a los periodistas ausentes que yo no era del todo corrupto y para conseguir la gracia de las alumnas del liceo, escupí en el rostro del espectro. ¡Qué magnífica renuncia de mí mismo! El espectro lanzó un gemido y desapareció. Quedé solo, o más bien no solo, sino con la sensación de un vacío profundo, como si mi vida se hubiese desvanecido, ya sin otra perspectiva frente a mí que una miserable y vana existencia con la muerte inevitable al final; me quedé dormido.

¡Ay, malditos imbéciles ustedes con sus artículos de fondo! ¡Ay, tres veces malditas alumnas del liceo! Así desapareció el espíritu y quedé sin espíritu. Desperté de todo esto confuso e inseguro, en una inopia terrible en lo que al espíritu se refiere. “¿Quién soy? –me pregunté, lleno de dudas–. ¿Soy una simple función social, soy una función proporcional a la opinión de los periodistas y de las alumnas del liceo? ¿O, tal vez, simplemente, soy, y nada más?”

Pero esa palabra, “soy”, sin atributo, ese hecho desnudo y terrible, me llenaba de espanto. Parecía que no había nada más difícil que ser uno mismo, ni más ni menos. Esa palabra implicaba una horrorosa desnudez. Por otra parte, había escupido al espíritu y se había desvanecido. “No, no –murmuré, encogido y trémulo–, no quiero ser yo mismo. Prefiero ser un empleado subalterno en el Ministerio de Relaciones Exteriores, prefiero servir para algo, servir para algo o a alguien, inmediatamente, sin más tardanza, hay que tratar de servir, buscar con qué cubrirse porque hace frío y es indecente. Es necesario, hay que servir.”