¿Qué fue del tema literario decimonónico de la mujer fatal, de la “belle dame sans merci” que decía Keats, de la vampiresa tan corruptora como irresistible? En la primera mitad del siglo pasado todavía se usaban, ocasionalmente, las expresiones “mujer fatal” “vampiresa” y “diabla” en castellano, pero entonces en un sentido más bien irónico, ya distanciado de la terrible seriedad que el asunto tuvo en las letras del siglo XIX. Hay un catálogo, por decir así, de la constante presencia de mujeres tenebrosas en este período de la literatura europea, en el libro de Mario Praz, “La carne, la morte e il diavolo”, publicado en Florencia en 1966.

Estrechamente asociadas a la idea romántica del amor fatal, estas mujeres eran, en sus versiones más tempranas, figuras legendarias extraterrenas, demonios, súcubos, brujas, etc. que luego se van humanizando, y que llegan a representar casos de almas apasionadas que albergan en su intimidad contradicciones perversas. Dice un crítico: “Una cosa es segura: ningún siglo presentó a la mujer como vampiro, castrante, asesina de modo tan consistente, tan sistemático, tan desnudo, como el siglo XIX”. Y, en efecto, las ideas del amor heterosexual que encontramos en Baudelaire, en Munch, en Dostoievski, en Wagner, en Tolstoy, en Beardsley, en Keats, e innumerables otros, presuponen esta íntima asociación de la mujer con la fatalidad. Pero lo que estalla en forma volcánica en el siglo XIX bien puede venir de más lejos y desempeñar otras funciones.

Aún la Eva bíblica, envuelta en la caída de la humanidad, tiene una antecesora en la Lilith de las letras judías extra-bíblicas, donde aparece como la primera mujer de Adán. Había sido creada de tierra como éste y al mismo tiempo que él, lo que muestra que hubo una breve periodo igualitario arruinado culpablemente por la mujer cuando, por huir del marido, es convertida en una diablesa. Estas dos primeras mujeres ya son bastante fatales aunque no se las designe de esta manera. ¿Y qué tal Lady Macbeth, como variante, a mitad del camino de nuestra vida? Algo antes de que las gestoras de la perdición comiencen a pulular en las novelas y la poesía del siglo XIX, la literatura había elevado a las mujeres a la condición de protagonistas de novela y de heroínas de poetas enamorados. Este ascenso ocurre durante la época de la declinación de la épica tradicional, del aburguesamiento de los protagonistas masculinos, que se tornan ambiciosos en vez de heroicos, que buscan, no el Santo Grial sino el reconocimiento social, el éxito político y el dinero. Tal vez el amor y las mujeres comienzan a convertirse en meros tropiezos engorrosos para estos conquistadores del mundo. Las mujeres, en cambio, al usurpar el protagonismo literario y acaparar los prestigios poéticos, lo pagaron cargando las culpas y desgracias entretejidas con el curso de las cosas.

Puede ser que lo fatal no sea sino el reverso imaginario de las empresas triunfales que han llenado la vida masculina moderna. Ahora que las mujeres, cansadas de su mero protagonismo poético y amatorio, de su supuesto misterio indescifrable, comienzan a concebir ambiciones terrestres, tal vez no consigan otra cosa que resucitar su fatalidad. No, claro, la de visos sobrenaturales, sino una de aquí, donde también se la consigue en todos los formatos.