País Portátil es una novela de olores, o quizá sería más apropiado hablar de hedores. Hay algo que apesta en el tiempo en el que vive Adriano. Es la ciudad, es el país, es la gente. Él como escritor de buen olfato lo percibe. Él siente la necesidad de resaltar ese clima de putrefacción que hay debajo del emperifollaje porque, aunque le indigne, no es evidente para todos. Venezuela vive embelesada por una ilusión de progreso y, una vez más, como tantas en nuestra historia, ha encontrado una excusa para olvidarse de sí misma, para olvidar su identidad.

¿Qué es lo que apesta en el País Portátil de Adriano González León? ¿Qué hace que todo en la novela huela a sudor, a polvo, madera carcomida, cucarachas y aceite de motor? El Techo de la Ballena, grupo artístico del cual Adriano era miembro, parece estar en sintonía con ese sentido de involucrar lo putrefacto en el imaginario literario venezolano, pero ¿qué esconde?, ¿qué huesos quieren desenterrar los balleneros?, ¿en qué quieren que pensemos?, ¿qué sinestesia quieren producir? Uno de los resultados más completos de esta labor perceptiva se la debe el Techo a Adriano y se puede encontrar en el personaje principal de País Portátil, Andrés Barazarte.

El olfato de Adriano le permite percibir de entre todo lo desagradable e ignorado a un hombre y su carga, un venezolano que fácilmente podría ser el venezolano. Darle resonancia a Andrés Barazarte es un primer paso importante en el proceso de encontrar un país entre nosotros, él es esa zona nublada en nuestro mapa que no tiene forma de hablar, que perdió la fe en el acto de comunicarse y que la única forma de conectarse con él es afinando los sentidos y percibiendo lo que gravita a su alrededor, su historia silenciosa.

El vehículo de la novela es este protagonista sin voz, pocas veces se digna a expresarse o narrar y cuando lo hace su intención no es darse a conocer ni reflexionar sobre sí, hablar de él no le importa. Su odisea personal permite a Adriano dibujar con un lenguaje crudo, y a veces lleno de desdén, a la ciudad de Caracas y la vida rural antes del boom petrolero. El tour en el que exhibe a la ciudad y por el que desfilan los íconos más emblemáticos de la modernidad caraqueña -como marcas, vallas publicitarias, eslóganes- y también elementos intrínsecos de la metrópoli -como avenidas, el río Guaire y su escatología icónica, distribuidores y edificaciones-, es un retrato agudo, desmitificador y a pesar de la distancia temporal, es vigente, es una construcción literaria que conecta con el caraqueño de hoy en día y se suma al imaginario que conforma la ciudad, resalta como pocos retratos caraqueños por su valor poético, literario y cotidiano.

En su trayecto, ¿cómo se enfrenta Andrés Barazarte a sí mismo? Luis Alberto Crespo y Orlando Araujo coinciden en que la actitud de Barazarte está condicionada por un clima de miedo, angustia de la duda y de la culpa, cuya única salvación y objetivo es el desarraigo:

Un ser así, asaltado por la presencia de muchos terrores, incapaz de ser él mismo porque ni siquiera puede verse uno y distinto ante sí y ante los otros; visitado por un pasado del que guarda brumosa vivencia; víctima de los fantasmas de sus ancestros que se valen de él para revivir sus testimonios y los de un país de pena y llanto, brutal y errante, sin más asidero que el coraje, la renuncia, el adiós…”. (Luis Alberto Crespo, Prólogo a País Portátil, Monte Ávila)

Sí, puede considerarse la actitud de Barazarte como “activa”, como un rehuir de sí bajo constante acoso, sin embargo, la opción de una actitud pasiva no es descartable. Es posible ver a Andrés Barazarte y encontrar a alguien cuya historia es un permanente recordatorio de una serie de derrotas que no son suyas y que carga como un lastre, una cruz que recayó sobre él, asunto sobre el cual no puede hacer absolutamente nada. Ahí está él y su historia, indivisibles, sin resolución, sin catarsis, él sigue el camino que cree correcto, su decisión de unirse a la guerrilla puede ser consecuencia indirecta de su historia pero la relación de esos elementos no es explícita. En cierta forma, en Andrés Barazarte queda en evidencia la situación latinoamericana, el sentir de muchos países, la pregunta de ¿qué hacer con nuestra historia?, ¿cómo seguir después de nuestra historia? A veces no hay resolución ni catarsis y eso es algo que hay que entender sin complejos. La obsesión con la épica ha producido los peores populismos del continente y una relación tóxica con la historia suele ser el detonante fatal. Barazarte suda su historia familiar como una sustancia vaporosa que ocupa gran parte de las páginas de la novela, y aunque quiera, no podría evitar hacerlo. Él sigue adelante, se enamora, expone su vida al peligro sin ninguna prudencia, y sigue, como llevado por un río de situaciones que no tiene del todo claras y que a fin de cuentas desembocan en su muy probable muerte. Ver a nuestros países como Adriano González León vio a Andrés Barazarte es un ejercicio importante si queremos tomar las riendas de nuestro desarrollo.


En 1978, Iván Feo y Antonio Llerandi adaptaron la novela para llevarla al cine. 

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