Así es también la verdad de los poetas; la más invencible, la más inaprehensible, la más indemostrable y convincente. Una verdad que vive en nosotros sólo un primer instante de la percepción (¿qué cosa fue?) y permanece solamente en nosotros, como la huella de una luz o de una pérdida (¿acaso fue verdaderamente?). Una verdad irresponsable y sin consecuencias; una verdad que — ¡por Dios! — ni siquiera es necesario intentar seguir, ya que incluso para los poetas no tiene retorno. (La verdad del poeta es un camino en el que las huellas se van cubriendo de vegetación. No habría huellas, incluso para él, si él pudiera ir detrás de sí mismo). No sabe qué dirá, y con frecuencia tampoco sabe qué dice. No lo sabe hasta que lo ha dicho, y lo olvida en cuanto lo ha dicho. No es una de las innumerables verdades, sino uno de sus innumerables aspectos, que se destruyen mutuamente cuando son confrontados. Aspectos de la verdad que sólo se realizan una vez. Sencillamente — una inyección en el corazón de la Eternidad. El medio: la confrontación de las dos palabras más simples, que se colocan una al lado de la otra precisamente de este modo. (Algunas veces – ¡divididas por un solo guión!).
   Hay candados que se abren únicamente con una cierta combinación de cifras; si la conocemos, abrirlos es sencillísimo, pero si no la conocemos, es un milagro o una casualidad. Un milagro-casualidad como el que le sucedió a mi hijo de seis años cuando abrió sin ninguna dificultad la cadenita que llevaba colgada al cuello y eso hizo que se llenara de miedo. ¿Conoce o no el poeta la combinación de las cifras? (En el caso del poeta —debido a que el mundo entero está bajo candado y hay que abrirlo todo— cada vez es una cosa distinta, cada poesía es un candado, y bajo cada candado hay una verdad, cada vez distinta —única e irrepetible— como el candado mismo). ¿Conoce el poeta todas las combinaciones de cifras?Mi madre tenía un don — en plena noche podía poner a tiempo el reloj cuando éste se había parado. En respuesta a su —en lugar del tictac— silencio, por el que probablemente se había despertado, movía las manecillas en la oscuridad, sin ver. En la mañana el reloj indicaba eso, precisamente esa hora absoluta que nunca consiguió el desdichado monarca[88] que contemplaba tantos cuadrantes contradictorios y escuchaba tantos sonidos encontrados.
   El reloj indicaba eso.
   ¿Una coincidencia? Si se repite una y otra vez en la vida del hombre es el destino, en el mundo de los fenómenos — la ley. Esa era una ley de su mano. La ley del saber de su mano.
   No es: «Mi madre tenía un don», sino: «Su mano tenía un don» — la verdad.
   No por juego, como mi hijo; no con seguridad, como el propietario de un candado; no con augurios, como ese supuesto matemático — sino a ciegas y proféticamente — obedeciendo sólo a la mano (que — a su vez — ¿a qué obedece?) — así es como el poeta abre el candado.
   Sólo le falta el gesto: seguridad — en sí mismo y en su candado. El gesto del propietario del candado. El poeta no es dueño de ningún candado, por eso los abre todos. Y por eso, al abrirlos la primera vez sin ninguna dificultad, es incapaz de abrirlos una segunda vez. Porque no es el propietario, es sólo quien transmite el secreto
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