Cada época debe reinventar para sí misma el proyecto de «espiritualidad». (Espiritualidad = planes; terminologías; normas de conducta encaminadas a resolver las dolorosas contradicciones estructurales inherentes a la situación humana, a la consumación de la conciencia humana, a la trascendencia).
 En la época moderna, una de las metáforas más trajinadas para el proyecto espiritual es el «arte». Una vez reunidas bajo esta denominación genérica (innovación relativamente reciente), las actividades del pintor, el músico, el poeta y el bailarín han demostrado ser un ámbito particularmente adaptable en que se pueden montar los dramas formales que acosan a la conciencia, puesto que cada obra de arte individual es un paradigma más o menos astuto que sirve para regular o conciliar estas contradicciones. Por supuesto, es indispensable renovar continuamente dicho ámbito. La meta que se adjudica al arte, cualquiera que sea, termina por surtir un efecto restrictivo cuando se la coteja con las metas más vastas de la conciencia. El arte, que es en sí mismo una forma de engaño, experimenta una serie de crisis que lo despojan del desconcierto que siembra: se impugnan y sustituyen ostensiblemente los viejos objetivos artísticos; los mapas arcaicos de la conciencia vuelven a trazarse. Pero lo que suministra energía a todas estas crisis —una energía que, por así decirlo, tienen en común— es la misma unificación de múltiples y muy diversas actividades en un solo género. El período moderno del arte comienza en el momento en que nace el «arte». A partir de entonces, cualquiera de las actividades incluidas en él se convierte en una actividad profundamente problemática, y es lícito poner en tela de juicio no sólo todos sus procedimientos sino también, en última instancia, su derecho mismo a existir.
 La elevación de las artes a la categoría de «arte» genera el mito principal sobre el arte, a saber, el que concierne a la naturaleza absoluta de la actividad del artista. En su primera versión, más irreflexiva, el mito abordaba el arte como expresión de la conciencia humana: la conciencia en busca de su propio conocimiento. (Era bastante fácil inferir las pautas de evaluación gestadas por esta versión del mito: algunas expresiones eran más completas, más ennoblecedoras, más informativas y más ricas que otras). La versión más reciente del mito postula una relación más completa y trágica del arte con la conciencia. Al negar que el arte sea una simple expresión, dicha versión del mito tiende a asociar el arte con la necesidad o capacidad de autoalienarse ínsita en la mente. Ya no se interpreta el arte como la conciencia que se expresa y que, por tanto, se afirma implícitamente. El arte ya no es la conciencia per se, sino más bien su antídoto, emanado del seno de la conciencia misma. (Es mucho más difícil inferir las pautas de evaluación gestadas por esta otra versión del mito).
El mito más reciente, que proviene de una concepción pospsicológica de la conciencia, encuadra dentro de la actividad del arte muchas de las paradojas implicadas en la conquista de un estado absoluto del ser que describen los grandes místicos religiosos. Así como la actividad del místico debe concluir en una vía negativa, en una teología de la ausencia de Dios, en un anhelo de alcanzar el limbo de desconocimiento que se encuentra más allá del conocimiento y el silencio que se encuentra más allá de la palabra, así también el arte debe orientarse hacia el antiarte, hacia la eliminación del «sujeto» (el «objeto», la «imagen»), hacia la sustitución de la intención por el azar, y hacia la búsqueda del silencio.
 En la primitiva versión lineal de la relación entre arte y conciencia, se captaba una lucha entre la integridad «espiritual» de los impulsos creadores y la «materialidad» alienante de la vida común, que coloca tantos obstáculos en el camino de la auténtica sublimación. Pero la versión más moderna, en la cual el arte forma parte de una transacción dialéctica con la conciencia, plantea un conflicto más profundo, más frustrante. El «espíritu» que busca corporizarse en el arte choca con la naturaleza «material» del arte mismo. Se desenmascara la gratuidad del arte, y la misma condición concreta de los instrumentos del artista (y, sobre todo en el caso del lenguaje, su historicidad) se presenta como una trampa. La actividad del artista, practicada en un mundo lleno de percepciones de segunda mano, y desorientada específicamente por la traición de las palabras, carga con el anatema de la mediación. El arte se convierte en el enemigo del artista, porque le niega la realización —la trascendencia— que desea.
Por consiguiente, se termina por interpretar el arte como algo que es necesario destronar. En la obra de arte individual ingresa un nuevo elemento que se convierte en parte integrante de ella: la exhortación (tácita o explícita) a abolirla y, en última instancia, a abolir el arte mismo.