Cada ser humano tiene un prototipo en los cuentos; no hay más que ponerse a buscarlo. Ahí está la bella que pregunta al espejo si es la más bella de todas, como la reina de Blancanieves. Es ansiosa y descontentadiza hasta la muerte; fue creada a imagen de la cabra que repite una y otra vez: «Estoy harta, no quiero una hoja más, meeh». Ahí está el hombre lleno de preocupaciones, pero incansable, parecido a la vieja y arrugada mujer del leñador, que encuentra al buen Dios sin saberlo y es bendecida junto con todos los suyos por haberle ayudado.
Otro es el hombre que de mozo recorre el mundo en busca de fortuna, vence a muchos gigantes, pero acaba sus días en Nueva York. Una se interna en la jungla de la ciudad cual Caperucita llevándole a la abuela un pedazo de pastel y una botella de vino, y no es otra la que se desnuda para el amor con la misma infantil inocencia que la de la niña de los táleros de plata. El pillo descubre su poderosa alma salvaje, no puede perderse con los amigos, forma el grupo de músicos de Bremen, lo conduce a la cueva de los ladrones y gana en astucia a los maleantes, pero termina volviendo a casa. Con ojos anhelosos contempla el rey rana, un snob incurable, a la princesa, y no puede renunciar a la esperanza de que lo libere.