¿Por qué parece ahora mismo que “un fantasma” recorre América Latina? ¿Qué ha motivado los aparentemente sucesivos estallidos sociales en varios países de la región, con diversos desempeños económicos y gobiernos de diverso signo político en Perú, Ecuador, Bolivia, Chile y Haití, entre los más recientes? ¿Son comparables estos estallidos? ¿Sirven los tradicionales frentes ideológicos (izquierda y derecha) para explicar lo que pasa? 

Las movilizaciones que han tenido lugar en las últimas semanas en diversos países latinoamericanos han seguido, en general, dinámicas parecidas. No hay una situación de movilización permanente, como la que vemos desde hace meses en Hong Kong. Algo que, quizás especialmente en el caso de Chile, queda por ver.

Se han sucedido, eso sí, estallidos sociales masivos, que han logrado rebasar las fronteras del activismo organizado tradicional. Han sido estallidos en parte violentos, con saqueos, incendios, destrucción de infraestructuras. Y han recibido una “respuesta dura”, especialmente de gobiernos como el de Chile o Ecuador –con estado de emergencia, toque de queda, militarización del espacio público.

Catalizador común

Según la “Calculadora de la Desigualdad” elaborada por la confederación de oenegés Oxfam y el portal peruano de periodismo de investigación Ojo Público, en América Latina y el Caribe, el 10 % de la población más rica concentra el 71% de la riqueza.

Así, por ejemplo, Chile, se ubica en el puesto 33, a distancia considerable del resto de sus pares latinoamericanos, en el Informe de Competitividad Global 2019, elaborado por el Foro Económico Mundial. Se considera, además, el país con mayor PIB per cápita en la región, al tiempo que ostenta la mayor desigualdad de ingresos en la OCDE, que reúne a más de 30 países de altos ingresos.

Pero, la invocadísima gota que colmó ahora, en Chile y otros países latinoamericanos, este nada nuevo vaso de la desigualdad y la exclusión, está solo superficialmente en el alza de precios del transporte o los productos básicos. O en la persistente falta de acceso a educación y servicios de salud. O en la precariedad de salarios y pensiones. Más de fondo parece la otra cara de estas monedas: la impenetrable burbuja de las élites.

Sistemas y actores políticos de todos los colores han perdido toda sensibilidad ante las necesidades de los ciudadanos. Y este es un fenómeno que no es exclusivo del continente, como demuestran recientes estallidos sociales en latitudes tan lejanas como Hong Kong o Francia.

Aquí, como allá, virulentas protestas han sorprendido a gobernantes a los que les ha faltado empatía para prever que una acción política aparentemente modesta (aumento del impuesto al combustible, subida de precios del metro, o una ley de extradición) desataría una explosión social masiva, coincide en un análisis reciente el economista estadounidense Jeffrey Sachs, director del Centro para el Desarrollo Sostenible de la Universidad de Columbia.

 

Objetivos y  estructuras diversas

Si se observa el alcance de las demandas de los manifestantes latinoamericanos, hay, por otra parte, dos tipos visibles de movilizaciones. En Bolivia y Haití, se dirigen contra un gobernante –reeleccionista, corrupto, con un mal desempeño en el cargo. En Ecuador, las demandas se concentraron contra un grupo de medidas de ajuste económico, el llamado “paquetazo”.

En todos estos casos, el estallido se mantiene dentro del sistema. En el caso de Chile, sin embargo, el movimiento de protesta ya no hace diferencia entre Gobierno y oposición. Demanda “una refundación del modelo de país”.

Además, a diferencia de la protesta boliviana, liderada por el opositor Carlos Mesa, la ecuatoriana, encabezada por el Movimiento Indígena, o la peruana, en respaldo a la política del presidente Vizcarra y contra maniobras del Congreso, dominado por el fujimorismo, la protesta chilena no tiene un liderazgo claro. Así que para el Gobierno de turno, en este caso, el de Sebastián Piñera, es muy difícil dialogar, ¿con quién?.

En Chile, no hay una sino muchas caras organizando la protesta, sobre todo jóvenes. Algunos ya marcharon por mejores condiciones de acceso a la educación en 2006 y 2011, sus líderes estudiantiles de entonces ahora son diputados, pero no han conseguido grandes cambios. En la calle, el alcance programático de estos jóvenes sobrepasa sus propias reivindicaciones: además de la educación, les preocupan las pensiones de sus abuelos y el endeudamiento de sus familias.

Salidas posibles

Si en algo coinciden analistas y manifestantes de uno y otro movimiento de protesta es que en Chile, como en Ecuador, la reacción militar del Gobierno encendió aún más el descontento popular.

En el plano político, la sustitución de las instancias de intermediación –partidos y parlamentos- por una tradición personalista de hacer política, resta peso a la alineación ideológica de los políticos de la región a la hora de cosechar descontento popular: Ellos manejan la relación con el pueblo, sea al estilo de la izquierda tradicional, creyéndose la encarnación del pueblo, o desde la visión más burguesa, más conservadora, creyéndose el representante de los que saben lo que quiere el pueblo.

Así, que a esta clase dirigente hermética, le toca, aseguran manifestantes y expertos, escuchar a la población. Redistribuir riquezas por la vía impositiva, como denominador común en muchos casos. Observar, junto al crecimiento económico y su distribución, las percepciones de (in)justicia social, la sensación de vulnerabilidad financiera y la confianza en el gobierno, como valores que pesan mucho en la calidad de vida general.


Con información de DW, El Universal

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