Las primeras observaciones sobre la ordenación de las células epiteliales de la tenia se remontan al año 1905 (Serrurier). Pero el primero que intuyó la importancia y el significado de las mismas fue Flory, y lo describió en una larga memoria de 1927, ilustrada con nítidas fotografías, por medio de las cuales el llamado «mosaico de Flory» se hizo visible por primera vez incluso para los profanos. Como es sabido, se trata de células aplastadas, de forma irregularmente poligonal, dispuestas en largas filas paralelas, y caracterizadas por la repetición a intervalos variables de elementos similares, en número de algunos centenares. Su significado fue descubierto en circunstancias singulares. El mérito no hay que atribuírselo a un histólogo ni a un zoólogo, sino a un estudioso de lenguas orientales.
Bernard W. Losurdo, profesor de asiriología en la Michigan State University, en un período de forzosa inactividad, ocasionada precisamente por padecer la presencia del fastidioso parásito, y llevado por lo tanto de un interés puramente ocasional, vino a toparse casualmente con las fotografías de Flory. No pasaron desapercibidas a su experiencia profesional algunas particularidades en las que nadie había reparado hasta entonces: las filas del mosaico están constituidas por un número de células que varían dentro de unos límites más bien restringidos (entre 25 y 60 más o menos). Hay grupos de células que se repiten con frecuencia muy alta, como si fueran asociaciones obligatorias. Por último (y esta fue la clave del enigma), las células terminales de cada fila están dispuestas a veces con arreglo a un esquema que se podría definir como rítmico.
Resultó ser, sin duda, una circunstancia afortunada el hecho de que la primera fotografía sobre la que trabajó Losurdo presentara un esquema particularmente simple: las últimas cuatro células de la primera fila eran idénticas a las últimas cuatro de la tercera; las últimas tres de la segunda fila eran idénticas a las últimas tres de la cuarta y de la sexta, y así sucesivamente, siguiendo en esto el esquema bien conocido de la tercera rima.
Se necesitaba, sin embargo, una gran valentía intelectual para dar el paso siguiente, es decir, para formular la hipótesis de que el mosaico entero no es que rimase en un sentido puramente metafórico, sino que constituía nada menos que una composición poética en sí con un significado a descifrar.
Aquella valentía la tuvo Losurdo. Su labor de desciframiento fue larga y paciente, y acabó confirmando la intuición originaria. Las conclusiones a las que llegó este estudioso se pueden resumir brevemente como sigue:
Alrededor del 15% de las especies adultas de la Tenia solium o solitaria son portadoras de un mosaico de Flory. El mosaico, cuando se da, se repite de forma idéntica en todas las proglotis maduras, y es congénito. Quiere decirse que se trata de un carácter peculiar de cada individuo aislado, comparable (según observación del propio Losurdo) a las huellas digitales del hombre o a las líneas de su mano. Dicho mosaico consta de un número de «versos» que pueden ir desde una decena hasta doscientos o más, a veces con rima, y otras más cerca de algo que podría definirse como prosa rítmica. A pesar de su apariencia, no se trata de una escritura alfabética; sería más adecuado decir que es (y aquí no se nos ocurre nada mejor que citar palabras del propio Losurdo) «una forma de expresión primitiva y al mismo tiempo altamente compleja, en la que se entrelazan, en el mismo mosaico y a veces en el mismo verso, la escritura alfabética con la acrofonética, la ideográfica con la silábica, sin regularidad aparente, como si ahí repercutiese en forma resumida y confusa la antiquísima familiaridad del parásito con la cultura de su anfitrión en sus variadas modalidades; como si el gusano hubiera conquistado, junto con los jugos del organismo del hombre, también una parcela de su saber».
No han sido muchos hasta ahora los mosaicos descifrados por Losurdo y sus colaboradores. Existen algunos, rudimentarios y fragmentarios, precariamente articulados, que Losurdo llama «interjectivos». Son los más difíciles de interpretar, y generalmente expresan ya sea satisfacción por la cantidad o calidad del alimento, ya sea disgusto ante algún componente menos grato del quimo. Otros se limitan a una breve frase sentenciosa. El que insertamos a continuación, ya más complejo, aunque de discutible lectura, puede entenderse como el lamento de un individuo en fase de sufrimiento, al sentir cercano el momento de su expulsión:
«Adiós, dulce reposo y dulce tregua. Ya nunca más serás dulce para mí, porque ha llegado mi hora. Siento tanto cansancio de (…) vamos, dejadme así, olvidado en un rincón, en este calorcito tan bueno. Pero ved que es veneno lo que antes era alimento, y que hay cólera donde reinaba la paz. No te detengas porque ya no te quieren: apártate de (…) y desciende al universo enemigo».
Algunos mosaicos parecen hacer alusión al proceso reproductor, y a los misteriosos amores hermafroditas del gusano:
«Tú yo. ¿Quién podrá separarnos, si somos una sola carne? Tú yo. Me miro en ti y me veo a mí mismo. Uno y múltiple: la luz es muerte, la tiniebla es inmortal. Ven, esposo contiguo, tente abrazado contra mí cuando llega la hora. Vengo y cada (…) mío canta al cielo».
«He roto la (¿membrana?), y he soñado con el sol y la luna. Me he enroscado en mí mismo, y él firmemente me ha cogido. Vacío el pasado, la virtud de un instante, la progenie innumerable».
Pero mucho más interesantes sin comparación son algunos mosaicos de nivel evidentemente más elevado, en los que aparece ensombrecido el horizonte nuevo y perturbador de las relaciones afectivas entre el parásito y quien lo hospeda. Citaremos algunos de entre los más significativos:
«Sé benigno conmigo, oh poderoso, y acuérdate de mí en tu sueño. Tu comida es mi comida, tu hambre es mi hambre: rechaza, anda, el agrio ajo y la detestable (¿canela?). Todo procede de ti; los suaves humores que me dan vida, la tibieza en que yazco y desde la que alabo al mundo. Que no pueda yo perderte nunca, ¡oh mi generoso hospedero, oh universo mío! Como para ti el aire que tomas y la luz de que gozas, así eres tú para mí. Que vivas con salud por muchos años».
«Habla, que te escucho. Anda, que te sigo. Medita, que te entiendo. ¿Quién hay más fiel que yo? ¿Quién mejor que yo te conoce? Aquí me tienes yaciendo confiado en tus vísceras oscuras y me burlo de la luz del día. Oíd, todo es vanidad, excepto un vientre lleno. Todo es misterio excepto el (…)».
«Tu fuerza me penetra, tu alegría desciende en mí, tu cólera me (¿encrespa?), tu fatiga me mortifica, tu vino me exalta. Te amo, hombre sagrado. Perdona mis culpas, y no me niegues tu benevolencia».
El tema de la culpa, que aquí aparece apenas insinuado, aflora en cambio con curiosa insistencia en algún otro mosaico de los más elaborados. Es notable, afirma Losurdo, que estos últimos procedan casi exclusivamente de individuos de dimensiones y edad considerables, que se resistieron tenazmente a una o más terapias de expulsión. Citaremos aquí el ejemplo más conocido, que ya ha sobrepasado los límites de la literatura científica especializada y ha sido incluido en una reciente antología de la literatura extranjera, suscitando el interés crítico de un público mucho más amplio:
«(…) ¿tendré, pues, que llamarte ingrato? No, porque me he desbordado, y me he metido a infringir locamente los límites que la Naturaleza nos ha impuesto. Por vías recónditas y admirables llegué hasta ti. A lo largo de muchos años, en religiosa adoración, llegué a beber en tus fuentes de vida y sabiduría. No tenía que haberme hecho notorio, como pide nuestro triste destino. Notorio e infecto. De ahí tu justa cólera, oh Señor. ¿Por qué no desistiría, ay de mí? ¿Por qué renunciaría a la inerte savia de mis antepasados?
Pero mira, tan justo es tu desdén como justa era, a pesar de todo, mi cruel audacia. ¿Quién podía ignorarlo? Nuestras palabras silenciosas no encuentran eco en vosotros, semidioses soberbios. Nosotros, pueblo sin ojos ni oídos, no merecemos vuestra gracia.
Y ahora me iré, porque tú así lo quieres. Me iré en silencio, siguiendo nuestra costumbre, en busca de un destino de muerte o de transfiguración inmunda. No te pido más que una gracia: la de que te llegue este mensaje mío, que pienses en él y lo entiendas tú. Tú, hombre hipócrita, mi semejante, mi hermano».
El texto es indiscutiblemente llamativo, sea cual sea el criterio de juicio que se le aplique. A título de pura curiosidad, debemos reseñar que el supremo deseo del autor resultó fallido. De hecho, su involuntario hospedero, un oscuro empleado de banco de Dampier (Illinois), se cerró en banda ante el texto y no lo quiso ni ver.
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