Cuando regresó a casa de la estación se sintió solo en aquella casa suya tan grande. Nunca como entonces le parecieron más carentes de sentido aquellas largas cortinas oscuras, aquellas repisas polvorientas, el criado que servía a la mesa con aquellos guantes blancos. Sin Anna todo parecía una farsa. Por la noche, el lecho matrimonial, cubierto con la colcha de raso celeste, primero lo hizo reír y luego lo puso melancólico. Anna adoraba las cosas fastuosas, majestuosas, a la antigua, y si hubiese podido se habría hecho un vestido de paño y tul, y un gran sombrero de plumas, como los de antaño.
Aquella primera noche de soledad Maurizio se fue pronto a la cama y durmió de un tirón, y por la mañana lo despertaron los gritos de su hijo, que no quería bañarse. Le dio por buscar con la mirada el albornoz blanco de Anna, que solía estar junto a la cama. Al ver que no estaba se acordó: «Anna está en San Remo». Pensó que le tocaba a él ir a regañar al niño, soltarle un buen sermón, como hacía Anna, decirle por ejemplo que todos los niños buenos se bañaban, y que se iba a convertir en Pedro Melenas, o amenazarle con quitarle la pelota nueva. Pero se dio cuenta de que no le apetecía en absoluto y no se movió. Tras un rato, los gritos cesaron y escuchó el pesado caminar de la niñera, aquella voz profunda susurrando: «Vamos, cielo, ve a darle los buenos días a papá». Por la puerta se asomó el niño, el pelo rubio despeinado, la carita colorada.
—Villi, cariño, ven. —Lo ayudó a subir a la cama y acarició con las manos sudadas sus manitas frías—. ¿Quién era ese niño caprichoso de hace un rato? No, no, los niños malos no me gustan.
Luego jugaron a la pelota en pijama y se divirtieron mucho. La mañana era clara, soleada y tranquila. 
«Ahora vete a vestir, querido Villi». Estuvo una hora en el baño frotándose todo el cuerpo con la esponja, y luego pidió que le llevaran una taza de cacao. Anna bebía siempre té, y hacía que le llevaran el té también a él porque, decía, no convenía que el servicio tuviera demasiado trabajo. «Esto no es una posada».
Se vistió, fue al estudio y se tumbó en el diván sin descalzarse pidiendo perdón mentalmente a Anna. «¿Qué demonios voy a hacer, si no? No me apetece salir». Alargó el brazo hasta la estantería, eligió un volumen de poesía francesa moderna que le gustaba a Anna, leyó un poema y se aburrió. Él prefería la poesía con rima y ritmo, le había dicho un día a Anna, y ella le había contestado con una mueca.
  Intentó imaginarse a Anna en San Remo, y la vio paseando por un bulevar con su mantón blanco. Se la imaginó también de noche con su vestido negro escotado por la espalda. Anna era como un piano de cola, solo se vestía de blanco y negro. «Para variar», decía. Odiaba todo lo que no se salía de la norma. Y ciertos amigos de su marido eran, según decía, «buena gente». Cuando llamaba a alguien buena gente, quedaba claro que lo despreciaba.
  Él mismo no podía estar del todo seguro de que Anna no lo hubiera despreciado alguna vez. De cuando en cuando aún le maravillaba haberse casado con ella. Antes de salir juntos ella había estado un mes con un estudiante judío que llevaba una barba corta y pelirroja y escupía al hablar. Aunque también hablaba once idiomas y tenía muchas virtudes. Si Anna no se había casado con él era porque jamás se habría casado con un hombre feo y pobre. Y cuando los padres de Anna y el padre de Maurizio acordaron que sus hijos se casarían, Anna no se negó. Maurizio se había preguntado muchas veces cómo había sucedido algo así. La mañana en la que se despertó junto a Anna en la gran cama matrimonial con la colcha de raso celeste, se preguntó si era verdad lo que veían sus ojos, cómo podía ser cierto algo así. Sabía que era muy rico, pero Anna también era muy rica, y Anna no estaba enamorada de él, ni él lo estaba de Anna. Los dos eran conscientes de aquello, y sin embargo no habían sido infelices, si bien es verdad que al principio habían tenido algún pequeño conflicto, porque Anna quería los muebles antiguos y a Maurizio le gustaban más los de estilo contemporáneo, y también por lo del té y lo del cacao, y otras cosas por el estilo.
  Maurizio se había preguntado muchas veces si Anna lo engañaba y aquel día tuvo la certeza de ello, estaba convencido de que se había ido a San Remo a ver a un amante y de que no regresaría jamás de aquel viaje. Se imaginó la carta que le escribiría: «Maurizio, lo siento, pero no aguanto más, nuestro matrimonio ha sido un error… Debemos separarnos». Vio su caligrafía alargada y clara, el papel de carta lila. Se imaginó al amante de Anna, alto, muy alto, y delgado, de cabello largo y ensortijado, francés, ruso quizá. Pero no, Anna iba a volver, era una mujer sensata. «Querido, no puedes entenderme…, mi hijo…, no sabes lo que es ser madre». A veces le gustaba hablar como si fuese la heroína de una novela: «Conservaré tu recuerdo hasta que muera; tu recuerdo, el de estos hermosos días…».
  Y luego regresaba, regresaba, el pelo más claro por el agua del mar, su hermosos labios rojos sobre la tez morena.
  —Anna, ¡querida Anna!
  Ella se sentaba frente a él con las piernas cruzadas y el ceño fruncido.
  —Maurizio, tenemos que hablar de un asunto serio.
  —¿Qué sucede?
  Anna se levantaba, se ponía las manos tras la espalda, aquella manos fuertes y amarillas a causa de la nicotina.
  —¿Has buscado?
  —¿Yo? ¿El qué?
  —Un trabajo.
  —Ah… no, Anna, se me ha olvidado. —Y a continuación afirmaba—: Tampoco me parece que sea una cosa urgente… Tenemos mucho dinero.
  —No importa. Es indigno que no hagas nada. Y que estés tan a gusto…
  La primera vez que Anna le había dicho que buscara un trabajo él se había puesto a reír un tanto asombrado.
  —Pero ¿un trabajo de qué?
  —Dios mío…, ¿acaso no eres licenciado en derecho?
  —¿Licenciado en derecho? Ah, sí.
  También le asombraba lo de la licenciatura en derecho, igual que su matrimonio con Anna. Había escrito una tesis cortísima, las notas habían sido mediocres, y le habían hecho regalos. Pero a Anna le encantaba hablar de aquella licenciatura cuando se reunían con amigos, se las arreglaba para mencionarla en cualquier conversación.
  —Sí, cuando Maurizio se licenció… mi suegro lo celebró con un gran banquete e invitó a muchos amigos. Incluso me invitó a mí, y todavía no éramos novios.
A Anna le encantaban los recuerdos. Un día le dijo a Maurizio:
  —Cuéntame algo de tu infancia.
  Y Maurizio le estuvo inmensamente agradecido por aquellas palabras porque también él amaba los recuerdos. Empezó a contar y a contar. ¡Su infancia! Le parecía que estaba aún tan viva, tan cercana. Pero Anna se aburrió, no le gustaron sus recuerdos. Al Maurizio niño se lo había imaginado muy distinto. Se había imaginado a un muchacho espabilado, caprichoso, audaz, que trepaba a los árboles y se escapaba de casa. Y en vez de eso…
  —De pequeño tenía siempre otitis, iba con una venda sobre las orejas. No me gustaba jugar con los otros niños… Las vacas me daban miedo. —Más todavía—: ¿Sabías, Anna, que llevé una bata hasta los quince años?
  —¿Qué dices? ¿Hasta los quince años?
  —Sí, Anna, una larga bata celeste con dos grandes bolsillos.
  Anna se rio, pero era evidente que no estaba contenta. Aquello de la bata no le había hecho gracia.
  —¿En serio, hasta los quince años?
  —Sí, Anna…
  Y luego estaban sus juguetes. Habría hablado de sus juguetes durante horas, pero Anna era incapaz de prestar atención mucho tiempo. Sus favoritos no habían sido los juguetes mecánicos, sino los coloridos, los enormes animales de paño o de felpa, los teatritos de marionetas. Y en vez de los libros de Verne y de Salgari, prefería las fábulas ilustradas, las amadas fábulas alemanas, el cuento de Peter Pan. Pues bien, nada de aquello le gustaba a Anna. Y Anna le regalaba al niño todo tipo de juguetes serios, difíciles, mientras que Maurizio le llenaba el armario de los hermosos juguetes de siempre, sencillos y fascinantes, y era capaz de llegar a casa con tres globos rojos, porque también le habían encantado cuando era niño.
  Aquel día —el primer día tras la partida de Anna— transcurrió lento, monótono y vacío. Llegó la noche, y durante la cena Maurizio y Villi jugaron a muchos juegos, a las adivinanzas, a dibujar y a pintar, y mancharon el mantel de mermelada ante la mirada de reproche del criado, que se llamaba Giovanni. Luego Maurizio se dio cuenta de que se había hecho tarde, y con tal de que Villi se fuera a la cama sin llorar le prometió llevarlo al cine otro día, pidiéndole perdón a Anna mentalmente. El niño le dio las buenas noches, él se agachó para darle un beso en aquella naricita pecosa y le dijo que soñara con mamá. Entonces se vio solo a la mesa y descubrió por primera vez que una mesa en la que ya se ha comido tiene algo de triste, con todo ese desorden de migas y mondaduras y vasos medio vacíos y servilletas arrugadas. Decidió salir.
  Al poco estaba en la calle con la gabardina desabrochada, y mientras la brisa fresca le soplaba en el rostro, sintió una ligera satisfacción. «¿Adónde voy? ¿Al cine?». Cruzó el puente: bajo sus pies fluía el río, oscuro, turbio, salpicado de luces rojas. «¿Adónde voy?». Se detuvo y se apoyó sobre la baranda. «Anna… ahora estará bailando, y luego beberá champán, y luego… con su amante… Dios mío, ¿por qué no estoy celoso?». Miró al cielo, la luna pequeña, aquellas dos o tres nubes negras. Nunca había creído en Dios. «Dios mío, si existes, hazme estar celoso de Anna… Aunque solo sea un instante, haz que me muera de envidia…». Probó a pensar en ella, sus fríos labios, sus pechos pequeños, sus dulces y amorosas manos. «¡Anna! ¡Anna!». Nada. No sentía nada, ni siquiera un escalofrío. En el cielo, la pequeña luna se escondió tras una nube, como si se mofara de él. Se sintió cansado, abatido y solo. Recordó lo que le había dicho Anna un día, mientras discutían medio en serio, medio en broma: «Tú no tienes sangre en las venas, tienes agua». Así era, tenía agua: agua fresca y clara. Tenía la sensación de que no había sufrido jamás, por nada, por nadie. No recordaba haberse enamorado nunca. No recordaba haber deseado con locura a ninguna mujer. Los únicos sueños que recordaba eran las locas fantasías de su infancia, que se confundían con absurdas fábulas y viejas leyendas. Tras un rato le pareció que comprendía por fin lo que era realmente: «Señor, ¿por qué no me hiciste hombre, un hombre como los demás? ¿Por qué no me das fuerza para proteger a mi hijo, para defender a Anna?». Se dirigía a Dios de ese modo solo por echarle la culpa a alguien. «No soy más que un niño, un niño como mi niño». Se dio cuenta de que estaba en uno de esos momentos de absoluta franqueza, tan raros en su vida. «Ni siquiera a Villi lo quiero de verdad. Me divierto con él y con sus juguetes. Pero si mañana me levantara pobre, sería incapaz de buscarme un trabajo por su bien. ¿Quién me necesita entonces, quién lloraría si yo…, si yo faltase…?». La gente iba y venía a su alrededor, pero él solo podía pensar en sí mismo y en el río. «Si me tirase, Anna recibiría un telegrama: “Trágico accidente, vuelve cuanto antes”. ¡Cómo se asustaría! Pensaría en Villi. Luego en la esquela: “Rogad a Dios en caridad por el alma de…”. Pero no me tiraré a ese río tan oscuro y sucio en el que flota toda la basura de la ciudad. Anna dice que soy un melindres».
  —No puedo ser abogado, Anna, los pobres me dan asco.
  —Ni que tuvieras que ponerte su ropa, ¡madre mía! Tus clientes…, habla con ellos de sus casos y listo.
  —Lo sé Anna, pero me molesta el olor a cebolla y a ajo.
  A veces exageraba un poco, para disgustar a Anna.
  Poco a poco se alejó de la baranda. Se puso a caminar de nuevo. La luna reapareció; una luz clara y fría le inundó el corazón. Poco a poco sintió que volvía en sí. «Y por qué no ir esta noche… a casa de aquella muchachita rubia… Mimí, Lilí o algo parecido». Avanzaba un poco más erguido, acelerando el paso. Y se sentía vagamente orgulloso de haber pensado en suicidarse por un momento en el puente. «Cicí o Lilí, ¿cómo diantres se llamaba? Una hermosa muchacha rubia con el cuello lleno de pecas, como Villi». ¿Cómo sería Villi de mayor? ¿Como él o como Anna? Anna había sido una chica chismosa y precoz, y no había tardado en entrar en sociedad, donde había aprendido a coquetear, eso sí, con gracia y distinción, como lo hacía todo. Y desde pequeña había viajado mucho, tenía don de gentes. Él no. Él a los quince años era un muchacho delgado vestido con una bata celeste a quien no interesaban las mujeres… Se metió por un callejón oscuro alumbrado con un farol de gas. «Ya está todo en orden, querida Anna. Tú en San Remo con tu amante y yo con mi muchacha, con la bella Tití o Cicí o como se llame. Aquí estoy».
  Subió dos o tres escalones, tocó el timbre con impaciencia, se limpió escrupulosamente las suelas en el felpudo y entró en cuanto le abrieron la puerta, sin prisa, pidiéndole perdón a Anna mentalmente.
De El camino que va a la ciudad y otros relatos
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