La oposición política venezolana debe repensar sus estrategias para los próximos meses, pues la calle se ha agotado. Nicolás Maduro ha sobrevivió. Ha salvado el año 2019 conservando el poder contra todo pronóstico. No llegó ni la invasión norteamericana ni el levantamiento de los cuarteles. El próximo paso del dictador será desmontar la Asamblea Nacional, único poder legítimo reconocido dentro y fuera del país. De lograrlo, Maduro volvería a tener el control absoluto de Venezuela aun siendo el mandatario más ineficaz de la historia del país.

Maduro sigue sobreviviendo en el poder. Sobrevivió a La Salida de 2014. En ese entonces, las protestas se focalizaron en sectores de clase media del este de Caracas y el interior del país. También sobrevivió a la estrategia de calle generalizada de 2017. Lo retaron y se atrevió. Más de un centenar de muertos dejó el accionar de las fuerzas represivas del régimen, sin contar los heridos graves y presos. Más tarde, en 2018, Maduro se reeligió en un proceso electoral de dudosa procedencia que nadie reconoció.

Capítulo aparte merece 2019, pues Maduro resistió la estrategia planteada del cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres. Fue retado el 23 de febrero con el ingreso de la ayuda humanitaria que jamás llegó como se tenía previsto. Tampoco pisó el peine de poner tras las rejas a Juan Guaidó en su mayor momento de popularidad. Luego sobrevivió -por poco- a la insurrección del 30 de abril, que hizo un antes y un después para el régimen y para la oposición.

El 30 de abril le costó a la disidencia el agotamiento progresivo de la calle. La apuesta de los cuarteles, tal como escribimos en notas anteriores, tenía una debilidad que la descartaba de tajo: los cuadros medios de la Fuerza Armada descontentos con Maduro carecen de un liderazgo que los agrupe, y además, la infiltración cubana ha sido eficaz para sofocar cualquier intento de disidencia en los cuarteles.

Se equivocó la Administración de Donald Trump con la apuesta a los militares venezolanos. Y no hubo “invasión” o “coalición internacional” milagrosas -como prometieron sectores pseudo radicales de oposición- que sacaran al país del atolladero de la tiranía.

Como era previsible, la calle se agotó. Las últimas protestas -que se supone debían ser permanentes- apenas congregaron a un puñado de venezolanos. Literalmente, un puñado.

Mientras tanto, Maduro se aproxima a desmontar su única piedra en el zapato y que muchos dolores de cabeza le ha dado: la Asamblea Nacional.

¿Dejará la oposición que el chavismo arrebate lo que con votos se consiguió en diciembre de 2015?

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