Andrés Manuel López Obrador, conocido como AMLO, prometió a sus votantes nada menos que una refundación de México cuando tomó las riendas del país hace un año. Y tenía terreno libre para cumplir su promesa: con un 53 por ciento de los votos, los mexicanos le dieron un gran margen de confianza. También su agrupación, Morena, que reúne varios partidos, obtuvo la mayoría en el Congreso. La reestructuración de México podía comenzar. La lista de problemas era abultada: pobreza y desigualdad, violenta criminalidad y fallas en el Estado de derecho, corrupción y escaso crecimiento económico. Hay opiniones encontradas sobre lo que AMLO ha logrado y con qué métodos durante su primer año de mandato. Para quienes apoyan su Gobierno, todo transcurre según el plan establecido, mientras que, para sus opositores, AMLO lleva a México a la desgracia. 

“Un presidente de carne y hueso”

Los empresarios lo acusan de que la economía se estanca. Con sus predecesores, crecía entre el 1,5 y el 2 por ciento anual. Mientras ellos se dedicaban a atraer inversores extranjeros para hacer más competitiva la agricultura de exportación y la industria del centro y norte de México, AMLO pone el foco sobre los programas sociales y megaproyectos en el sur del país, más débil en cuanto a infraestructuras. Entre otros, un tren para cruzar la turística península del Yucatán y una refinería en Tabasco. Ambos proyectos son polémicos, tanto por su rentabilidad como por las protestas de activistas del medioambiente y vecinos.

AMLO canceló el nuevo aeropuerto de la capital, un tercio del cual ya estaba construído, para confiar en el Ejército la construcción de un aeródromo alternativo más barato. Eso ha costado a los contribuyentes 4,6 mil millones de euros, sin que, hasta ahora, se vislumbre en el horizonte el nuevo aeropuerto. La situación enfada sobre todo a las clases media y alta, que deben seguir utilizando el antiguo aeródromo de la capital, destartalado y sobrecargado.

El gesto con el que AMLO mostró a los poderes económicos quién tenía la sartén por el mango deterioró también las relaciones con el empresariado. Con él, defraudar impuestos ya no será un “pecadillo” amnistiable, algo que, previsiblemente, beneficiará las arcas estatales. Pero la medida acabó de erosionar la relación con la elite. Todo eso no hizo mella en su popularidad durante los primeres meses de mandato: Es un presidente de carne y hueso, al que le gusta viajar y que habla como el pueblo. La gente sencilla se identifica con él. A mitad de año, el 68 por ciento de los mexicanos defendía la política de AMLO. No importaba la rudeza con la que despachaba a sus críticos, entre otros, los medios de comunicación, que en México pagan un alto precio en sangre por su trabajo crítico, o la frialdad con la que se refería a sus “otras cifras” cuando era confrontado con estadísticas poco favorables. 

Un discurso polarizador

AMLO expresa en voz alta lo que piensan muchos mexicanos: que el país está arruinado por una elite fatua y corrupta. El presidente mexicano contrarresta los argumentos con emociones. Con éxito. Durante sus conferencias de prensa emitidas en vivo a diario, conocidas como “mañaneras”, AMLO se presenta como vengador de los pobres. Y en México son muchos, la mitad de la población. Además, el 63 por ciento solo ha cursado un nivel secundario de formación. Y les llega el discurso polarizador del presidente mexicano, no las preocupaciones académicas sobre una presidencia hiperpersonalizada e hipercentralizada, con rasgos autoritarios.

Porque los hay: AMLO ha politizado y debilitado sistemáticamente a la sociedad civil y a las instituciones. A  numerosas ONG que hasta ahora desempeñaban labores sociales, como el cuidado de migrantes, de preescolares o el sustento de casas de mujeres, les fueron retiradas las ayudas sociales. AMLO nombró a gente de su confianza para la Fiscalía del Estado, en teoría independiente, la Defensoría del Pueblo y las autoridades contra el lavado de dinero. Según expertos del “Latin America Risk Report”, desde entonces, estas autoridades persiguen más a los oponentes políticos que al crimen organizados. Entre esos “opositores” estaba también el juez Medina Mora, que desempeñaba el cargo de ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Medina Mora estaba en la mira de la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) por presunto lavado de dinero y prefirió dimitir, lo que allanó el terreno para una mayoría cercana al Gobierno en el tribunal supremo. Además, en “Morena” se está considerando acortar el mandato del presidente del Instituto Federal Electoral con el fin de poner al frente a una persona afín.

Violencia y derechos humanos

Expertos en seguridad están preocupados por la violenta criminalidad, que este año alcanzó un nuevo récord. Hasta finales de octubre de 2019, murieron 25.890 personas en la guerra entre cárteles. AMLO ha declarado el fin de la guerra contra las drogas, pero no seguir combatiendo a los cárteles y concentrarse solo en la prevención tampoco es una opción. El Gobierno teme la aplicación legítima de la violencia y, al mismo tiempo, ha congelado las reformas de instituciones que funcionan, empezando por la Policía. Además, defensores de derechos humanos acusan a AMLO de utilizar la recientemente creada Guardia Nacional fundamentalmente para ocuparse de los migrantes, porque así lo quería el presidente de EE.UU., Donald Trump, y de tapar los abusos del Ejército. También dicen que, a pesar de afirmaciones contradictorias, apenas hay avances en el combate contra la impunidad, que es del 95 por ciento, o en el esclarecimiento de casos graves del pasado, como el de la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa.  El presidente vuelve a restar importancia a estas afirmaciones con su “realidad alternativa”. Hace poco, AMLO declaró que la espiral de violencia había concluido y que lo único que querían los conservadores era más derramamiento de sangre. Al final del primer año de su mandato, su popularidad está en el 58 por ciento, menos que hace seis meses, pero todavía es considerable. La cuestión es cuánto tiempo se mantendrá este efecto y si las políticas de López Obrador durante su segundo año de mandato funcionan.

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