El escritor boliviano José Andrés Sánchez acaba de presentar su libro Aquí y Ahora donde investiga los procesos creativos, las vidas y las motivaciones de los artistas contemporáneos de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia).
Los cinco textos que componen ‘Aquí y ahora’ intentan deshilvanar los secretos de una de las formas de arte más enigmáticas de nuestros tiempos: el arte contemporáneo. 

Slayer, una entrevista con el artista Fernando Carbajal, es parte de ese trabajo.

SLAYER

 17 de agosto de 2017, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Segunda entrevista con el artista Fernando Carabajal, dos semanas después de la inauguración de ‘Túnel a cielo abierto’.

 

– Fernando, ¿Qué es un artista?

– Un artista es un apostador, un especulador, un ‘creador de problemas’. Un artista es un investigador que rara vez hace arte. La intención del artista no es el arte, no es su fin. El producto u objeto artístico es consecuencia; resultado. Un artista no es un hombre que se dedica a hacer arte, así como un dentista se dedica a reparar muelas. Un artista es un pensador que utiliza diversas herramientas, las que se le vengan en gana, las que quiera, tanto técnicas como filosóficas para llegar a una solución conceptual y formal. A veces, esa idea no se concretará, se quedará en proceso. El artista deberá identificar lo que mostrará y lo que permanecerá en su cuaderno como anotación, como bitácora.

 

– ¿El artista necesita validación?

– Sólo si está interesado en ella. Conozco a mucha gente que se disfraza de artista.

 

– ¿Cómo se disfraza alguien de artista?

– Pues hace todo lo que debe hacer un artista, se viste y habla como artista, arma las conexiones que necesita un artista, actúa como artista, pero ignora el propósito del arte. Identificar a estas personas es sencillo ya que su obra refleja ese desconocimiento. El proceso creativo exige silencio y distancia respecto a tu trabajo. Ese tipo de personalidad –la del hombre o mujer que se disfraza de artista- no cumple con ese requisito. Quienes trabajamos a conciencia, quienes sudamos, llegamos al día de la inauguración secos, fritos por dentro. Hay individuos, por el contrario, que trabajan con la cabeza puesta en la noche de la presentación, que trabajan por los aplausos, por el listón, por los halagos, etcétera… Eso es lo que les motiva, lo que más disfrutan. Olvidan la importancia del proceso, de la distancia, del silencio.

  

El 3 de agosto de 2017 Galería Nube (una sala ‘hermana’ de Kiosko), inauguró ‘Túnel a cielo abierto’, de Fernando Carabajal. Durante las semanas previas, yo había visto a Fernando trabajar. Él llegaba a Kiosko a las 15:00 y se retiraba después de las 19:00. Lo vi taladrar, serruchar, cargar, pintar. Por supuesto, llamó mi atención. En estos tiempos, ver a un artista contemporáneo que trabaje con las manos es casi insólito, una rareza. La noche de la apertura recorrí la sala antes de que abriesen las puertas al público. Al ingresar me encontré a mano derecha con un pequeño y oscuro cuarto. Dentro de él, se proyectaban fotografías del zoológico de Chapultepec: animales (elefantes, leones, jirafas), senderos, jaulas, sombras, árboles, plantas. Más que fotografías, parecían añoranzas. En el interior de la sala, ocupando casi todo el piso, estaba la obra más grande de la exposición, titulaba ‘Slayer’ (‘Asesino’, en español) era una banqueta roja y de baja altura, formada por las letras de la palabra, era incómoda, puntiaguda y violenta. Parecía tener tentáculos. Me senté y observé alrededor… Formalmente, la muestra era impecable, los objetos estaban puestos en su lugar preciso, tenían el peso correcto, todo estaba calculado y en armonía con el espacio. Me puse de pie y caminé, vi una escultura pequeña, era el busto de un piloto de avión de guerra, vi un dibujo enmarcado, mostraba a una persona que escalaba un montículo de tierra, vi un video que exhibía a un grupo de deportistas corriendo en línea recta, sobre un terreno cubierto de nieve, vi un par de repisas con postales para llevar; una imagen del Mar Muerto y otra del Lago Titicaca, vi una foto de gran dimensión en el muro principal, era una montaña de tierra negra, sobre una acera. Titulaba: ‘Mal del mundo’, vi el ‘Diorama para tren’; un hermoso rompecabezas de 500 piezas; armado y expuesto que mostraba un extenso e intenso cielo celeste –un cielo de verano, un cielo de día perfecto- sobre los rieles oxidados que ingresaban a Auschwitz-Birkenau, el campo de exterminio nazi, a cada lado del ‘Diorama’, vi las obras llamadas ‘El desierto no tiene mapas’, eran un par de libretas colocadas sobre repisas, estaban abiertas y tenían las páginas en blanco, sobre una de ellas, había una piedra de Auschwitz, sobre la otra, una piedra del Muro de los Lamentos. Por último, escondido detrás de un muro falso, como un secreto por descubrir, vi la pintura de un elefante celeste y blanco, trazos bruscos y emotivos, un trabajo de gran tamaño y pesado, me dio la impresión de que era un animal anciano; me sentí desafiado. Acá hay enigma, razoné; me asaltó la idea de haber ingresado a un salón velatorio, a un lugar de silencio, a una recopilación de recuerdos. ¿Fue eso u otra cosa lo que experimenté? El silencio. ¿Qué se hace cuando todo lo que puedes decir acerca de algo se reduce al silencio? A las ocho de la noche, abrieron las puertas. El público ingresó. Mujeres, hombres, niños, casi un centenar de personas observaron las obras, desde mi esquina, sentado a solas sobre la incómoda y roja banqueta, los vi.

– Fernando, ¿qué es hablar de arte?

– Hablar de arte es intercambiar ideas con un bagaje que permita discurrir y problematizar, es necesario que, entre los interlocutores, exista un compendio de datos, eso les facilitará hablar en términos de arte, por compendio me refiero a filosofía, sociología, en fin, todo tipo de conocimientos.

 

– ¿Qué motiva a alguien a hacer y a producir arte?

– Ese es un tema para analizar en profundidad, para escribir un ensayo. Creo que debemos plantearlo al revés. ¿Por qué el arte seduce a las personas; más allá de su condición mental, social o económica? El arte está presente desde hace siglos. Se lo utiliza incluso de manera subversiva, sin que la gente se dé cuenta. Hay películas y publicidades que presentan obras de músicos consagrados y eso el espectador no lo sabe, así empieza el contagio. El interés por el arte no es necesariamente el arte mismo, el impulso del artista puede ser catarsis o sentido neto de supervivencia. No digo que la tristeza sea la motivadora, puede ser todo lo contrario, como la dicha. Es difícil precisarlo. En estos tiempos, muchas personas consideran al arte como una escalera, como una herramienta para ser alguien. Dudo de que lo hagan a plena conciencia. No creo que sepan dónde se meten. Tampoco creo que estén informados acerca del futuro, de lo que les espera. Es difícil vivir del arte. Yo puedo decirlo: vivo del arte y es complicado. Soy un tipo al que le gusta viajar, tuve la posibilidad de irme de mi país, pero pagué el precio. Como se dice: ‘santo que no es visto, no es adorado’, sabía que alejarme del DF afectaría mi plaza, mi mercado principal es México y si te alejas, las cosas se diluyen.

 

– Me decís que para vivir del arte hay que estar dentro del circuito, tener una plaza. Vos lo estás, tenés tu lugar, pero a la vez –y lo sé porque te conozco- no te agrada el circuito…

– No me agrada para nada, no me agrada como espacio necesario. Siempre lo he dicho, no me siento cómodo en él. No soy de los que van a exposiciones para saludar, para marcar presencia. No lo hago, ni lo haré. Sin embargo, estoy en esto y eso me enorgullece, estoy presente, sin la necesidad de lustrar los zapatos de otros. En términos laborales, por ejemplo, es conveniente para mí que Galería Nube me represente, es mi tercera galería en el mundo, pocos pueden decir eso. Mis otros dos galeristas sienten celos por ‘Túnel a cielo abierto’ y eso está muy bien. Eso funciona para todos, mientras más personas dependan de la obra, mejor nos irá.

  

Carabajal es mexicano y también norteamericano. A finales de los sesenta, sus padres emigraron hacia Estados Unidos, vivieron en Chicago. En esa ciudad, en 1973, nació su primogénito, Fernando Carabajal. Siete años después, la familia retornó al Distrito Federal. Una vez instalados en México, los padres de Fernando intentaron tener más hijos, pero no lo lograron. Dos bebés nacieron y al poco tiempo murieron. Esa situación, sumada a otras, provocó la separación. Fernando no considera que la muerte prematura de sus hermanos lo haya marcado en profundidad, al menos, no en lo referente a su producción de arte, menos aún cree que la separación de sus padres le haya afectado. Es posible que tenga razón. No lo sabremos. Al fin y al cabo, nuestro propósito no es elaborar un perfil psicológico del autor, sin embargo, es imposible no descubrir, en ‘Túnel a cielo abierto’, una sensación de abandono, nomadismo, soledad y –palabra odiosa para cualquier artista– nostalgia. De su niñez, Carabajal recuerda el gusto por la contemplación, el descubrimiento de la literatura, los cuadernos con sus primeros dibujos y versos, las visitas al zoológico de Chapultepec los domingos por la tarde, junto a su madre; los elefantes, las jirafas, los haces de luz entre las copas de los árboles.

Estudió Diseño Industrial, se graduó y emprendió un negocio, abrió una empresa de servicios, prosperó. Al parecer, Fernando lo había logrado, era un hombre encaminado, con un proyecto delineado, pero Carabajal pensaba en arte, siempre en arte. Por eso, se arriesgó: ni bien tuvo la oportunidad, tomó la prueba de ingreso a la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda. Ganó el cupo, accedió y tuvo como profesores a una nueva generación de artistas mexicanos, los que habían dado los primeros pasos dentro de las aguas del arte contemporáneo. Se nutrió de ellos, aprendió, finalizó la carrera y obtuvo becas del Fondo Nacional del Estado. Aquello le permitió vivir del arte, y dedicar todas las horas del día a la creación. En los años siguientes expuso –de manera individual y colectiva- en México, Alemania, Suiza, Estados Unidos y Brasil. A la vez, inició una suerte de viaje hacia el pasado, un retroceso hacia la niñez, hacia los años formativos, los años en los que descubrió su amor por la contemplación, las anotaciones, los dibujos, los cuadernos, las lecturas, la reflexión. En 2001 partió de México, se fue. Vivió en Alemania, Brasil, Estados Unidos y Bolivia. Aún no tiene claro el lugar, pero sabe que pronto se irá otra vez. Es, a la vieja usanza, un nómada, un visitante, un extraño, un extranjero, un observador.

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