Desde hace un tiempo, en Francia, no nos dejan de echar la bronca con respecto a los años 70. Que si hemos tomado el mal camino, que qué hemos hecho con la revolución sexual, que si nos creemos hombres o qué y que, con nuestras tonterías, váyase a saber dónde ha ido a parar la buena y vieja virilidad, esa de papá y del abuelo, de esos hombres que sabían morir en la guerra y conducir un hogar con una sana autoridad. Y con la ley respaldándoles. Nos echan la bronca porque los hombres tienen miedo. Como si la culpa fuera nuestra. Resulta asombroso y, como poco, moderno, que sea un dominante el que venga a quejarse de que el dominado no pone bastante de su parte… El hombre blanco, ¿se dirige aquí realmente a las mujeres o intenta más bien expresar que está sorprendido del giro que están dando globalmente sus asuntos? En cualquier caso, no es posible que nos echen tanto la bronca, que nos llamen al orden y nos controlen de este modo. Por una parte, jugamos demasiado a ser la víctima, por otra, no follamos como es debido, o somos demasiado zorras o demasiado tiernas y enamoradas. Sea lo que sea, no hemos entendido nada. O somos demasiado porno o no somos demasiado sensuales… Definitivamente, esta revolución sexual fue como echar margaritas a las tontas. Hagamos lo que hagamos, siempre hay alguien que se esfuerza por decirnos que es una mierda. Casi era mejor antes. ¿De verdad?

Nací en 1969. Fui a un colegio mixto. Supe desde los primeros cursos que la inteligencia escolar de los niños era la misma que la de las niñas. Llevé minifalda sin que nadie de mi familia se preocupara por mi reputación frente a los vecinos. Empecé a tomar la píldora a los catorce años sin más complicación. Follé desde que tuve la primera ocasión, me gustaba muchísimo en esa época y, veinte años después, el único comentario que se me ocurre al respecto es: «mejor para mí». Me fui de casa a los diecisiete años y tuve derecho a vivir sola sin que nadie pudiera decirme nada. Siempre he sabido que trabajaría, que no estaría obligada a soportar la compañía de un hombre para que me pagara el alquiler. Abrí una cuenta corriente a mi nombre sin ser consciente de que pertenecía a la primera generación de mujeres que podían hacerlo sin depender de su padre o de su marido. Empecé a masturbarme bastante tarde, pero ya conocía la expresión después de haber leído libros muy claros sobre la cuestión: no era un monstruo social porque me masturbaba, en todo caso, lo que yo hacía con mi coño era asunto mío. Me he acostado con cientos de tíos y nunca me he quedado embarazada y, de todos modos, sabía dónde abortar sin necesidad de autorización, sin poner mi vida en peligro. He sido puta, me he paseado por la ciudad con tacones altos y escotes largos sin rendir cuentas a nadie, cobraba y me gastaba cada céntimo que ganaba. He hecho auto-stop, me violaron, y después volví a hacer auto-stop. Escribí un primer libro que firmé con mi nombre de mujer, sin imaginarme por un segundo que cuando fuera publicado vendrían a recitarme la cartilla de todas las fronteras que no debo cruzar. Las mujeres de mi edad son las primeras que pueden vivir una vida sin sexo, sin tener que entrar en un convento. El matrimonio forzado se ha vuelto insólito. El deber conyugal ha dejado de ser una evidencia. Durante años, estuve a millones de kilómetros del feminismo, no por falta de solidaridad o de conciencia, sino porque, durante mucho tiempo, ser del sexo femenino no me impedía hacer gran cosa. Como tenía ganas de vivir una vida de hombre, he vivido una vida de hombre. Y es que la revolución feminista ha ocurrido. Basta de contarnos que antes estábamos más satisfechas. Los horizontes se han ampliado, nuevos territorios se han abierto radicalmente, hasta tal punto que hoy nos parece que siempre ha sido así.

Es cierto, hoy Francia dista mucho de ser la Arcadia para todos. Aquí no estamos ni contentas ni contentos. Y esto no tiene ninguna relación con el respeto de la tradición de los géneros. Podríamos quedarnos todas en delantal en la cocina y tener hijos cada vez que follamos, eso no cambiaría en nada la quiebra del sistema de trabajo, del liberalismo, del cristianismo y del equilibrio ecológico.

Las mujeres que me rodean ganan efectivamente menos que los hombres, ocupan puestos subalternos, encuentran normal que las menosprecien cuando emprenden algo. Existe un orgullo de sirvienta que avanza con trabas, como si fuera útil, agradable o sexy. Un goce de esclavo en la idea de servir de trampolín. Nos avergüenza nuestro poder. Siempre estamos vigiladas por los hombres que siguen metiéndose en nuestros asuntos para decirnos lo que nos conviene y lo que no, vigiladas sobre todo por las otras mujeres, por la familia, por las revistas femeninas, por el discurso dominante. Es necesario reducir nuestro poder, nunca bien visto en una mujer: «competente» quiere decir todavía «masculino».

Joan Riviére, psicoanalista de principios del siglo XX, escribe La feminidad como mascarada en 1927. Estudia el caso de una mujer «intermedia», es decir, heterosexual pero viril, que sufre cada vez que se expresa en público, tiene un miedo tan horrible que pierde los papeles y que se traduce en una necesidad obsesiva y humillante de atraer la atención de los hombres.

«El análisis desveló que su coquetería y sus flirteos compulsivos… se explicaban de este modo: se trataba de un intento inconsciente de disminuir la ansiedad que le provocaba el miedo a las represalias que temía recibir por parte de las figuras paternas después de haber mostrado sus proezas intelectuales. La demostración en público de sus capacidades intelectuales, que en sí mismas representaban un éxito, adquiría el sentido de una exhibición que pretendía mostrar que ella poseía el pene del padre, después de haberlo castrado. Una vez hecha la demostración, sentía un miedo horrible de que el padre se vengara. Se trataba, evidentemente, de una conducta destinada a apaciguar la venganza intentando ofrecerse sexualmente a él».

Este análisis ofrece una clave de lectura del éxito del modelo de la «calentona» en la cultura popular actual. Ya sea mientras andamos por la ciudad o cuando vemos la MTV o un programa musical en la primera cadena o cuando hojeamos una revista del corazón, nos asalta la explosión del estilo super-puta, por otra parte muy favorecedor, que adoptan muchas chicas. Es una manera de disculparse, de tranquilizar a los hombres: «mira qué buena estoy, a pesar de mi autonomía, de mi cultura, de mi inteligencia, en realidad, lo único que quiero es gustarte» parecen gritar las niñas en tanga. Tengo la posibilidad de vivir de otro modo, pero he decidido vivir alienada a través de las estrategias de seducción más eficaces.

Podemos extrañarnos, a primera vista, de que las chavalas adopten con tanto entusiasmo los atributos de la mujer—«objeto», que mutilen su cuerpo y lo exhiban espectacularmente, al mismo tiempo que esta joven generación valoriza la «mujer respetable», lejos de una sexualidad lúdica. La contradicción es tan solo aparente. Las mujeres envían a los hombres un mensaje tranquilizador: «no tengáis miedo de nosotras». Vale la pena llevar ropa poco confortable, zapatos que dificulten la marcha, vale la pena rehacerse la nariz o hincharse los senos, vale la pena morirse de hambre. Nunca antes una sociedad había exigido tantas pruebas de sumisión a las normas estéticas, tantas modificaciones corporales para feminizar un cuerpo. Al mismo tiempo, ninguna otra sociedad ha permitido de modo tan libre la circulación corporal e intelectual de las mujeres. La re-feminización de las mujeres parece una excusa que viene después de la pérdida de las prerrogativas masculinas, una manera de tranquilizarse, tranquilizándoles. «Liberémonos, pero no demasiado. Queremos jugar el juego, no queremos poderes vinculados al falo, no queremos asustar a nadie». Las mujeres se aminoran espontáneamente, disimulan lo que acaban de conseguir, se sitúan en la posición de la seductora, incorporándose de este modo a su papel, de modo tan ostentoso que ellas mismas saben que —en el fondo— se trata simplemente de un simulacro. El acceso a los poderes tradicionalmente masculinos implica el miedo al castigo. Desde siempre, salir de la jaula se ha visto acompañado de sanciones brutales.

No es tanto el hecho de que hayamos asimilado la idea de nuestra propia inferioridad, no importa cuál haya sido la violencia de los instrumentos de control, la historia cotidiana nos ha mostrado que los hombres no eran por naturaleza ni superiores ni diferentes a las mujeres. Es más bien la idea de que nuestra independencia resulta nefasta la que está implantada en nosotras hasta el tuétano. Idea que los medios de comunicación retoman con insistencia: ¿cuántos artículos en los últimos veinte años se han escrito sobre las mujeres que dan miedo a los hombres, sobre las que se han quedado solas, las que han sido castigadas por su ambición o su singularidad? Como si ser viuda, estar sola o abandonada en tiempos de guerra, o ser maltratada fuera una invención reciente. Siempre hemos tenido que arreglárnoslas sin la ayuda de nadie. Pretender que los hombres y las mujeres se llevaban mejor antes de los años setenta es una contraverdad histórica. Nos frecuentábamos menos, eso es todo.

En el mismo orden de cosas, la maternidad se ha vuelto una experiencia femenina ineludible, valorada por encima de cualquier otra: dar la vida es fantástico. La propaganda «pro-maternidad» nunca ha sido tan martilleante. Menudo camelo, el método contemporáneo y sistemático de la doble obligación: «tened hijos, es fantástico, os sentiréis más mujeres y más realizadas que nunca», pero hacedlo en una sociedad decadente en la que el trabajo asalariado es una condición de la supervivencia social, aunque no está garantizado para nadie, y sobre todo para las mujeres. Traed hijos a ciudades donde la vivienda es precaria, donde el colegio dimite, donde se somete a los niños a las agresiones mentales más perversas, a través de la publicidad, la televisión, internet, las empresas de refrescos y todos sus colegas. Sin niños la alegría femenina no existe, pero criar a los niños en condiciones decentes es casi imposible. Es necesario, de todos modos, que las mujeres sientan que han fracasado. En cualquier cosa que emprendan, debemos poder demostrar que ellas lo han hecho mal. No hay actitud correcta, forzosamente hemos cometido un error en nuestra elección, se nos responsabiliza de un fracaso que es, en realidad, colectivo, social y no femenino. Las armas utilizadas contra nuestro género son específicas, pero el método también se aplica contra los hombres. Un buen consumidor es un consumidor inseguro.

Sorprendente y tristemente revelador: la revolución feminista de los años 70 no ha dado lugar a ninguna reorganización con respecto al cuidado de los niños. Tampoco del espacio doméstico. Ambos son trabajos benévolos, por tanto, femeninos. No hemos salido de la condición del artesanado. Tanto política como económicamente, no nos hemos preocupado del espacio público, no nos lo hemos apropiado. No hemos creado las guarderías necesarias ni los jardines de infancia, no hemos creado los sistemas industriales de trabajo a domicilio que nos hubieran permitido emanciparnos. No hemos invertido en estos sectores económicamente rentables, ni para hacer fortuna, ni siquiera para que sirvieran a la comunidad. ¿Por qué nadie ha inventado el equivalente de Ikea para cuidar a los niños, el equivalente de Macintosh para hacer las tareas domésticas? La organización de la colectividad sigue siendo una prerrogativa masculina. Nos falta seguridad con respecto a nuestra legitimidad para irrumpir en lo político; no se puede pedir menos, visto el terror físico y moral al que se enfrenta nuestra categoría sexual. Como si otros se fueran a ocupar correctamente de nuestros problemas, y como si nuestras preocupaciones específicas no fueran tan importantes. Nos equivocamos. Si parece evidente que las mujeres se vuelven tan corruptas y asquerosas en contacto con el poder como los hombres, parece también innegable que ciertas consideraciones son específicamente femeninas. Abandonar el terreno político como lo hemos hechos nosotras marca nuestras propias resistencias a la emancipación. Es cierto que para luchar y tener éxito en política se requiere estar lista para sacrificar la feminidad, porque hay que estar dispuesta a combatir, triunfar, y demostrar el poder de una. Hay que olvidarse de ser dulce, agradable, servicial, hay que autorizarse a dominar al otro, públicamente. Pasar de su consentimiento, ejercer el poder frontalmente, sin remilgos ni excusas, porque son escasos los contrincantes que os felicitarán por haberles ganado.

La maternidad se ha vuelto el aspecto más glorificado de la condición femenina. Es también, en Occidente, el dominio en el que el poder de la mujer se ha intensificado más. Lo que era cierto en el caso de las niñas desde hace tiempo, el dominio total de la madre, lo es hoy también en el caso de los niños. La mamá sabe lo que es bueno para su hijo, nos lo repiten de todas las maneras posibles, en ella reside intrínsecamente ese asombroso poder. Réplica doméstica de lo que se organiza colectivamente: el Estado siempre vigilante sabe mejor que nosotros lo que debemos comer, beber, fumar, ingerir, lo que podemos ver, leer, comprender, cómo debemos desplazarnos, gastar nuestro dinero, distraernos. Cuando el gobierno reclama la presencia de la policía en el colegio o pide la presencia del ejército en los barrios periféricos, no introducen una figura viril de la ley en el dominio de la infancia, se trata más bien de la prolongación del poder absoluto de la madre. Sólo ella sabe castigar, encuadrar y mantener a los niños en estado de crianza prolongada. El Estado que se proyecta como madre todopoderosa es un Estado fascista. El ciudadano de la dictadura vuelve a la condición de bebé: con los pañales bien limpios, bien alimentado y mantenido en su cuna por una fuerza omnipresente que todo lo sabe, que tiene todos los derechos sobre él, y todo ello por su propio bien. Se libera al individuo de su autonomía, de su facultad de engañar, de ponerse en peligro. Nuestra sociedad tiende hacia ahí, posiblemente porque ya hemos dejado atrás nuestro tiempo de gloria, regresamos hacia estados de organización colectiva que infantilizan al individuo. Según la tradición, los valores viriles son los valores de la experimentación, del riesgo, de la ruptura con el hogar. Los hombres se equivocan si se sienten alegres o protegidos al ver que desde todos los ámbitos se menosprecia, se entorpece y se designa como funesta la virilidad de las mujeres. Lo que se cuestiona es tanto nuestra autonomía como la suya. En una sociedad de vigilancia liberal, el hombre es un simple consumidor como cualquier otro, y no es deseable que tenga más poder que una mujer.

El cuerpo colectivo funciona como un cuerpo individual: si el sistema es neurótico engendra inmediatamente estructuras autodestructoras. Cuando el inconsciente colectivo, a través de los instrumentos de poder de los medios de comunicación o de la industria cultural, sobrevalora la maternidad, no lo hace ni por amor de la feminidad ni por bondad global. La madre investida de todas las virtudes es el cuerpo colectivo que se prepara para la regresión fascista. El poder que otorga un Estado enfermo es forzosamente un poder sospechoso.

Hoy escuchamos a hombres que se lamentan de que la emancipación femenina les desviriliza. Echan de menos un estado anterior, en el que su fuerza estaba enraizada en la opresión femenina. Olvidan que esta ventaja política que se les había concedido tenía un coste: el cuerpo de las mujeres pertenecía a los hombres; en contrapartida, el cuerpo de los hombres pertenecía a la producción, en tiempos de paz, y al Estado, en tiempos de guerra. La confiscación del cuerpo de las mujeres se produce al mismo tiempo que la confiscación del cuerpo de los hombres. Los únicos que salen ganando en este negocio son los dirigentes.

El soldado más famoso de la guerra de Iraq es una mujer. Hoy en día, los Estados envían sus pobres al frente. Los conflictos armados se han vuelto territorios mixtos. Cada vez más, la polaridad en la realidad se estructura en función de la clase social.

Los hombres denuncian con virulencia las injusticias sociales o raciales, pero se muestran indulgentes y comprensivos cuando se trata de la dominación machista. Son muchos los que pretenden explicar que el combate feminista es secundario, como si fuera un deporte de ricos, sin pertinencia ni urgencia. Hace falta ser idiota, o asquerosamente deshonesto, para pensar que una forma de opresión es insoportable y juzgar que la otra está llena de poesía.

Del mismo modo, las mujeres ganaríamos pensando mejor en las ventajas del acceso de los hombres a una paternidad activa, más que aprovecharse del poder que les confiere políticamente la exaltación del instinto maternal. La mirada del padre sobre el niño constituye una revolución en potencia. Los padres pueden hacer saber a sus hijas que ellas tienen una existencia propia, fuera del mercado de la seducción, que poseen fuerza física, espíritu emprendedor e independiente, y pueden valorarlas por esta fuerza sin miedo a un castigo inmanente. Pueden hacer saber a sus hijos que la tradición machista es una trampa, una restricción severa de las emociones al servicio del ejército y del Estado. Porque la virilidad tradicional es una maquinaria tan mutiladora como lo es la asignación a la feminidad. ¿Qué es lo que exige ser un hombre, un hombre de verdad? Reprimir sus emociones. Acallar su sensibilidad. Avergonzarse de su delicadeza, de su vulnerabilidad. Abandonar la infancia brutal y definitivamente: los hombres-niños no están de moda. Estar angustiado por el tamaño de la polla. Saber hacer gozar sexualmente a una mujer sin que ella sepa o quiera indicarle cómo. No mostrar la debilidad. Amordazar la sensualidad. Vestirse con colores discretos, llevar siempre los mismos zapatos de patán, no jugar con el pelo, no llevar muchas joyas y nada de maquillaje. Tener que dar el primer paso, siempre. No tener ninguna cultura sexual para mejorar sus orgasmos. No saber pedir ayuda. Tener que ser valiente, incluso si no se tienen ganas. Valorar la fuerza sea cual sea su carácter. Mostrar la agresividad. Tener un acceso restringido a la paternidad. Tener éxito socialmente para poder pagarse las mejores mujeres. Tener miedo de su homosexualidad porque un hombre, uno de verdad, no debe ser penetrado. No jugar a las muñecas cuando se es pequeño, contentarse con los coches y las pistolas de plástico aunque sean feas. No cuidar demasiado su cuerpo. Someterse a la brutalidad de los otros hombres sin quejarse. Saber defenderse incluso si se es tierno. Privarse de su feminidad, del mismo modo que las mujeres se privan de su virilidad, no en función de las necesidades de una situación o de un carácter, sino en función de lo que exige el cuerpo colectivo. De tal modo que las mujeres ofrezcan siempre los niños a la guerra y los hombres acepten ir a dejarse matar para salvaguardar los intereses de tres o cuatro cretinos de miras cortas.

Si no avanzamos hacia ese lugar desconocido que es la revolución de los géneros, sabemos exactamente hacia donde regresamos. Un Estado omnipotente que nos infantiliza, que interviene en todas nuestras decisiones, por nuestro propio bien, que —con la excusa de protegernos mejor— nos mantiene en la infancia, en la ignorancia y en el miedo al castigo y la exclusión. El tratamiento de favor que hasta ahora estaba reservado a las mujeres, con la vergüenza como punta de lanza que las mantenía en el aislamiento, la pasividad, la inmovilidad, podría ahora extenderse a todos. Comprender los mecanismos que nos han hecho inferiores y los modos a través de los cuales nos hemos convertido en nuestras mejores vigilantes, es comprender los mecanismos de control de toda la población. El capitalismo es una religión igualitarista, puesto que nos somete a todos y nos lleva a todos a sentirnos atrapados, como lo están todas las mujeres.

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