Por Adyerin Rueda

Hay un arte que crea víctimas, que exacerba la crueldad y lo grotesco. De esa labor artística pocas son las obras que logran impactar al espectador experimentado. Polémica, mórbida, violenta y devastadora, la terrible Midori, la niña de las camelias es de esas pocas joyas que por más que pasen los años no deja de ser poderosa y traumática.

“¡Un perro hervido en el caldero del infierno! ¡Un niño monstruo vestido en ropas de mil colores! ¡Cabezas mutiladas hervidas en juncos!”. Son cantos que acompañan el vulgar espectáculo de arrancar con la boca la cabeza a un inocente pollo y dejar que la sangre escurra por la comisura de los labios.  Este es el comienzo del manga de Suehiro Maruo el artista eroguro quien con tan sólo ocho capítulos y elegantes trazos logra plasmar el terrible sufrimiento de una infanta. Consciente de la facilidad con la que la débil y vulnerable se le convierte en víctima, narra una historia que encarna las peores vivencias de un ser humano en la sociedad moderna.

Su magnífico trabajo habla por sí mismo: son pesadillas asfixiantes, no lúgubres ni mágicas, sino crudas y aborrecibles, tan avasalladoras que motivaron al cineasta Hiroshi Harada, hace exactamente 27 años, a convertirla en un largometraje.

Solo y sin dinero, Harada dibujó, animó, montó y presentó el esperpento el 2 de mayo de 1997 en su natal Japón. Inmediatamente censurada, como era de esperarse, la cinta sufrió todo tipo de modificaciones hasta el día de hoy que podemos verla sin restricciones por youtube.

Midori nunca alcanzará la felicidad

Con un argumento y estética surrealista, la vida de Midori es el típico drama japonés en el que la protagonista no consigue la felicidad y se sumerge en una espiral de sufrimiento sin fin. Con una madre devorada por ratas, abandonada por su padre y sumida en la pobreza, corre a los brazos de un extraño que resulta ser el dueño de un circo de fenómenos.

Desde su llegada la niña de doce años es esclavizada, torturada y violada por los deformes y perversos vividores del show callejero quienes, incluso sin brazos, piernas o huesos, la obligan a presenciar y ser parte de orgías plagadas de las más asquerosas filias que Maruo y Harada llevaron hasta el extremo en su movimiento erótico grotesco. Brutalmente humillada y denigrada hasta el quiebre, Midori no desea más que la muerte mientras mira de lejos a los trenes partir.

Preocupados por la escasa audiencia, los indeseables seres del decadente circo reciben con los brazos abiertos al enano Masamitsu, un mago que se rumora práctica la magia prohibida. Gracias a su misterioso y cautivador acto de meterse a una pequeña botella de vidrio consiguen algo de estabilidad financiera. Midori llama la atención del hechicero quien le procura protección y cariño. Pero no creamos en su falsa bondad, recordemos que sigue siendo un pederasta que abusa de la inocencia y vulnerabilidad de la ultrajada Midori.

Masamitsu es un hombre celoso y posesivo: mata a uno de los horripilantes freaks del show por celos y también crea asombrosas alucinaciones en un repentino ataque de odio en contra de su público dando vida a una de las escenas más perturbadoras y fascinantes del manga y la película: Gente explotando, deformándose, reventándose los ojos; aventando tripas y sangre por doquier.

Agobiado por la situación, el enano le pide a Midori se vaya con él. Ella acepta de inmediato y juntos parten hacia la estación de autobuses. Pero no existen los finales felices y de hecho Midori tiene uno de los cierres más impresionantes y épicos en su género: un final abierto a múltiples interpretaciones. Hace que uno se pregunte hasta qué punto un niño puede aguantar la corrupción sin sucumbir a ella o la demencia, hasta qué punto se puede masacrar el frágil espíritu infantil.

“Nadie te va a ayudar” y “¿Qué será de mí?” son frases que representan la creación de una víctima en su máxima expresión, llevada a tal punto que la misma considera al pederasta su única posibilidad de amor y libertad. Masamitsu cree que aún hay tiempo para comprar comida antes de abordar y deja a Midori en la estación. El autobús llega y tras unos minutos se marcha. Matsamitsu no regresa. Midori se siente abandonada nuevamente, ve su sueño desaparecer y a lo lejos escucha las burlas de los habitantes del circo. “Nadie te va a ayudar”. Espejismos, fantasmas, lo que sea que se ríe de ella la enloquece y en un arranque de ira quiere matarlos a todos. De pronto… la nada… está ella en medio de un paisaje blanco…quizás muerta real o metafóricamente en la caída final al abismo de la locura, del desquicio y la pérdida total de la cordura y del contacto con la realidad. Es un último grito desesperado lo que Midori nos deja.

¿Dónde radica el mérito de esta película?

Los dibujos son hermosos a pesar de su escasa movilidad y es ahí donde se encuentra el mérito: causar una transgresión emocional e incluso física con poco recurso. No podía haber sido de otra manera, mucho del shock se relaciona ampliamente con esa lentitud y antigüedad. Sin efectos especiales su impacto es devastador. Suficiente es admirar a los cuerpos mutilados expulsando gusanos y vísceras que representan la putrefacción moral y humana de lo más profundo nuestro ser.

Magia negra, crueldad, depravaciones y violencia extrema hacen de Midori una obra que estruja, enmudece y que es imposible pase desapercibida; algo rompe dentro del espectador desde el momento en que una niña es el centro de las agresiones o cuando perros cachorros son despedazados por uno de los psicópatas del circo. Midori se lleva el primer en lugar en toda la historia del anime gore y no necesita de sofisticados conflictos bélicos, tecnología o una complicada trama… simplemente utilizó la espantosa realidad y no hay nada más terrible que dormir muy cerca del verdugo.

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