A pesar de que las posibilidades materiales, las circunstancias sociales y económicas y los cambios históricos influyen sobre la creación estética, escribir un poema, pintar un cuadro o componer una sonata son hechos contingentes. En cada caso podría no haber sido (recordemos la abrumadora pregunta de Leibniz). De esta manera la obra de arte, la poesía, lleva consigo —por decirlo de algún modo— el escándalo de su azar, la impresión de ser un capricho ontológico. Por imperativos que sean los motivos psíquicos y privados de su génesis, su necesidad no responde a ninguna lógica. Quienes hacen arte, música, literatura, han experimentado esta ausencia de necesidad bien como amenaza, bien como liberación. Existen sensibilidades y formas inspiradas por el «duro deseo de durar» (como el juego de palabras de Paul Éluard sobre el mágico nombre de Durero: dur désir de durer). Hay compositores, escritores, escultores y arquitectos enloquecidos por el pensamiento de lo efímero, por el temor de que su opus esté destinado a un olvido próximo o lejano. Por el contrario, los hay que hallan un extraño consuelo en la consciencia de lo que «podría no haber sido». Desde luego, la estética sabe del sentimiento de culpabilidad, de radical incomodidad ante el producto ya terminado. No se trata sólo de que el poema, la sinfonía o el lienzo pudieran no existir, sino de que no respondieran a ninguna necesidad. En cierto sentido, la obra estética debería no haber sido, su composición y acabado no alcanza la verdad, armonía o perfección buscadas, se queda desesperadamente en los límites de su propósito. Incluso el objeto estético más logrado, sobre todo éste, es una reducción de una potencialidad más grande, de un diseño interior. Virgilio deseó destruir la Eneida por sus imperfecciones. Los artistas hacen desaparecer su propia obra o se descubren perfectamente incapaces de volver sobre ella. Los constructos cinéticos «autodestruibles» de Tinguely, que se derrumban o se queman a sí mismos hasta convertirse en polvo, enuncian de forma humorística una compleja dinámica de culpa y desilusión en la creación seria. Su análogo es el aforismo de Anaximandro sobre la existencia humana: «Mejor sería no existir». Ser es, ineludiblemente, un compromiso
En Gramáticas de la creación
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