Henri Cartier-Bresson, estuvo dos veces en México e inmortalizó en fotografías a la Ciudad de México y sus habitantes. La primera vez que vino fue cuando era joven en busca de destacar; la segunda fue décadas después, pero ya como uno de los fotógrafos más reconocidos del mundo.

Lo que vio a la capital mexicana durante su primer viaje lo cautivó irremediable; testigo de ello es una de las colecciones fotográficas más impactantes de la CDMX. La primera vez que visitó México tenía 26 años, vino como parte de un proyecto etnográfico francés que pretendía fotografiar la construcción del Tren Panamericano.

Pero, la tirada de Cartier-Bresson vino a nuestro país por que para él era uno de los países más surrealistas del mundo. Y en ese entonces él estaba muy pendiente de este movimiento con el que estaba profundamente familiarizado, desde la corriente, hasta con algunos de sus exponentes en Europa.

Cartier-Bresson antes que México visitó Europa y algunos países africanos pero, en su búsqueda artística, pensó que México le daría una oportunidad para demostrar sus verdaderas habilidades como fotógrafo. La razón de que Henri se quedara por un tiempo en la Ciudad de México fue porque el proyecto etnográfico por el que vino se canceló cuando uno de sus compañeros se robó  el dinero y el francés se quedó sin un centavo.

Como para cualquier persona que se muda de Ciudad o país para Henry pasó un poco de tiempo para adaptarse a México; no hablaba el idioma, no entendía la cultura. Hasta que un día, en un café, conoció al poeta, dramaturgo y novelista estadounidense Langston Hughes, quien vivía en la Ciudad de México y se dedicaba a traducir poesía mexicana al inglés. El francés se mudó a casa del escritor y conoció a su círculo de amigos. Se dice que en el vecindario el fotógrafo era conocido como “el pequeño hombre blanco con mejillas de camarón”.

Poco tiempo después, Cartier-Bresson consiguió trabajo en un periódico mexicano y se adaptó al país donde pudo alimentar su profundo talento como artista de la lente. Aquí hizo tomas con ángulos experimentales y luz dramática, y aprendió a reconciliar el mundo de la alta cultura (del que provenía), con la espontaneidad y frescura de la fotografía callejera —tal vez, uno de sus logros más importantes como artista.

En 1935, las fotografías de la Ciudad de México de Henri Cartier-Bresson fueron expuestas en el Palacio de Bellas Artes, al lado de la obra del gran Manuel Álvarez Bravo. A partir de ese momento su carrera despegó con fuerza, y él no volvería a México hasta 30 años después, como uno de los fotógrafos más famosos del mundo. A pesar de que su segundo viaje implicó lujos, cenas con gente importante y recepciones, Cartier-Bresson quiso volver a las calles de la ciudad a fotografiar a todos esos personajes que tanto tiempo atrás lo había fascinado y aún lo hacían.

“Tus ojos deben reconocer una composición o expresión que la vida te ofrece y tú debes saber, usando tu intuición, cuando disparar la cámara”, escribió Cartier-Bresson años después. El fotógrafo, que de tantas formas fue testigo del siglo XX, encontró en nuestra ciudad una fuente inagotable de inspiración, y su homenaje resultó en algunas de las fotografías más espectaculares que se han tomado de la Ciudad de México y quienes la habitan.

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