Aquella tarde, doña Julia la recordaría siempre. Había estado trajinando en la cocina antes de salir al corredor y con un suspiro tomar asiento en su mecedora de paja. El sol había calentado menos que otras veces y del patio llegaba un olor de alhelíes. Alzó los ojos y vio el palomar recortado en un cielo luminoso, el muñeco olvidado al pie de un tú y yo, y al fondo, junto a la riata de flores, vio a la muchachita correteando alrededor del niño.

Doña Julia sonrió mientras sacaba de una canastilla sus lentes y su labor de crochet. Era agradable tener momentos así, un día sin bochorno, un buen hilo, el encargo de ese mantel de doce puestos por el cual había convenido un precio razonable, y tejer tranquilamente sabiendo que el muñeco estaba a su alcance y el niño se veía distraído. Volvió a mirarlo y lo observó recoger del suelo una pelota azul. Por un instante sus movimientos le parecieron menos torpes, su expresión menos pueril; entonces pensó que había sido una buena idea invitar a María. A la edad de María las cosas ruedan solas, se dijo recordando que en ningún momento mostró resentir la inercia del niño: más bien divertida se había puesto a hablarle lo mismo que a un animalito huraño, y allí lo tenía en el patio, jugando a su antojo.

La verdad era que por primera vez doña Julia notaba al niño interesado en algo distinto del muñeco. Y aunque no se hacía ilusiones, debía reconocer que resultaba alentador. Bien sabía que nada, ni juguetes, ni láminas, ni aquel transistor que adquirió en navidades, había logrado nunca alterar su somnolencia, ese lento ambular de pequeño fantasma ajeno a cuanto ocurría en torno suyo, como si se hallara en este mundo por error, o tuviera para sí un mundo propio, hecho de cristales a los que sólo el muñeco impedía caer y volverse añicos. Ahora empezaba a entender que debía haberle buscado antes un amigo y no maniatarse tanto con el temor de que pudieran desairarlo o hacerle daño.

Y doña Julia sonrió al recordar la aprensión que le dio ver entrar a María como un torbellino por el vestíbulo, agitando su colita de caballo de un lado a otro. A través de sus lentes se detuvo a mirarla. Se había puesto a rebotar la pelota contra una pared entonando en voz queda la canción del oá. Era bien menuda y tenía ese aire travieso del niño acostumbrado a salirse siempre con la suya. Pero de sólo oírla, a doña Julia le parecía que un soplo de aire corría por el patio. Tal vez ese médico estaba en lo cierto, pensó volviendo a sus encajes. Al niño le convenía la presencia de otros críos; debía olvidarse de lo pasado y tratarlo sin tanto mimo, y sobre todo, comenzar a alejar de sí ese eterno desasosiego que a nada bueno conducía. Claro que era difícil, bien difícil. Por mucho que lo intentara, allí estaría rondándola como una mala sombra la amenaza del muñeco.

Doña Julia sintió que la invadía la tristeza. Se dijo, como tantas veces, que no merecía el final de sus días, cuando bien cabía esperar un poco de paz, tener que vivir obsesionada por esa horrible cosa de trapo que el niño encontró en un rastrojo la tarde aquella del accidente. Dejó rodar el tejido a su falda y recostó la cabeza en el espaldar de la mecedora. Aún no acababa de admitir que el muñeco se extraviara, era demasiado injusto. Lo vio tirado junto al tú y yo, impúdico y desgonzado, con su falso aspecto de muñeco, y entonces se vio a sí misma recorriendo con una agitación sombría las habitaciones de la casa, buscándolo entre los muebles y las paredes agrietadas por la humedad, atisbando detrás de cuadros y espejos, removiendo carpetas y damascos y cojines. Le pareció sentirse de nuevo entre el rancio calor de los cuartos cerrados, vaciando el pesado baúl de cuero donde se acumulaban los recuerdos de cinco generaciones, y se dijo que no habría sido capaz de contar las veces que registró sus armarios, ni las horas perdidas en el patio sacudiendo las ramas de los naranjos y nísperos, esculcando con un palo las trinitarias aferradas como sanguijuelas a la pared. Porque, y eso estaba claro, el muñeco podía aparecer en cualquier parte. Una vez lo había encontrado sepultado bajo una cayena, otra, a punto de hervir en la olla de la leche. No siempre había sido así, pensó doña Julia. Y recordó con nostalgia los tiempos en que su única inquietud consistía en tejer suficientes encajitos de crochet para comprar aquellas codornices y torcazas que tan bien le sentaban al niño. Y juguetes, todos los que podía. Aún conservaba la ilusión de desplazar al muñeco. Sólo que la magia de los días transcurridos entre agujas y madejas había terminado abruptamente.

Fue temprano, recordó, una mañana al regresar de misa de seis. Estaba apenas quitándose el alfiler de la mantilla frente al espejo del vestíbulo, cuando le oyó decir a la vieja Eulalia que el muñeco había desaparecido. Así, simplemente. Sintió que de golpe el alma le abandonaba el cuerpo. Sin pronunciar una palabra estuvo removiendo cielo y tierra a lo largo de aquel terrible día, y cuando al fin logró topar al muñeco embutido de mal modo en el tanque del sanitario, no quiso pensarlo más y sin contemplaciones despidió ahí mismo a la abismada Eulalia sospechando que la bruja que a ratos asomaba entre sus yerbas y sus collares de ajo se había adueñado ya de su corazón. Desde entonces el polvo que la brisa traía seguía dando vueltas en la casa, las lagartijas culebreaban por las paredes, y como no volvieron a encontrar quien los espantara con la vara de deshollinar, los murciélagos se colgaron en racimos y para siempre de las vigas del cielo raso.

Nada de eso tenía mayor importancia, reflexionó doña Julia empujando distraídamente su mecedora. Pero llevaba atravesada la espina de la injusticia cometida con Eulalia. Había actuado impulsivamente y de eso vino a darse cuenta muy tarde, cuando a los siete meses y del mismo modo inesperado, el muñeco volvió a perderse. No supo qué la hizo desconfiar entonces de aquella ánima que alguna vez rondara el baúl de los recuerdos y con sus ahorros le fue comprando un descanso de quinientas misas. Después llegó hasta imaginar la presencia de un duende, sobre todo al reparar en el escarnio de esconder el muñeco en sitios tan inverosímiles, y se agenció inútilmente una botella de espíritu del Carmen. Qué torpe había sido, se dijo doña Julia. Pero, en fin, así ocurrían las cosas, pensó resignada. Era bastante duro reconocer en el niño el aciago propósito de perder el muñeco. Y a la inquietud de vivir pendiente de sus actos, sumar esa helada sensación de estar comprometida en una lucha contra algo que de pronto y con astucia se agazapaba en él. Lo más ofuscante de todo era que no parecía haber cambiado, seguía siendo esa sombra de niño cada día más peregrino, cada vez más ajeno a la realidad.

Doña Julia alzó los ojos para mirarlo y lo encontró absorto, contemplando a María. Pensó que nunca lograría penetrar su apariencia remota y compacta. Era inaprensible, precisó, como una gota de mercurio. En el fondo no lo conocía: comprendía vagamente que se negaba a hablar por capricho y lo adivinaba sujeto al muñeco por un vínculo extraño y malévolo. Pero no podía aventurar más nada. Recordó que a veces lo seguía en puntillas cuando iniciaba a través de los corredores uno de sus imprecisos deambulares, acuciada por el deseo de sorprenderlo en el momento mismo de ocultar el muñeco. Era en vano. Como si alguien le advirtiera de su presencia, se detenía en algún rincón, y muy lentamente iba girando hasta mirarla con sus ojos inermes. Ella, doña Julia, ya no se dejaba engañar. Sabía que seguiría impertérrito velándole la hora, y en un instante, al primer descuido, el muñeco habría desaparecido de sus manos. Así recomenzaba su angustia y la interminable pesquisa por la polvorienta casa, mientras veía al niño languidecer con los ojos encandilados por un punto cualquiera de la pared de su cuarto, horriblemente quieto, incapaz de ingerir ni siquiera un sorbo de agua.

Doña Julia pensó que no había en el mundo nada más desolador: sentir, quebrada de impotencia, que el niño se le iba en minutos como si su alma la estuviera halando el muñeco. Y no se atrevía a contárselo a nadie, mucho menos al médico. Que la vida de un niño dependiera de la presencia de un muñeco era uno de esos desatinos que presenta el devenir y de los cuales vale más callarse.

Con un estremecimiento, doña Julia volvió a la realidad. La risa de María acababa de sacarla de sus cavilaciones: había asido al niño de la mano y corría espantando a las palomas. Vio cómo lo sentaba a su lado en la paredilla de la riata y le echaba hacia atrás el mechón de pelo que le caía sobre la frente. Dijo algo en voz baja y él asintió sonriendo. Entonces le llevó las manos a la altura de los hombros y chasqueando los dedos en una especie de ritual, inició el juego de las palmas. Fue en ese preciso instante, doña Julia lo recordaría siempre, cuando el turpial rompió a cantar presintiendo el paso de las cinco. Así que comenzó a envolver en un papel de seda la rosita de crochet a medio terminar y pensó que debía levantarse a preparar el extracto de codorniz. Demoró un rato más en la mecedora sintiendo dentro de las piernas un hormigueo que anunciaba la inminencia de octubre, y se prometió comprar para esas largas tardes de lluvia muchos juguetes que divirtieran a María. Debía, lo primero, terminar cuanto antes el mantel, se dijo mientras atravesaba el corredor. Y tal vez, conseguir una muchacha que sacudiera el polvo. Estuvo pensando en eso todo el tiempo que pasó después en la cocina desplumando una diminuta codorniz; en la muchacha, los pisos limpios, el olor a cera, las ventanas abiertas otra vez de par en par.

Del patio sólo llegaba el ruido de las manos de María al chocar con las del niño. Era un sonido seco, intercalado de pequeños silencios. Doña Julia se disponía a adobar la codorniz con perejil y una hoja de laurel cuando oyó sonar el timbre de la puerta y los pasos de María regresando por el vestíbulo a toda carrera para decirle que una sirvienta había llegado a buscarla. Apenas alcanzó a ver el revoloteo de la colita de caballo girando junto a la puerta de la cocina. Pensó que debía conducirla y prometerle que la llamaría otra tarde. Pero no lo hizo, se sentía cansada.

Mucho después, ya la imagen del niño se gastaba en el tiempo, doña Julia volvería una y otra vez al recuerdo de aquel instante y con angustia pensaría que si hubiera acompañado a María habría podido impedir que el niño le entregara el muñeco, y ella, atolondrada, asqueada tal vez, lo echara al salir de la casa en la caneca de la basura que, como siempre, el carro del aseo recogió puntualmente a las seis.

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