Me desperté dos veces esta noche,
y caminé lentamente hacia la ventana,
los faroles en la ventana,
el retazo de la frase dicha en el sueño,
reduciéndose a la nada, semejante
a los puntos suspensivos que no me calman.
Soñé contigo, estabas embarazada,
y después de haber vivido
tantos años separados,
sentía culpa, y mi mano
tocando tu vientre con alegría,
pero en realidad, me encontraba
buscando los pantalones y el interruptor.
Dirigiéndome hacia la ventana,
sabía que te dejaba sola,
allá, en la oscuridad, en el sueño,
donde me esperabas paciente,
y me culpabas, cuando volvía, por la interrupción
premeditada. Pues en la oscuridad —se prolonga
lo que se desprendió del día.
Allá, estamos casados, comprometidos,
somos esos monstruos de doble espalda,
y niños para justificar nuestra desnudez.
En una noche futura,
de nuevo llegarás cansada, flaca,
y yo veré al hijo o la hija,
todavía sin nombre —y entonces
no me arrojaré sobre el interruptor y ya
no extenderé la mano, no puedo
dejarlas en el reino de las sombras
y en silencio ante la barrera de los días
que desembocan en la dependencia de la realidad,
y en mi apatía ante ella.

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