Además de aparecer de manera regular en el discurso presidencial, el insulto cumple diversas funciones dentro de la comunicación populista.
México es tendencia mundial en Twitter por un nuevo y ofensivo sobrenombre para el presidente López Obrador, derivado de una expresión infantil que él mismo usó en un discurso reciente. Ahí, el presidente le explicaba a su audiencia –con su estilo y palabras– que él y los integrantes de su movimiento son las únicas personas honestas en México, mientras que todos los demás son la corrupción, y por eso merecen ser considerados excremento.

Desde luego, no es la primera vez que AMLO insulta a sus críticos y opositores. Gabriel Zaid ha documentado la diversidad de los adjetivos que usa el presidente, a quien considera “un artista del desprecio y de la descalificación”. Y esto no es algo exclusivo de México. En Estados Unidos, Donald Trump insulta de forma cotidiana a tanta gente que hasta hay una entrada de Wikipedia con el catálogo completo, y se han escrito análisis a fondo de a quiénes insulta y por qué.

El insulto es una característica de la comunicación populista por varias razones:

  1. Es un desahogo para el resentimiento. El populismo moderno es la expresión de dos emociones: el descontento y el resentimiento. El descontento nace de lo que está mal en una sociedad: corrupción, impunidad, injusticia, abuso de poder. El resentimiento surge cuando la gente cree que ha encontrado a los culpables de todo lo que está mal: son “ellos” lo que abusan de “nosotros”. El insulto permite darle salida emocional al resentimiento y sirve como un castigo simbólico a quien lo recibe.
  2. Hace del lenguaje un poderoso instrumento de conexión emocional. Al insultar, el presidente demuestra que él siente lo mismo que muchos de sus seguidores. Eso crea una poderosa conexión emocional, que no cambiará si el presidente gobierna mejor o peor. Pasa también en Estados Unidos, donde los seguidores de Trump explican que lo apoyan simplemente porque él odia al mismo tipo de personas que ellos.
  3. Permite al líder populista comunicar mucho en pocas palabras. AMLO repite siempre que él y los suyos son honestos y son los únicos con autoridad moral por ser quienes son. Todos los otros políticos no, por ser quienes son. Esto es la definición básica de demagogia: discutir identidades, no ideas o asuntos. El insulto es un atajo excelente para que un demagogo ponga etiquetas a los “malos” y quede claro de qué se les acusa sin tener que dar muchas explicaciones. Palabras tan cortas y aparentemente inocentes como “fifí” son insultos que encierran muchas capas de significado y desprecio.
  4. Hace sentir superior a quien lo lanza. El presidente López Obrador ha confesado sonriente (minuto 47 de esta entrevista) que siente “gozo” cuando insulta a sus críticos y opositores, porque los considera hipócritas. Esta agradable sensación de superioridad de nuestro mandatario contrasta con el espíritu de la República, que considera que el presidente es un ciudadano “primero entre iguales” y gobernante de todos, no de una facción o partido.
  5. Le permite al populista decirle al pueblo que él es como ellos. Un hecho de la democracia moderna es que las élites gobernantes se fueron volviendo vez más diferentes de los gobernados. El lenguaje –su tono, su acento, su pronunciación, sus significados y su léxico– se vuelve un símbolo claro de esas diferencias. De ahí que a los líderes populistas les guste “hablar como el pueblo”. Lo coloquial se hace pasar como auténtico, es decir, mostrarse tal como uno es. Y lo “auténtico” se confunde con lo “honesto”, porque dado que el líder se muestra como es, sin miedo a ser juzgado como vulgar, entonces se vuelve cercano, familiar, conocido, uno de nosotros. Y como “nosotros” somos “buenos”, el líder no puede ser malo. ¿O sí?

En cuanto al apodo del presidente, le propongo a los lectores resistir la tentación y pensar dos veces antes de utilizarlo. He visto que los críticos de AMLO se lanzaron a justificar que se insulte al insultador como un acto de justicia: el bully de la escuela tiene al fin una sopa de su propia medicina. Pero al pagarle con la misma moneda, alimentamos el ciclo del resentimiento que le da fuerza, ahondamos la división y fomentamos la distracción de los asuntos importantes –feminicidio, medio ambiente, salud, seguridad–, con lo que permitimos que eluda la rendición de cuentas. Como lo he dicho en otras ocasiones, el antídoto contra la demagogia no es la democracia, sino la decencia. No permitamos que el presidente y sus aduladores sigan sacando lo peor de nuestra sociedad.

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