El estallido social sacó los trapos al sol en Chile y todo lo que la oficialidad escondía debajo del discursos de milagro y progreso quedó al descubierto aun cuando no fuese un secreto. La miseria del país, el abuso de su sistema cruel y la malparidez de sus dirigentes salió a flote como una mediagua en pleno desborde del Maipo, rumbo al mar.

Uno a uno se ha señalado a la larga lista de culpables: los defensores del modelo, los creadores del modelo, los borregos del modelo y todos aquellos feligreses de la idiotez, los beneficiarios de la igualdad ficticia y su séquito de imitadores que creía que por votar a la derecha subiría su sueldo o evitaría que les robarían el Daewo.

Pero me gustaría volcar la atención a otros responsables de esa violación constante que ha sido vivir en el estado de Chile.

Es un grupito de pedantes escritores, líderes de opinión y cabritos de a pie que han alabado el modelo para decir que lo vencieron: los romantizadores de la miseria tienen culpa de toda esa miseria sostenida. Son los niños rebeldes en una rebeldía floja, limitada, que pedían a gritos aprobar el aborto en tres causales y no más, no vaya uno a enojar al dueño de Chile. Los mismos que en el 2006 pedían gratuidad en la PSU para tomar su crédito universitario.

Son los mejores socios del sistema: una sarta de escritorzuelos con complejo de pobre que gritaban las desigualdades del modelo para decir que ellos, pobres, eran más mejores porque aguantaban. Los héroes que caminaban diez kilómetros para ir a la escuela, haciendo de las víctimas del sistema unos ídolos que en la misma carrerita por no ser el más tonto terminaron validando la explotación.

Para ellos, el concepto de resistencia como dogma. Ser mejores que el sistema porque el sistema no los mató implicaba un hito que los convertía en un pueblo mejor que sus explotadores. En ese rumbo encontraron una larga lista de eufemismos: el Gary Medel de la población, la señora Juanita del vecindario, los perros Lipigas del barrio. Ser aguerrido y romantizar el abuso, creían, era una misión digna, era meritorio, era lo que los hacía fuertes porque a pesar de todo “Chile no se rinde”. 

Ja y más ja. A risa suelta les contestaban los verdaderos dueños de Chile, agadecidos porque sus supuestos detractores les hicieran propaganda: los romantizadores de la explotación lograron elevar a milagro el hecho de sobrevivir en un sistema que hilvana abuso con abuso y si llego a fin de mes es porque soy vivo. 

No. Son cómplices. Delincuentes. Ingenuos malparidos que solo lavaron la imagen de un proyecto de país que les regalaba patriotismo a cambio de esfuerzos y vamos a llegar a la meta. Aguante la Teletón y Chile ayuda a Chile. Güevonadas sin fundamento más allá del trapito rojo blanco azul con el que se cubrían para taparse del frío del que hablaba Lemebel. 

¿Dónde están hoy todos esos noteros de matinal y supuestos contracultura que desde sus paginitas de internet escribían que Chile resiste? Son los socios perfectos de Piñera y sus amigos, hicieron de la víctima un héroe que sería más heroico en la medida que más abusos aguantara. 

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