A Carlos Franqui

La playa es el único lugar donde no tengo miedo. Con Alicia y papá venía a la playa cada atardecer y corría descalza espantando a las garzas negras que se paraban junto a la orilla. Me gustaba verlas alzar el vuelo mientras mis pies se hundían en la espuma, blanca al mediodía, pero a esa hora rosada porque la noche aparecía por la derecha cubriendo el cielo y el sol tenía el color de una naranja. Yo corría hasta la loma de arena envuelta ya en la oscuridad, trepaba a lo más alto y me dejaba rodar dando vueltas y vueltas hasta que papá me recogía. Papá se moría de risa y Alicia se hacía la seria, mira que el pelo se te ensucia y soy yo quien te lo lava.

A lo mejor un día, aquí en la playa, tropiezo el fantasma de papá. Los fantasmas existen, dice mi abuela, aunque tu padre, ese incrédulo, te haya enseñado lo contrario. A mí me gustaría que fuera cierto: volvería a ver su pelo gris y su sonrisa, iríamos de la mano a la loma y riendo nos hundiríamos en la arena, por fantasma que fuera no me haría daño. Los otros sí, los que están en cada rincón de la casa. No sé si son de verdad o de mentira, pero me parecen escondidos bajo las camas, encerrados en los armarios, reflejados en los espejos. Me asusta tanto cruzar los cuartos que tengo que llamar a mi abuela para que me acompañe. Gracias a Dios, mi abuela, que por todo me regaña, acepta mi miedo sin historias: dice que a mi edad ella también era así.

El miedo empezó con los cuadros. Antes, en la paredes, había guindadas otras cosas, dibujos que papá trajo de Europa y que mi abuela encontró inmorales cuando vino a vivir a la casa. Los quitó, los quemó en el patio como hizo con los libros de papá, y luego puso los suyos con corazones alfilereados y hombres ardiendo entre diablos y llamas. Yo ni en sueños los miro: delante de ellos paso de largo conteniendo la respiración para que el mal que encierran no me entre al cuerpo. A Alicia, en cambio, la tenían sin cuidado, se burlaba de ellos, les hacía muecas. Un día, me acuerdo, me cogió de la mano, fíjate que eres tonta, dijo, y con un lápiz de labio dibujó sobre el vidrio de cada cuadro la cara de un payaso. Para qué fue aquello: la cantaleta de mi abuela duró más de tres días. Hasta hizo venir al cura del pueblo con agua bendita dizque a lavar el sacrilegio. Esa misma tarde, mientras el cura y mi abuela tomaban chicha de níspero en el salón, Alicia me hizo un gesto y nos encontramos aquí, en esta playa. Yo había traído mi balón por si mi abuela se asomaba a la ventana: viendo a Alicia tirar la bola al cielo y a mí tratando de atraparla, pensaría que jugábamos en lugar de estar hablando. Pero Alicia parecía seria, tan seria que apenas si reparaba en mí. La vi caminar hacia la loma y la seguí en silencio.

—Quítate las sandalias —dijo de pronto.

—Pero mi abuela —empezaba yo a decir cuando ella me interrumpió.

—Quítalelas —repitió sin mirarme—. Nueve años has caminado descalza por esta playa y si las amebas te entran te tomas un purgante.

Hablaba tranquilamente (me recordó a papá) como si todo fuera lo mismo que antes. Recuerdo que, puse mis sandalias junto al viejo tronco, ese que desde aquí estoy ahora mirando, y corrí entre la espuma azuzándola para que me persiguiera. Pero ella no tenía ganas de jugar y yo me fui a lo alto de la loma, me puse boca abajo y dando vueltas y más vueltas rodé sobre la arena. No sentí nada, lo hice una y otra vez y no sentí nada.

—¿Por qué tienes esa cara? —me preguntó Alicia.

—Ya no es lo mismo —dije yo.

—¿Qué cosa?

—Rodar sobre la arena.

—¿Cuál es la diferencia?

—Antes me daba cosquillas en el estómago y ahora no me da nada.

—Debe de ser porque llevas esas trenzas —dijo Alicia. Ven y te suelto el cabello.

Sin darme tiempo a protestar empezó a destrenzarme el pelo asegurándome que volvería a peinarme antes de regresar a casa.

Yo había preferido siempre llevarlo así, lacio y largo hasta la cintura. Cuando soplaba la brisa me cosquilleaba la espalda y de noche lo cepillaba frente al espejo para que soltara reflejos a la luz de la lámpara. Me ponía una cinta del color del pijama y dejaba la luz encendida esperando a que papá subiera a darme las buenas noches. Decía que era linda, qué lindo pelo tienes, decía.

También a Jorge le gustaba mi pelo. Con las conchitas rosadas que en noches revueltas el mar deja en la arena, Jorge hacía cintillos para envolverme la cola de caballo. Él mismo me hacía la cola si había mucho viento, cuando nos íbamos en su yate a aquella playa, desierta como ésta, donde el hueco del mar se abre apenas termina la tierra y el agua es transparente. Fue él quien me enseñó a hundirme con los ojos abiertos hasta la gruta que habitan los peces de colores.

En realidad, Jorge sabía hacerlo todo: reparar el yate y pescar, tocar la guitarra, inventar boleros. Además se olía las cosas, papá lo decía. Lo dijo el día que Jorge sacó del agua al hombre que se había ahogado. Me acuerdo bien: fue en Miramar: y fue como el cuento del pastor que gritaba, me coge el lobo, me coge el lobo. Porque el hombre había gritado varias veces que se estaba ahogando, y cada vez que nadaban a buscarlo empezaba a reírse. Habíamos ido a esa playa a encontrar amigos de papá y Jorge y Alicia conversaban aparte formando con un palito figuras sobre la arena. Nadie puso atención cuando el hombre volvió a gritar, pero Jorge se dio cuenta de que la cosa iba en serio y entró corriendo al mar.

Después todo fue confusión y algarabía. Yo logré escabullirme de Alicia y abrirme paso entre las piernas de la gente. Vi a Jorge sobre el hombre, sacando con su boca de la boca del hombre un montón de agua sucia que después escupía. Lástima que no pudo salvarlo. Me pareció que se ponía triste cuando cubrieron al hombre con una sábana y le dejaron al aire unos pies color de cirio.

En vacaciones, Jorge iba siempre a la casa a cenar. Después hablaba con papá en la terraza mientras Alicia me desenredaba el pelo. Alicia tenía las manos suaves y se encaprichaba con cada nudito hasta que lo deshacía sin mortificarme con trenzas y tirones porque sabía que me gustaba llevar el pelo suelto, suelto y que la brisa lo empujara, lo llevara y lo trajera como hace el mar con las algas.

Pero ahora todo es distinto, digo, desde los funerales de papá. Aquella mañana, mi abuela, a quien sólo había conocido la víspera, entró a mi cuarto trayendo un vestido y un par de cintas. Todo negro. Yo casi no entendí lo que decía, atontada como estaba por el jarabe que me había dado por la noche para dormir. Además, ella se había colocado frente a la ventana y el sol ya había salido, así que yo a duras penas veía su cara, dos ojos de calavera y en lugar de boca una línea por donde salían palabras que nunca había oído. Sólo comprendí que de allí en adelante debía obedecerla porque ella se había propuesto salvar mi inocencia (todavía no sé muy bien lo que eso significa), y luego, que una niña decente llevaba trenzado el pelo. Siempre he odiado la forma como me estira los cabellos al peinarme cada mañana: sobre todo los pelitos de la frente y los de la nuca que me los hala hasta sacarme lágrimas; después debo ahuecarme mechón por mechón, lo suficiente para que deje de dolerme, pero sin que ella se dé cuenta.

La verdad es que todo cambió desde que mi abuela llegó a la casa: me quitó del colegio de los gringos y me metió donde las monjas, y en tres meses tuve que aprenderme de memoria el catecismo: no pude volver a montarme en el burro del lechero, ni volver a deslizarme sobre la cuerda que papá había colgado del guanábano, ni volver a jugar con los muchachos de la calle. A papá le importaba un pito que andara con ellos, pero mi abuela dice que van a enseñarme malas cosas y sobre todo, que si me mezclo a la plebe la gente decente no querrá después salir conmigo.

Yo creo que Alicia sabía que todo cambiaría la tarde aquella que hablamos al pie de la loma. Me parece verla todavía, sentada en un tronco cubierto de caracoles diminutos, los brazos cruzados sobre las rodillas. Miraba fijamente la bola de sol que huía de la noche mientras la oscuridad iba avanzando hacia nosotras y yo, con miedo de que mi abuela saliera a buscarnos, me entretenía arrancando los caracolitos del tronco. Nada más divertido que un caracolito asustado, el cuerpo rosado y húmedo replegándose en el cucurucho. Pero Alicia me dijo aquello que siempre decía papá, que mejor dejar en su sitio lo que la naturaleza ha colocado. Así que cambié de juego y me puse a tirar mi balón al mar para que las olas me lo devolvieran, pero todavía tenía la impresión de haber perdido algo porque ya nada sentía al rodar loma abajo.

—No hay más remedio —dijo de pronto Alicia. Yo la miré sin decir una palabra.

—Tendré que partir —dijo.

—¿Partir? —pregunté yo—. ¿Y adónde iremos?

—No, tú deberás quedarte —dijo ella—. Esa bruja piensa que ejerzo mala influencia sobre ti. Otra razón de más para obligarme a ir.

Yo sentí una especie de zumbido en los oídos. Me agarré a sus piernas y le dije:

—Tú no te irás, tú no puedes dejarme sola.

Ella empezó a sobarme el pelo y a hablarme, pero el zumbido no me dejaba oír. Era como si todo el ruido del mundo, el de las olas chocando contra las rocas, el de la lluvia cuando viene empujada por el viento, todo eso entrara por mis orejas y me impidiera oír. Creo que hablaba de la ley (que hay leyes lo sabía yo porque papá me lo había explicado). Lo demás lo entendí después que dejé de llorar y se lo hice repetir tres veces, con la cara pegada a sus piernas, hasta que se me hizo claro el asunto de la mayoría de edad.

—Por fortuna —dijo Alicia—, papá dejó bien arregladas las cosas. Ella no puede tocar nuestra herencia sino una parte de la renta. Y sólo hasta que yo cumpla veintiún años.

Eso lo comprendí menos, aunque se me quedó grabado en la memoria. De todos modos mi abuela sólo gasta dinero cuando va a la iglesia y prende cirios frente a cada santo y echa monedas en una cajita de madera que hay debajo del cuadro de las ánimas del purgatorio. Por lo demás, es tan ahorradora que apenas me da cincuenta centavos para mis onces y tengo que esperar dos días si quiero beberme en el recreo una Coca-Cola.

Es verdad que mi abuela se ocupa de mis cosas: más que papá que andaba siempre con la cabeza metida dentro de un libro y aquellas revistas que le llegaban de Francia. Con mi abuela tengo todos los lápices y cuadernos que necesito y un buen maletín para ir al colegio. Cada día me cambia de uniforme y lustra mis zapatos, y si no fuera por la historia de las trenzas no hallaría razón para quejarme.

Las trenzas y su preocupación por el diablo. También las monjas dicen que el diablo quiere quitarme mi inocencia y que si no lo ha hecho hasta ahora es porque me defiende el Ángel de la Guarda. Quizás Alicia pensaba en todo eso la tarde que destrenzó mis cabellos: por algo dijo que no creyera en nada de lo que mi abuela me contara.

—Por lo menos, al irme, no veré cómo te llena de gusanos la cabeza —dijo.

—Pero tampoco verás a Jorge —dije yo con un nudo en la garganta.

Ya entonces teníamos que valernos de mil trucos para que ella se viera de noche con Jorge: si mi abuela resolvía quedarse leyendo aquel libro de Constancio Vigil (a mí me había comprado otros y la historia de Marta y Jorge me hacía llorar), yo entraba corriendo al salón y le daba cuerda a mi abuela mientras Alicia se deslizaba por la escalera con los zapatos en la mano: si por el contrario, mi abuela se acostaba temprano, yo debía esperar a que estuviera bien dormida para abrir la ventana del salón por donde Alicia entraría.

En vida de papá, Jorge venía a buscar a Alicia después de la cena. Papá les permitía salir siempre y cuando Alicia hubiera terminado sus deberes y regresara antes de las once. Desde la ventana yo los veía caminar juntos por la playa, sus sombras confundidas en una sola, una larga sombra sobre la arena azul si había luna llena que pudiera sacarle al mar el azul tapado por la noche. Y en vacaciones era todavía mejor: Jorge pasaba el día entero con nosotros. Del Canadá venía el pino que papá compraba, con un olor diferente al de los árboles de por aquí, y Jorge perdía más de una tarde guindándole bolas, estrellas y serpentinas de plata, y unas velitas con un agua coloreada que bajaba y subía y formaba burbujas. Era verde el pino y olía bien. Olía a diciembre.

Este año las bolas y guirnaldas se quedaron en sus cajas: mi abuela armó un pesebre. Con piedras cubiertas de arena formó montañas, con mis tacos de madera los caminos y las gradas por donde subían los reyes magos. Puso algodón y animalitos por todas partes: era bonito el pesebre, pero no brillaba ni olía a nada. Lo peor era que había que arrodillarse frente a él cada noche y rezarle una novena: de rodillas sólo veía las cuatro patas de la mesa y los alambres que mi abuela había colocado para alumbrar el bombillito de la estrella.

Ahora vivo rezando: en el colegio, antes de entrar y salir de cada clase, en casa, con mi abuela, sigo las letanías que pasa el radio al atardecer. Y si me despierto de noche y tengo mucho miedo, digo una avemaría conteniendo la respiración. Es horrible el miedo. A veces ni siquiera me atrevo a llamar a mi abuela que duerme a mi lado temiendo que antes de abrir la boca me salte encima lo que se esconde detrás del armario.

Por esa manía de las oraciones fue que mi abuela supo lo de Jorge. No le bastaba rezarle al gran niño Dios con ojos de vidrio, metido en un closet frente a su reclinatorio. Ni con persignarse cada vez que pasa delante de sus cuadros. Ni con ir a la iglesia los domingos. No. Un buen día resolvió asistir a la misa todos los días, a la de las seis de la mañana. Y claro, allí se hizo amiga de otra rezandera como ella, la doña Inés que se conoce de memoria la vida y milagros del pueblo.

No le hagas caso, decía papá a Alicia cuando se quejaba de que doña Inés la espiaba detrás de las rendijas de sus persianas, la gente que no tiene vida propia vive la ajena. Ahora es su culpa: no sólo se le ocurrió morirse haciéndonos caer en manos de mi abuela, sino que por dejar que doña Inés nos vigilara, Alicia no volverá nunca más a la casa. Así lo dijo mi abuela, que no volvería jamás, ni en vacaciones, hasta que cumpliera veintiún años. Y que cuando Alicia cumpla esa edad, yo seguramente ya la habré olvidado.

Mi abuela está ahora en casa de doña Inés, quién sabe qué nuevo chisme traerá. De todos modos no regresará antes de las cinco: podría destrenzarme el pelo y quitarme las sandalias. Me gusta hundir los pies en la arena y sentir el sol con los ojos cerrados. Volveré a hacerme las trenzas cuando la luz me indique que mi abuela está llegando. Que traiga otro chisme no me importa: dije ya todo lo que sabía. Me duele en el alma haber traicionado a Alicia, pero me daba mucho miedo dormir sola.

Esa cosa horrible pasó ayer, o hace tres días, el tiempo se me ha vuelto un revoltillo. Recuerdo, sí, que mi abuela me esperaba en la puerta cuando el chofer me trajo del colegio y por su cara, por la forma como me miraba, supe que iba a tener problemas. Al principio guardó un silencio extraño mientras me daba la merienda y arreglaba la mesita donde hago mis deberes. Ni una palabra y yo pensando con inquietud si habría encontrado los recuerdos que guardo de papá y Alicia. De pronto, de un golpe, me anunció que esa noche dormiría sola. El bollo de mazorca se me atoró en la garganta y tuve ganas de devolver. Pero mastiqué despacio y tragué como pude porque la saliva se me había ido de la boca. Sólo de acordarme siento un peso en el estómago. Lloré, supliqué: nada, no hubo manera de sacarle una palabra. El tiempo corría y yo, con la boca cada vez más reseca, advertía que la oscuridad se iba llevando el cielo.

—Cría cuervos y te sacarán los ojos —dijo mi abuela al fin—. Pero no importa, vete a hacer tus tareas.

—¿Por qué dices eso, abuela?

—Yo creí que me querías.

—Pero yo te quiero —le aseguré—. Nadie te quiere más que yo.

—Y nadie me ha engañado tanto.

Así fue como supe que doña Inés, esa bruja, la había enterado de todo: de que Alicia y Jorge eran novios, de que salían juntos.

—¿Qué tiene de malo? —pregunté yo.

—No puedo responderte. No puedo atentar contra tu inocencia.

—Entonces, ¿por qué estás brava conmigo?

Mi abuela inclinó la cabeza y se puso a llorar. La verdad es que yo nunca había visto llorar a una persona grande. Me pidió perdón, dijo que sentía mucho haberme amenazado, pobrecita, finalmente no eres más que una niña.

Yo sabía que Alicia no hacía nada malo, pero que eso que hacía le parecía malo a mi abuela, puesto que la propia Alicia me lo había explicado. La tarde que fuimos a la loma le pregunté a Alicia:

—¿Por qué ves a Jorge a escondidas de la abuela?

Entonces Alicia me contó que la gente cambia, tú ves, dijo, no somos ahora como hace tres mil años (y yo me acordé del libro que me había comprado papá para explicarme la evolución de los seres humanos y que también fue a parar al fuego). Pero los viejos, dijo Alicia, no quieren que los jóvenes tengan una vida diferente a la que ellos llevaron.

—Por eso, lo que es bueno para mí, es malo para mi abuela —me explicó.

De todos modos el hecho de mentirle a mi abuela, que seguía llorando, me dio lástima. Y miedo. Pensé que a partir de aquel momento, ni con avemarías, ni conteniendo la respiración me salvaría de esas cosas que se esconden detrás de las puertas y los armarios. Por eso, cuando le oí jurar que Alicia no volvería más, resolví contarle la verdad.

—Y preferiste dejarme en el engaño —dijo mi abuela toda resentida.

—Si me hubieras preguntado te lo habría dicho.

—No vuelvas a mentir —gritó. Y yo noté que su cara había cambiado: no había ni rastros de lágrima, sino dos ojos entrecerrados brillando como brillan los ojos de un perro frente a un extraño.

—Mientes —repitió—. ¿Cómo puede haber tanta perversidad en una criatura?

—Pero, yo, ¿qué he hecho yo? —y ya las rodillas empezaban a temblarme.

—Pregúntaselo a tu conciencia —dijo ella caminando hacia mí—. A ese Ángel de la Guarda que te abandonó apenas aceptaste alcahuetear a tu hermana.

Yo creí que me iba a pegar, tan cerca estaba y tanta rabia tenía.

Retrocedí y encontré la pared.

—Alcahuetearle —repetía ella siempre caminando—. Hacerte cómplice de un engaño destinado a engañarme a mí, a la moral misma.

—Alicia tenía un novio —volví a decir yo—. Todo el mundo lo sabía, yo creía que tú también lo sabías.

—¡Ah!, no, no—. Y se puso a reír lo mismo que la bruja de Blanca Nieves—. Te crees más viva que yo, ¿verdad? Vamos a ver qué pasa —dijo.

Repitió eso, vamos a ver qué pasa, mientras me arrastraba por la galería, una y otra vez hasta que llegamos al cuarto donde está su reclinatorio. Yo lloraba y pedía perdón, aterrada de que fuera a dejarme sola entre aquellos cuadros, frente a aquel niño Dios con ojos de vidrio.

No sé cuánto tiempo estuve arrodillada, la cara tapada con las manos esperando que todos los fantasmas cayeran sobre mí. Muy quieta, pensando, a lo mejor, si no me muevo, no se dan cuenta de que estoy aquí. No me movía ni siquiera cuando las gotas de sudor, al resbalar entre mis piernas, me hacían cosquillas. Ni siquiera cuando me empezaron los calambres y la boca me quedó tan reseca que mi lengua, contra mis manos, era carrasposa como la lengua de un gato.

Sólo me puse a temblar en el momento de oír sus pasos por el pasillo y la llave girando en la cerradura. Y no porque lo quisiera, sino porque no podía evitarlo. Seguí temblando —incluso después de haber vomitado en el baño— sentada frente a ella en una butaca del salón, con las gotas de sudor convertidas en hormigas de frío.

Ella parecía tranquila. Me explicó que no quería hacerme daño, ni producirme miedo, ni nada por el estilo. Tampoco quería obligarme a enterarla de algo que ya sabía, sino que yo confesara mi falta, creo que eso fue lo que entendí.

—Tú has cometido un pecado —dijo—, lo comprendes, ¿verdad?

Yo a duras penas podía hablar. Pensé confusamente que más pecado habría sido delatar a Alicia.

—Mírame a los ojos —ordenó mi abuela.

La miré, pero sus ojos, no los veía.

—Reflexiona —oí que me decía—. Ponte en mi lugar: yo tenía una hija por la que me sacrifiqué veinte años. Veinte años, ¿sabes lo que es eso?

Y volvió a contarme lo que me había dicho después del entierro de mi papá y tantas veces: la historia de mi madre, una ingrata que se casó con el primer extranjero que puso los pies en aquella Cartagena donde vivían, dejándola, yéndose a Francia, sin regresar nunca, sin pensar en ella. Sólo cuando mi madre murió al darme a luz, el extranjero, el hombre que la había alejado de su hija resolvió instalarse aquí, en esta playa de Puerto Colombia donde no hay más que gaviotas y garzas negras y el sonido de las olas.

Yo me puse a pensar en todo lo que mi abuela hacía por mí. Bien podría haberme dejado sola, o meterme interna como hizo con mi hermana. Recordé cuántas veces le había dado cuerda mientras Alicia bajaba la escalera con los zapatos en la mano, a ella, que había sufrido tanto al perder a mamá, y después, al no poder ni siquiera visitarnos porque papá se lo impedía.

—En Cartagena tienes una abuela —decía papá—, pero no quiero que te enferme de miedo como hizo con tu madre.

En todo caso papá murió en su automóvil por andar de loco por esa carretera de Barranquilla, sin pensar que de tanto acelerar iba a estrellarse y dejarme para siempre en manos de ella.

Pensé en eso, en el entierro de papá, en las veces que me había enfermado después de su muerte. A fin de cuentas era mi abuela la única persona que me había cuidado, día y noche al pie de mi cama, poniéndome termómetros y dándome jarabes, viendo que no me faltara nada. Sólo con ella contaba en la vida, tantas veces me lo había dicho y yo sin prestarle atención, pero en el fondo era verdad. Como era verdad que yo la había traicionado: no porque fuera malo lo que Alicia y Jorge hacían —de lo contrario papá no lo habría permitido— sino por ocultárselo a ella. Y a lo mejor era malo, no para papá, sino para ella, y entonces algo de malo debía de haber.

La verdad es que ahora no sé nada, pero en aquel momento, sentada frente a ella con una rodilla que de repente me brincaba sola, tuve la impresión de estar ante un peligro, de que sólo confesando la verdad me salvaría. Y cuando ella dijo que Alicia y Jorge llevaban un mal propósito desde que para verse buscaban la noche, yo dije que sí, que por eso me asustaba tanto la oscuridad.

—Alicia hubiera debido confesarme lo de Jorge y no esconderse en la playa como cualquier sirvienta —dijo mi abuela con un aire tan simple que sentí alivio.

Después se inclinó y sacó de su costurero el vestido que me estaba tejiendo. Vi que se ponía los lentes, enredaba el hilo entre sus dedos y la aguja comenzaba a moverse.

—¿Por qué no decirlo? —preguntó.

—Creía que tú ibas a impedírselo —dije yo.

—¿Impedirle qué?

—Ver a Jorge.

—Pero tú me conocías más que ella. Habrías podido explicarle que no soy la bruja que ella imagina.

—No se me ocurrió —dije cada vez más tranquila.

Ella me miró arqueando las cejas. A través de los lentes sus ojos parecían oscuros y hundidos.

—En realidad no hablamos nunca de eso —dije yo.

—¿Y entonces?

—No sé, no me acuerdo… Una noche, después del entierro de papá, algo así.

Sin hacer comentarios siguió tejiendo rítmicamente.

Yo guardé silencio durante un rato y de repente, sin saber por qué, confesé que ayudaba a Alicia a escaparse cada noche de la casa.

—Te mentí esos tres meses —dije—. Entraba al salón y te hablaba para que Alicia pudiera salir sin que la vieras.

Mi abuela dejó de tejer y yo corrí y hundí la cabeza entre sus piernas. Llorando le pedí perdón, no me moveré de aquí hasta que me perdones, dije.

—Está bien, está bien —murmuró mi abuela—. Pero termina de contármelo todo.

—¿Qué cosa? —pregunté yo soplándome las narices con el pañuelo que había sacado de su bolsillo.

—Lo que veías… Se besaban, ¿verdad? Se acostaban juntos en la playa.

Yo dije que sí a todo. Hasta conté mentiras: que Jorge dormía en el cuarto de Alicia y salía al amanecer, que los había visto bañándose en el mar, desnudos (sabía que eso iba a gustarle porque mi abuela tiene horror de que uno se vea el cuerpo y me hace bañar con una bata). Y después, cuando le oí decir que me habían quitado mi inocencia y yo me había dejado corromper, sentí asco, un asco que me produjo bascas y casi tengo que correr otra vez al baño. La verdad es que también sentía asco de su olor, no me ha gustado nunca el olor que sale del cuerpo de mi abuela. Pero estaba arrepentida, no sé, ella dijo que debía estarlo, y yo quería realmente borrar mi culpa. Así que fuimos juntas al cuarto donde está el niño Dios entre un montón de cirios y yo le besé los pies pidiéndole que me perdonara.

Al final todo salió bien. Mi abuela le ordenó a la cocinera preparar una gran torta de chocolate y yo comí hasta donde quise. Y hoy, por primera vez desde que se fue Alicia, me dejó venir sola a la playa mientras ella visita a doña Inés.

Sola puedo hacer lo que quiera, todo se vuelve diferente. Me paro detrás de la brisa y mis cabellos me envuelven, hago huecos con las manos y el mar los llena. Es como si caminara junto a papá viendo a Jorge y Alicia subidos en la loma. No quiero preguntarme por qué hablé tan mal de Alicia y de mí misma, no quiero recordarlo. Mejor tirar mi balón al mar para que las olas lo devuelvan y si una corriente se lo lleva, si ahora una corriente se lo lleva, desnudarme ya que nadie me ve, entrar al agua tibia y buscar la corriente. Nado hasta encontrar bajo las olas un halo frío, dejarse ir, flotar un poco. Voy de espaldas con el sol en la cara, los ojos cerrados para que no se me quemen. A mi lado se agitan las aguas que formarán olas al llegar a la playa, blancas, rosadas cuando el sol se aleje. Giro y veo mi balón que sube y baja como una media luna. Lo persigo segura de atraparlo, braceo una, dos veces, controlando la respiración para que el mar me empuje, como decía Jorge, si no le ofreces resistencia al agua, el agua te lleva. Me llevará lejos de la casa que cada vez se hace más pequeña, lejos del miedo que ya no tengo. Ni siquiera regresando volvería a sentirlo, podría atravesar sola los cuartos, pintar caras de payaso sobre el vidrio de los cuadros. Y reírme. Pero río persiguiendo mi balón, con este olor a yodo, en esta corriente fría. Muevo un brazo, luego el otro, ladeo la cabeza, a la derecha, a la izquierda, corto el agua, la abro en dos. Y nado y nado mientras que sobre el agua azul, azul y negra, mi balón se va alejando.

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