En el Perú, como en el Génesis, al comienzo de los tiempos, «Primero se hizo el Verbo».

En nuestro caso resulta ocioso establecer que el verbo peruano por excelencia y, cronológicamente, sin duda alguna, el primero de los conjugados en nuestra historia, fue el verbo «Cojudear», gloriosamente presentado en sociedad, hacia 1529 (en la primera persona, singular, del presente de indicativo, vale decir, «Yo Cojudeo») por el insigne intérprete Felipillo, cuya participación en el descubrimiento y conquista del Perú lo consagran como uno de los más grandes Pendejos nacidos en el Imperio Incaico, y como uno de los más peligrosos fabricantes de Cojudos que haya existido jamás en territorio nacional, hasta nuestros tiempos, lo cual es francamente consagratorio. Sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que, en el renglón del Cojudeo como institución y del Cojudear como concepto, Felipillo es un auténtico precursor. No sólo cojudeó a Pizarro y los suyos (es decir, los suyos propios: los indios), sino a los antagonistas de don Francisco y a los enviados especiales del rey español cuando el oro hizo tocar a rebatiña y se comenzaron a llenar los primeros cementerios. De Cojudos, naturalmente, porque estos son siempre los primeros en morir. «Traduttore, traditore» dice el refrán, pero qué carajo se le podía exigir latín a Pizarro, cuando apenas disponía del castellano esencial para entenderse con los miembros de su propia orquesta. Lamentablemente, fuera de Pendejo nato, Felipe carecía de ambiciones políticas, de ventajas carismáticas y de vocación para estadista porque, de lo contrario, hasta hoy se le recordaría como el inca Felipe Yupanqui y, desde Pizarro hasta el último pinche de la Conquista, los tendríamos momificados en postura defecante y formando parte del patrimonio museológico nacional. Es inútil negar que Felipillo no tenía bandera ni creía en algo que no fuera su propio pellejo. Por su parte, Pizarro estaba urgido de un buen intérprete —como ocurre con casi todos los conjuntos musicales— y tomó al primero que vino por el aviso, sin imaginarse qué clase de Judas le deparaba el destino, al conferírselo como traductor de su pensamiento al quechua. En efecto, Felipillo mentía, exageraba, reducía, inventaba y manufacturaba el diálogo a tal extremo que si Pizarro no se volvió loco fue porque, antes, ya, su seguro servidor lo había vuelto Cojudo. «¿Cuántos indianos defienden la fortaleza?», preguntaba Pizarro. «Pues, ochenta…», declaraba Felipillo, con la seguridad de un notario. Y horas después, cuando los españoles se lanzaban al ataque, eran repelidos por cuatrocientos mil nativos armados hasta los dientes, que es donde tenían la piorrea lista para escupir. En otras oportunidades ocurría al revés y voceaba doscientos mil cuando en realidad no habían sido sino cuarenta o cincuenta aborígenes, borrachos de pies a cabeza por el cumpleaños de Pachacútec. Por ello, cuando en un rapto de lucidez —«de cuanto desaguisado ha venido ocurriendo nadie es más responsable que aquel follón intérprete, cuya cabeza es bajo precio para tanto daño fecho»— convinieron en quemarlo vivo, ya era demasiado tarde, pues Felipillo se había inscrito en las filas contrarias de «los de Chile» (que matarían a Pizarro) antes de cojudear a estos últimos para unirse al Enviado del Rey, que acabó con «los de Chile». Tenemos pues, tradición en qué apoyarnos y personaje de leyenda en quién buscar la raíz cronológica, histórica y genealógica de la Cojudez Nacional. No somos, por lo tanto, unos pobres Cojudos sin pasado, sino más bien, unos grandes Cojudos sin futuro.

… Felipillo fue el primer fabricante de Cojudos que hubo en el Perú…

De Felipillo quedó el Verbo.

Del verbo se deriva la acción, de la acción la práctica y, de la práctica, la costumbre. Luego, de la costumbre se pasa a la tradición, de la tradición al folklore, y del folklore a la Sociología. Para llegar hasta «El Cojudeo» como institución nacional resulta indispensable, pues, remontarnos aguas arriba, por los vericuetos de la picaresca vernacular (que no es sino la manera alegre de supervivir) y ver qué pescamos en las orillas de este peligrosísimo verbo polimorfo que es, al mismo tiempo, Primitivo (Cojudear), Derivado (Hacer Cojudo), Transitivo (Acojudar), Neutro (Cojudeo), Intransitivo (Estar Cojudo), Reflexivo (Acojudarse), Recíproco (Cojudearse), Auxiliar (Andar Cojudo), y así, hasta el final del camino, con sus múltiples accidentes de voz, modo, tiempo, número y persona, sus conjugaciones y actuaciones múltiples, tanto del verbo cojudear, como solista, cuando formando tríos y dúos con sus partenaires gramaticales de los verbos auxiliares Haber y Ser. Así tenemos que la conjugación integral del verbo Cojudear se desarrolla en:

MODO INFINITIVO SIMPLE: Cojudear (como se pueda)

Infinitivo: Cojudear (A quien se pueda).

Gerundio: Cojudeando (siempre que se pueda).

Participio: Cojudeado (por alguien que pudo).

MODO INFINITIVO COMPUESTO

Infinitivo: Haber cojudeado (al prójimo).

Gerundio: Habiendo cojudeado (a la humanidad).

MODO INDICATIVO:

Presente

Yo cojudeo

Tú tratas de cojudear

El cree que cojudea

Vosotros os cojudeáis

Ellos son unos Cojudos

Pretérito Perfecto

Yo he cojudeado

Tú quisiste cojudear

Él cojudeó al espejo

Nosotros a medio mundo

Vosotros siempre tan Cojudos

Ellos no han cojudeado a nadie

Pretérito Imperfecto

Yo cojudeaba

Tú también

Él hacía cojudeces

Nosotros no

Vosotros sí

Ellos también

Pretérito PluscuanCojudo

Yo había cojudeado

Tú creiste que cojudeabas

Él creyó lo mismo

Nosotros fuimos cojudeadores

Vosotros fuisteis cojudeados

Ellos también

Pretérito Indefinido

Yo creo que cojudeé

Tú no has cojudeado a nadie

Él tampoco

Nosotros sí

Vosotros os habéis cojudeado mutuamente

Ellos se cojudeaban

Pretérito Anterior

Yo hube cojudeado

Tú casi me cojudeas

Él se pasó de Cojudo

Nosotros humos de hacernos los Cojudos

Vosotros hubisteis sido cojudeados

Ellos no tienen remedio

Futuro Imperfecto

Yo habré cojudeado

Tú también, pero menos

El cojudeará hasta a su sombra

Nosotros cojudearemos a los demás

Vosotros habréis sido cojudeados

Ellos también

Futuro Perfecto

Yo cojudearé siempre

Tú de vez en cuando

Él se cojudeará

Nosotros no nos dejaremos cojudear

Vosotros cojudearéis a vuestra abuela

Ellos serán Cojudos hasta la muerte

MODO POTENCIAL

Simple o Imperfecto

Yo cojudearía

Tú tratarías de cojudear

El perdería su tiempo

Nosotros no

Vosotros os dejaríais cojudear

Ellos morirán de cojudez aguda

MODO IMPERATIVO

Presente

¡Yo debo cojudear!

¡Tú cojudea si puedes!

¡Él, que se atreva a intentarlo!

¡Nosotros cojudearemos siempre!

¡Vosotros dejaos de cojudeces!

¡Ellos deben ser cojudeados!

MODO SUBJUNTIVO

Presente

Yo cojudeé

Tú pretendas cojudear

El crea que cojudea a alguien

Nosotros hagámonos los Cojudos

Vosotros habláis como españoles

Ellos se cojudeen entre sí

Pretérito Imperfecto

Yo cojudearé

Tú no podrías

Él se cojudearía

Nosotros viviríamos cojudeando

Vosotros no lo podriaís evitar

Ellos no se salvarían ni de milagro

Pretérito Perfecto

Yo haya sido cojudeado

Tú más que yo

Él no puede haberme cojudeado

Nosotros dudamos que nos hayan cojudeado

Vosotros hayáis podido cojudeados

Ellos es natural que hayan sido cojudeados

Pretérito PluscuanCojudo

Yo hubiera sido cojudeado

Tú hubieras tenido la culpa, por Cojudo

Él tiene que haber sido cojudeado, también

Nosotros corrimos grave peligro

Vosotros habéis sido cojudeados

Ellos se debieran dejar cojudear tranquilos

Compuesto o Perfecto

Yo habría cojudeado

Tú te cojudeaste solo

Él pudo habernos cojudeado

Nosotros nunca habríamos sido cojudeados

Vosotros siempre, estúpidos

Ellos son Cojudos de nacimiento

Tenemos entonces que el verbo Cojudear cubre todas las situaciones imaginables, sin dejar la menor posibilidad para que el C.C.C. (Candidato Congénito al Cojudeo), que los peruanos llevamos en el fondo del alma, pueda sentirse frustrado o quedar en una situación desairada, cuando se trate de cojudear con premeditación, alevosía y ventaja, o de ser cojudeado sin atenuantes, que son los dos extremos sobre los cuales gira la mentalidad nacional. Porque, con la mano en el corazón, que es como los Cojudos ortodoxos dan mayor vehemencia a sus palabras, debemos admitir que —frente a la cojudez como Entidad Sicológica Abstracta—, los peruanos tenemos una mentalidad más reversible que los guantes. Basta que se nos ponga a tiro un cristiano con el menor asomo de cojudez receptiva, para que se nos metabolicen las neuronas y nos convirtamos en unos Pendejos peligrosísimos, capaces de robarle los huevos al águila, o de venderle desodorante a un gitano. Este sería el paso de Cojudo Potencial a Pendejo Activo. Pero ocurre que un Séptimo Sentido —sensibilizado en tan alta frecuencia, que a su lado os rayos Láser recitan una cojudez— nos pone alerta frente la presencia de un Pendejo Insigne y pasamos automáticamente a metamorfosearnos de tal modo que nos hacemos los Cojudos con un realismo asombroso y una velocidad que dejaría pálido a un conejo. Este sería el paso de Pendejo Esencial a Cojudo Sintomático. Ahora bien, la relación Pendejo-Cojudo tiene una serie de variantes cuyos esquemas enfrentarían, según las circunstancias:

a)Un Cojudo con otro, en cuyo caso no se harían mayor daño, fuera de intercambiar cojudeces duplicadas y reafirmarse en la praxis de una Cojudez Profesional:

b)Un Cojudo con un Pendejo, de cuyo encuentro el Cojudo saldrá tan jodido como el Rey de Grecia y abrumado por el peso de un Cojudo más en su nutrida foja de servicios;

c)Un Pendejo con un Cojudo, donde el Pendejo se hará el Cojudo para aliñar mejor a su víctima y conducirla a situaciones delirantes de cojudeo químicamente puro; y

d)Un Pendejo con otro, donde ambos procurarán hacerse los Cojudos, creando una situación artificial, que hace imperativo el hablar francamente y terminar el encuentro con un honroso empate.

Uno observa con atención el medio ambiente y, al hacer por las noches el balance de su relación con los demás peruanos, llegará a la conclusión de que lo han cojudeado en todas partes: En los Ministerios, las oficinas particulares, las tiendas, los consultorios y, en fin, donde haya cometido la cojudez de practicar el cabotaje. Pero, ahondando honestamente en una autocrítica desapasionada, se admitirá también que, en el mismo lapso, uno ha cojudeado a diestra y siniestra, sin limitaciones de sexo, edad, condición, estado físico y estrato social. Lo mismo cojudeamos a un personaje respetabilísimo, que un cieguito nos cojudea a nosotros con el cuento de la lotería. Uno hace Cojudo a San Pedro, pero a la hora del cojudeo no podemos confiar ni en una señora saber que las muías patean cuando les curan las hemorroides: Imbecilio, que compró la Plaza de Armas; Cagonio, que tomaba café con leche de magnesia en el desayuno; Cornudio, que era impotente y su embarazada. Y es que el cojudeo se practica y se sufre a lo largo, ancho y profundo de nuestra sociedad, incluyendo lo administrativo, lo político, lo artístico y lo profesional. «Usted no tiene nada, mi querido amigo», cojudea el médico al paciente, sabiendo que el tipo ya está listo para la autopsia. «Cuente conmigo para cualquier cosa», dice el político al pedigüeño, pensando que no vuelve a recibirlo en su puta vida, así haga antesala dos años. «¡Juan, este es tu hijo!», dice dramáticamente la señora recién parida, mostrándole a su marido un energúmeno que le engendró Manuel. Y así hasta el infinito porque, con las excepciones de costumbre ya señaladas, allí donde usted vea dos peruanos juntos, paseando, saludándose, dándose un abrazo, cambiando opiniones o simplemente sentados uno al lado del otro, puede estar seguro de que en ese binomio hay un Cojudo que ejerce y un Pendejo que practica. Porque, entre nosotros, el Cojudeo es un estado de guerra, una lucha sin cuartel donde nadie tiene bandera, religión ni límites cuando hace Cojudo al prójimo, así como sabe que no puede espera compasión, piedad cristiana o reglamento a la hora en que a uno lo hacen Cojudo cuando menos lo pensaba. Paradójicamente hay un Decálogo no escrito del Cojudeo, pero de tipo unilateral, porque sus diez mandamientos favorecen al Pendejo y sólo sirven para fabricar Cojudos en mérito a la siguiente fórmula:

Vivir cojudeando sobre todas las cosas.

No cojudear en vano.

No ser Cojudo ni en día de fiesta.

Poner «contra» para honrar padre y madre.

Matar un Cojudo a cóleras.

No dejarlo fornicar.

No dejarle ni las medias.

No dar nunca testimonio sin mentir.

No dejar de joder a tu prójimo.

No codiciar la cojudez ajena.

Desde luego y como toda institución que se respete, el Cojudeo tiene sus figuras señeras y grandes Cojudos de la Historia (sobre los cuales nos ocuparemos más tarde) así como un plantel de mártires cuyas figuras más destacadas vendrían a ser Cojudio, al que lo traumatizaron con el nombre desde la pila de bautismo; Animalio, muerto porque su mujer tuvo siete hijos; Tristonio, que se castró por llevar una hoja de afeitar en el bolsillo; Bolidio, que fue el primer Cojudo en usar sostén; Estupidio, que confundió un terremoto con un temblor y una cornisa lo convirtió en alfombra; Huevolio, que le pusieron sangre de Pendejo y le mató el choque anafiláctico; Pelotudio, que murió en un asalto defendiendo la plata del Banco; Idiotilín, que era miope y se puso a regar el jardín con una serpiente, y Cretinolio, que orinaba sentado para no salpicar.

Ninguno de estos hombres murió en vano porque todos, en una u otra forma, contribuyeron a jerarquizar la cojudez, señalándole puntos de referencia, y a poner en guardia a los Pendejos, para no hacer cojudeces de semejante calibre. Pero, ¿cómo se explica el fenómeno intelectual que permite al peruano la ambivalencia de resultar simultáneamente siendo un tremendo Cojudo y un gran Pendejo? Hay, desde luego, Cojudos de nacimiento (como lo hemos visto) absolutos e inmutables. Cojudos que no tienen escapatoria en el túnel de la vida y que morirán en olor de cojudez, porque de eso no los salva ni Maña Santísima. Pero entre nosotros predomina la dicotomía Cojudo-Pendejo, que hace mucho más difícil la clasificación de los peruanos, porque nunca se sabe dónde comienza el Pendejo y dónde se termina el Cojudo. Ocurre con frecuencia que, de pronto, encontramos a Fulano, sobre el cual teníamos una calificación de «Reverendo Cojudo», transformado súbitamente en un Pendejo de siete suelas. Días más tarde lo volvemos a encontrar en su estado normal de cojudez endémica y no podemos explicarnos el fenómeno. Bien, yo creo que se trata de una menstruación intelectual, donde los Cojudos estables tienen un período de apendejamiento y los Pendejos se acojudan hasta lo irreconocible. De otro modo no se entiende cómo Zutano, que es capaz de vender a su madre con facilidades, aparezca de pronto comprando el cerro San Cristóbal, al contado rabioso y en un solo cheque. Lo agarraron en sus «días fatales», no hay otra explicación. Y lo peor es que, según las estadísticas, solamente los grandes Cojudos —durante la menstruación de mi teoría— son capaces de cojudear a los más grandes Pendejos.

Desde luego, esto es natural, porque el Pendejo sólo se cuida de sus colegas o de algunos Cojudos sospechosos de ser Pendejos disfrazados. Pero del Pendejo legítimo, del que se reconoce a un kilómetro y se huele (porque el Cojudo auténtico tiene un olor característico a vela de sacristía o algo parecido) no se cuida jamás, sin sospechar que cuando a ese Cojudo le toque menstruar, la mutación va a convertirlo en el rey de los Pendejos. Verdad que sólo durante cuatro o cinco días, pero hay reyes de carne y hueso que duraron mucho menos. Esto y sólo esto explicaría por qué la Institución del Cojudeo tiene carta de ciudadanía peruana, y forma parte de nuestra atmósfera a nivel de contaminación intelectual. Hay Cojudos y Cojudos; hay variaciones foráneas de la cojudez y millones de Cojudos que la practican con el mayor entusiasmo, pero la Cojudez, lo Cojudo y el Cojudeo son tan peruanos como la papa, el olluco y no sé cuántas cojudeces más que nos enseñaron en el colegio. Naturalmente no faltará quien caiga en la cojudez de negar que es Cojudo y de rebelarse indignado ante la posibilidad de tener una leve pincelada de cojudez en su alma, pero se equivoca. En primer lugar, ser Cojudo no es pecado y los Cojudos pueden caminar por las calles con la frente muy alta, porque sin ellos no existiría nadie y solo quedaríamos un puñadito de Pendejos tratando de cojudearnos los unos a los otros. En segundo lugar, tener cara de Cojudo es uno de los más grandes negocios que existen en el país, porque la expresión de Cojudo es una trampa mortal donde han caído centenares de Pendejos. En tercer lugar, a quien desdeñara su condición de Cojudo bastaría recordarle simplemente, el Abecedario del Cojudeo Nacional para hacerle ver, cómo todos los días, en toda circunstancia y lugar, lo vienen cojudeando —a él y a todos nosotros— con una eficacia que linda en lo sublime. ¿Usted no recuerda cómo le han dicho a cada paso cosas como:?

a)«Regrese el quince»

b)«Vuelva mañana»

c)«El expediente está en Legal…»

d)«El Gerente ha salido»

e)«El lunes, sin falta»

f)«Ya está listo para la firma…»

g)«El señor Director está con el Ministro»

h)«Falta un documento»

i)«Yo no soy el encargado…»

j)«¡En este Acuerdo sale…!»

k)«¡No se preocupe…!»

l)«Ya recomendé su asunto»

m)«No sé de qué se trata…»

n)«Pregunte en Mesa de Partes»

ñ)«El señor Garda está enfermo»

o)«Tiene que ser en papel sellado…»

p)«El doctor está en una reunión»

q)«¿Tiene cambio de mil…?»

r)«¿Lo atendieron…?»

s)«Haremos todo lo posible…»

t)«El Jefe salió de vacaciones»

u)«El Ministro está en Palacio»

v)«Use el otro ascensor…»

w)«Pase a la ventanilla catorce»

x)«Tome asiento…»

y)«Tiene que venir el interesado»

z)«Ya no se atiende al público…»

Es decir, no hay salida, porque estamos organizados en esta forma y, a veces, me asalta la sospecha de que los peruanos moriríamos de melancolía y desconcierto si, de la noche a la mañana, el Cojudeo desapareciera del ambiente. En primer lugar, nos desintegraríamos como sociedad, visto que cada peruano tiene su Cojudo particular, al mismo tiempo que todos los peruanos somos el Cojudo de alguien. Formamos, pues, una gran cadena fraternal unida por la cojudez como las perlas del collar están unidas por el hilo. Después, no sabríamos qué hacer ni en qué ocupación específica matar el tiempo, dado que, a partir de su nacimiento hasta que muere, el peruano cultiva la cojudez como una planta que se riega, se poda, se abona y se remoza. Cojudear es nuestro deporte nacional, nuestro folklore, nuestra personalidad esencial y la más fecunda de nuestras tradiciones. ¿Con qué sustituiríamos el Cojudeo?, ¿con la verdad? No podríamos soportarla, porque el éxito, la permanencia y el perfeccionamiento del cojudeo tiene su origen en el escapismo, en la fuga de la realidad y en la necesidad de mentirnos que tenemos los peruanos para sobrevivir dentro de nosotros mismos. Cojudeamos para ganar tiempo, como si fuéramos contratistas de la cojudez y, en los momentos difíciles o definitorios, deseamos secretamente que alguien nos cojudée escamoteándonos la verdad para vendemos una mentira vestida de esperanza. «Todo saldrá bien», dice el cojudeador con una seguridad que convencería al más Pendejo. Y el cojudeado se va feliz, sabiendo que lo han cojudeado y masticando, al mismo tiempo —¡Chicle de felicidad!— ese pedazo de mentira que le permite postergar las cosas mientras espera el milagro de que se resuelvan solas.

Esto lleva otro nombre. Es el Autocojudeo, del que muy pocos tienen conciencia, porque a nadie se le pasa por la frente que el mundo esté dividido en el Gran Cojudeador, que es él solito, y todos los demás Cojudos, que somos nosotros. De ese planteamiento surgen la paz y la tranquilidad sociales, asi como el progreso y la organización. Porque la institución del Cojudeo produce, todos los días, tal cantidad de Cojudos que, si ellos tuvieran conciencia de su número, podrían dominar al país. Comenzando, formarían un partido político que barrería cuantitativamente con la oposición, ganaría todas las elecciones. Desde luego, los votos serían de un color Cojudo y las ánforas tendrían formas cojudísimas, pero ellos ganarían. Y tendrían himnos Cojudos, slogans Cojudos, símbolos Cojudos y discursos de una cojudez solo comparable con la de Atahualpa cuando Pizarro le hizo el cuento del rescate, pero serian invencibles. Porque si hay algo que me asusta de los Cojudos es que se toman en serio entre ellos, y que nadie imagina hasta dónde puede llegar la cojudez organizada, vertebrada por una mística y movilizada por fanáticos que, al grito de «¡Mueran los Vivos!», procederían a no dejar un sólo Pendejo sano sobre este valle de lágrimas. Claro que el susto nos salvaría, porque al ver esto nos quedaríamos Cojudos de impresión y de espanto, pasando automáticamente a formar parte del grupo mayoritario, pero la situación se haría tan difícil como insostenible, teniendo que hacer cojudeces, poner una permanente cara de Cojudo y vivir cojudamente para no caer en desgracia. Por suerte, semejante panorama no se presentará jamás ante nuestros ojos, porque los Cojudos son ciegos para su propia cojudez y esto les impediría aglutinarse en una masa susceptible de manejar el país. De lo contrario —sobretodo para los Pendejos natos— no habría más camino que el exilio, ni mejor estrategia que aguardar pacientemente a que los Cojudos se desmoronaran solos. Que un porcentaje de la Administración Pública esté en manos de Cojudos, pase. ¡Pero, ¿toda?! Sería un espectáculo alucinante y el país quedaría rápidamente en ruinas. No solo en lo económico sino en las cosas cotidianas, porque los bomberos Cojudos se equivocarían de calle, los abogados Cojudos pedirían el fusilamiento para sus defendidos, los médicos Cojudos harían lanas autopsias en lugar de operaciones, los dentistas Cojudos no sacarían muelas sino mandíbulas, los oculistas llenarían el mundo de ciegos (y de ciegos Cojudos, que son insoportables). En cualquier caso, la desorganización política de la Cojudez en el Poder se reflejaría, mejor que nada, a través de su Gabinete, pues tendrían un:

Ministerio de Relaciones Exteriores Cojudas: Que nombraría Embajadores en San Marino, Andorra, Monaco, Luxemburgo, Liechtenstein y Biafra. Encargados de Negocios en el Desierto de Sahara, el Polo Norte y El Volcán Krakatoa, así como Cónsules en la isla de San Lorenzo, en Pogo-Pogo y Arequipa.

Ministerio de Industrias Cojudas: Que estimularía la exportación de camotes fritos, la fabricación de ganchos para colgar calzoncillos, el ensamblaje de máquinas de afeitar, la industrialización del muy-muy, la producción de papas rellenas enlatadas y la manufactura del huevo de pava.

Ministerio de Salud Pública Cojuda: Que prohibiría el estornudo, vacunaría contra el tic nervioso, erradicaría a los tartamudos, investigaría la legaña, buscaría la vitamina Z, haría campañas contra la bizquera, decretaría el Día de la Almorrana y destinaría cien millones a la curación del hipo.

Ministerio de Transpones y Comunicaciones Cojudas: Que establecería una línea aérea de Lima a Chorrillos, autorizaría el colectivo en patinete, inventaría el correo sin estampilla, tendería el ferrocarril a Cinco Esquinas, pondría un canal de televisión en San Cosme y un tranvía Tacna-Piura.

Ministerio de Educación Cojuda: Que haría obligatorio el estudio del sánscrito, enseñaría castellano en esperanto, nacionalizaría el alfabeto Morse, ensayaría un nuevo sistema para hablar Taquigrafía, inventaría la letra Eje, publicaría un diccionario Aimara-Japonés y establecería la gratuidad de la ignorancia.

Ministerio de Trabajo Cojudo: Que legalizaría el Sindicato de Zurdos, prohibiría las huelgas en domingo, jubilaría a los gitanos con sueldo íntegro, daría un Premio al Sudor, reconocería a la Confederación de Pendejos, expulsaría al sábado inglés y prohibiría a los muertos el Descanso Eterno.

Ministerio de Vivienda Cojuda: Que construiría cavernas en el cerro San Cristóbal, urbanizaría los árboles de la selva, haría una barriada de hippies en la Dirección de Estupefacientes, fabricaría chozas multi-familiares, poblaría el desierto de Sechura y prohibiría los edificios de mil pisos.

Ministerio del Interior Cojudo: Que abriría un Registro de Espías, editaría un libro con fotos de toda la policía secreta, crearía la Dirección de Suspicacia, deportaría a los turistas por vagancia, crearía el Carnet del Delincuente y establecería un impuesto de 30% al robo en días feriados.

Ministerio de Agricultura Cojuda: Que sembraría vientos para cosechar tempestades, importaría semillas de maldad, favorecería el cultivo de lana, cambiaría el pan llevar por el pan traer, facilitaría la reforestación del Estadio Nacional y dedicaría a la Agricultura todas las funciones de Abono.

Ministerio de Energía y Minas Cojudas: Que buscaría la manera de producir electricidad a carbón, que explotaría yacimientos de piedra pómez, estimularía el levantamiento de pesas, propiciaría el atletismo, haría campaña a las vitaminas y extendería a la Sierra la navegación a vapor.

Ministerio de Economía y Finanzas Cojudas: Que convertiría todas las reservas de oro en pesos bolivianos, decretaría el chancho obligatorio para estimular el ahorro, extendería la luz del sol hasta las diez de la noche para gastar menos corriente y pondría el dólar a ochenta centavos la docena.

Ministerio de Pesquería Cojuda: Con industrialización del tramboyo, expedición de licencia para portar anzuelos, exportación de gelatina de Managua, comercialización del patillo, nacionalización de la cojinova, establecimiento del estanco del cebiche y consumo obligatorio de borracho hervido.

De solo pensarlo se nos hace un Cojudo en la garganta, pero tenemos el consuelo de saber que nunca será así. Los Cojudos, repito, no tienen sentido de clase porque rechazan su propia condición de tales. Nunca, por lo tanto, serán mayoría. Es decir, mayoría políticamente organizada, porque mayoría simple sí lo son. Salga usted a la calle y empiece a contar Cojudos mientras camina. Uno, dos, cinco, diez, cien, mil… Pronto comprenderá que con tanto Cojudo suelto, el Cojudeo tiene que existir y sobrevivir entre nosotros como la más sólida de las instituciones sociales. Sin Cojudeo no habría ese rozagante optimismo, virginal y diáfano, que caracteriza a los Cojudos no contaminados. Sin Cojudeo estaríamos perdidos en un mar de verdades terribles e impostergables. No le dirían que su automóvil estará listo para el lunes, sino para dentro de cinco meses. Sin Cojudeo no habría discordias, reclamos, cosas turbias, matrimonios al «te tengo», préstamos, promesas, sueños y esa palabra maravillosa «Mañana», que es la varita mágica del cojudeo y la llave maestra que usan los Pendejos para vivir de los Cojudos como corresponde, porque los Cojudos, al fin y al cabo, deben justificar de algún modo su presencia en este mundo. Además, en el Perú hay una verdad esencial:

Sin el Cojudeo —aunque resulte paradójico— la vida sería una perfecta cojudez.

… La cojuda huachafería de tener mayordomo pero no tener con qué pagarle…

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