Dado que el mundo está lleno de Pendejos, no podríamos definir a la Sociedad como «un conglomerado de insignes Cojudos» y, en consecuencia, para determinar la ubicación exacta del Cojudo en nuestro medio social, tendríamos que comenzar formulando una Tipología del Cojudo en sus dos manifestaciones esenciales:

a)El Aspirante a Cojudo.

b)El Cojudo propiamente dicho.

El aspirante a Cojudo no es, como pudiera suponerse, un menor de edad ni nada parecido. Es simplemente un sujeto al que la vida no le dio todavía la oportunidad de hacer una Gran Cojudez que le sirva como tesis doctoral, o de resbalar en un Cojudeo Sensacional que lo prestigie en el medio ambiente como un Cojudo legítimo. El aspirante a Cojudo tiene la personalidad de los que no se atreven y la timidez inhibitoria de quienes prefieren abstenerse. Hacen, por lo tanto, muy difícil su debut y muchísimos de ellos, que podían haberse distinguido como Cojudos notabilísimos, comprando, por ejemplo, acciones para la caza de ballenas en el lago Titicaca, mueren tristemente en el anonimato, dejando una viuda gorda, varios hijos llenos de mocos, cuatro centavos en su libreta de ahorros y una lápida en marmolina donde bien pudo haberse inscrito algo así como «Aquí yacen los restos de Benigno Insípido, cuya cojudez lo llevó al suicidio», pero que jamás gozarán de ese privilegio por no haber regularizado su situación ante la sociedad, limitándose a cometer algunas cojudeces clandestinas de poca monta que, en el caso de Benigno Insípido, por ejemplo, no lo hacían apto para graduarse de Cojudo Activo ni, mucho menos, para dedicarse al ejercicio ilegal de la Cojudez. Claro que la muerte por anonimato le da un ligero toque de Cojudo al difunto. Sobretodo si se murió de hipo, diarrea, rotura de hiel o peste bubónica, que son enfermedades estrictamente reservadas por los médicos para dar de baja a los Cojudos innecesarios. Pero una golondrina no hace verano ni el cometimiento de una cojudez in articulo mortis resulta suficiente para convertir al aspirante en profesional. No, el aspirante a Cojudo vive limitado en un plano de subcojudez, cuyas particularidades sicológicas no le permitirán arribar nunca a los altos niveles donde el Cojudo propiamente dicho tiene trayectoria y méritos suficientes para llevar a la práctica cuanta cojudez le germine en el cerebro. Naturalmente, hay excepciones. Y puede ocurrir el fenómeno de que un aspirante a Cojudo se realice y cometa dos o tres cojudeces dignas de tomarse en cuenta y susceptibles de computarse en su currículum, pero siempre será un Cojudo de segunda clase, un Cojudo, mediocre y sin carisma. Un Cojudo de esos que uno los mira por encima del hombro porque no son nada concreto. Ni Cojudos verdaderos, ni Pendejos caracterizados de Cojudos. Yo diría que el aspirante a Cojudo no es una categoría en tránsito ni un grado en vías de ascenso o cosa parecida sino, más bien, una frustración de la cojudez, un nonato, una infraestructura de Cojudo, si se quiere, pero nunca, de ningún modo, una esperanza ni una posibilidad de que el mundo pueda contar mañana con un irreprochable Cojudo más.

El Cojudo propiamente dicho es otra cosa. Nació para ser Cojudo y cumple su destino a la perfección, sin quemar etapas, sin saltarse a la torera ninguno de los requisitos que exige la ortodoxia y la liturgia de la Cojudez Ancestral. Al Cojudo de profesión le ponen cuernos, lo estafan, lo asaltan, le embarazan a la hija y le devuelven a la hermana. Tiene tías solteronas y va al circo solo, porque se encandila con el payaso, el trapecio y los leones. Es siempre el último de la cola, el que pierde la lotería por un número y camina como pato porque sufre de escaldadura crónica. Como todo Cojudo auténtico, es devoto de algún santo rarísimo y llora con las películas mejicanas, porque siempre se identifica con el que lleva la peor parte, así se trate de Sara García. El Cojudo propiamente dicho llega a su clímax sobre los treinta años y alcanza la apoteosis a los cincuenta y nueve. De los sesenta para arriba es lo que se llama «un viejo Cojudo», lo cual significa que no le falta sino cometer la Gran Cojudez Final que cierre con broche de oro su carrera, antes de que algún Pendejo de la familia consiga meterlo en el manicomio, bajo los cargos de Arteroesclerosis Generalizada y Problemas de Conducta, que es como los siquiatras llaman a los Cojudos, para disimular.

Ahora bien, el Cojudo propiamente dicho no responde a las prescripciones de un solo esquema. Por el contrario, sus facetas son múltiples y viene a ser quien realmente le da personalidad al cojudeo social. Porque, así como hay Cojudos tipo junior, medio y senior, en cuanto a la edad, también los hay de tallas small, medium, large y extralarge en lo tocante al tamaño. Hay enanos con una capacidad impresionante para asimilar cojudez, como también hay gigantes a los que podría cojudear hasta un miserable pigmeo. Y esto hace más y más evidente que ser Cojudos es un problema.

Pero los Cojudos propiamente dichos, los Cojudos que hacen honor a la cojudez y sirven de materia prima al cojudeo, no se sienten discriminados ni disminuidos. No hacen grupo aparte ni cultivan el sectarismo en cualquiera de sus formas. Por el contrario, los vemos actuar en todos y cada uno de los estratos que componen el mundo en que vivimos.

Así tenemos Cojudos artistas que se hacen fotografiar en una pose romántica y les resulta homosexual; Cojudos intelectuales que le escriben un libro de poemas a la mamá porque no han podido resolver su Complejo de Edipo; Cojudos políticos que terminan en la cárcel por hablar de la libertad; Cojudos industriales que abrigan el proyecto de manufacturar la leche de burra en polvo; Cojudos deportistas que lanzan la jabalina y ensartan al portero del estadio… Bueno, la lista es interminable porque los Cojudos se reproducen como si los hubiese parido un mimeógrafo.

Sin embargo, la cojudez no es promiscua en el orden social y, por el contrario, sus adeptos se ciñen a los estrictos cánones que separan una dase de otra. Llegan a tal extremo que —si nos encontrásemos frente a un Cojudo sin ropa, en la más completa desnudez y libre de elementos que nos permitieran identificarlo a simple vista—, bastaría saber qué le gusta, qué prefiere, qué sabe o qué le interesa en la vida, para situarlo, sin posibilidad de equívoco, en el estamento social que le corresponde.

Porque, si bien las cojudeces y los Cojudos se dan por igual en todos los renglones de la vida diaria, es la naturaleza de unas y otras lo que regulariza al Cojudo dentro de su esquema comunitario. En principio, la cojudez tiene una raíz democrática porque lo mismo ataca al rey que al pinche de cocina y tan Cojudo puede ser un Premio Nobel como un analfabeto sordomudo. Pero, admitiendo que todos los Cojudos son substancialmente iguales, la diferencia estriba en el tipo de cojudez que comete cada quien en función de su categoría social. Vale decir, no podemos separar al Cojudo de su circunstancia.

Se hace indispensable, entonces, clasificar las cojudeces típicas, por clases sociales, tomando como punto de partida la división tradicional de estas últimas en Clase Alta, Clase Media y Clase Proletaria, dentro de un cuadro socioeconómico que definiría la Clase Alta como un grupo de Cojudos que pueden comprar al contado lo que les dé la gana, la Clase Media como fulanos que sólo pueden comprar algunas cosas y a plazos, y la Clase Completa como gente que no puede comprar ni mierda porque los fertilizantes están por las nubes. Así pues, por sus Cojudeces Específicas, tendríamos a los Cojudos nacionales dosificados en:

CLASE ALTA

Cojudez Musical: Ir al Municipal sin gustarles la música sinfónica.

Cojudez Deportiva: Hacer yatching tomando pastillas, porque se marean.

Cojudez Social: Jugar el bridge sin entenderlo nunca.

Cojudez Cromática: Preferencia por el azul oscuro.

Cojudez Gastronómica: Menú en francés, aunque no lo hablen.

Cojudez Alcohólica: Preparar tragos con receta, aunque les salga una pócima.

Cojudez Intelectual: Leer «El Tercer Ojo» y creer que ya tienen cultura.

Cojudez Artística: Visitar exposiciones para hacerse ver.

Cojudez Mortuoria: Defunción en «El Comercio», con aviso en 8×2 y nota social.

Cojudez Secreta: Figurar en alguna página de periódico que no sea la policial.

CLASE MEDIA

Cojudez Musical: Oír valses de Strauss y bailarlos como criollos.

Cojudez Deportiva: Practicar el Badmington sin saber cómo es.

Cojudez Social: Jugar Golpe y recibir codillo siempre.

Cojudez Cromática: Preferencia por el marrón, que ensucia menos.

Cojudez Gastronómica: Comer en el chifa y pagar la cuenta a medias.

Cojudez Alcohólica: Tomar whisky aunque no les guste.

Cojudez Intelectual: Leer «Selecciones» y discutir sobre cualquier tema.

Cojudez Artística: Ir a los estrenos de medianoche, aunque se queden dormidos.

Cojudez Mortuoria: Defunción en «El Comercio», con aviso en 4×2, sin nota social.

Cojudez Secreta: Pertenecer a la Clase Alta.

CLASE PROLETARIA

Cojudez Musical: Aprender a bailar el tango sin caerse.

Cojudez Deportiva: Jugar en las Preliminares del Estadio, aunque pierdan 10 a 0.

Cojudez Social: Jugar al Sapo la mitad de la cuenta.

Cojudez Cromática: El color caqui, porque dura más.

Cojudez Gastronómica: Comer picante de cuyes aunque les sepa a rata.

Cojudez Alcohólica: Tomar cerveza hasta despertar, el lunes.

Cojudez Intelectual: Leer tres veces el mismo periódico de la tarde.

Cojudez Artística: Tener una Última Cena en el comedor, aunque no haya comida.

Cojudez Mortuoria: A veces, defunción en «El Comercio», con aviso en 4×1 y nada más.

Cojudez Secreta: Pertenecer a la Clase Media.

La diferencia es clarísima y no requiere mayor explicación excepto es cuanto a que, según vemos, 1) El Cojudo de arriba se siente criollo, 2) El Cojudo criollo se siente de clase media y 3) El Cojudo de clase media se siente de arriba, en una legítima ensalada social donde están representados todos los tonos, ya que tenemos Cojudos negros, blancos, mestizos, cholos, extranjeros nacionalizados y demás colores del arco iris, que es el fenómeno más Cojudo de la naturaleza. En el Perú, solamente el asiático puro es inmune a la cojudez. No hay chinos ni japoneses Cojudos. Más bien son Cojudos sus descendientes —los nisei y los tusán— cuyo sólo nombre es una perfecta cojudez. Y esto es fácilmente explicable, si consideramos la influencia del clima sobre la mentalidad peruana, donde somos tan Cojudos que el de la Selva emigra a la Sierra, el de la Sierra se viene a la Costa y el de la Costa se va a la Selva, buscando siempre algún Cojudo que trabaje por él y lo mantenga. Al final es el clima quien dice la última palabra, cuando el de la Selva se muere de frío en la sierra, el de la sierra se muere de asma y el de la costa se muere de calor en la selva. Así, los japoneses de la primera generación aguantaron a pie firme y pudieron luchar contra la contaminación ambiental, pero los de la segunda generación ya vinieron con defectos de fábrica y algunos cometieron cojudeces tan dignas del siquiatra, como esa de poner un restaurante frente a Lurigancho y darles crédito a los presos. Eran los nisei y los tusán que ingresaban por todo lo alto en el mundo alucinante de la cojudez.

… La peor de la cojudez consiste en que la cara de Cojudo es indeleble…

Somos, pues, una solución integrada por millones de Cojudos que, si se pusieran en fila india, llegarían hasta el Polo Sur. Desde luego, hay Pendejos natos, como tréboles de cuatro hojas en aquella inmensa pradera de Cojudos, pero no es la excepción sino la regla lo que determina este cálculo matemático, por más que —tanto Cojudos como Pendejos— se caractericen a través de un rasgo común e inocultable:

La Cara de Cojudo

No lo digo con espíritu chauvinista, pero el peruano tiene cara de Cojudo como resultante de dos grandes motivaciones: a) Porque es un Cojudo auténtico y su rostro es la expresión natural de la cojudez que atesora en el cerebro o b) Porque es falso Cojudo, infiltrado en las filas enemigas con algún propósito inconfesable.

Es muy fácil, entre nosotros, ver caras de Cojudo auténticas en las ceremonias, en los velorios, dentro de un ataúd, al decir que «sí» en el Registro Civil, en los ascensores mientras suben y en las escaleras mientras bajan, cuando ladra un perro bravo, al ocupar un cargo oficial, cuando le piden la mano de la hija, al encontrar a un Pendejo bajo la cama o escondido en un ropero, cuando les roban la billetera y en cientos de oportunidades más. Pero la apoteosis, la consagración de la Cara de Cojudo se produce cuando se les manda a la mierda y se quedan con la boca abierta porque los hemos tomado de sorpresa y no saben si deben ir o no.

Desde luego, imitar una cara de Cojudo auténtica es difícil y requiere mucha práctica quien lo intente porque, tarde o temprano, al Pendejo se le escapa un detalle que termina por denunciarlo. Sin embargo, tampoco es difícil apreciar algunos ejemplares de falsos Cojudos cuando, por ejemplo, el mozo trae la cuenta y dos o tres miran al techo con tal intensidad que la imagen se les queda una semana en la retina. Entre nosotros, la cara de Cojudo es un pasaporte al mundo de la tranquilidad, porque el Cojudo desconfía del vivo y sólo se muestra cordial con sus semejantes en el más estricto sentido de la palabra. Yo, por ejemplo, tengo una cara de Cojudo reservada para los momentos difíciles. Y he logrado tal dominio de ella, que hasta me han cojudeado tres o cuatro veces. Pero, en cambio, los Cojudos auténticos me han abierto los brazos con tanto candor, que a veces me entran ganas de colgar los hábitos, de renunciar al cojudeo para siempre y de matricularme en las filas de los Cojudos para llevar una vida sin problemas.

Creo sinceramente que los Cojudos son felices.

Hacen cojudeces, hablan cojudeces, piensan cojudeces y tienen una vida tan cojuda que nada les podría envidiar una ostra. Pero esa misma cojudez innata le impide examinar objetivamente su problema y hasta, en algunos casos, juro que los he oído reírse de algún Pendejo, por ahí. Yo tuve un primo Cojudo, que murió cuando reparaba su televisor sin haberlo desconectado previamente. Se trataba de un caso incurable, porque mi primo era Cojudo de nacimiento, pero vivía feliz. Los problemas le importaban un carajo y los dramas de la vida cotidiana le resbalaban por encima de la piel, a tal extremo que llegué a preguntarme si mi primo no sería un gran Pendejo navegando con bandera de Cojudo. Sin embargo, no lo era. Digo, un Pendejo. Porque su cojudez tenía el sabor fresco de las cosas puras y a su cara de Cojudo no le faltaba, sino la aureola para recibirse de santo en la familia. Un día hice una cojudez, deliberadamente, para ver qué pasaba. Luego hice otra y después una tercera, sin que el experimento me afectara mayormente. Pasé a vivir entre Cojudos con la intención de escribir un libro sobre ellos, pero a los veinte días los Cojudos escribieron, entre todos, un libro sobre mí. Confieso que esto me sumió en un mar de dudas. ¿Era yo un Pendejo entre Cojudos, o era un Cojudo entre cuatro Pendejos? No tenía manera de averiguarlo y decidí mirarme en el espejo para discutir el punto conmigo mismo. Bueno, me encontré con la más perfecta cara de Cojudo que he visto en mi vida.

Tuve que hacer ejercicios faciales durante medio año para que mi rostro volviera a su expresión habitual, pero la experiencia me sirvió para comprender cuan peligrosa es la cojudez y qué fácil resulta contagiarse de ella. Mi padre negaba la existencia de los Cojudos, afirmando que todos habían muerto en el año 95 y vivía alertándome en cuanto a que este país estaba infestado de Pendejos tan peligrosos como los cocodrilos. Pero aquella era una apreciación muy subjetiva porque, en ese año, solamente a un reverendo Cojudo podía ocurrírsele asomar la nariz en semejante mar de balas. Admito que el exterminio de Cojudos fue casi total y que los Pendejos no registraron ninguna baja, porque no hay bala que pueda llegar a un sótano. Sin embargo, es evidente que un grupo de Cojudos sobrevivió a la catástrofe y empezó a reproducirse con tal fervor que, cuando la primera Guerra Mundial, ya teníamos Cojudos hasta en la sopa. Luego el contagio hizo también lo suyo. Asoló el país una especie de epidemia cojulera y entonces sí, los Pendejos acusaron un altísimo número de bajas en sus filas. A ello siguieron las persecuciones políticas, frente a cuya agresividad muchos Pendejos se hicieron los Cojudos a lo largo de tanto tiempo que, cuando intentaron salir de su marasmo, ya era demasiado tarde para ellos. La cojudez los había dominado con la misma energía con que doblegó a la Fiebre Amarilla, cuando los Cojudos se curaban en salud con pócimas de llantén y los únicos en morirse fueron los médicos que mando Panamá para ayudamos.

… Si usted es Cojudo, no se deje abrazar jamás por un Pendejo.

Se dice que la nuestra es una sociedad disolvente, como los ácidos y los antipáticos (Obsérvese cómo, cuando algún antipático se acerca al grupo, el grupo se disuelve o se licúa ipso facto) Yo diría, más bien, que vivimos en una atmósfera acojudante, espesa y plomiza, donde el clima juega, sin duda, un papel importantísimo en la fabricación de Cojudos al por mayor. Contra el clima no se puede, porque no hay ser humano capaz de enfrentarse victoriosamente a enemigos tan inasibles como la humedad de la costa, que nos acojuda con el reumatismo; la inestabilidad de la sierra, que deja Cojudo al meteorólogo más despierto, y las lluvias de la selva, que son una cojudez solamente comparable con el Diluvio.

Y no se me diga que el fenómeno es importado. Porque —mucho antes de llegar los españoles— la cojudez era popularísima entre los aborígenes, que la practicaban con un entusiasmo conmovedor. Desde el Inca, cuya cojudez de hacerse llevar en andas (haciendo el tour Cusco-Cajamarca) para bañarse a dos mil kilómetros de su casa, lo ha hecho inmortal en el Panteón de los Cojudos, hasta los chasquis, entrenados para trabajar en el Correo de la época —seguramente con los mismos sueldos de hoy— y maratonistas que, si bien no establecieron marcas impresionantes, rompieron sin duda todos los récords olímpicos de la Cojudez. Tampoco se me hable de las construcciones ciclópeas porque, si bien constituyen obras incomparables del esfuerzo humano, es innegable que se requiere ser un Cojudo de la peor especie para dedicarse a empujar piedras, cuando les era tan cómodo tirarse panza arriba, a contar nubes, o tirarse bocabajo, a reproducir Mamanis.

No, el fenómeno es ambiental.

De otra manera, resulta inexplicable el hecho de que sí se jodieran impajaritablemente los incas, los españoles, los libertadores y los republicanos, por la vía de hacer cojudeces tan catastróficas que hasta hoy no terminamos de levantar cabeza. Yo, sinceramente pienso que, si alimentásemos a una computadora electrónica con todo lo que constituye la anécdota, lo absurdo, lo increíble, lo Cojudo, vamos, de nuestro pasado, dicha computadora volaría en mil pedazos o emitiría una respuesta indignada, que diría algo así como: «¡No jodan… ese país no existe!». También podría volverse loca y seríamos el primer país del mundo que tuviera un IBM en el manicomio. Ahora, de que existimos, no hay duda, infortunadamente. ¿Por qué existimos? Aunque no lo crean, gracias a la Cojudez. Porque, así como la vida se defiende sola (un resfrío sin médico dura siete días y con médico dura ocho), las sociedades, que también son seres vivos aunque estén constituidas por Cojudos, se reestructuran y modifican constantemente, para sobrevivir. En consecuencia y acatando mecanismos dialécticos, la elevada concentración de nuestra cojudez ambiental llegó a tal punto de saturación que dio origen, para compensar, a una asombrosa proliferación de Pendejos dedicados exclusivamente a la Cojudofagia, cuya meta es la desaparición del Cojudo y cuyo preámbulo es la consagración del Cojudeo como la más fecunda de nuestras profesiones liberales.

No existe, sin embargo, un equilibrio numérico y los Cojudos siguen constituyendo una minoría fluctuante en el país. Aclaremos, fluctuante en la medida de un 95% promedio, con caídas sensacionales hasta el cero absoluto en las épocas de carestía (porque lo único que aviva, transitoriamente, al Cojudo, es el hambre) y marcas tope en épocas normales, que no llegan al cien por ciento, desde luego, pero que le andan raspando por ahí. Recordemos que el peruano es ambivalente y titular de una dicotomía Cojudo-Pendejo, en la cual oscila de acuerdo con sus necesidades y conveniencias. Hay los Cojudos natos, que son quienes dan el quorum en el censo; los Pendejos profesionales, que viven haciéndose los Cojudos; los hippies despistados, que practican la cojudez creyendo que es una droga alucinógena (y lo es); los miembros de la colonia sueca que son Cojudos simbólicos, y una constelación de Cojudos específicos tales como los playboys de peltre, los metafísicos que charlan con el diablo, los coleccionistas de cojudeces, los aspirantes a intelectual y tantísimo otro Cojudo obsoleto que anda por esos caminos del Señor. También contamos en nuestra sociedad con elementos neutrófilos, que adoptan una posición de centro porque, sin ser Pendejos, el instinto de conservación les impide ser Cojudos; Inmunes que pertenecen al Nirvana Parapléjico donde les da lo mismo chicha que limonada, y Desconcertantes, tales como los filósofos y los sociólogos, sobre quienes recaen mil sospechas pero de los cuales no se sabe a ciencia cierta cómo clasificarlos: Si como unos grandes Pendejos para los que resulta fácil escribir difícil lo que no saben, o como unos lamentables Cojudos que encuentran difícil escribir fácil lo que piensan.

No es raro, entonces, que frente a tan aplastante superioridad numérica nos preguntemos: ¿Constituyen los Cojudos auténticos alguna sociedad secreta, hermética o esotérica?, ¿no serán, los Cojudos, miembros de algún raro Ku Klux Klan fanatizado en el culto a la Parálisis Mental y al Masoquismo?, ¿son elementos de una secta, depositaría del Gran Secreto para llegar a la Entelequia y asumir el Cosmos a través del Vacío Absoluto? ¡Que lo averigüe el Gobierno, porque yo no tengo tiempo para investigar cojudeces! Lo tengo, en cambio, para intrigarme respecto al futuro que nos espera como abanderados de la cojudez internacional. Miro hacia el mañana y me pregunto en el espejo, porque así es más fácil con uno mismo: ¿Exportaremos Cojudos cuando la superproducción nacional abarrote el mercado?, ¿triunfaran los Cojudos sobre las grandes minorías?, ¿no será que los Cojudos, al final, van a tener razón? Por último, el enigma clave: ¿Habrá, algún día, curación para la cojudez?

La respuesta es: No.

No hay ex-Cojudos en nuestro país, así como no hay excusados en Masutolandia. Tampoco los habrá nunca (ni ex-Cojudos ni excusados) porque ningún Pendejo perfeccionaría una droga para curarlos, así como ningún Cojudo tendría la necesaria lucidez para descubrirla. No, Cojudos habrá siempre y para identificarlos bastará con buscarles la señal inocultable que los caracteriza: El Pelo de Cojudo. Como sabemos, todo Cojudo tiene «Un Pelo» (de Cojudo, naturalmente) que le sirve de insignia y de carnet, de contraseña y de prueba, cuando las cojudeces que hagan no demuestren fehacientemente su personalidad. El pelo de Cojudo no está necesariamente en la cabeza, porque de ser así, no habría Cojudos calvos o el Cojudo se iría desacojudando en razón con su calvicie. El pelo de Cojudo puede estar en el bigote, en la oreja, en la nariz, en la pierna, en el pubis o en cualquier lugar donde haya, tradicionalmente, pelos —excepto en la sopa, donde el pelo es de Pendejo v pertenece al mozo—, pues ahí está. Lo lleva consigo desde que nace hasta que muere, porque el pelo de Cojudo no se cae nunca, de igual manera que jamás se marchita ni encanece. Acompaña al Cojudo con una fidelidad realmente asombrosa, que nos sirve como un seguro de vida para no caer en las garras de un Pendejo. Por lo tanto, frente al peruano solo estaremos seguros cuando exhiba su pelo de Cojudo y nos dé la tranquilidad necesaria para cojudearlo sin angustias, visto que el pelo de Cojudo no se puede falsificar. Aparece en la superficie, desde luego, pero tiene sus raíces distribuidas por el cuerpo, la mente, el alma, la percepción, la capacidad de análisis, la expresión y el todo esencial del Cojudo que le sirve de maceta. Porque, a los efectos del Cojudo, el pelo está por fuera, sí, pero el ovillo está por dentro. Claro, medirán que el pelo de Cojudo es una referencia protectora a nivel individual, pero que el peligro es colectivo y que con semejante masa de Cojudos ni el Panadero Celestial hace un bizcocho. Mi respuesta es la paciencia Hay que esperar el desarrollo de los hechos.

La ciencia avanza, las investigaciones progresan y algún día el Hombre conseguirá dominar al clima (donde nuestros Cojudos proliferan), determinando el medio ambiental que más nos convenga a los peruanos. Entonces y sólo entonces, la Cojudez como institución y el Cojudeo como artesanía tendrán las horas contadas. Los Pendejos dominaran la situación y la lucha será terrible, despiadada, mortal. Porque a falta de Cojudos, que son el único alimento de los Pendejos, caeríamos en una orgía canibalesca, comiéndonos los unos a los otros hasta no quedar vivo sino el Rey de los Pendejos, para cuyo cargo conozco más de cincuenta mil candidatos con méritos indiscutibles, si se trata de postular al trono… Sin embargo, ese negro porvenir todavía está muy lejos. Por ahora no se vislumbra un cambio trascendental que ponga a la cojudez en peligro y a los Cojudos en salmuera. Todo, al contrario, hace suponer que tenemos por delante un horizonte vital, lleno de las más heterogéneas cojudeces.

Sin pecar de optimistas, podemos afirmar que la presente y muchas generaciones venideras vivirán dentro de la misma correlación de fuerzas, entre Cojudos y Pendejos, en que se ha cristalizado nuestra sociedad. En lo personal, yo creo que no cambiaremos nunca. Porque —¡tengamos confianza!— la Divina Providencia nos pondrá siempre un Cojudo a mano, para los casos de apuro, y nos protegerá —al mismo tiempo— de todos los Pendejos que nos quieren hacer Cojudos para cubrir sus necesidades. ¿Hacia dónde se dirigen los Cojudos? No se sabe. ¿Cómo aparecieron entre nosotros? Sólo hay teorías. Hace mucho tiempo se encontró un cráneo prehistórico en las inmediaciones del Cusco, lucía un hachazo en el occipital que debió dejarlo seco en el acto. El Carbono 14 demostró que tenía más de mil años y, evidentemente, le dieron el golpe cuando estaba distraído, mirando para otro lado.

Bueno, ese —para mí— fue el primer Cojudo que tuvimos en el Perú.

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