El feminismo vuelve a salir en las noticias. Tras un largo periodo en que el debate feminista se había relegado a internet y a una serie de libros que, por buenas críticas que recibieran, apenas tenían lectores fuera del círculo de las propias feministas, la actual campaña presidencial ha situado la guerra de los géneros de nuevo en el centro de la actualidad pública. La candidatura de Hillary Clinton ha provocado una explosión de publicidad internacional y mucha acritud. Hillary no es, como se alega con demasiada frecuencia, la primera mujer en postularse como candidata a la presidencia. Tiene una larga lista de tenaces predecesoras encabezada por Victoria Woodhull en 1872 y Belva Lockwood en 1884, por no mencionar a Margaret Chase Smith, Patsy Mink, Bella Abzug, Shirley Chisholm, Patricia Schroeder, Lenora Fulani y Elizabeth Dole. Sin embargo, Hillary, al ir coleccionando primarias estatales como si fueran trofeos, ha llegado mucho más lejos que cualquier mujer que la haya precedido y, gane o pierda, está abriendo camino para las mujeres ambiciosas que vengan detrás.

Pasaremos años hablando sobre el grado en que el sexismo pueda haber obstaculizado o no la campaña de Hillary. ¿Los medios la han tratado con más dureza que a sus oponentes masculinos? ¿Ella misma ha intentado jugar la baza oportunista del género? Es indudable que a Hillary, por motivos complejos, se la relaciona con un puñado de estereotipos tan míticos como arcaicos: la bruja, la arpía, la zorra, el basilisco y la «tocapelotas». La National Organization for Women, que llevaba diez años casi languideciendo en la semioscuridad, ha aprovechado la ocasión para proclamar recientemente, en un comunicado de prensa sobre Hillary titulado Ignorancia y veneno: el sexismo profundamente arraigado de los medios de comunicación, que «la misoginia de los medios ha alcanzado un récord histórico», proclamación que, como profesora de humanidades y experta en medios de comunicación, me parece sencillamente ridícula.

A principios de este año terció en el asunto Gloria Steinem, decana del feminismo estadounidense durante casi cuatro décadas, que en un incendiario artículo de The New York Times defendía a Hillary asegurando que «el género probablemente sea la mayor restricción que sufre el estadounidense medio», otra generalización altamente cuestionable. Tras describir a Hillary como una noble víctima del sexismo, lo que de hecho hacía Steinem era presionar a las mujeres para que la votaran simplemente por ser mujer. En la blogosfera y en las secciones de cartas de lectores de los periódicos, a las mujeres demócratas que apoyan a Barack Obama (como yo) se las ha llamado «traidoras» que están socavando el feminismo. Mi réplica defensiva es que las mujeres han avanzado tan deprisa en la política (tenemos ya alcaldesas, senadoras, gobernadoras y hasta una presidenta del congreso) que ya no existe la necesidad, si es que alguna vez existió, de mantener la solidaridad de género. Las mujeres son seres racionales que pueden votar a quien quieran según sus méritos.

En cualquier caso, se puede argumentar que Hillary es una candidata feminista imperfecta en la medida en que toda su vida pública ha estado ligada a la carrera de su marido; su actividad profesional, además, sobre todo en lo que respecta a la reforma del sistema de salud, ha sido desigual. Estados Unidos está bochornosamente rezagado en comparación con otros países al no haber estado nunca gobernado por una mujer, pero esto se debe, entre otras cosas, a las singulares exigencias de la presidencia estadounidense. Las mujeres de otros países han tenido mucho más fácil llegar a ser primera ministra, es decir, la líder de un partido que llega al cargo cuando su partido gana unas elecciones. El presidente de Estados Unidos no solo representa y unifica a una nación inmensa, sino que también es el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, lo que supone una presión añadida para las mujeres que aspiran al cargo. La educación, fracturada por la política identitaria, no prepara adecuadamente a las candidatas a la presidencia, razón por la cual llevo casi veinte años insistiendo a las feministas jóvenes en que estudien historia militar.

La candidatura de Hillary Clinton ha estimulado y resucitado el feminismo más que ningún acontecimiento posterior a la colosal polémica que generó Anita Hill al testificar contra la nominación de Clarence Thomas como juez del Tribunal Supremo en 1991. Por tanto, es buen momento para recapitular. ¿Dónde estaba el feminismo hasta ahora y hacia dónde va? ¿Por qué retrocedió el feminismo tras el papel destacado que tuvo durante las guerras culturales de la década de 1980 y principios de 1990, cuando los medios de comunicación consultaban a las líderes feministas sobre todos los problemas que afectaban a las mujeres? Irónicamente, fue durante las dos presidencias de Clinton cuando las feministas comenzaron a perder terreno como personajes centrales de la actualidad política. Durante la década de 1990, la prensa aseguraba regularmente que pocas mujeres jóvenes estaban dispuestas a identificarse como feministas.

Dos innovaciones tecnológicas —la televisión por cable e internet— acabaron con la influencia que las feministas estadounidenses habían tenido durante veinte años en el discurso mediático sobre temas de género. De pronto surgieron numerosos puntos de vista alternativos. Inesperadamente, en los noventa nació una nueva generación de mujeres conservadoras con las ideas claras —Laura Ingraham, Barbara Olson, Monica Crowley, Ann Coulter, Michelle Malkin—, que difuminó los convencionalismos sobre la autoafirmación femenina.

Estas mujeres, licenciadas en universidades de prestigio y en algunos casos integrantes del equipo gubernamental de presidentes republicanos como Richard Nixon y Ronald Reagan, eran agresivas, elocuentes, divertidas y alarmantemente más atractivas y elegantes que sus rudas adversarias feministas. Aniquilaron al instante el viejo estereotipo de Pat Nixon: la mujer conservadora poco presumida, tímida, modesta y servicial. Las feministas de la vieja guardia, consideradas unas aguafiestas y unas dogmáticas, estaban perdiendo la batalla televisiva ante una nueva clase de mujeres, valientes y desacomplejadas. Barbara Olson, que murió en el ataque islamista al Pentágono el 11 de septiembre, fue cofundadora del Independent Women’s Forum, asociación conservadora y libertaria que se creó como respuesta al sesgo izquierdista de los medios de comunicación durante la instrucción del caso de Anita Hill, en el cual hubo mujeres periodistas del nordeste del país que estaban directamente involucradas y tal vez de modo inapropiado.

Tras el 11 de septiembre y la invasión de Irak, las cuestiones de género quedaron todavía más marginadas por asuntos que eran de vida o muerte, como el choque de civilizaciones en la era del terrorismo. Todo ello hizo resurgir el interés popular por la historia militar (insignias y demás) y por la masculinidad tradicional, cosa que influyó incluso en la temática de los juguetes. El análisis feminista de esta deriva, que etiquetaron de modo predecible como reaccionaria, hacía sospechar su pérdida de contacto con la realidad. Cuando la propia supervivencia está en juego, quizá necesitemos unirnos como seres humanos, en vez de insistir sobre la batalla de los géneros. El legado del 11 de septiembre plantea un reto a Hillary Clinton en cuanto a sus aspiraciones políticas. La necesidad puntual de una candidata política fuerte y resolutiva en el ámbito militar llevó a Hillary a votar por la fatídica resolución de guerra que autorizaba al presidente Bush a mandar el ejército a Irak, decisión de la que ha tenido ocasión de arrepentirse y que la ha convertido en un objetivo constante de ese mordaz y ocurrente grupo de mujeres activistas llamado Code Pink.

Pero ¿qué es exactamente el feminismo? ¿Es una teoría, una ideología o una praxis, es decir, un método práctico? ¿Y acaso es el feminismo tan occidental en sus premisas como para no poder exportarse a otras culturas sin distorsionarlas? Cuando hallamos ideas feministas en autores medievales o renacentistas, ¿estamos proyectando ideas del presente sobre el pasado? ¿Quién es o no es feminista y quién lo define? ¿Quién le confiere legitimidad o autenticidad al feminismo? ¿Una feminista debe formar parte de un grupo o debe asimilar la ideología abanderada por alguno de sus subgrupos? ¿Quién decide, y con qué autoridad, lo que está o no está permitido pensar o decir sobre políticas de género? Y, por último, ¿el feminismo es un movimiento intrínsecamente de izquierdas o puede haber un feminismo basado en principios conservadores o religiosos?

Contamos con textos dispersos, tanto en prosa como poesía, que protestan por la falta de derechos y estatus social de las mujeres, desde Christine de Pisan hasta Anne Bradstreet y Mary Wollstonecraft, pero el feminismo como movimiento organizado comenzó a mediados del siglo XIX, inspirado en la corriente para abolir la esclavitud, al igual que el resurgimiento feminista de la década de 1960 sucedió como reflejo del movimiento por los derechos civiles cuyo objetivo era acabar con la segregación y la privación de derechos de los afroamericanos en el sur profundo de Estados Unidos. El feminismo, por tanto, progresó asociado al proyecto de liberación de un grupo oprimido. Y el feminismo siempre estuvo vinculado a la democracia: no es casual que naciera en Estados Unidos ni que sirviera como modelo al feminismo británico.

Lo cierto es que el feminismo teórico no ha reconocido cuánto debe a la tradición occidental de las libertades civiles de la Grecia clásica, no simplemente a la defectuosa democracia ateniense, con su economía esclavista y su seria limitación del albedrío de las mujeres, sino a la muy anterior aparición de la primera voz individual de la poesía clásica, la de la primera gran escritora de la historia: Safo de Lesbos. En segundo lugar, el feminismo teórico no ha reconocido lo que debe el feminismo moderno no solo al capitalismo sino a la revolución industrial, que transformó la economía, expandió el ámbito profesional y dio a las mujeres por primera vez en la historia la oportunidad de ganarse la vida y zafarse de la dependencia del padre o el marido. La emancipación de las mujeres gracias al capitalismo tiene su mejor ejemplo en los electrodomésticos que ahorran —casi por arte de magia— horas y horas de trabajo, como las lavadoras y las secadoras automáticas, que la mayoría de los occidentales de clase media no aprecian como debieran.

En tercer lugar, la historia feminista no ha reconocido suficientemente hasta qué punto las fundadoras del sufragismo —es decir, del movimiento para obtener el voto femenino— procedían de un entorno religioso. No es casual que tantas de las primeras feministas estadounidenses fueran cuáqueras: Susan B. Anthony, por ejemplo, era hija de un granjero cuáquero y Lucretia Mott era una ministra cuáquera. Fue en las reuniones cuáqueras, que equiparaban a hombres y mujeres, donde las primeras sufragistas aprendieron el arte de hablar en público. El anhelo del sufragio universal, motivado por un idealismo y unos paradigmas religiosos, no puede clasificarse automáticamente como un proyecto de izquierdas. De hecho, la tendencia conservadora de la mayoría de las sufragistas se manifestaba en su proximidad con el movimiento de la abstinencia, cuyo objetivo de prohibir el alcohol finalmente logró imponer catorce años de Ley Seca en Estados Unidos tras la Primera Guerra Mundial. En el siglo XIX el alcohol se consideraba un problema de la mujer, es decir, se alegaba que los hombres de la clase trabajadora malgastaban el exiguo ingreso familiar en alcohol, lo que a su vez conducía al abandono o maltrato de la esposa e hijos. La abstinencia del alcohol, que acaparó el escenario público en la década de 1870, se llamó La Cruzada de las Mujeres o La Guerra Santa de las Mujeres. Las defensoras de la abstinencia se reunían a las puertas de las tabernas y rezaban, cantaban himnos e impedían la entrada a los clientes, molestando todo lo que podían. Muchas tabernas tuvieron que trasladarse o cerrar. Pero fue una de las primeras ocasiones en que las mujeres se movilizaron para cambiar la sociedad: un hito histórico.

Sin embargo, esa intención de regular la conducta privada fue un componente habitual del primer feminismo y resurgiría en la virulenta cruzada antipornografía de las décadas de 1970 y 1980. Las sufragistas del siglo XIX le dieron la espalda a Victoria Woodhull, que defendía el amor libre, tema que Susan B. Anthony, entre otras, consideró que hundiría políticamente a todo el movimiento. El objetivo de ellas era precisamente el contrario: rescatar a las mujeres del «vicio», es decir, de las garras de la prostitución. El sexo fuera del matrimonio tradicional era un peligro que debía controlarse con unas normas morales. La precedencia de la ideología sobre la persona también resulta evidente en la devoción de Anthony a la causa y en su amargo resentimiento ante el modo en que sus colegas se salían del carril debido a sus compromisos familiares y maternales. Al final de sus días, Anthony fue venerada y admirada por doquier, pero su dedicación obsesiva a la causa quizá no fuera el paradigma de una vida equilibrada.

En el relato feminista tradicional hay otras omisiones o elisiones: Margaret Sanger —madre adoptiva de Planned Parenthood, audaz pionera de los derechos reproductivos y encarcelada en 1916 por abrir una clínica de control de la natalidad en Nueva York— se proclamó partidaria de la eugenesia, la doctrina de reproducción selectiva adoptada por el nazismo como parte de su brutal campaña para purificar la raza humana y librarla de los «indeseables».

Las feministas de la «primera ola» hicieron grandes sacrificios, que demostraron un enorme valor y audacia en su reivindicación no solo del voto, sino también de la reforma de las leyes que impedían a las mujeres firmar contratos o ser dueñas de propiedades. Las caricaturas satíricas del siglo XIX retrataban a las sufragistas como «seudohombres» mutantes, que lucían pantalones, fumaban puros y amenazaban con destronar a los hombres de sus poltronas domésticas y profesionales. Cuando las sufragistas estadounidenses dieron sus primeros discursos públicos, aquello se consideró un agravio escandaloso contra las buenas costumbres. Es interesante el hecho de que los primeros estados en conceder a las mujeres estadounidenses el derecho al voto tras la guerra civil estuvieran en el oeste del país, mientras el nordeste, considerado el centro intelectual y cultural de la nación, se resistía. Incluso en 1915, los gobiernos locales de Massachusetts, Nueva York, Pensilvania y Nueva Jersey rechazaron la enmienda constitucional del sufragio femenino. Fueron los llamados «estados fronterizos» del oeste, donde hombres y mujeres trabajaban codo con codo haciendo duras labores físicas, los primeros en considerar a las mujeres como iguales, mientras que en el este del país todavía se veía a la mujer como una «dama» sujeta a un código de delicadeza y decoro. Las clases pudientes del este parecían pertenecer a una especie distinta que las del sur.

La decimonovena enmienda a la constitución, que otorga a las mujeres el derecho al voto, finalmente se aprobó en 1920 tras una sucesión de manifestaciones callejeras cada vez más concurridas. A partir de 1907 hubo desfiles masivos en Nueva York y Washington, con caballos, pancartas y carrozas, una puesta en escena que las feministas estadounidenses habían tomado prestada de sus homologas británicas. Paradójicamente las feministas británicas, lideradas por Emmeline Pankhurst, eran más agresivas y se habían centrado en el enfrentamiento político y la acción callejera. Las feministas londinenses eran de las que rompían ventanas y se presentaban en los consejos de gobierno. En 1910 intentaron entrar por la fuerza en la cámara de los comunes. El altercado duró seis horas, y acabó con la detención y el encarcelamiento de decenas de mujeres. Posteriormente se aplicarían crueles métodos de alimentación forzada a las feministas encarceladas tanto en Inglaterra como en Estados Unidos.

En 1917 un grupo de activistas atrincheradas frente a la Casa Blanca perjudicó la imagen del feminismo estadounidense. Mostrando pancartas que reivindicaban el voto femenino, mantuvieron una digna vigilia silenciosa durante meses. Pero los transeúntes masculinos reaccionaron con una agresividad que se tornaría violencia conforme —en plena Primera Guerra Mundial— las consignas de las pancartas se fueron volviendo más provocativas, como la que tachaba al entonces presidente Woodrow Wilson de «Kaiser Wilson». En torno al grupo se empezaron a congregar multitudes hostiles todos los días. Las pancartas acabaron hechas trizas y las mujeres agredidas. Al final la policía prohibió el activismo ante la Casa Blanca, por considerarlo una amenaza contra la seguridad y el orden público. Por desgracia, las feministas empezaron a catalogarse como mujeres subversivas y antipatrióticas. Por tanto, se puede argumentar que el recrudecimiento de la retórica antifeminista antes, durante y después de la Primera Guerra Mundial, tanto en Inglaterra como en Estados Unidos, no estuvo necesariamente motivada por un «prejuicio antimujer», sino que en algunos casos pudo ser la reacción comprensible ante la deriva ideológica hacia el extremismo fanático de algunas sufragistas.

Muchas de las mujeres alegres y sexualmente atrevidas de los locos años veinte, que bebían, fumaban, decían palabrotas y bailaban briosamente el charlestón, se desmarcaron del sello feminista. De hecho, el movimiento sufragista fue solo parcialmente responsable de la revolucionaria metamorfosis de las mujeres de aquella década. El cataclismo de la Primera Guerra Mundial produjo un desencanto generalizado, pero también un antiautoritarismo espontáneo que debilitó el prestigio de las clásicas figuras paternas imperantes en las instituciones gubernamentales, religiosas y familiares. En segundo lugar, en la cultura popular estadounidense tuvieron un impacto enorme el jazz —de origen afroamericano— y las películas de Hollywood. En el caso del novedoso cine, transformó de tal modo la conducta y las expectativas sexuales que en la exigencia de regulación del sector coincidieron centenares de párrocos, docentes, periodistas, funcionarios locales y grupos cívicos femeninos. La consecuencia de esas reivindicaciones fue el infame código de la producción cinematográfica, que gobernó la industria cinematográfica de Hollywood con puño de hierro hasta principios de los años sesenta.

Las décadas de 1920 y 1930 fueron gloriosas para mujeres excepcionales y sabias como Dorothy Parker, Dorothy Thompson, Clare Boothe Luce, Amelia Earhart, Babe Didrikson y Katharine Hepburn. El feminismo quizá se hubiera debilitado como movimiento político, pero los logros y la visibilidad pública de las mujeres fueron extraordinarios. Es deprimente que el feminismo de la segunda ola tachara en un principio a esas mujeres tan activas e innovadoras de «identificadas con lo masculino», presuntamente indiferentes a las necesidades de las mujeres como grupo. En mi opinión, los personajes femeninos admirables son siempre cruciales para demostrar lo que la ambición personal y la iniciativa pueden lograr y para manifestar públicamente una actitud de orgullo y autoestima que puede ser valiosa para otras mujeres menos desenvueltas que luchan por establecer su independencia frente a padres o cónyuges dominantes y frente a jefes y compañeros de trabajo volubles o dictatoriales.

El mensaje prometedor de aquella edad dorada para las mujeres quedó anulado por la gran depresión, el auge del fascismo en Europa y el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Mientras los hombres estaban en el frente, las mujeres tuvieron que sustituirlos en las fábricas. Fue el apogeo de Rosie la Remachadora, que salía en un popular cartel estadounidense flexionando los bíceps. Pero cuando los veteranos regresaban de la guerra, se esperaba que las mujeres se hicieran a un lado. La imposición era injusta, aunque tras la Segunda Guerra Mundial, hombres y mujeres compartían una profunda necesidad de recuperar la normalidad de la vida familiar. Los asuntos domésticos pasaron a un primer plano y los roles de género se polarizaron. Hubo una avalancha de bodas con los consiguientes nacimientos: los numerosos baby-boomers que ahora se acercan a la jubilación. En torno a 1950 el cine, los programas de televisión y la publicidad empezaron a promocionar la maternidad y la familia como las grandes metas para una mujer. Contra esta homogeneidad se rebeló el feminismo de la segunda ola, correcta y admirablemente. Pero hubo demasiadas feministas de la segunda ola que extrapolaron su descontento para condenar a todos los hombres, en todas partes y a lo largo de la toda la historia de la humanidad. Por decirlo de otra manera, la ideología del feminismo de la segunda ola debió centrarse en el momento y en el lugar en que había surgido. La domesticidad de la posguerra era un fenómeno relativamente local. El problema no era solo el sexismo. En la sociedad postindustrial la familia numerosa de clase trabajadora pasó a ser la familia nuclear de clase media, dejando a las mujeres tristes y solas en sus confortables hogares. Por el camino habían perdido la compañía, la sabiduría y las labores compartidas de una comunidad femenina ancestral, formada por mujeres dinámicas, alegres y multigeneracionales.

El feminismo de la segunda ola nació con el libro de Betty Friedan La mística de la feminidad, publicado en 1963. Su análisis de la anomia que sufrían las amas de casa en los barrios residenciales tocó la fibra sensible de un público amplio de mujeres estadounidenses. Tres años más tarde, Friedan sería una de las fundadoras de la National Organization for Women, el primer grupo político dedicado a asuntos de la mujer desde que casi cincuenta años antes se consiguiera el voto femenino. En los primeros análisis de Friedan faltaban dos puntualizaciones fundamentales: la autora no era una ama de casa cualquiera, como se había retratado a sí misma, sino que había sido una militante de izquierdas en la década de 1950. En segundo lugar, tanto Friedan como sus promotores ocultaron una deuda con el magistral libro de 1949 de Simone de Beauvoir El segundo sexo. Cuando Friedan murió hace dos años, los medios de comunicación estadounidenses y británicos reconocieron correctamente su importancia, pero exageraron el papel que había desempeñado en la vida de las mujeres de mi país. Es categóricamente falso que Friedan fuera quien abrió la puerta profesional a mi generación de mujeres nacidas en el baby-boom de los sesenta, que ya estaban metidas en las universidades y enfocadas en labrarse una carrera profesional cuando ella publicó el libro. No en vano habíamos heredado el espíritu pragmático de nuestros padres, que habían vivido la depresión y la gran guerra. Friedan no produjo a Germaine Greer, por ejemplo, que ya era una luminaria en su Australia natal. Como tampoco me produjo Friedan a mí en el norte nevado del estado de Nueva York, porque en la década de 1960, antes de salir el libro de Friedan, yo ya era una adolescente que dedicaría tres años a un excéntrico proyecto sobre mi ídolo feminista, Amelia Earhart. El feminismo político que creó Friedan en la década de 1960 fue solo una influencia más entre otras muchas que caracterizaron a mi generación de mujeres briosas.

Casi de inmediato, se abrió una división dentro de la National Organization for Women, que obligaría a Betty Friedan a abandonar el grupo del que era una de las fundadoras. Las mujeres más jóvenes y más politizadas, hartas del sexismo de sus compañeros militantes en el movimiento pacifista, se enfrentaron con las mujeres mayores y casadas de la generación de Friedan, a menudo incómodas ante la homosexualidad. Igual que las sufragistas del siglo XIX temían que los problemas sexuales destruyeran el movimiento, Friedan pensaba que las militantes lesbianas («la amenaza morada», como las llamaba) alejarían del feminismo a las mujeres estándar. La propia Friedan se vio patéticamente marginada cuando Gloria Steinem, una periodista que ella había introducido en el movimiento, atrajo toda la atención mediática por su aspecto telegénico. Steinem, famosa por haber logrado colarse en un club Playboy disfrazada de conejita para un reportaje de denuncia que publicó la revista New York, tuvo un papel crucial en la normalización de la imagen del primer feminismo. La melena rubia despeinada, las gafas de aviador molonas, la voz suave y la actitud relajada contribuyeron notablemente a que el feminismo pareciera razonable y no amenazante. En 1972, Steinem fundó Ms., la primera revista chic de gran consumo dedicada a temas feministas. Su nombre, una apócope de Mrs., se normalizaría como el tratamiento no sexista para las mujeres estadounidenses y británicas.

Sin embargo, pese a haberse licenciado en la prestigiosa Smith College, Steinem no era ni una intelectual ni una política teórica. Era una activista incansable y peripatética, pero casi desde el comienzo asumió el papel de guardiana de una ideología victimista que no permitía puntos de vista alternativos. Playboy, por ejemplo, que Steinem aborrecía, había sentado las bases para la revolución sexual; Hugh Hefner, progresista nacido en una familia de puritanos de Nueva Inglaterra, había contribuido decisivamente refinando la imagen del macho estadounidense de la posguerra hacia un modelo europeo más sofisticado, amante de los placeres de la buena comida, el vino, el sexo y el jazz. Los ataques de Steinem contra el sexo opuesto eran rotundos, al estilo de su famosa frase «Una mujer necesita a un hombre como un pez necesita una bicicleta». Entretanto, se las ingenió para que no trascendiera públicamente lo mucho que le importaban los hombres en su vida privada, en Manhattan. Además, Steinem nunca se cuestionó por qué había metido el feminismo en el saco del programa político del Partido Demócrata partidista, encasillándolo y limitando su alcance.

En el primer fermento de este feminismo renacido, las deportistas como Billie Jean King desempeñaron un papel central. Como Martina Navratilova después de ella, la brusca y temperamental King tenía un estilo sorprendentemente agresivo en la cancha de tenis, que animó a toda una generación de mujeres a practicar deportes competitivos. La aprobación en el congreso en 1972 del Título IX, una sección de las enmiendas constitucionales educativas, multiplicó exponencialmente los programas deportivos para mujeres universitarias, pero a veces a expensas de programas para hombres (como la lucha libre), que con frecuencia se vieron eliminados por despiadados directivos docentes.

En la década de 1970 se creó una profusión de cursos y programas de estudios de la mujer. Todavía no se ha hecho un análisis serio de la institucionalización de la política de género ni de sus efectos sobre el feminismo. Los programas específicos sobre mujeres se montaron caóticamente y a trozos, sin la debida consideración de lo que debería implicar el estudio erudito del género. El dogma victimista del feminismo actual se incorporó en su totalidad, un prejuicio ideológico del que no han logrado librarse los estudios de las mujeres ni su programa sucesor: los estudios de género. Además, buena parte de los primeros profesores de estudios de la mujer venían de departamentos de literatura, por lo que la ciencia quedaba excluida. Pero sin una base de biología básica, ni los estudiantes ni los profesores pueden abordar la maraña de naturaleza y cultura que genera las diferencias sexuales humanas.

Esta nueva materia universitaria de los estudios de mujeres pretendía labrarse una imagen de seriedad, como los también nuevos estudios cinematográficos, pero ambos eran extremadamente vulnerables al postestructuralismo europeo, que empezó a filtrarse en los departamentos de humanidades estadounidenses a través de las universidades Johns Hopkins y Yale a partir de 1970. El postestructuralismo es puro construccionismo social y niega que el género tenga base biológica alguna, atribuyendo demencialmente todas las diferencias sexuales al lenguaje. El sector académico feminista de las grandes universidades tardó poco en producir densos volúmenes de teorías laberínticas que desmontaban los supuestos de los géneros, proyecto que confundieron con un acto revolucionario que tendría resultados sociales utópicos.

En el mundo real, sin embargo, dos hechos importantes marcaron el feminismo de los años setenta. El primero fue el fallo «Roe vs. Wade» del tribunal supremo en 1973, que legalizó el aborto en los cincuenta estados. Como ampliación histórica de los derechos reproductivos de las mujeres, es un logro que apoyo sin calificación. Por desgracia el aborto acabaría imponiéndose como núcleo del feminismo estadounidense, lo que distorsionaría y debilitaría su esencia, en mi opinión. El segundo hecho fue la aparición del grupo stop era, creado por Phyllis Schlafly, abogada, activista republicana y madre de seis hijos, para derrotar la enmienda de igualdad de derechos, que se había ido abriendo paso legislatura tras legislatura. Este fue un momento decisivo en la política estadounidense, porque el activismo de Schlafly entre la clase media estándar sentaría las bases para el futuro renacimiento del conservadurismo. Las líderes feministas, atrapadas por una ideología cada vez más dogmática, demonizaron a Schlafly sin responder adecuadamente a las inquietudes que había planteado, incluyendo preguntas básicas sobre si las mujeres serían reclutadas para el ejército o si los baños unisex serían obligatorios. Tras una lucha de diez años, la enmienda de igualdad de derechos murió en 1982, al no haber sido aprobada en el número requerido de estados. Pero esta derrota no provocó un autoanálisis de las líderes feministas; por el contrario, endureció sus actitudes defensivas y las instaló en un mundo reduccionista que se divide en feministas y antifeministas.

En la década de 1980 ya se había abierto una sima entre el feminismo académico, entonces bajo el hechizo chic de Jacques Lacan, y el feminismo tradicional, orientado a la acción. El currículo de estudios de la mujer se engrosó con los polémicos ensayos de Catharine MacKinnon y Andrea Dworkin, convencidas de que la pornografía es una de las causas de la violación y que, por tanto, debería prohibirse. Este es uno de sus típicos asertos: «Los pornógrafos están en el mismo rango que los nazis y los miembros del Ku Klux Klan en la promoción del odio y la violencia». Qué histérico agitprop, indigno de unas pensadoras contemporáneas. El activismo de MacKinnon y Dworkin condujo a la aprobación de ordenanzas contra la pornografía en Indianápolis y Minneapolis, que luego fueron declaradas inconstitucionales. El poder cultural de MacKinnon quedó claro cuando en 1991 el dominical de The New York Times la canonizó mediáticamente con una portada y el artículo correspondiente. Un fenómeno paralelo, entre 1980 y 1990, fue la creciente obsesión mediática con la violación estudiantil y en concreto la «violación amistosa», cometida por un conocido. Los espacios de actualidad y las tertulias televisivas dedicaban programas enteros al asunto. Era un tema social importante, sin duda, pero el tratamiento que le daban los medios y las propias universidades convertía a las mujeres, para variar, en unas víctimas indefensas.

Pero un cambio radical le esperaba al feminismo. A mediados de la década de 1980, la imaginería sexual explícita y los semidesnudos que usaba Madonna en sus rompedores vídeos musicales, transmitidos al mundo a través de la recién estrenada televisión por cable, electrificaron a una generación de mujeres más jóvenes. Madonna inició el proceso de liberalización que condujo a lo que muchos comentaristas, tanto de izquierdas como de derechas, deploran últimamente en un Estados Unidos que llaman «pornolandia». Dentro del feminismo la revuelta contra la tiranía de MacKinnon-Dworkin empezó en la década de 1980 en San Francisco: debates enconados sobre el sadomasoquismo lésbico y el juego de roles butch-femme[2]. En 1990 el «lesbianismo lipstick» ya empezaba a hacerse hueco y representaba un abandono drástico de la imagen de la feminista lesbiana como una activista política desaliñada que come demasiadas galletas Granola y lleva unos campestres zapatos de cordones.

A finales del siglo XX las feministas de la tercera ola —término estrenado por Rebecca Walker— adoptaron distintas posturas sobre estos temas. A pesar de su puritanismo inicial sobre la belleza, Naomi Wolf acabó reconociendo una línea prosexual cercana a la mía, mientras que Susan Faludi aceptó el dogma de Steinem y del partido demócrata sobre el antifeminismo sistemático de la cultura popular.

Las feministas teóricas y las feministas militantes siempre han mantenido que buscan acoger una diversidad de puntos de vista, pero la realidad era otra muy distinta. A principios de los años setenta estuve a punto de liarme a puñetazos con otras feministas por lo que decían de la música heavy, que luego se tacharía de sexista, por el asunto de las hormonas, que yo consideraba un factor relevante en las diferencias sexuales. A finales de la década de 1980, Christina Hoff Sommers, entonces profesora de filosofía en la universidad de Clark, se topó con un muro al intentar iniciar un debate con otras feministas en conferencias académicas sobre cuestiones fundamentales. Cuando salió mi primer libro, Sexual Personae, publicado por Yale University Press en 1990, Gloria Steinem comparó mi ensayo de setecientas páginas sobre arte y cultura, que claramente no se había molestado en leer, con el Mein Kampf de Hitler. Cuando un artículo de opinión que escribí sobre el date rape para New York Newsday en enero de 1991 se reimprimió para distribuirlo por sindicación en todo Estados Unidos, se produjo una reacción desmesurada, incluyendo una campaña orquestada de difamación: el presidente de la universidad de Filadelfia donde doy clase recibió llamadas de todo el país exigiéndole que me despidiera. Afortunadamente, el presidente tomó la sabia postura de que los miembros del claustro tienen derecho a expresarse libremente sobre cualquier asunto público. También tuve la suerte de que mi plaza era fija. Los profesores más jóvenes, entonces y ahora, serían mucho más reacios a expresar un punto de vista heterodoxo. Cuando tres años después, en 1994, Katie Roiphe publicó su libro La mañana después, sobre la ideología de la violación estudiantil, los ataques feroces contra ella por parte de las feministas de la vieja guardia fueron indignantes e inconcebibles. En mi opinión, en esa ocasión el feminismo contemporáneo tocó fondo en cuanto a vileza y amoralidad.

La estridencia del feminismo veterano iba en aumento, pese a que el feminismo estaba perdiendo la guerra. Internet, que se convirtió en una herramienta casi universal a mediados de la década de 1990, basa buena parte de su éxito en la diversidad. Cuando la pornografía se trasladó a internet, las feministas empezaron a ser incapaces de rastrearla y detenerla. Internet es un recurso espectacular para las campañas y discusiones feministas, pero también puede ser una de las razones de que el feminismo parezca estar de capa caída, porque los sitios web pueden convertirse en nichos remotos que solo atraen a los verdaderos adeptos.

Las feministas vivieron su último momento estelar del siglo XX cuando se mantuvieron firmes en su defensa de Bill Clinton, desde la demanda presentada por Paula Jones en 1994 hasta el escándalo de Monica Lewinsky en 1998. De repente, olvidaron e invirtieron los argumentos sobre el acoso sexual presentados durante el testimonio de Anita Hill, pese a que Jones, una exfuncionaria del estado de Arkansas, estaba haciendo acusaciones mucho más graves contra Bill Clinton que las de Anita Hill contra Clarence Thomas. Habiendo votado por él dos veces, me horrorizó cómo había explotado el presidente Clinton a la joven Monica Lewinsky: una serie de encuentros sórdidos y furtivos en oficinas financiadas por los contribuyentes, siempre bajo una enorme disparidad de poder, lo que según las feministas obstaculiza cualquier consentimiento informado. La mentalidad politizada de defender al presidente porque era del partido demócrata y las súplicas concretas de varias líderes feministas durante el juicio político de un Bill Clinton al borde de la destitución destruyeron su credibilidad y dejaron gravemente tocados varios de los principios del movimiento.

Una cosa está clara: el feminismo del futuro lo recrearán una serie de mujeres que son jóvenes ahora. Las disputas doctrinales y las guerras territoriales de la generación anterior (yo incluida) deben dejarse de lado. Rechazo el término «posfeminismo», simplismo mediático de la década de 1990 que a menudo me acompaña. No existe nada que se llame así. El feminismo sigue vivo, pero atraviesa ciclos de agitación y retirada. En la actualidad no hay un solo tema predominante que logre galvanizar a un amplio abanico de mujeres. Es indudable que el feminismo tiene la obligación de protestar y, si es posible, de corregir los abusos concretos contra mujeres y niños en los países del tercer mundo. Pero el feminismo puede verse de un modo muy diferente en las sociedades más tradicionales o religiosas, donde la maternidad y la familia aún se valoran y donde la mujer con una carrera independiente es menos típica o poco admirada.

En conclusión, mis propuestas de reforma son las siguientes. En primer lugar, la ciencia debe ser una materia fundamental en todos los programas de estudios de género o de mujeres. En segundo lugar, cada uno de estos programas debe ser evaluado por un cuerpo docente cualificado (no por funcionarios ni políticos) para eliminar todo sesgo ideológico. Deben incluirse textos del sector crítico con el feminismo, desde autores conservadores hasta feministas disidentes. Sin esa diversidad, los estudiantes reciben adoctrinamiento, no educación. Es indudable que entre la actual disidencia del feminismo está el movimiento de la abstinencia sexual, como fenómeno evangélico protestante y también como argumento filosófico, tal como lo expone Wendy Shalit en su primer libro, Retorno al pudor, que generó un debate nacional cuando se publicó hace nueve años, pero cuya influencia persiste hoy en los clubes universitarios de castidad, incluso aquí en Harvard. Como veterana del feminismo prosexual que incluye la pornografía y la prostitución, animo a todas estas mujeres jóvenes y castas a seguir defendiendo su individualidad y desafiando el pensamiento grupal y la convención social. ¡Ese es el auténtico feminismo!

Mi recomendación final para la reforma es desmontar por completo el sistema paternalista de los comités cívicos de las universidades y de esos inventos burocráticos intervencionistas que han convertido los campus universitarios estadounidenses en albergues maternales dedicados a la atención al cliente. Las feministas de mi generación del baby-boom lucharon para derribar las intrusivas reglas in loco parentis que denigraban a las mujeres encerrándolas en las residencias por la noche. Los directivos universitarios y los comités académicos no tienen competencia alguna para investigar los delitos estudiantiles, incluida la agresión sexual. Si se ha cometido un delito, se debe informar a la policía, para que se puedan proteger las libertades civiles tanto del acusador como del acusado. El objetivo no es absolver a los hombres jóvenes de su deber de comportarse honorablemente. El gamberrismo no se puede tolerar. Pero tampoco podemos seguir contemplando la vida entera a través de la estrecha lente del género. Si las mujeres esperan un trato igual en la sociedad, deben abandonar el infantilismo de exigir medidas de protección especial. La libertad implica una responsabilidad individual.

Conferencia inaugural del ciclo «The Legacy and Future of Feminism», pronunciada el 10 de abril de 2008 en la universidad de Harvard. Publicada en el número de primavera-verano de 2008 de la revista Arion.

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