Para Jair Bolsonaro la misa es “un servicio esencial”. Lo puso a la altura del papel que cumplen los centros de salud mediante un decreto que no necesitó la aprobación del Congreso. Es coherente con las arengas que da para que los brasileños salgan a las calles. Pero muchas iglesias evangélicas, aún abiertas, empiezan a estar vacias o son menos concurridas. Otras comienzan a cerrar sus puertas. La gente ya no va en masa a rezar en ellas por temor a contagiarse el coronavirus. Apenas los más fanáticos.
 
Al presidente ni siquiera le hacen caso sus mentores espirituales como el pastor Silas Malafaia, el mismo que acuñó la frase que utilizó el extraviado militar para firmar su medida de excepción. El líder evangélico había dicho: “La iglesia es una agencia de salud emocional, tan importante como los hospitales” aunque después suspendió las misas y solo dejó que su feligresía accediera a los templos. Los servicios religiosos tampoco se brindan en las catedrales o capillas católicas de modo presencial. Al sacerdote Reginaldo Manzotti de Curitiba se le ocurrió pedirles fotografías a los feligreses y ya recibió más de 170 mil. Las coloca sobre los asientos de su parroquia Nuestra Señora de Guadalupe y da su sermón así.
 
El decreto de Bolsonaro salió publicado el 26 de marzo en el Diario Oficial de la Unión (DOU), el boletín oficial de Brasil. Al tener vigencia de inmediato – pero condicionado a lo que determine el Ministerio de Salud – fue contra distintos fallos de la Justicia y las medidas adoptadas por varios gobernadores para aislar a la población, como sucedió en dos de los principales estados del país: San Pablo y Río de Janeiro. 

La norma se convirtió en la coartada perfecta para los pastores evangélicos más reaccionarios, como Edir Macedo de la Iglesia Universal del Reino de Dios, Valdemiro Santiago de la Iglesia Mundial del Poder de Dios o el propio Malafaia. A este último el juez de Florianópolis, Jefferson Zanini, le prohibió brindar misa por treinta días en el estado de Santa Catarina, uno de los que apoyó en las urnas al presidente de manera abrumadora. Otro tanto le pasó en Río de Janeiro.

Este domingo Bolsonaro desafió al covid-19 una vez más. Se jactó en su cuenta de Twitter de conversar con vendedores ambulantes de comida en Taguatinga, un distrito administrativo de Brasilia. Posteó un video en plena calle, donde apareció sin el barbijo que supo llevar en determinados eventos político-sociales. Estas bravuconadas fastidian cada vez más a los militares que, junto a la comunidad evangélica, los medios más poderosos, los grandes empresarios y una considerable porción de la clase media le permitieron ganar las elecciones en octubre de 2018.

El comandante del ejército, general Edson Leal Pujol, contradijo el martes pasado al presidente cuando declaró que combatir la expansión del virus “es quizás la misión más importante de nuestra generación”. La versión de que el vicepresidente Hamilton Mourao sería su eventual reemplazo con apoyo castrense ya se instaló en los medios internacionales como una posibilidad. Sin embargo el presidente de la Cámara de Diputados Rodrigo Maia declaró hace unos días que la chance de un impeachment contra Bolsonaro por ahora no es motivo de discusión en el Congreso.

Brasil tenía hasta este lunes un registro de 4.394 infectados, 143 muertes y solo 6 curados. Es el primer país de América Latina en cantidad de contagiados y en el mundo figura en el intranquilizador puesto 19°. Esas cifras parecen no haber intimidado a su presidente, que incluso divulgó la información de que podría firmar otro decreto para que la población pudiera volver a trabajar libremente pese a las restricciones estaduales que aplicó la mayoría de los 26 gobernadores. El enfrentamiento con su antiguo aliado Joao Doria lo llevó a decir por TV que el número de muertos era “muy grande para San Pablo”, el estado que gobierna el empresario. Este le respondió hace unas horas que “no está en sus plenas facultades mentales para liderar el país”.

Refugiado en su base religiosa y en un núcleo duro de la población que todavía lo sigue – las encuestas señalan que hoy la mitad del electorado está a favor de su impeachment – Bolsonaro firmó el decreto que iguala como servicio esencial al culto religioso con las condiciones sanitarias para enfrentar al coronavirus, un canto de sirena para los pastores que todavía lo respaldan. La Iglesia Universal del Reino de Dios (IURD) tiene la mayor cantidad de feligreses y transformó en multimillonario a Macedo. Este personaje es capaz de juntar a 10 mil fieles solo en la réplica del templo de Salomón que levantó en San Pablo a un costo de 680 millones de reales en 2014. El pastor-empresario anunció que continuará con las ceremonias religiosas pese a la pandemia. Acaso porque si cerrara sus megaiglesias dejaría de cobrar el diezmo que en muchos casos llega al 10 por ciento del ingreso mensual de sus feligreses.

Macedo alentó la formación de un grupo de jóvenes con perfil castrense muy acomodado a los tiempos bolsonaristas que vive Brasil. Se los llama Los gladiadores del altar y se tornaron visibles con su imagen marcial en ciudades como Goias, Porto Alegre y Fortaleza, vestidos con remeras color verde musgo y marchando a paso redoblado en los templos de la IURD.

El decreto que firmó el presidente, con todo el combo religioso incluido, tuvo una peculiaridad que pasó inadvertida. Con su firma también declaró servicio esencial a las agencias de Lotería. Ahora los brasileños no solo podrán confesarse. También seguirán apostando si lo desean. Es una de las actividades comerciales permitidas.

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