(Triumph of the Moon)
Fantasy & Science Fiction, Junio de 1973)

La noche pasada (mientras escribo esto) me encontraba sobre la cubierta del Statendam, trasatlántico americano-holandés, a once kilómetros de distancia de Cabo Kennedy, y contemplé al Apolo 17 elevarse por los aires como la luciérnaga más gigantesca de la creación. Iluminó el cielo de horizonte a horizonte, coloreó el océano de un gris naranja y convirtió el firmamento en una concavidad cobriza de la que habían desaparecido las estrellas.

Poco a poco, ascendió sobre su cola de fuego y ya estaba a gran altura antes de que la onda expansiva nos alcanzara y sacudiera violentamente, unos cuarenta segundos después de la ignición.

La humanidad realizaba su sexto intento para alcanzar la Luna y colocar sobre ella a los hombres que harían el número once y doce. Se trataba del último lanzamiento de la serie Apolo (y el único nocturno, de ahí su increíble espectacularidad. Quedé encantado de haberlo visto). Pueden transcurrir décadas antes de que el hombre retorne a la tarea… después de establecer una estación espacial que permitiría llegar a la Luna con más facilidad, mayor economía y superior precisión.

Mientras estaba en la cubierta contemplándolo, el Apolo 17 devino una estrella entre las estrellas en un cielo recién oscurecido. Y mientras la abrasada plataforma de lanzamiento resplandecía desamparada en la ribera, me sobrecogió un escalofrío de culpabilidad.

Poco tiempo atrás yo había escrito «La tragedia de la Luna» (FSF, julio de 1972), en donde describí cómo y por qué el hombre habría avanzado mucho más con tan sólo que la Luna hubiera orbitado Venus en vez de la Tierra. Aunque esto sólo era un aspecto del relato. También la Luna ha tenido sus triunfos, si aceptamos al hombre como la medida de todas las cosas, porque nuestro satélite fue la fuerza motriz, de una u otra forma, en los tres momentos críticos del desarrollo de la humanidad.

En primer lugar, es muy posible que el hombre no existiera si la Tierra no hubiera tenido luna. Los continentes habrían seguido vacíos.

La vida se inició en el océano hace unos tres mil millones de años o más y, al menos en el ochenta por ciento de toda su historia en este planeta, permaneció en el océano. La vida se adecuó en principio a las capas superficiales del océano, y únicamente por la facultad de ajuste versátil durante muchas generaciones ha logrado colonizar las zonas adyacentes: descendiendo a los abismos, introduciéndose en ríos y lagos de agua dulce y penetrando y ascendiendo en la tierra y en el cielo.

El avance en tierra firme, desde las orillas del mar, debió de ser muy exótico; tan imposible para la vida marina como la superficie lunar para nosotros. Si imaginamos una criatura marina primitiva con la suficiente inteligencia como para haber especulado con la vida terrestre, podemos estar seguros de que se aterraría ante el panorama. En tierra, un organismo estaría sometido a la total e incesante atracción de la gravedad, a la existencia de bruscas variaciones de temperatura, tanto diarias como anuales, a la necesidad de obtener y conservar agua en un ambiente esencialmente no líquido, a la obligación de extraer oxígeno de un aire seco y desecante en lugar de una benigna solución líquida.

Podemos imaginarnos a una criatura marina así emergiendo del mar con un traje terrestre repleto de agua en su interior, garfios mecánicos para servirle de ayuda contra la gravedad, aislamiento contra los cambios de temperatura, etc.

Pero la vida marina de hace quinientos millones de años no disponía de recursos tecnológicos que le permitieran conquistar la tierra firme. Tan sólo pudo adaptarse con el paso de cientos o miles de generaciones, hasta que le fue posible vivir en tierra sin necesidad de protección.

¿Pero qué fuerza le impulsó a hacerlo, en ausencia de una decisión deliberada?

Las mareas.

La vida se extendió hacia los bordes del océano, donde el agua del mar, dos veces por día, se precipitaba contra las laderas continentales y volvía a retroceder. Y miles de especies de algas, anélidos, crustáceos, moluscos y peces seguían el movimiento de esas mareas. Algunos ejemplares eran abandonados en la costa al retirarse el mar, y de ellos sobrevivían unos pocos porque, por la razón que fuera, se mostraron más capacitados para soportar la pesadilla de la existencia terrestre hasta que retornaba el agua, reparadora y vivificante.

Las especies que se adaptaron a la duración temporal del período en tierra firme evolucionaron, y la presión continuada de la competencia originó un cierto grado de supervivencia, adquirido al desarrollar la capacidad de resistir las condiciones terrestres durante fracciones de tiempo cada vez mayores.

Por fin, evolucionaron especies que podían permanecer en tierra indefinidamente. Cerca de unos cuatrocientos veinticinco millones de años atrás, la vida vegetal empezó a verdear las costas de los continentes. Se formaron caracoles, arañas e insectos aprovechándose de un nuevo medio alimenticio. Hace unos cuatrocientos millones de años, algunos peces se arrastraron sobre prominencias, recién formadas, en las llanuras repletas de fango (Es un hecho que nosotros descendemos de las criaturas de agua dulce que probablemente llegaron a soportar la tierra como resultado de la desecación periódica de las charcas, pero aquéllas pudieron completar su colonización sólo a causa de que las mareas habían poblado ya los continentes y creado una ecología que sería parte integral de los mismos).

Y las mareas, claro está, son producidas por la Luna. El Sol también origina mareas, desde luego, pero de un volumen tres veces menor que las causadas por la Luna en nuestros días. Ese baño alternativo de agua salada habría representado una corriente menos poderosa hacia la tierra y, todo lo más, habría llevado a la colonización de los continentes en una época muy posterior.

Hace cientos de millones de años, en realidad, cuando la vida terrestre evolucionaba, la Luna se encontraba seguramente más cerca de la Tierra y las mareas eran muchísimo más potentes. Hasta es posible que la Luna fuera capturada cuando ya existía la vida («The Great Borning», Septiembre de 1967) y que fuera el subsiguiente período de mareas colosales el que produjo el impulso necesario para colonizar la tierra firme[2].

El segundo efecto crucial de la Luna tuvo lugar en algún momento del período Paleolítico, cuando los hombres eran primates en busca de alimento, quizá no mucho más afortunados que otros animales de la misma especie. Los predecesores primitivos del hombre eran ya las criaturas terrestres más inteligentes que habían existido nunca, pero se puede objetar que la posesión de cerebro no es por fuerza el mejor medio para asegurar la supervivencia. El chimpancé, en el esquema evolutivo general, no es tan afortunado como la rata, ni el elefante como la mosca.

Para que el hombre triunfara, para que se estableciera como el rey del planeta, necesitaba utilizar su cerebro como algo más que un simple mecanismo para cumplir la rutina diaria de obtener comida y burlar a los enemigos. El hombre debió aprender a gobernar su ambiente, es decir, a observar, generalizar y crear una tecnología. Y para aguzar su mente hasta ese extremo, empezó a numerar y medir. Sólo a través de la numeración y medida pudo ir captando la noción de un universo que podía ser comprendido y manipulado.

Se necesitaba algo que impulsara a contar, de la misma forma que se había necesitado algo para llegar a la tierra firme.

El hombre debía reparar en algo regular que pudiera comprender, en algo lo suficientemente metódico como para que le permitiera predecir el futuro y apreciar la capacidad del intelecto.

Una forma sencilla de percibir el orden es comprobar algún ritmo cíclico, constante, de la naturaleza. El ciclo más simple y dominante es, claro, la sucesión del día y la noche. El concepto del tiempo debió surgir cuando algún hombre (o antepasado de éste) empezó a tener el conocimiento consciente de que con toda certeza el sol saldría por el este después de haberse puesto por el oeste. Esto significó la conciencia del tiempo, en lugar de su simple tolerancia pasiva. Significó seguramente el principio de la medida del tiempo, tal vez la medida de cualquier cosa, al poder situarse un hecho diciendo que ocurrió tantos amaneceres atrás o que iba a suceder tantos amaneceres después.

Sin embargo, el ciclo día-noche carece de sutileza y es demasiado opresivo y «blanco y negro» (literalmente) para hacer brotar las mejores cualidades del hombre. Sin duda, si los hombres observaban con mucha atención, advertirían que el día se alargaba y acortaba y que la noche se acortaba y alargaba en lo que hoy llamaríamos un ciclo anual. Podrían haber asociado esto con la altura cambiante del sol de mediodía y con un ciclo de estaciones.

Por desgracia tales cambios serían difíciles de comprender, de seguir y determinar. La duración del día y la posición del sol exigirían mediciones muy arduas en tiempos primitivos; las estaciones dependen de muchos factores que tienden a confundir su naturaleza puramente cíclica en un breve período de tiempo; y en los trópicos, donde evolucionó el hombre, todas estas variaciones son mínimas.

Pero existe la Luna. El Sol es glorioso, pero no puede ser considerado. Las estrellas son puntos de luz invariables. La Luna, sin embargo, es un objeto de luz tenue y brillante cuya forma cambia de modo constante.

La fascinación de esa forma variable, junto a una posición cambiante en el cielo respecto al Sol, debió de atraer la atención. La desaparición lenta del cuarto de Luna cuando emergía con el Sol naciente y la aparición de una nueva Luna con el resplandor solar del ocaso puede haber proporcionado a la humanidad el empuje inicial hacia la noción de muerte y reencarnación que se encuentra en la base de tantas religiones. El nacimiento de cada Luna nueva (así se sigue denominando), como símbolo de esperanza, pudo haber agitado las emociones del hombre primitivo lo bastante como para forzarle de modo irresistible a calcular por anticipado cuándo aparecería aquella Luna nueva, para poder saludarla con alegría y regocijo.

Las Lunas nuevas se presentan, no obstante, lo bastante separadas en el tiempo cómo para incitar un ejercicio de cálculo; y la amplitud del cómputo haría aconsejable el empleo de muescas en un trozo de madera o hueso. Además, el número de días no es fijo. A veces el intervalo entre dos Lunas nuevas es de veintinueve días, otras veces de treinta. Pero con un cómputo continuado debió de aparecer una norma.

Una vez establecida ésta, llegaría a comprenderse por fin que doce Lunas nuevas abarcaban un ciclo de estaciones (es más fácil contar y entender doce Lunas nuevas que trescientos sesenta y cinco días). Y el cálculo no es correcto todavía. Con doce Lunas nuevas las estaciones se adelantan. Algunas veces debería añadirse una Luna nueva más.

Por otra parte, la Luna se eclipsa de vez en cuando (Los eclipses de Luna pueden verse en todo el mundo al mismo tiempo, en tanto que los de Sol, más o menos iguales en número, se ven sólo en algunas zonas reducidas. Por lo tanto, desde un punto dado de la Tierra una persona ve muchos más eclipses de Luna que de Sol).

El eclipse de Luna, su muerte relativamente rápida en el momento de madurez total (el eclipse siempre sucede cuando la Luna está llena) y su renacimiento con la misma rapidez, debe de haber causado un impacto enorme en los pueblos primitivos. Para ellos debió de ser importante saber cuándo se produciría un acontecimiento tan significativo, y los cálculos tuvieron que alcanzar un nuevo nivel de sutileza.

No es sorprendente, pues, que los primeros esfuerzos para comprender el Universo se concentraran en la Luna. Stonehenge pudo haber sido un observatorio primitivo en calidad de dispositivo inmenso para predecir con exactitud los eclipses lunares. Alexander Marshak analizó las señales de huesos antiquísimos y sugirió que se trataba de calendarios primitivos que indicaban las Lunas nuevas.

De modo que existen buenas razones para creer que el hombre fue impulsado inicialmente hacia el cálculo y la generalización a través de la necesidad de mantener vigilada la Luna; que los calendarios surgieron de la Luna; que aquéllos condujeron a las matemáticas y la astronomía (y a la religión, también); y que de éstas surgió todo lo demás.

Si las mareas lunares hicieron posible al hombre como ser físico, las fases de la Luna lo transformaron en un ser intelectual.

¿Y qué más? Prometí tres momentos críticos y para el tercero vamos a aproximarnos más en el tiempo, al punto donde la civilización humana se hallaba en plena carrera.

Hacia el tercer milenio antes de Cristo, la primera gran civilización, la de los sumerios, en las extensiones inferiores del valle del Tigris y el Éufrates, se encontraba en la cumbre. En aquel clima seco el cielo nocturno era visible de manera uniforme y resplandeciente, y existía una casta sacerdotal con el ocio suficiente para estudiar los cielos y las motivaciones religiosas para hacerlo.

Fueron ellos, con toda seguridad, los primeros en advertir que aunque la mayoría de estrellas mantenían su configuración noche tras noche sin variación, cinco de las más brillantes cambiaban su posición relativa con el resto de modo uniforme y constante. Esto representó el descubrimiento de los planetas, a los que distinguieron con el nombre de dioses, una costumbre que hemos conservado hasta hoy. También observaron que el Sol y la Luna variaban constantemente su posición respecto a las estrellas, por lo que los consideraron asimismo planetas.

Los sumerios fueron los primeros, tal vez, en empezar a seguir el movimiento de todos los planetas, y no sólo el de la Luna, y en emprender la tarea mucho más compleja de generalizar y sistematizar el movimiento planetario, en lugar de limitarse al lunar. Esto fue proseguido por las civilizaciones posteriores que heredaron sus tradiciones hasta llegar a los caldeos, que dominaron el valle del Tigris y el Éufrates en el siglo VI a. C., y que poseían un sistema muy desarrollado de astronomía planetaria.

Los griegos se apropiaron de la astronomía caldea y la transformaron en un sistema que Claudio Ptolomeo conformó finalmente en el siglo II d. C.

El sistema ptolomeico colocó la Tierra en el centro del Universo. Se suponía que la Tierra estaba rodeada por una serie de esferas concéntricas. La más interior sostenía a la Luna, la siguiente a Mercurio, luego venían Venus, el Sol, Marte, Júpiter y Saturno, en ese mismo orden. La esfera más externa contenía las estrellas fijas. A este esquema planetario se añadieron numerosas y sutiles modificaciones.

Ahora consideremos los objetos celestes, uno a uno, y veamos cómo debieron de influir en el observador primitivo. Supongamos primero que sólo existieran estrellas en el cielo.

En tal caso, no habría motivo alguno para que cualquier astrónomo, sumerio o griego, dedujera que no eran otra cosa más que lo que parecían ser: puntos luminosos contra un fondo negro. El hecho de que nunca cambiara la posición relativa entre ellas, incluso después de largos períodos de observación, hacía razonable suponer que el cielo era una esfera sólida y negra que rodeaba la Tierra y que las estrellas se hallaban incrustadas en ese cielo sólido cual diminutas chinchetas luminosas.

También sería lógico pensar que el firmamento y sus estrellas encajadas era una simple cubierta, y que la Tierra, y sólo la Tierra, constituía el Universo esencial. Debía ser el mundo, el único objeto existente que el hombre pudiera habitar.

Cuando se descubrió y estudió Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, no añadieron nada sorprendentemente nuevo a esta imagen. Se movían con independencia, por lo que no podían estar fijos en el cielo. Todos y cada uno de ellos debían hallarse empotrados en esferas separadas, una dentro de la otra, y todas estas esferas debían ser transparentes, dado que podían verse las estrellas a su través.

Sin embargo, estos planetas eran simplemente otras estrellas para el observador primitivo. Eran más brillantes que las otras y se movían de forma distinta, pero sólo podían ser puntos luminosos adicionales. Su existencia no trastocaba la visión de la Tierra como el único mundo.

¿Y respecto al Sol?

Tuvo que admitirse que el Sol era una excepción en el firmamento. No se trataba de un punto de luz, sino de un círculo de luz, millones de veces más brillante que cualquier estrella. Cuando estaba en el cielo, lo teñía de azul y hacía desaparecer cualquier otra mota de luz.

Y con todo, aunque el Sol fuera mucho mayor, no era muy diferente. Todas las estrellas y planetas, igual que el Sol, irradiaban luz, en tanto que la Tierra era oscura. Los cuerpos celestiales no variaban, mientras que en la Tierra todo se corrompía, decaía y cambiaba. Los cuerpos celestes se movían alrededor sin cesar, pero en la Tierra los objetos ascendían o caían. Cielo y Tierra parecían distintos en lo fundamental.

Hacia 340 a. C., Aristóteles estableció la distinción en una forma que perduró dos mil años. La Tierra, afirmó, se componía de cuatro elementos básicos constituyentes: tierra, agua, aire y fuego. El cielo y todo lo que contenía, sin embargo, estaba constituido por un quinto elemento peculiar y totalmente diferente a los cuatro terrestres. Este quinto elemento era el «éter», palabra derivada del griego y que significa «resplandeciente».

Este resplandor, o luminosidad, que pareció tan fundamental en los cuerpos celestes en oposición a los terrestres, abarcaba también a todos los pobladores temporales del firmamento. Los meteoros existían sólo transitoriamente, pero eran relámpagos de luz. Los cometas podían ir y venir y poseer formas extrañas, pero tales formas eran luminosas.

Todo parecía una conspiración para hacer ver el cielo como algo distinto y la Tierra como el único mundo.

A excepción de la Luna. La Luna no encaja. Al igual que el Sol, es algo más que una simple mota de luz. Incluso llega a ser un círculo perfecto de luz, por más que su brillo sea miles de veces menor que el del Sol. Pero a diferencia del Sol o de cualquier otro objeto celeste, la Luna cambia su forma con regularidad.

Más pronto o más tarde, debió suscitarse esta pregunta: ¿Por qué la Luna cambia de forma? Sin duda, el primer pensamiento del hombre debió de ser que lo que parecía ocurrir, sucedía realmente; que del fuego solar nacía cada mes una Luna nueva.

Algún sumerio anónimo, sin embargo, pudo haber tenido sus dudas. El estudio completo y cuidadoso de la posición de la Luna en el cielo, comparada con la del Sol, debió aclarar por completo que la porción luminosa de la Luna siempre era aquella que estaba encarada con el Sol.

Iría surgiendo la noción de que cuando la Luna variaba su posición respecto al Sol se iban iluminando progresivamente diferentes fragmentos de su superficie, y que este cambio progresivo originaba el cambio de fases, tal como se veía desde la Tierra.

Si se interpretaban así las fases, era lógico pensar que la Luna sería una esfera que brillaba sólo a causa de la luz del Sol que reflejaba. Únicamente media esfera era iluminada por el Sol en cualquier momento, y este hemisferio iluminado variaba de posición, produciendo la sucesión de las fases.

Si se necesitaron pruebas para fundamentar esto, pudieron descubrirse en la forma en que a veces brillaba el resto del cuerpo lunar, en el momento del cuarto de Luna, con una luminosidad rojiza muy tenue. Estaba allí pero, simplemente, no recibía la luz del Sol.

En tiempo de los griegos, se aceptaba sin discusión el hecho de que la Luna brillaba sólo debido a la luz solar reflejada.

Esto significó que la Luna no era un cuerpo luminoso de por sí como parecía ser el caso de todos los demás cuerpos celestes. Se trataba de un cuerpo oscuro, como la Tierra. Su brillo se debía a luz reflejada, como en la Tierra (En realidad, el débil resplandor rojizo de la porción oscura de la Luna en la fase de cuarto se debe a que dicha parte está bañada por la luz reflejada desde la Tierra).

Además, el disco lunar, a diferencia del solar, mostraba señales claras y permanentes, manchas oscuras que debilitaban su luminosidad. De aquí se desprendía que la Luna, distinguiéndose de los otros cuerpos celestes, era claramente imperfecta, igual que la Tierra.

Por lo tanto, se podía suponer que la Luna, al menos, era un mundo como la Tierra; que la Luna, como mínimo, podía estar habitada igual que la Tierra. De forma que, incluso en épocas antiguas, la Luna, y sólo la Luna, proporcionó al hombre la noción de una multiplicidad de mundos. Sin la Luna es posible que dicha noción no hubiera surgido antes de la invención del telescopio.

A decir verdad, Aristóteles no unió Luna y Tierra en una misma clase, sino que consideró a la primera como compuesta de éter. Al estar la Luna más cerca de la Tierra que cualquier otro cuerpo celeste, podría argumentarse que absorbía algunas de las imperfecciones de los elementos terrestres, produciéndose en ella manchas y perdiendo la capacidad de emitir luz propia.

Pero la astronomía griega avanzó más. Hacia el 250 a. C., Eratóstenes de Cirene utilizó métodos trigonométricos para calcular el tamaño de la Tierra. Llegó a la conclusión de que el planeta tenía una circunferencia de 40.000 kilómetros y, de ahí, un diámetro de 12.000. No se equivocó por mucho.

En 150 a. C., Hiparco de Nicea empleó también métodos trigonométricos para determinar la distancia a la Luna. Afirmó que la separación entre la Tierra y la Luna era de unas treinta veces el diámetro terrestre. Tampoco se equivocó por mucho.

Combinando los resultados de Hiparco y Eratóstenes, la Luna se halla a trescientos ochenta y cuatro mil kilómetros de la Tierra, y para justificar su tamaño aparente debía poseer una circunferencia de algo más de tres mil doscientos kilómetros. ¡Era un mundo! Pese a lo que dijera Aristóteles, se trataba de un mundo, al menos por el tamaño.

Así que no es sorprendente que, mientras Claudio Ptolomeo publicaba sus grandes síntesis sobre la astronomía griega, Luciano de Samosata escribiera un popular relato con viaje incluido a una Luna deshabitada. En buena lógica, después de reconocerse a la Luna como mundo, la aceptación de otros cuerpos celestes como mundos similares constituía un paso fácil de dar.

No obstante, es la Luna, sólo la Luna, la que se encuentra lo bastante cerca de la Tierra como para que se pueda estimar su distancia por métodos trigonométricos basados en observaciones visuales sin instrumentos. Sin la Luna habría sido imposible adquirir ningún conocimiento sobre la distancia y tamaño de cualquier cuerpo celeste antes de la invención del telescopio. Y a falta del impulso suministrado por el conocimiento de la distancia y tamaño lunares, ¿habría existido esa urgencia por explorar el firmamento, incluso después que se inventará el telescopio y se utilizara con objetivos militares?

Posteriormente, en 1609, Galileo puso el telescopio al servicio de la astronomía por primera vez.

Galileo estudió el cielo y descubrió que los planetas, a través de su telescopio, dejaban de ser los puntos de luz que veía el ojo desnudo y aparecían como esferas de luz de formas diferentes. Y lo que era más, Venus, como mínimo, por su situación con respecto a la Tierra, exhibía fases semejantes a las de la Luna. Además, estas fases se relacionaban claramente con su posición relativa al Sol.

La conclusión parecía inevitable. Todos los planetas similares a estrellas —Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno— eran mundos como la Luna. Se presentaban como simples puntos de luz propia que eran y seguían estando formados más lejos de nosotros que la Luna.

Esto, por sí mismo, no era tan fatal para la visión aristotélica, ya que se podía argüir que los planetas (y la Luna), por muy grandes y sin luz propia fueran, seguían estando formados por éter.

Lo que en efecto destruyó el concepto etéreo, de una vez y por todas, fue la observación lunar de Galileo (De hecho, lo que primero miró fue la Luna). En la superficie, Galileo vio montañas y zonas lisas y oscuras que denominó mares. La Luna, de forma clara y visible, era un mundo como la Tierra: imperfecto, áspero, montañoso.

No es de extrañar, pues, que con esta segunda conmoción suministrada por la Luna diera otro gigantesco paso adelante el concepto de la pluralidad de mundos. El siglo XVII fue testigo del inicio de una serie de novelas sobre viajes tripulados a la Luna, cuya complejidad fue aumentando cada vez más, y así ha seguido justo hasta nuestros días.

Sin duda, puede afirmarse que Galileo habría demostrado la pluralidad de mundos, mediante el telescopio, hasta si la Luna no hubiera existido, y que la resistencia de los aristotelianos se habría venido abajo con la mejora de los telescopios y la invención de otros medios.

Supongamos que ése fuera el caso. Los escritores de ciencia-ficción habrían soñado entonces en vuelos a Marte o Venus, en lugar de a una Luna inexistente. Pero, después de todo, los sueños son sólo sueños. ¿Habría intentado el hombre convertir en realidad los vuelos espaciales si no hubiera existido la Luna?

La Luna se encuentra a menos de cuatrocientos mil kilómetros de nosotros. Venus está a cuarenta millones de kilómetros, y eso cuando se halla más cerca (a intervalos de año y medio). De forma que se encuentra cien veces más lejos de nosotros que la Luna. Marte, en el momento de más proximidad, todavía está más distante. Cada treinta años, aproximadamente, cuando se halla muy cerca, dista cincuenta y cinco millones de kilómetros.

Se tardan tres días en llegar a la Luna. Como mínimo se emplearían seis meses para alcanzar Venus o Marte.

Han sido precisos recursos heroicos para que los hombres llegaran a la Luna. ¿Habría sido razonable esperar que desde el principio hubieran hecho los esfuerzos, mucho más heroicos, necesarios para alcanzar Venus o Marte?

No. Es la Luna, y sólo la Luna, la que posibilitó el vuelo espacial. En primer lugar, permitiéndonos comprender que existen otros mundos aparte del nuestro. En segundo, ofreciéndonos un punto intermedio mediante el cual podemos mejorar nuestra técnica y desde el cual, como base, nos lanzaremos eventualmente al asalto mucho más grandioso de los mundos lejanos.

Resumiendo, el triple triunfo de la Luna consiste en que hizo posible la existencia del hombre, en que le permitió desarrollar las matemáticas y la ciencia, y en que le capacitó para trascender la Tierra y conquistar el espacio.

En mi anterior ensayo, «La Tragedia de la Luna», llegué a la conclusión de que habría sido mejor para el hombre que Venus poseyera una luna como la terrestre. En este artículo rechazo todo deseo de perder nuestra Luna.

Habría sido ideal que ambos planetas estuvieran acompañados de Luna.

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