Texto publicado por el escritor colombiano Fernando Vallejo, ganador del premio Rómulo Gallegos, en el diario El Espectador como parte de una serie de crónicas sobre la pandemia


Hoy, en pleno confinamiento domiciliario como Uribito por obra de las autoridades y su cuarentena, leo a primera hora en Google, en el computador, no bien me despierto, los titulares mañaneros de las noticias de Colombia y miren las maravillas con que me encuentro: “Coronavirus en Colombia en vivo: casos, infectados y muertos de hoy, 30 de marzo”. O esta otra perla: “Por crisis del coronavirus, ELN declara cese unilateral de fuego”.

Díganme si no vivimos en la era de las maravillas. Los elenos, que han matado a millones (más que la malaria y el virus del sida juntos), anunciando que no van a matar más. ¡Cómo no va a ser el coronavirus maravilloso! Logró lo que no hubiera logrado en La Habana nunca Santos, nuestro Premio Nobel de la Paz, ni lo que quería lograr nuestro presidentico actual, con todo y lo bueno que es para capear tempestades. ¡Cómo no me va a gustar el coronavirus! 

Que va a matar a un millón en Colombia. ¡Que los mate! Si somos cincuenta millones (cuarenta y nueve sumidos en la miseria), un milloncito que nos rebaje no le quita un pelito a Sansón. Cuando empezaba el coronavirus y todavía no agarraba fuerza en Colombia (hoy tampoco, sigue muy desganado), un titular aterrado advertía: “Aumentan ciento por ciento las cifras de muertos por coronavirus en Colombia”. Y en el artículo decía que los dos muertos por coronavirus que eran los que iban hasta entonces ¡habían subido a cuatro!

Bueno. Dejemos esto. Me voy p’al supermercado a ver qué encuentro. Necesito unos plátanos porque se me está bajando el potasio porque orino mucho en la noche por tomar tanto vodka por tanta angustia. O le rebajo al vodka o le rebajo a la angustia o le subo al potasio. ¿El problema saben cuál es? Que ya no venden pastillitas de potasio en las farmacias porque son muy baratas y no le conviene a la Industria Farmacéutica Transnacional (la IFTRA), un trust capaz de poner y tumbar gobiernos. Vivo en Laureles, el barrio rico de Medellín aunque soy pobre, pero no les digo la dirección no se les vaya a ocurrir ir a despertarme en las noches para tomarse selfis conmigo violando la cuarentena. Les cuento sí, porque necesito decirlo para que me entiendan bien esta crónica, que mi casa, muy bella, blanca, y que está en un libro, está a media cuadra de la Avenida Nutibara por la que pasa un carrerío terrorífico en las noches que no me deja dormir pero que se silenció por la cuarentena.

¡Cómo no va a ser bueno el coronavirus! Con tanto silencio duermo mejor. Pero se me aumenta la angustia por el terror de que la pandemia del coronavirus acabe con el género humano que hasta el día de hoy ha sido tan resistente a los virus y me despierto aterrorizado. Tanto silencio no me deja dormir. Prendo el foco para ver el reloj. “¿Ya estará por amanecer?” me pregunto. No. Es la una. “¿Apenas la una de la madrugada? ¿Y qué hago de aquí hasta las 6 que abren el Carulla para ir a comprar los plátanos, que son ricos en potasio? Será tomarme otro vodka. Este coronavirus va a acabar hasta con el nido de la perra como decía mi abuela. ¡Qué va a acabar con ningún nido de perra, si Brusca duerme conmigo y ella no es una perra sino un ángel: come carne este ángel y yo no porque mi moral no me deja. ¡Y a tratar de dormir! El carnivorismo humano y la paridera se suman a mi insomnio. Con tanta preocupación, propia y ajena, no hay vodka que sirva.

Hace dos días, en plena pandemia y plena cuarentena, fui al  Carulla a las 7 de la mañana que es cuando abren para que vayamos a comprar los viejitos. Poca gente. Entré como Pedro por mi casa. ¡Cómo no va a ser bueno el coronavirus! Antes de él no había forma de entrar al Carulla por tanto rico comprando exquisiteces. Y hoy miren: una vieja y dos viejitos: otro y yo. “Buenos días”, me saludó muy amable (cosa rara) una empleada con tapabocas cuando entré. “Veeee, cómo están de amables estas hoy. ¿Será por obra del coronavirus?” Eso pensé. Y acto seguido la amable señorita me llevó a donde estaban los carritos y me desinfectó con un spray la agarradera de uno. “¿Y los plátanos que toda la gente toca para ver si están maduros también los desinfectan ustedes?” “Ah, esos no”.

Pero eso fue antier. Hablemos del día de hoy que es el que cuenta porque gracias al coronavirus vivimos en el presente y no en el pasado como antes. “¿Cómo es que se llama el presidente que pasó?” le pregunté un día de los buenos tiempos a un chofer de taxi (un “conductor”). Y me contestó con una pregunta de duda: “¿Belisario?” Eso me contestó. “¡Cómo va a ser Belisario, si Belisario gobernó en el siglo dieciocho y ya murió!” le contesté al desinformado. “Aaaaah” recontestó. El coronavirus es bueno: borró el pasado de Colombia. No más recarga de la memoria, que con tantas cifras de tantos números para tantas cosas y tantas claves con números y letras ya no alcanza el disco duro cerebral de “Funes el memorioso”, el personaje de Borges.

Tomo el carrito (que hoy no me desinfectaron) y me lanzo por los pasillos de estanterías atestadas de los productos del Carulla. Aquí no es como en Venezuela donde están vacíos, o como en los Estados Unidos donde también porque allá la gente tiene plata ganada en la especulación financiera o que les regala el gobierno, que en la USA tiene la máquina de la fabricación de billete verde en las prensas de humo de su Reserva Federal. Aquí no. En Colombia no hay acaparamiento de productos porque nadie tiene plata para comprar. Ni oro.

¿Y si acorralado por la cuarentena coronavírica el pueblo saquea los supermercados? Ah, entonces comerá hoy pero no mañana, que es a lo que están acostumbrados: a vivir al día. El coronavirus a los pobres no los afecta. Ni la cuarentena. En las comunas de Medellín (donde viven las nueve décimas partes de la ciudad) los domingos siguen haciendo sancochos de gallina afuera de las casas en las aceras y jugando fútbol en las calles estos carnívoros. Con las calles vacías gracias a la cuarentena, el pueblo puede por fin volver a jugar fútbol frente a sus casas a sus anchas. Y una cosa sí le digo en este punto a la alcaldesa de Bogotá: “No prolongue la cuarentena hasta junio que junio está muy próximo. Prolónguela hasta agosto para que siga haciendo su agosto que usted va a ser la primera presidenta lesbiana del planeta”.

“Señorita, le pregunté hoy en el Carulla a una empleada, ¿dónde están los bananos?” “No hay bananos”, contestó. “¿Y los plátanos?” “Tampoco plátanos”. “¿Y vodka?” “Ahí está”. Y me señaló un estante lleno.

Mientras haya vodka, ¡qué me importa a mí que no haya plátanos en el mundo! Y me compré tres botellas. Seré muy bueno con mi prójimo los animales, pero de espíritu acaparador. Ando muy contento con el coronavirus y salgo a la calle cuando se me antoja. A mí no me para la policía. Como soy viejito… Y si no fuera tampoco. ¿Porque en dónde van a meter a tanto preso que viola la cuarentena? ¿En el Estadio Atanasio Girardot? ¿Para que se contagien todos de coronavirus y se rebelen y se maten entre ellos y con los guardias como en la cárcel Modelo? Dejen libres a todos los delincuentes de Colombia para que se sumen a los de las extintas FARC. O póngalos en detención domiciliaria como a Uribito, que por la cuarentena tampoco puede salir a la calle, ni siquiera a comprar. Es el preso más desgraciado de Colombia. Un preso ciento por ciento. El coronavirus nos va a traer por fin la paz social.


 

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