Yo no he sabido nunca de su historia. Un día nací allí, sencillamente. El viejo puerto modeló mi infancia. Con rostro de fría indiferencia.

Gitano Rodríguez

El mercante echó amarras en el muelle cuando el sol invernal se deslizaba como una mancha de aceite y los turistas se aburrían de la inutilidad de sus Kodaks. Los goznes dejaron de lamentarse en cuanto el peón de puerto hizo el nudo final en el cabo de amarre.

-Así fue, ¿no?

-Puede decirse. ¿Pedimos otra botella?

Los marinos panameños conocían el camino hacia la plaza Echaurren y, aunque ninguno de ellos pensaba entrar en la casa de los siete espejos, sentían, sin embargo, cómo la tierra les cosquilleaba entre las piernas.

-¿Voy bien?

-Sí, macho. Salud.

El capitán fumaba en cubierta. Escuchaba ausente las instrucciones del práctico. Finalmente, bostezando, firmó el recibo que éste le extendiera.

-¿Así fue?

-Supongo. Pero habla de mí. Di que yo entendí que no tenía nada más que hacer en esa casa. Di que las miradas desdeñosas habían desaparecido con el amanecer y que el salón hedía a tabaco y a sudor. El tocadiscos seguía girando, con un sonido magnético francamente molesto. Traté de recordar rigurosamente todo cuanto sucediera, pero un agudo dolor en el ojo izquierdo me hizo levantar y, medio mareado, aún caminé hasta el baño. Al pasar frente a la habitación de Rosa, pude verla. Habían dejado la puerta entornada y logré divisar su rostro sudoroso. Vi también que un brazo le rodeaba la espalda. Un brazo fuerte, velludo, un arco de oscuras algas marinas. Me detuve frente al espejo, y allí vi mi cara amoratada por los golpes. Los labios hinchados, el pelo revuelto, con algunas costras de sangre pegadas. Supe una vez más que había perdido mi lugar en esa casa. “Está viejo, pero pega fuerte.” Eso fue lo que pensé.

Y Alberto tenía razón. El Negro pegaba fuerte y conocía todas las artimañas de un buen peleador. El Negro llevaba muchos años de puerto a sus espaldas, muchos años entre rejas que cuadriculaban los rayos de sol, muchos años de mascar rencor y sacarle filo a la venganza.

-El espejo te devolvió una imagen derrotada, pero tranquila. Después de todo, la cuenta estaba saldada y para ustedes dos terminaba por fin el largo tiempo de espera. ¿Me equivoco?

-Cierto. Yo pensaba en el asunto. El asunto. Varios años atrás vagaba una tarde cerca de Quintero y de pronto vi cómo desde un barco lanzaban unos sacos a la deriva. Esperé hasta que oscureciera, me desvestí y nadé al encuentro de los bultos. Eran unos sacos de lona impermeable, y dentro había cientos de cartones de cigarrillos yanquis. Un tesoro, gancho, y yo sabía muy bien quién era el dueño.

En el puerto no existen secretos. Al Negro no le costó gran cosa averiguar el nombre del ladrón y lo enfrentó a los pocos días cerca de la caleta El Membrillo. “Usted tomó algo mío, socio”, fue todo cuanto alcanzó a decir el Negro.

Alberto había sido más rápido en su respuesta. Le había metido el acero hasta el mango y sentido en su mano el calor de la sangre del Negro, que cayó buscando una palabra inencontrable.

-Al Negro lo interrogaron en la clínica, pero no soltó palabra. El problema es que en un bolsillo le encontraron cinco gramos de la diosa, de la mejor, pura, blanca, sin mezclar todavía, y le juro, gancho, que no fui yo quien se la metió. La coca no fue nunca mi negocio. -¿Quién entonces?

-Qué sé yo. Los tombos mismos, para tenerlo en sus manos y obligarlo a cantar sobre el matute. -¿En qué pensabas al abandonar la casa?

-En él. El, que ocupaba mi lugar en la cama, el olor de Rosa, el olor de las sábanas. “Que te aproveche, viejito”, pensé. “Después de todo te mamaste cinco años de cana.” -¿No pensabas en el alemán? -No.

Para Hans Schneider había sido su crucero número veintiuno por las aguas del Pacífico sur. Como era su costumbre, su primer saludo lo dirigió a las gaviotas que se posaron junto al desaguadero de la cocina. Al alemán le gustaba Valparaíso. Siempre decía que era su último viaje, que echaba amarras y se casaba con una de las chicas del Roland, pero siempre volvía a pararse en cubierta en el momento de zarpar, agitando su mano blanca, llenándose los ojos de cerros y de gatos.

Cuando el Negro entró en el Rolandbar, los parroquianos estaban agrupados bajo el timón del S.S. Hol murd, que servía de lámpara. El hombre sentía en su sangre una vieja pasión resucitada, y con razón. Cinco años de cárcel eran motivo de sobra. Las hembras metidas furtivamente en los locutorios no eran más que sexo encadenado. El Negro buscaba a Rosa. Necesitaba sus pechos todavía duros en el recuerdo, sus labios carnosos, su alegría de baile, su fidelidad tan particular, cuando la necesitaba. Encontró un enjambre de marinos panameños que delataban su origen al son de ritmos tropicales, y algunos cafiches advenedizos. -¿Dónde se encontraron Rosa y el alemán? -En el Herzog. Donde siempre.

El viejo hotel de siempre. Subieron al cuarto. La mujer se desnudó sin palabras y, al ver esa carne tan conocida, el alemán la acarició y le dijo que era tarde, que se sentía cansado, que simplemente quería dormir acompañado unas horas.

La mujer entendió y acercó su cabeza al alemán. El olor a laca le produjo náuseas, pero la abrazó y se durmieron.

-Lo vi apenas entré al Roland. Estaba de espaldas conversando con los panameños. Quise irme, pero algo más fuerte que el miedo me indicó que el momento había llegado. No se puede vivir siempre esperando. Busqué en el bolsillo de mi saco, y la frialdad de la Solingen me hizo sentirme protegido. En ese momento entraron Rosa y el alemán. Venían abrazados y no se percataron ni de mi presencia ni de la del Negro. Tomaron asiento en el rincón oscuro de los salvavidas. El Negro se les acercó con pasos lentos. No dijo nada. Lo único que hizo fue pararse frente a ellos. “¡Negro, saliste!”, exclamó Rosa.

“Hans Schneider hizo ademán de retirarse, conocía la historia del hombre, pero éste le contuvo.

“Quédese, amigo. Yo sé que usted es un hombre bueno.”

“Pidieron vino y bebieron sin mayores palabras. Rosa acariciaba un brazo del Negro. -¿Y tú? ¿Qué hiciste?

-Fui también a la mesa. “Aquí estoy”, fue todo lo que dije.

“Así veo”, respondió el hombre. “Me parece que usted y yo tenemos una pequeña cuenta pendiente.”

“Conforme. Cóbrese si quiere. Pero antes quiero aclararle que no fui yo el que le metió la coca. No me gusta cargar con muertos ajenos.” “Eso también lo sé.” “¿Entonces?”

“Tenemos tiempo. La noche es larga. A veces puede durar cinco años.”

Alberto había dado un paso atrás. Un rayo de acero cruzó el aire enrarecido y la atmósfera se tiñó de rojo. Sobre la superficie hedionda del piso de tablas se escuchaba la respiración entrecortada de Hans Schneider. Había parado con su pecho la única puñalada que cortó el aire de la noche, y que torció su destino original en un abrir y cerrar de ojos.

Alberto empuñaba la navaja. Miró al Negro con odio y se aprestó a levantarla nuevamente, pero ya era tarde. Los puños del hombre cayeron sobre su cara tantas veces que al soltar el arma tenía un hervidero de avispas en la cabeza y esperaba la entrada del acero en cualquier punto de su cuerpo.

-Pero no pasó nada. Desperté en el sillón, todo dolorido y sorprendido de estar vivo. -¿En qué más pensabas al salir de la casa?

-En una frase. “Homicidio casual.” Y, a un tiempo: “Cinco años y, como soy primerizo, me sueltan a los tres”.

Alberto se había encaminado hacia la comisaría; en el trayecto compró un diario, cigarrillos, un cepillo de dientes y, al pasar por el puerto, no se sorprendió de la multitud de hombres que esperaban junto al carguero. En el puerto no hay secretos. Todo Valparaíso sabía ya que en el barco panameño había una vacante.

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