Los hombres, por más que investiguen, no aciertan a ver en qué consisten la felicidad y el bien en la vida.
Aristóteles, Ética Eudemia,  

Me niego a vivir una vida convencional como tú. ¡Lo quiero todo! Aterradores descensos, vertiginosos subidones, relajados intermedios. Sí, es posible que ofenda a unos cuantos remilgados con mi descarado porte y olor almizcleño. Oh… ¡Nunca seré el ojito derecho de los llamados «Padres de la Patria», que chasquean la lengua, mesan sus barbas y se preguntan qué pueden hacer con Homero Simpson!
Homero Simpson, «La rival de Lisa».

 

Si lo evaluamos desde el punto de vista moral, Homero Simpson deja bastante que desear, sobre todo si nos concentramos en el personaje y no en sus acciones (aunque tampoco resulte una joya en este último sentido). Sin embargo, en cierto modo, algo admirable desde un punto de vista ético perdura en Homero y eso suscita la siguiente pregunta: si deja tanto que desear desde el punto de vista moral, ¿en qué sentido puede resultar admirable Homero Simpson? Investiguemos esta cuestión.

LOS TIPOS DE CARÁCTER SEGÚN ARISTÓTELES

Aristóteles nos ha proporcionado una categorización lógica de cuatro tipos de carácter. Grosso modo, y dejando a un lado los dos tipos extremos, el que se encuentra por encima de la condición humana y aquel que vive como una bestia, tenemos el carácter virtuoso, el moderado, el intemperante y el vicioso. Para comprender mejor cada una de estas disposiciones del carácter, contrastemos la manera en que se manifiestan a través de las acciones, decisiones y deseos de quienes las encarnan. Tomemos también como ejemplo una sola situación y observemos las reacciones asociadas a cada una de estas maneras de ser.
Supongamos que alguien, a quien llamaremos «Lisa», va andando por la calle y se encuentra una billetera con una cuantiosa suma de dinero. Si Lisa es virtuosa, no sólo decidirá entregar la billetera a las autoridades competentes, sino que lo hará con gusto: sus deseos condicen la decisión y la acción que cree correctas. Pensemos ahora en Lenny, que es moderado: si Lenny se topase con la billetera, sería capaz de tomar la decisión correcta, es decir, devolverla intacta, y también sería capaz de actuar según la decisión que ha tomado. Pero, de hacerlo, estaría actuando en contra de sus deseos. El rasgo principal de la persona moderada consiste, pues, en tener que luchar contra sus deseos para hacer lo que debe.
La situación empeora si se trata del intemperante o del vicioso. El intemperante es capaz de tomar la decisión correcta, pero su voluntad es débil. En el caso de la billetera, y supongamos que Bart sea nuestro intemperante, se rendirá ante su propio deseo de quedarse con la billetera y no conseguirá actuar como es debido, aunque sepa que está mal quedarse con la billetera. En lo relativo al vicioso, no presenciaremos una lucha contra los propios deseos ni una debilidad volitiva. Esto se debe a que la decisión del vicioso es moralmente errónea, y sus deseos la secundan por completo. Si Nelson fuese vicioso, decidiría quedarse con el dinero (y tirar la billetera a la basura o devolverla y mentir sobre su contenido), desearía plenamente hacerlo, y actuaría en consecuencia.
Observemos más de cerca lo que constituye un carácter virtuoso. Virtuoso es quien posee las virtudes y las pone en práctica. Más aún, las virtudes son estados (o rasgos) de carácter que disponen a quien los ha desarrollado a actuar y reaccionar emocionalmente de forma correcta. Partiendo de esto, comprendemos que
Aristóteles insista en definir las virtudes como condiciones del carácter vinculadas tanto con las acciones como con los sentimientos (Etica Nicomáquea, Libro II, en especial 1106b15 – 35). Por ejemplo, quien posea la virtud de la liberalidad, estará dispuesto a mostrarse caritativo con quienes sea menester y en las circunstancias adecuadas; el liberal no daría dinero a cualquiera que lo pidiese. El virtuoso debe percibir que el Otro necesita la dádiva y que la empleará de manera apropiada. Además, su reacción emocional se adecuará a la situación. Esto significa que el liberal de nuestro ejemplo dará con gusto, se inclinará a dar a causa de la petición del menesteroso, y no se arrepentirá de hacerlo. En cambio, el tacaño no se desprendería de su dinero tan fácilmente, y ello no porque lo necesite o no pueda prescindir de él, sino porque se inclinará a la avaricia o sobreestimará la necesidad que pueda tener de ese dinero en un futuro.
Nótese, sin embargo, que en este recuento la razón interpreta un papel crucial. Si para ser virtuoso uno debe tener la capacidad de percibir la índole de cada situación en la que se encuentre, no puede ser estúpido ni ingenuo. Al contrario, debe poseer una disposición al razonamiento crítico que le permita darse cuenta de las diferencias entre una situación y otra y actuar en consecuencia. De hecho, por esa razón Aristóteles hace hincapié en la idea de que, en cuestiones de ética, no hay lugar para una precisión rigurosa (Ética Nicomáquea, 1094b13 – 19). El filósofo insiste en la importancia de la razón o sabiduría práctica (phrónesis); quien sea virtuoso por instinto, para decirlo de alguna manera, no poseerá la virtud «por excelencia», sino en todo caso una virtud «natural» (Ética Nicomáquea, 1144b3 – 15). Y poseer una virtud natural consiste en estar dispuesto a actuar bien por accidente, para decirlo sin ser muy precisos. 
Si pasamos ahora a las condiciones aristotélicas de la acción correcta, podremos afinar nuestro razonamiento. Aristóteles sostiene que las acciones sólo «están hechas justa y sobriamente» si el agente «en primer lugar […] sabe lo que hace; luego, si las elige, y las elige por ellas mismas y, en tercer lugar, si las hace con firmeza e inquebrantablemente» (Ética Nicomáquea 1105a30 – 1105b). En otras palabras, lo que Aristóteles pensaba respecto a esta cuestión es que, en primer lugar, el agente que actúe de manera virtuosa debe saber que su acción es virtuosa; es decir, actuará según la convicción de que «tal acción o tal otra es correcta (o liberal u honrada)». La segunda condición parece comprender dos: el agente debe actuar de forma voluntaria, y debe hacerlo porque se trata de una acción virtuosa. Por lo tanto, incluso cuando actúe con la premisa de que «la acción es correcta», no será la suya una acción virtuosa a menos que también actúe, precisamente, porque se trata de una acción correcta. La tercera condición que Aristóteles plantea es crucial, y nos devuelve al inicio de esta reflexión: el virtuoso no sólo actúa virtuosamente cuando
la acción es correcta y a causa de esto mismo, sino porque es una persona virtuosa. Es el tipo de persona que se inclina a tener un comportamiento moral correcto cuando la situación lo exige. Esto es (parte de) lo que significa actuar «con firmeza e inquebrantablemente».

EL CARÁCTER DE HOMERO: ¡OH!, ¡OH!, Y ¡OTRA VEZ OH!

El caso de Homero Simpson no pinta bien desde el punto de vista del recuento aristotélico de las virtudes (y no tengo intención de revocar este dictamen más adelante, de modo que no esperéis alguna salvedad ingeniosa que permita reivindicarlo). Para empezar, tómese la templanza (moderación) que, en principio (aunque esto podría discutirse), indica la capacidad de moderar los apetitos corporales. No es necesaria una observación aguda para darse cuenta de cuán lejos está Homero de poseer esta virtud. En lo relativo a sus apetitos, no sólo no se trata de un virtuoso, sino que decididamente es un vicioso, sobre todo en cuanto a su ingesta de comida y bebida, no así en cuanto a su actividad sexual. Sus deseos lo llevan constantemente a atiborrarse de alimentos, y él sucumbe de buen grado a esos deseos. Por ejemplo, en «El enemigo de Homero», se come sin ningún reparo el bocadillo de su compañero de trabajo temporal, Frank Grimes («Graimito»), aunque la bolsa que contiene el bocadillo claramente dice que es de Grimes. Y lo que es peor, cuando éste último le señala la evidencia, Homero se las arregla para dar dos mordiscos más al bocadillo antes de devolverlo. Su anhelo de comida es tal que incluso inventa algunas recetas interesantes. Tómese, por ejemplo, el gofre medio crudo con que envuelve una barra entera de mantequilla y que, obviamente, procede a comerse («Homero, el hereje»). A tal punto se resiente la salud de Homero a causa de sus hábitos alimentarios, que ha sido sometido a una intervención quirúrgica para colocarle un bypass («El triple bypass de Homero»), pero eso no le ha hecho modificar sus hábitos. De hecho, Homero no cede en su empeño ni siquiera cuando sufre un dolor físico inmediato y evidente. Véase cómo se come el jamón pasado en el Badulaque, se pone malo y acaba en urgencias en el hospital («Homero y Apu»). Pero en lugar de poner una denuncia contra Apu, de inmediato se tranquiliza cuando este último le ofrece cuatro kilos de gambas en mal estado. Aunque sabe que huelen «muy raro», Homero se las come y acaba de nuevo en urgencias. Y es que la gula forma parte de su carácter hasta el punto de que come
incluso cuando está medio dormido. En «El ciudadano Burns», adormilado, Homero entra en la cocina, abre la puerta de la nevera, comenta «mmm, 64 lonchas de queso americano…» y procede a engullirlas a lo largo de la noche. En fin, que su intemperancia no exige más pruebas: el nombre de Homero Simpson se ha convertido en sinónimo de amor por la comida y la cerveza (Duff).
Homero también es un mentiroso empedernido, no habla con claridad. En «Sin Duff», engaña a su familia sobre sus planes para el día: dice que se va a trabajar cuando, en realidad, se dispone a visitar la fábrica de cerveza Duff. Para citar algunas de sus mentirillas, recordemos cómo le oculta a Marge el hecho de que nunca terminó la secundaria («La tapadera»), o cómo le miente a propósito de sus pérdidas financieras en una inversión («Homero contra Patty y Selma»), y cómo sistemáticamente la engaña diciéndole que se ha deshecho de la pistola que ha comprado («La familia Cartridge»). Una vez hasta implica a Apu en una urdimbre de mentiras a la madre de este último, a quien hace creer que Apu está casado con Marge, por lo que esta última se ve obligada a colaborar con la farsa («Las dos señoras Nahasapeemapetilon»).
Homero además carece de sensibilidad hacia las necesidades y solicitudes de los demás; le faltan amabilidad y sentido de la justicia. En «Cuando Flanders fracasó», presiona a su vecino para que le venda sus muebles a un precio obscenamente bajo, aunque sabe que Ned está en bancarrota y que necesita el dinero con desesperación. En «Bart, el amante», aconseja a Bart, que bajo el seudónimo de «Woodrow» se ha convertido en el amante epistolar secreto de la señorita Krabappel, cómo romper con ella por carta: «Querida muñeca, bienvenida a la Villa de los Tristes. Población: tú» (y anuncia esta intervención diciendo que las cartas de amor cariñosas son su especialidad). Homero tampoco se inclina hacia la generosidad; una vez le dice a Bart: «¿Que has regalado los dos perros? ¡Y sabiendo lo que opino yo de los regalos!» («El motín canino»). Y en «El niño que sabía demasiado», decide no suscribir el veredicto de culpabilidad por agresión que condenaría a Freddy Quimby, pero no porque piense que Quimby es inocente, sino porque comprende que, al hacerlo, la deliberación llegará a un punto muerto y, como miembro del jurado, podrá quedarse gratis en el Hotel Palace de Springfield («El niño que sabía demasiado»).
Homero tiene unos cuantos colegas, pero no tiene amigos. Aristóteles hacía hincapié en la importancia de la amistad porque pensaba que, sin amigos, no podemos ejercer la virtud y llevar vidas ricas y plenas. Pero Homero no tiene un solo amigo verdadero. A lo sumo, tiene a los colegas de juerga (Barney, Lenny y Cari), pero a nadie con quien compartir sus metas en la vida, sus actividades, sus alegrías y sus penas. Bien visto, sin embargo, resulta un tanto problemático afirmar que Homero tenga metas y actividades, excepción hecha de la bebida, claro está.
Las habilidades de Homero como padre y marido también deja mucho que desear (Aristóteles parece incluir a esposas e hijos en el ámbito de la amistad, véase Ética Nicomáquea, 1158b916). Sometamos a consideración algunas de sus meteduras de pata. En «El poni de Lisa», intenta ganarse el amor de su hija comprándole un caballito. En «Hermano del mismo planeta», se resiente porque Bart se busca un «hermano mayor» en la Agencia de los Hermanos Mayores. En venganza, decide convertirse en «hermano mayor» de Pepi, a quien llama Pepsi. En «Bart al anochecer», envía a Bart a trabajar a una casa de citas a manera de castigo, y en «Lisa sobre hielo», cuando la pequeña descubre que tiene un talento para el hockey sobre hielo, Homero alimenta el fuego de la rivalidad fraternal entre ella y Bart. «El viernes jugarán el equipo de Bart contra el equipo de Lisa. Estarán en competencia directa. No me seáis blandos el uno con el otro solo porque seáis hermanos. El viernes quiero veros luchar por el amor de vuestros padres». No olvidemos además sus numerosos intentos de estrangular a Bart, precedidos de amenazas inciertas (aunque alguna vez es más explícito sobre lo que le hará). Por último, pero no por ello menos importante, Homero continuamente se olvida de la existencia de Maggie. 
Las dotes maritales de Homero no se hallan mucho más desarrolladas. No presta su apoyo a Marge, o bien se muestra indiferente hacia sus proyectos. Su renuencia a asistir a eventos y exposiciones de carácter artístico obliga a Marge a buscar la compañía de Ruth Powers, con quien traba un amistad que acaba en persecución policial a lo Thelma y Louise. Esta vez, Homero pide disculpas con palabras sumamente reveladoras: «Marge, perdona que no haya sido un marido mejor, perdóname por aquella vez que preparé salsa en la bañera, y por utilizar tu vestido de novia para encerar el coche… ¡Lamento todo nuestro matrimonio hasta el día de hoy!» («Marge se da a la fuga»). En «Secretos de un matrimonio exitoso», Homero hace un portentoso descubrimiento: se da cuenta de lo único que puede ofrecerle a Marge, es decir, «completa y total dependencia». Y es que, incluso cuando quiere mostrarse atento, acaba haciendo alguna chapuza. Para ayudar a Marge en el negocio de pretzels, le pide ayuda a la mafia, y ella tiene que acabar lidiando con Tony el Gordo y sus secuaces («El retorcido mundo de Marge Simpson»).
Por otra parte, toda esperanza de que Homero desarrolle las virtudes éticas se estrellará contra el reconocimiento de que carece de la única virtud intelectual que condiciona el modo de ser ético, es decir, la sabiduría práctica (phrónesis). La
phrónesis no es el conocimiento teórico, algo que, desde luego, Homero tampoco posee. Dicha razón práctica no consiste, por cierto, en el conocimiento de los hechos, aunque Homero también carezca de tal cosa. La phrónesis es la capacidad de manejarse en el mundo de modo inteligente, moral y con vistas al cumplimiento de ciertas metas. Pocos ejemplos bastarán para ilustrar estas líneas. En primer lugar, Homero refrenda algunas perlas de sabiduría sumamente dudosas. En «Hogar, agridulce hogar», exclama: «¿Cuándo voy a aprender? La respuesta a los problemas no está en el fondo de una botella… ¡Está en la tele!». Y para continuar con el tema de la botella, en «Homero contra la decimoctava enmienda», nuestro personaje entona el famoso brindis: «¡Por el alcohol! Causa y a la vez solución de todos los problemas de la vida». En «El show de Otto», le aconseja a Bart: «Si algo te resulta difícil, no vale la pena que lo hagas». Y en «Bocados inmobiliarios», le dice a Marge que «intentarlo es el primer paso hacia el fracaso».
En segundo lugar, la capacidad de inferencia de Homero es nula. En «Radio Bart», concluye que Timmy O’Toole (un crío ficticio inventado por Bart) es un verdadero héroe sólo por el «hecho» de haber caído en un pozo y no haber conseguido salir. En otra oportunidad, Homero deduce que la decisión del alcalde Quimby de organizar una patrulla contra osos ha sido eficaz sólo porque no hay osos merodeando por las calles de Springfield. Cuando Lisa le señala que su razonamiento es especioso, Homero cree que su hija le está haciendo un cumplido («Mucho Apu y pocas nueces»). Y una vez, cuando Lisa le dice que está mal robar un cable, Homero «argumenta» que ella misma es una ladrona, puesto que no paga por las comidas y la ropa («Homero contra Lisa y el octavo mandamiento»).
En tercer lugar, Homero carece de un elemento crucial para el razonamiento práctico: la capacidad de organizar la propia vida alrededor de metas importantes y valiosas, y de intentar cumplirlas según unas normas morales y de modo responsable. Sin duda posee numerosos sueños vitales, como convertirse en conductor de ferrocarril («Marge contra el monorraíl») y ser dueño de los Dallas Cowboys («Sólo se muda dos veces»), pero los sueños no son metas, y Homero no tiene ninguna. En todo caso, no se ha planteado alguna que valga la pena alcanzar. Parece contentarse con ser un incompetente inspector de seguridad del sector 7G de la planta de energía nuclear del señor Burns, mientras observa cómo promueven por encima de él a algunos de sus subordinados. De hecho, en «Homero tamaño King Size», está dispuesto a engordar cuanto haga falta para que lo declaren discapacitado y poder trabajar desde casa. Si Homero tiene un objetivo en la vida, se trata de algo insignificante: comer, beber y hacer el gandul. Si a esto se añade su extrema credulidad (basta pensar en cuántas veces Bart ha sido capaz de engañarlo), nos encontramos ante una persona con una capacidad de razonamiento mínima.

EL CARÁCTER DE Homero: EL BRILLO DE UNAS POCAS ACCIONES

Con todo, no debemos ser demasiado severos con Homero, pues de vez en cuando actúa de modo admirable. Resulta paradójico, por ejemplo, que si bien olvida siempre que Maggie existe, su puesto de trabajo está lleno de fotos del bebé que él mismo ha colocado por amor («Y con Maggie tres»). Homero nunca ha cometido adulterio a sabiendas, aunque ha tenido oportunidad de hacerlo en unas pocas ocasiones («Coronel Homero» y «La última tentación de Homero»).[7] Con Marge a menudo se muestra amoroso y cariñoso; se vuelve a casar con ella (después de divorciarse) a guisa de reparación por su boda original tan «cutre» («Millhouse dividido»), y con Lisa ha establecido lazos afectivos satisfactorios. Por ejemplo, secunda su plan de poner al descubierto la trama de engaños que rodea los orígenes de Jebediah Springfield («Lisa, la iconoclasta»), demuestra su confianza en ella inscribiéndola en un concurso de belleza, la Pequeña Miss Springfield («Lisa, la reina de belleza»), renuncia dos veces a comprar un aire acondicionado para que Lisa tenga un saxofón («El saxo de Lisa») y la introduce a hurtadillas en el Museo «Springsonian» para que finalmente pueda ver la exposición de los «Tesoros de Isis» («Perdemos a nuestra Lisa»).
En algunas ocasiones, Homero muestra valentía. Por ejemplo, se rebela ante el señor Burns porque éste le exige demasiado («Homero, el Smithers»), y no recuerda su nombre («¿Quién disparó al señor Burns?»). Además, en «Dos malos vecinos» le da una paliza a George Bush (sus motivos para hacerlo no quedan claros, y no parece tratarse de partidismo político, puesto que Homero se hace amigo de Gerald Ford, que también es republicano). Por otra parte, es capaz de mostrarse amable incluso para con personas que en general detesta. En «Cuando Ned Flanders fracasó», Homero ayuda a su vecino a mejorar las ventas del Zurdorium; en «Homero ama a Ned Flanders», lo defiende ante toda la congregación eclesiástica: «Este hombre siempre ha puesto todas las mejillas de su cuerpo», y en «Homero contra Patty y Selma» dice que ha sido él quien ha estado fumando para que no despidan a sus dos cuñadas de sus respectivos empleos.
Incluso exhibe inteligencia y sabiduría teórica de vez en cuando. Ejemplo de lo primero es el elaborado plan que traza para traer alcohol de contrabando a Springfield, con el que se convierte en el famoso «Barón de la Cerveza» («Homero
contra la decimoctava enmienda»), y también lo es el modo que inventa de ganar dinero con el esqueleto de un «ángel» («Lisa, la escéptica»). Ejemplo de lo segundo es la excepcional intuición sobre la naturaleza de la religión que demuestra cuando decide no ir más a la iglesia porque, según su razonamiento, Dios está en todas partes. Incluso se refiere a Jesús, aunque no recuerda su nombre, como alguien que se enfrentó a la ortodoxia y que llevaba razón al hacerlo («Homero, el hereje»). En algunos raros momentos, Homero hasta se da cuenta de sus propias limitaciones, como cuando le dice a Marge: «Has venido a verme a mí, ¿cierto?» cuando ésta aparece por la planta nuclear, lo cual revela que, humildemente, es consciente de la pobreza de sus atributos y necesita asegurarse de que Marge ha venido a verlo a él («Jacques, el rompecorazones»). Y con Lurleen Lumpkin se asegura dos y tres veces de que la cantante realmente esté coqueteándole, pues duda que pueda estar realmente interesada en él de forma sexual («Coronel Homero»).
VALORACIÓN: JUZGAR A Homero

¿Qué debemos concluir de todo lo anterior? ¿Cómo queda Homero ante una evaluación ética? No es mala persona; aunque no sea un modelo de virtud, tampoco es malévolo. La reacción más extrema que podemos experimentar hacia él es lástima, y ello al menos por dos motivos. El primero es que su educación deja bastante que desear. Para empezar, creció en Springfield, una ciudad cuyos habitantes —con la rara excepción de Lisa— poseen serios defectos de carácter, que van de la estupidez a la malevolencia, pasando por la sencilla ineptitud y la completa ignorancia sobre cómo funciona el mundo (y esto se puede aplicar incluso a Marge, que si bien, al igual que Lisa, puede resultar excepcional entre los habitantes de Springfield, no deja de ser convencional y a menudo carece de espíritu crítico). Pensad que incluso cuando los miembros de la sección local de Mensa en Springfield asumen el gobierno de la ciudad (pues el alcalde Quimby ha huido), sólo consiguen ocasionar un caos, pues la normativa que proponen resulta injusta, restrictiva y demasiado idealista. («Salvaron el cerebro de Lisa»). 
Crecer en un entorno como éste puede ser nocivo para la formación del carácter y las facultades intelectuales. Ser educado en un ambiente sano es uno de los presupuestos de base del proyecto aristotélico expuesto en la Política. «Nos proponemos considerar, respecto de la comunidad política, cuál es la [constitución]
más firme de todas para los que son capaces de vivir lo más conforme a sus metas» (1260b25). De hecho, la ética aristotélica también se dirige al estadista, que debe saber cuál es mejor carácter ético para ser capaz de proyectar una comunidad política que pueda producirlo. Si tal razonamiento es correcto, uno de los motivos que nos hacen sentir pena por Homero es que este aspecto de su formación, es decir, Springfield, está más allá de su control.
Por otra parte, la educación familiar de Homero deja mucho que desear. Su madre lo abandonó cuando era un crío y su padre nunca lo ha estimulado para que se convierta en una persona de valía. Si Homero alguna vez tuvo aspiraciones, su padre se encargó de coartarlas («Madre Simpson» y «Bart, Star»). Además, un rasgo que Homero sin duda no puede controlar es el gen Simpson, causa de que todo Simpson se vaya volviendo más estúpido con la edad. «El gen Simpson defectuoso sólo se halla en el cromosoma Y», no en el X, razón por la cual Lisa y otras mujeres Simpson han sido inteligentes y exitosas («Lisa, la Simpson»). Así las cosas, poco puede hacer Homero para ser mejor persona. Y estos factores explican nuestra tendencia a observar a Homero con lástima y no con desprecio u odio.
La segunda razón por la que no podemos juzgar con severidad el modo de ser de Homero, aun no tratándose de un personaje virtuoso, es que normalmente no es malicioso. Es egoísta, glotón, codicioso, y puede ser realmente estúpido, pero rara vez siente envidia de los demás o les desea mal. Es cierto que a menudo intenta hacer daño de forma deliberada a otras personas, pero suele parecemos que en cierto modo estas personas no merecen un trato mejor. Por ejemplo, el desprecio que Homero siente hacia Selma y Patty parece apropiado si se toma en cuenta el trato despectivo que ellas le dispensan a él. Tampoco le gusta el señor Burns (a quien además teme), y aunque en este sentido se puedan decir tantas cosas, no cabe duda de que Burns es un ejemplo modélico del capitalista codicioso, malévolo y despiadado, dispuesto a pisar una alfombra de cadáveres con tal de conseguir lo que se propone. Por último, Homero trata a Flanders de manera indecente, mostrándose, entre otras cosas, indiferente y desdeñoso. Pero Flanders, por su parte, es prepotente, ingenuo, y siempre está sermoneando a los demás. Esto no quiere decir que el modo en que Homero lo trata esté justificado, pero sí que es comprensible. Aparte de estas excepciones, Homero no suele ser malintencionado ni trata con malicia a los demás. Y he aquí otro motivo por el cual, aunque no consiga desarrollar un carácter ético, tampoco provoca en nosotros reacciones negativas.
Ahora podemos pronunciarnos, aunque con cierta reserva: Homero no es vicioso en el sentido de que esté dominado por los vicios, y sostengo tal cosa «con cierta reserva» porque existe una excepción a esta afirmación: cuando se trata de su
apetito de comida y bebida, Homero es vicioso. No experimenta placer en comer y beber con moderación, y esto excluye la virtud en ese terreno. Rara vez piensa que deba abstenerse de comer y beber en exceso, si acaso lo ha pensado alguna vez; por ello, en ese respecto no puede hablarse de continencia o incontinencia. Además, no parece creer que haya nada malo (aparte de las consideraciones inmediatas sobre su salud) en permitirse beber y comer cuanto le venga en gana, ni siquiera en sitios inapropiados. Una vez le dice a Marge: «Si Dios no quisiera que comiéramos en la Iglesia habría dicho que comer era pecado» («El rey de la montaña»). Estas consideraciones nos permiten concluir con seguridad que, en el ámbito de los apetitos corporales de comida y bebida, Homero es vicioso.
Dada la abundancia de pruebas y ejemplos, podemos llegar al siguiente juicio: Homero no es virtuoso. Son muchos los factores que nos permiten llegar a dicha conclusión, pero el que más destaca es quizá el hecho de que Homero no muestra estabilidad en su modo de ser, rasgo que sí distingue al virtuoso. Sencillamente, no se puede esperar que haga lo correcto, ni siquiera en lo que respecta a su familia. Es más, el juicio según el cual Homero no es virtuoso puede formularse sin reservas, a diferencia de la afirmación de que no es vicioso. Porque, si bien a veces Homero actúa correctamente, sus motivos para hacerlo suelen ser erróneos, o al menos ambiguos (sus actos de valentía proporcionan un gran ejemplo de esto). Y en lo relativo a su familia, incluso cuando se comporta como pensamos que debería hacerlo todo padre o marido, sencillamente ha hecho lo contrario demasiadas veces. En suma, Homero carece del carácter estable que la virtud precisa.
También debemos recordar que, en muchos de los casos en que Homero actúa de manera correcta, sobre todo cuando se trata de su familia, tiene que enfrentarse a sus deseos de actuar de otra manera. Las dos veces que ha comprado a Lisa un saxofón, ha tenido que luchar contra su deseo de hacer instalar un aire acondicionado en casa («El saxo de Lisa»). A veces, aunque sabe lo que debe hacer, elige actuar mal, señal de eso que los griegos llamaban akrasia, o ‘debilidad de la voluntad’. Por ejemplo, en «La guerra de los Simpson», durante su retiro al lago Siluro, y aunque sabe que debe concentrar su atención en Marge y en su matrimonio, elige escabullirse e ir de pesca.
Homero no es virtuoso. En lo que respecta a la bebida y la comida, más bien exhibe sus vicios, y en otros ámbitos de su vida oscila continuamente entre la moderación y la intemperancia. Desde luego, esto no demuestra que la clasificación aristotélica de los tipos de carácter resulte demasiado rígida, simplista o poco realista, y es que la división que formula Aristóteles es de índole lógica, y no se trata de una descripción de los tipos de personas que realmente existen. Homero exhibe
rasgos característicos de diversas maneras de ser, dependiendo de las áreas de su vida en las cuales estos rasgos se hacen evidentes.
CONCLUSIÓN: LA IMPORTANCIA DE SER Homero

Al comienzo de este ensayo, sostengo que en Homero Simpson hay algo admirable desde el punto de vista ético. Pero esta afirmación plantea un problema: ¿cómo puede ser cierta si Homero no es virtuoso? Si el modelo de un carácter admirable desde el punto de vista ético es el modo de ser virtuoso, y Homero no encarna este patrón, entonces la afirmación de que es admirable resulta evidentemente falsa. Es más, aunque Homero no nos parezca malévolo y opinemos que la formación de su carácter ha estado más allá de su control, si no por completo al menos en gran medida, estos elementos no bastan para convertirlo en un personaje éticamente admirable. Para que la tesis de que Homero es admirable resulte al menos plausible, algo más debe entrar en juego. Y este elemento adicional no puede ser el hecho de que Homero a veces actúe como es debido, porque la afirmación se refiere a él, a su manera de ser, y no al subconjunto de sus acciones.
En «Escenas de la lucha de clases en Springfield», Marge se da cuenta del error que ha cometido al intentar obligar a su familia a adaptarse al círculo social elitista al que se ha sumado hace poco. Cuando finalmente vuelve a aceptar a los miembros de su familia por lo que son, va enumerando la cualidad que más le gusta de cada uno de ellos (aunque no consigue encontrar una en Bart). Y la cualidad que prefiere de Homero es su «humanidad desenfadada», algo que, tomado en un sentido amplio, éste no sólo posee de veras, sino que en gran medida explica el sentido en que es éticamente admirable.
La humanidad de Homero no sólo abarca aquellos rasgos que le llevan a hacer en público algunas cosas de las que nosotros, en distinta medida, nos abstendríamos, por ejemplo eructar, expulsar flatulencias, rascarse el trasero, y comer y beber hasta perder el conocimiento. Si sólo se tratase de eso, Homero no sería más que un guarro. Pero su humanidad comprende un amor a la vida y al goce que ésta supone en el nivel más básico; no presta mayor atención al qué dirán, si es que acaso repara en ello. Homero no se preocupa por la etiqueta o por lo que otros opinen de él. Está ocupado en disfrutar la vida —o su versión de la misma—
al máximo. Este gusto por vivir no obedece a un cálculo de su parte, y tal vez ni siquiera sea consciente de él. Pero se manifiesta en sus acciones, su actitud, su falta de malicia, su comportamiento aniñado (e incluso infantil) y, de hecho, en la mayor parte de los ejemplos mencionados en este ensayo. Si a esto añadimos el hecho de que Homero pertenece a una «alta clase media baja», que difícilmente llega a fin de mes, y que trabaja en una planta industrial bajo la tiranía de un capitalista sin escrúpulos, además de vivir en Springfield, una ciudad ante la cual uno debería tomarse un respiro y preguntarse si vale la pena amar la vida, nos encontramos con alguien que tiene mucho de admirable.
Esa cualidad, que explica lo admirable de Homero, llamémosla «amor a la vida» para seguir a Ned Flanders, quien la denomina «embriagadora pasión por la vida» («Viva Ned Flanders»), no es una virtud como tal. No porque no aparezca en la enumeración aristotélica, sino porque, como bien sabemos, si no se controla, una cualidad así puede resultar peligrosa para los demás y para el propio sujeto al que caracteriza (como ocurre, creo, en el caso de Homero). Al igual que la ambición, se trata de una cualidad positiva y, de hecho, admirable. Además tiene una índole ética, ya que perfecciona la vida de aquel que la emplee con propiedad, pues la vuelve más placentera y hace que quienes le rodeamos busquemos estar en su compañía, no sólo para que se nos pegue algo, sino porque sencillamente nos resulta deleitosa. Si las cualidades que contribuyen a la felicidad y al bienestar general de una persona aceptablemente se interpretan como cualidades éticas, entonces una cualidad como el amor a la vida encaja en el patrón cuando está controlada por la razón práctica. En el caso de Homero, esta cualidad no está gobernada por la prudencia, y en cambio la acompañan otros rasgos que la convierten en un peligro. Sin embargo, debemos admirarlo porque la posee, y ello a pesar de todos los elementos de su vida que harían esperar lo contrario. 
Por otra parte, y precisamente porque no la controla, esta cualidad lleva a Homero a ser brutalmente franco, tal vez demasiado, a propósito de sus deseos y apetitos. Mientras otros traman y conspiran al tiempo que se fingen socialmente conformistas, Homero es sincero, abierto e incluso brutal en lo que a sí mismo y a sus deseos y opiniones respecta. Sabe cuáles son sus limitaciones, ama a su familia —a su manera, moralmente atenuada— y es una persona desenfadada.
Sin embargo, espero que no se me malinterprete. No sostengo que Homero sea una persona admirable, sino que tiene un rasgo admirable. Resulta tentador deslizarse desde la segunda tesis hasta la primera porque, en primer lugar, aunque no sea virtuoso, tampoco es malo ni, excepto en lo relativo a sus apetitos, vicioso. En segundo lugar, el hecho de que Homero ame la vida a pesar de sus escasos
medios económicos y de haber crecido y vivir en una ciudad como Springfield (lo cual, desde luego, no conduce a una vida buena), podría hacernos pensar que es admirable porque conserva su amor hacia la vida ante estas dificultades. Pero debemos resistir a la tentación por tres motivos.
En primer lugar, y ya he hecho hincapié en este punto, la razón no rige el amor a la vida de Homero, y eso podría convertirla en un rasgo moralmente peligroso. En segundo lugar, disfrutar de la vida no es lo mismo que vivir una vida plena. Es posible complacerse al máximo en una vida mediocre. Pensad en alguien que es completamente feliz mientras se pasa la vida contando las hojas del césped o recogiendo tapas de botella, pero que sin embargo es capaz de perseguir metas más dignas. No importa cuán feliz sea ni cuánto disfrute esa persona su vida, seguro que no afirmaríamos que se trata de una vida bien vivida. Y, tomando en cuenta los ejemplos mencionados en el tercer apartado, está claro que Homero es capaz de vivir una vida mejor. En tercer lugar, hay una razón lógica: poseer un rasgo admirable no significa que quien lo posee sea también admirable. Los villanos a menudo poseen la cualidad de superar el miedo cuando se enfrentan al peligro, y aunque se trate de algo admirable, no solemos tener a los villanos por seres admirables. De hecho, lo que a veces decimos sobre las personas despiadadas es «bueno, al menos es coherente consigo mismo», pues reconocemos en la coherencia un rasgo admirable, aunque al mismo tiempo no baste para convertir a quien lo posee en una persona admirable.
Además, una breve reflexión debería bastar para indicarnos que Homero no es, en sí mismo, una persona admirable. No es virtuoso, y este solo hecho es suficiente para lastrar cualquier intento serio de atribuirle la cualidad constitutiva de ser una persona admirable. Sin embargo, de vez en cuando, cuando compensan su carencia de virtud dando al mundo, por ejemplo, grandes obras de arte, las personas no virtuosas se vuelven admirables. El ejemplo que generalmente se utiliza para ilustrar lo anterior es el de Gauguin, que abandonó a su familia para dedicarse al arte en Haití. Sin embargo, este factor atenuante no se puede aplicar a Homero: ¿qué contribución duradera ha hecho al mundo que compense su falta de virtud y le pueda hacer digno del calificativo «admirable»?
Con todo, el amor de Homero a la vida es un rasgo sumamente admirable, y no es ésta una cuestión baladí, pues muchos tienden a no ver en Homero más que bufonería e inmoralidad. Es más, el amor de Homero a la vida se destaca como una cualidad especialmente en esta época, cuando la corrección política, el exceso de buenas maneras, la falta de voluntad de juzgar a los demás, la obsesión por la salud física y el pesimismo a propósito de lo bueno y placentero de la vida son más o
menos la regla general. En esta época, Homero Simpson, en el parachoques de cuyo coche hay un adhesivo que dice «soltero y respondón», deslumbra porque abiertamente desobedece las «verdades» del día: no es políticamente correcto, está más que encantado de juzgar a los demás y, desde luego, no parece obsesionado con su salud. Estos rasgos tal vez no lo conviertan en una persona admirable, pero sí lo vuelven admirable en cierto modo y, lo que es más importante, nos hacen anhelar su presencia y la de todos los Homero Simpson del mundo.

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